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sábado, 11 de agosto de 2012

SOBRE "LA SOGA"

                            
                  

¡Qué tarde tan serena! Tan apacible como mi vida misma, desde la sobremesa se desliza exhausta hacia las manos de la noche. A esta hora, a finales de primavera, el sol madura entre los plátanos, la luz se aquieta en el aire y, después del frenesí de la mañana, aunque no son las cinco, la calle entera se resigna y hasta alegra de la visita de las sombras. Caminar justo ahora por este tramo de Park Avenue me recuerda que tengo veintitrés años, que he encontrado trabajo como subdirector comercial de una multinacional y que estoy prometido con Janet. Se me nublan los ojos de agradecimiento a Dios por la suerte que tengo. Me besa la frente una brisa balsámica: ¡la vida misma me bendice!

Los transeúntes me sonríen, los semáforos me hacen verdes guiños, y cuando le iba a comprar un ramo de rosas rubí al del quiosco, recuerdo que a quien voy a ver es a Brandon y no a Janet. ¿Qué tendrán que decirme a solas él y Philip? De todas formas luego nos íbamos a ver en su fiesta. Me detengo ante el escaparate de esta sastrería para admirar, más que esos trajes de mezclilla, al joven esbelto y rubio castaño que me mira satisfecho de ser yo.

Puede que nunca haya sido el más brillante de la clase, pero he tenido los mejores padres del mundo y la misma Janet me ha preferido a otros más listos pero también más raros, como Kenneth o el mismo Brandon. ¿Quién lo iba a decir, Brandon saliendo con una chica? En fin, no seré irónico, aunque solo sea para no desentonar con la tarde. De la mano de sus madres, todos los niños parecen educados, los perros no gruñen y hasta los borrachos ceden el paso a los sobrios. Lo único discordante es ese arcón negro que trasportan a la furgoneta los empleados de mudanzas; desde niño odio esas antiguallas: me recuerdan sangrientos cuentos de asesinatos y terror.

Puede que deba mi optimismo a que por una vez, en el club, me he tomado una copa a la luz del día; ahora Brandon me ofrecerá otra, y para captar sus insinuaciones hay que tener la cabeza clara. Y luego viene la fiesta. Si no tienen inconveniente, llamaré a papá para que recoja a Janet –así ensayará de padrino de bodas- y me quedaré en el apartamento; total, siempre soy el primero en llegar a las fiestas. Durante el almuerzo me ha llamado mamá para decirme que seguramente no asistirá por culpa de un catarro. Mejor. Por lo que sea, no me atrae la idea de que mi madre conozca a Brandon; con mi padre habrá suficiente. Me temo que no van a congeniar.

Lo digo porque mi antiguo compañero de instituto es todo lo irracional y apasionado que no es mi padre, todo lo visceralmente antisocial que no soy yo. Brandon, por ejemplo, nunca miraría, como yo ahora, el reloj para cerciorarse de que va a ser puntual, aunque se tratara de una cita con alguien tan puntilloso como él. Sí, con que vengan Janet y papá sobrará.

Lo de Janet y Brandon acabó hace tanto que ya se habrá aflojado la tirantez entre ellos; todo lo contrario que en el caso de Kenneth, cuya herida aún tardará en cerrarse; por supuesto, no lo habrán invitado. Parece que va diciendo por ahí que Janet lo ha dejado por el dinero de mi familia: cuando somos desgraciados, todos queremos herir. Era mi mejor amigo y en cuanto pase un plazo razonable pienso llamarlo. De todas formas, es curioso lo rara que se pone Janet cada vez que entre nosotros suena el nombre de Brandon. Por lo reciente, debería violentarse más con Kenneth, pero cuando me oye hablar del otro, se pone lívida y sus ojos empiezan a fulminar, como si recordara algo atroz. Yo lo que pienso es que para Brandon Janet fue la última oportunidad de ser normal.

La verdad es que en mi amigo hay algo siniestro y a la vez inefable que atrae y a la vez repele, lleva consigo un aura equívoca capaz de contaminar hasta una catequesis. Ejerce la fascinación de una serpiente. A mí mismo, por ejemplo, si hay algo que no me apetece en una tarde como ésta es ir a verlo; y sin embargo, cuando me ha llamado al club, no solo he aceptado, sino que hasta me ha complacido merecer hasta ese punto su interés. ¿Qué tendrá que decirme que no pueda esperar? Por un lado, ahora mismo me tienta coger ese taxi en dirección contraria, pasar con Janet el resto de la tarde y presentarme en la fiesta con cualquier excusa combinada con ella; pero en otro sentido, noto que me imanta a su apartamento una atracción irrevocable, algo impostergable que me está esperando allí y que solo él me propiciará.

Al pobre Philip lo tiene completamente subyugado. ¿Cómo lo habrá convencido de que se quede a vivir con él? Esto habrá confirmado todos los rumores sobre ellos y puede que le arruine su carrera de pianista. ¿O por contra algo así lo promocionará? Ahora que caigo, el propio Brandon le ha agenciado su primer recital. Parece que a aquel artista que no tenga una sexualidad ambigua, le falta un toque de distinción. Pero un buen americano no puede ser homosexual. Antes de tener mi primer hijo tengo que dejar de tratar a Brandon y a Philip. Como sea.

Pero bien pensado, más allá del escándalo, esos dos hacen una buena pareja. Son igual de inteligentes, pero en direcciones opuestas. Como el profeta y el sacerdote de una religión. Brandon es el visionario y Philip cumple los ritos; espero que no se les ocurra ofrecer ningún sacrificio. En este caso el profeta ha fanatizado al pontífice, le ha embridado la voluntad. Pero a los fieles nos ocurre lo mismo: yo mismo, ahora que paso junto a una cabina vacía, descarto llamarlo para disculparme y prolongo unos pasos que parecen guiados por control remoto.

Recuerdo las conversaciones que esos dos sostenían en clase de filosofía con el profesor, Rupert Cadell –ahora que lo pienso, el exégeta de esa religión-, mientras los demás dormitábamos. Hablaban no sé que zarandajas sobre el tal Nietzsche. Espero que a Mr. Cadell no lo hayan invitado: se pasarían la velada hablando del superhombre y de su presunta capacidad para invertir los valores e infringir las normas sociales. Lo repetían tanto que se me ha quedado estampado en la memoria. No creo que a papá le gustase oír hablar de nada parecido. Con lo bien que se expresa, supongo que les rebatiría, por ejemplo, preguntándoles sobre quiénes y bajo qué criterios se arrogarían el derecho a sentirse superiores. Tal vez ellos le contestarían aquello que decían sobre que el mero hecho de atreverse a hacerlo ya los haría superiores; no sé, todo esto parece un círculo vicioso. Y no entiendo cómo la gente puede perder el tiempo hablando de valores y especulaciones que no sean bursátiles.

Sin embargo, el humor negro de Mr, Cadell divertiría a mi tía, que seguramente vendrá en lugar de mamá. Pero como empiecen con lo otro… A mí todo eso de que los seres superiores tienen derecho a suprimir a los inferiores, me suena a Hitler, pero Hitler odiaba a los homosexuales, y Brandon y Philip… ¿Por qué a veces las cosas se complican y no se distinguen claramente unas de otras? Bueno, si el asunto consiste en saltarse las reglas sociales, viviendo juntos lo han cumplido con creces. Y bien que han “invertido” los valores… Uf, estos whiskies vespertinos van a hacer de mí un poeta.

Y para colmo se supone que esta noche lo que celebramos es que se van al campo a descansar; no se separan ni en vacaciones. Creo que Nietzsche también decía que liberar las pasiones y los instintos favorece la vida; también eso se lo han tomado al pie de la letra… En fin, no sé por qué se complican tanto la vida. La felicidad es mucho más simple que todo eso: un padre con buenos contactos que te encuentre un trabajo como ejecutivo, una madre que adora a su hijo único –por mucho que mi tía diga que me ha mimado en exceso-, una novia guapa y de buena familia como Janet, un ático como el que ayer vimos al lado del club, el Jaguar…

Esta semana pondremos fecha a la boda. Tendrá que ser pronto y con una corta luna de miel en el Niágara, porque Mr. Hill, mi nuevo jefe, me ha puesto Octubre como límite a mi incorporación y quiero empezar con una o dos semanas de anticipación. Ah, es aquí, iba a dejarme atrás el portal. Antes de entrar vacilo, una parte de mí me impele a alejarme del apartamento hasta la hora de la fiesta, pero es más potente el impulso que a toda costa me hace pulsar el portero automático. Lo llamaría curiosidad si no fuese algo mucho más intenso y apremiante, como si todos los caminos de mi vida me hubieran traído aquí y ahora, a recibir en esta encrucijada algo que me está destinado. Pero voy a contar hasta tres y si para entonces no contestan, me iré. Uno…dos…

Por el portero la voz de Philip suena distorsionada, como una psicofonía. ¿Beberá ahora? Últimamente esos dos están rarísimos. Brandon tartamudea más que nunca, y eso que solo lo hace cuando está nervioso. Hace un rato, cuando hemos hablado por teléfono, apenas se le entendía. Seguro que se trae algo entre manos. Ya no puede tratarse de Janet: para eso está Philip. Dijo que lo que tenía que decirme era muy importante, ahora que me acuerdo, “decisivo”, sí eso es lo que dijo, y por un momento he estado a punto de detener el ascensor y bajar al portal, pero algo tan ineludible como el amor me ha impedido hacerlo y ya me bajo en el ático y recorro el pasillo de mármol, tendido con una moqueta beis donde los reflejos del sol parecen dejar manchas de sangre.

Me guían los acordes fúnebres del piano de Philip; Brandon me espera en el umbral con esa sonrisa torcida y lo ojos fulgurantes. Nos saludamos sin darnos la mano: con la diestra está revolando una cuerda. La empleará para desahogar los nervios, como si fuera un yoyó. Cierra la puerta a mis espaldas, saludo a Philip, que me parece ha tocado una nota falsa, y les pido que abran la cortina porque ahí afuera hace una tarde resplandeciente  y la luz parece salida de la paleta de un impresionista y la vida es maravillosa mientras que aquí parezco haber ingresado en la mismísima noche…                                

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