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martes, 7 de agosto de 2012

PAUL NEWMAN Y ROBERT REDFORD:"DOS HOMBRES Y UN DESTINO"




Sobre "Dos hombres y un destino" (Butch Cassidy and the Sundance kid")


Sundance Kid no quería reconocerlo, pero habíamos esquilado demasiado tiempo a las ovejas –el becerro de oro- de la región del Desfiladero. Me refiero a que ya no quedaba tren, banco o diligencia que desconocieran el brillo de nuestros cañones, la dureza burlona y azulina de nuestros ojos. Éramos demasiado asiduos a sus cajas de caudales. 

Ocurre que Sundance es el hombre más testarudo que nunca he conocido. En las timbas solo veía las cartas y la pistolera de los jugadores, y no había quien lo levantara de la mesa. Aunque dijera que rezar le daba suerte, hacía trampas y lo libraba la fama de su nombre, que con las alas del miedo volaba por el país dejando una estela legendaria de manos rápidas y disparos entre los ojos.

Formábamos un tándem sin igual: él ponía las balas y yo las ideas. Pero llegamos a una encrucijada donde nuestra estrella parpadeaba. Estábamos cansados, tan desgastados como las efigies de las monedas que robábamos, y solo uno de nosotros lo sabía. Como les pasaba a los caballos, nuestra época había caducado: los autos empezaban a sustituirlos. Nos ganaba la nostalgia; en nuestras celebraciones ya no había copas quebradas, rasgueos de sedas o tiros al blanco sobre la porcelana, sino una retahíla de recuerdos desteñidos y sonrisas tristes.

Teníamos que dejar la región del Desfiladero si no queríamos despeñarnos por él, pero Sundance se agarraba a ella como una pulga a su perro. Y también estaba Etha, la bella maestra de escuela. Era la novia de Sundance, que podría haber sido mía si entre los tres no hubiéramos descubierto un territorio de paz en que no existían los celos, el mediodía no agostaba las risas, ni se ponía sobre nosotros el sol de la alegría y la felicidad. 

En aquel momento hasta la banda de Butch –yo- quería dejar de ser de Butch –mía-, y me costó volver a subyugarlos con mi sonrisa y mis trucos, y persuadirlos de que primero atracáramos de ida el tren Flyer, un trueno fulgurante de oro, ¡y luego también de vuelta!, lo cual sería lo último que esperarían las víctimas. Pero debimos conformarnos con los bancos: estos no se mueven ni, a diferencia de los vagones, sus cajas fuertes pueden ocultar a un montón de enemigos al acecho. Si Sundance me hubiera hecho caso, nos habríamos trasplantado a Bolivia. Aunque no conocía aquel país ni nadie me había hablado de él, su mero nombre me representaba un soleado paraíso de chicas alegres y bancos que atracar. Porque después de toda una vida robando, no habíamos ahorrado nada. Se suponía que yo era el cerebro, pero las monedas nunca se me oxidaban en la bolsa, sino que se me desprendían de entre los dedos como un puñado de polvo.

Bolivia o alistarnos en la guerra de España eran nuestras opciones razonables, y sin embargo nos obcecamos en el atraco de ese tren de vuelta. Lo detuvimos sin dificultades, pero me pasé con la dinamita que hiciera explotar la caja y como de costumbre el dinero me voló de las manos: los billetes despegaron al cielo como bandadas de pájaros inalcanzables. Ahí se inauguró nuestro infierno. Justo entonces sufrimos una emboscada y tuvimos que abandonar la cacería de billetes para huir al galope.

Parte de nuestra banda cayó y los que huyeron no merecieron la persecución. Aquellos cinco solo venían a por nosotros. Y no los dejábamos atrás. Pasaban las horas, los días, y no había forma de que los malditos dejaran de olernos el polvo que levantábamos. Por todo el estado nos seguían aquellos Cinco Jinetes del Apocalipsis, cuyos galopes oíamos a todas horas en el eco del miedo, porque no encontramos treta que los privara de nuestro rastro. Tenían los mejores rifles, una puntería infalible, caballos de concurso y un olfato de perdiguero. Ni comían ni dormían, y en las noches sin luna cabalgaban con teas encendidas como fuegos fatuos. No parecían humanos.

¿Quiénes eran aquellos tipos?, me preguntaba Sundance, el polvo en los ojos, ascendiendo por una escarpadura que ellos no tardarían en subir, casi adaptando sus huellas a las nuestras. Eran implacables, inasequibles al engaño. Antes de que aquello empezara, ya sospechaba yo que más temprano que tarde llegarían algunos más rápidos que él y más listos que yo. Pues bien, ahí los teníamos. Estábamos condenados: hasta los buitres que nos seguían les señalaban nuestro camino.

¿Quiénes eran aquellos tipos?, le preguntaba a Sundance con la boca seca, temiéndome que fueran nuestra sombra. Y acerté. Esos cinco eran nuestra muerte. Más y mejores que nosotros, eran los únicos que podían ganarnos. Eran nosotros mismos con quince años menos y el estímulo de hurtarnos la leyenda. Nuestros dobles que venían a sustituirnos en el miedo colectivo del país. 

No había forma de esquivarlos; apenas nos quedaba la elección del lugar donde caer. Con la lengua arábamos el camino. A la desesperada, el último día saltamos de los caballos y como serpientes nos deslizamos monte arriba, con la esperanza de que siguieran sus huellas. Pero no tardamos en oír tras nuestra el resonar de los cascos de sus caballos como tambores de ejecución. En efecto, nos arrinconaron al abismo de las cataratas. ¿Cómo pedir clemencia a quienes no parecían humanos? Estábamos al fin del mundo y decidimos arrojarnos por el borde. Saltamos. Nadie que no hubiera estado en nuestra situación lo habría hecho. Fue la única vez que demostraron ser hombres. Ahí les perjudicó su juventud: tenían más que perder que nosotros.

Escapamos nadando. Nos libramos por una cola de pez, por un pelo de purasangre. Llegamos desfondados a la casa de Etha, que después de haber oído que habíamos muerto, nos miró como a fantasmas. Para ella es un problema no haber dividido el riesgo; cuando caigamos, ambos lo haremos al mismo tiempo. Leímos en el periódico que nuestros perseguidores eran de carne y hueso: Mr. Herriman, el dueño del tren, había armado al ex sheriff Leford y a Lord Baltimore, dos viejos enemigos nuestros, y a otros tres pistoleros magistrales para que entre todos nos robaran el aliento. Al patrón, reclutarlos le habría costado el doble de lo que nunca le habíamos robado y hasta el triple de lo que le hubiera costado que Sundance y yo le custodiáramos el tren, pero es que ya nadie estaba dispuesto a olvidar tantos años de atracos y asesinatos.

Así que por fin Sundance se decidió a venirse conmigo a Bolivia. Con Etta. Desde el principio los tres estábamos condenados a entendernos. Un golpe mediano nos bastó para comprar los pasajes a América. Toda la vida soñando con Bolivia y nos recibieron unos andurriales roñosos y desolados donde hasta los perros se aburrían. Allí duraba siglos el eco de cada piedra arrojada al vacío del aburrimiento. Lo más duro fue aprender castellano para que en los atracos la gente supiera que tenía que levantar las manos, ponerse junto a la pared y todo eso. No sabíamos más que atracar bancos y éramos demasiado viejos para llevar un rancho o una granja.

Después de mucho trabajo lo conseguimos. Aprender los rudimentos del idioma y atracar. En Bolivia lo más efectivo es robar las nóminas de las compañías mineras. Y aquí seguimos los tres, ricos y contentos porque ya somos incapaces de gastar todo el dinero y la felicidad que hemos logrado, agradecidos a la suerte, ardiendo en la misma llama de alegría que siempre, porque aunque sabemos que cualquier día volverán los Cinco Jinetes del Apocalipsis, mientras tanto disfrutaremos de este mundo nuestro donde no arraigan los celos, la amistad no se apaga, ni la dicha atardece.        

      

  




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