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miércoles, 28 de noviembre de 2012

RÍO ROJO





                 

Es lo que siempre he dicho, que aunque Tom Dunson y Mathew Grath no tengan el mismo apellido la corriente roja del mismo río parece impulsar la sangre por sus venas, son como padre e hijo y se guardan el cariño y las discrepancias del caso. Conocimos a Mathew en 1851, cuando Tom y yo nos empleamos como guías de una caravana que desde St. Louis se dirigía a California. Al paso por Texas los abandonamos, ya que nuestro plan era fundar un rancho al sur del Estado. Como un creador que por su arte sacrifica su vida personal, él no permitió que nos acompañara Anne, la mujer de su vida, para que no lo entretuviera de su idea fija, de su destino.

Al poco de dejarla, los comanches devastaron la caravana y se nos unió Mathew, el único superviviente, el hijo-sin-madre, que tiraba de la primera vaca de lo que sería nuestro rebaño y a sus nueve años fue acogido por Tom, el hombre-sin-mujer, como si lo hubiera engendrado de su improbable esposa. Y en ese caso, yo, Nadine Groot, el hombre-sin-dientes, como hermano espiritual de Tom, sería el tío de Mathew.

Y al fin, tras un largo camino, más allá de Pecos y ya cerca del Río Grande, llegamos a la Tierra Prometida. Del verdor de los pastos, de la suavidad femenina de las lomas –que implicaba su fertilidad-, de aquel horizonte hondo y ancho de futuro, se desprendía una promesa de felicidad, la incitación a tomar posesión de aquella tierra, como habría hecho el primer conquistador europeo que se la usurpó a los indios. Así que, con la insolente avidez del colono, Tom nombró suya aquella tierra, y hasta la luz del sol que la alumbraba y el aire que alentaba entre los arbustos pasaron a pertenecerle. Sus únicos derechos sobre la comarca eran su amor (a primera vista) por ella y el trabajo que estaba dispuesto a consagrarle; su único título para conservarla, la puntería de su revólver.

Y como un artista su talento defendió su propiedad de todos cuantos llegaron a arrebatársela, que con su sangre abonaron los pastizales. Y así cada año fueron creciendo en la colina el número de toscas cruces de quienes, viniendo a reclamar la tierra, solo obtuvieron de Tom una bala exacta y una oración de la Biblia; fue girando la rueda de las labores cotidianas y de las estaciones; proliferó la marca de nuestro rancho en los cuartos traseros de las reses, hasta que un día el capataz trajo el rumor de que nos habíamos independizado del Norte, Mathew fue reclutado, y para cuando el general Lee firmó la rendición nos encontramos con diez mil cabezas de ganado. Las cuales, entre todas, no valían para pagar ni la cena de todos los operarios del rancho en uno de esos restaurantes de Washington.

Después de la guerra el fantasma del hambre recorría el Sur, la crisis había esquilmado nuestros mercados y por la región el dinero en curso escaseaba más que la esperanza. De manera que nuestra única oportunidad residía en conducir semejante manada hasta Misuri,  donde valorarían el ganado en su precio, a través de mil doscientas millas jalonadas de desertores, comanches y cuatreros. Sí, el patriarca Thomas Dunson conduciría por el desierto a su pueblo hacia otra Tierra Prometida. En todo se parecía a Moisés salvo en aquel miedo que le temblaba al fondo de las pupilas.

Tom temía perder su ganado como un escritor teme a la ceguera o un pianista la amputación de una mano. En nuestras tierras el miedo prosperaba como los topos. Las vacas daban miedo en lugar de leche; el miedo picaba el vino; crecía con la cizaña el miedo en los trigales, y hasta el café olía a miedo. El problema de Tom era que ahora no podía disparar a su nuevo enemigo como había hecho con tantos otros desde que llegamos, hace catorce años, y su oponente no era de carne y hueso: al ánima errante de la pobreza no se le puede disparar entre los ojos.

En aquella tesitura la única buena nueva fue el regreso de Mathew de la guerra. Venía mejor entrenado y más rápido que nunca con el revólver; pero además traía un aura especial, y no me refiero a que casi ostentara entre los hombres la autoridad de Tom –desde luego que aún no su trágica grandeza-, sino a una nobleza en su expresión, cierta generosidad de sentimientos que ahora se destilaban de la pureza de su mirada, de la manera paciente y serena que tenía de escucharte. Hasta en su figura la viril brusquedad del padre parecía matizada de delicadeza.

En cuanto a mí, menos con los dientes, los años han sido compasivos y convencí a Tom de que me trajera de cocinero, ya que desde que hace veinte años me libró de aquellos forajidos su suerte es la mía, y ahora mi vejez depende del éxito de muestra expedición. Cuando cobre, lo primero que haré será pagarle a Kwo para recuperar la dentadura postiza que le dejé en prenda por culpa de aquel farol. La culpa fue mía por apostar contra un indio; con su aire inescrutable nadie mejor que ellos pone cara de póker.

Hace tres semanas que salimos y a estas alturas, sin dentadura, ya he tragado arena para desecar el río rojo. A cada milla vamos soltando el ánimo como si fuera un lastre; el viento deshace las ilusiones de los hombres; la lluvia disuelve sus esperanzas; y, en vez de acercarnos a nuestra meta, cada paso, mostrándonos la dureza de lo que nos queda, parece alejarnos de la meta. Cada vez son más quienes se arrepienten de haber jurado no abandonar como si hubieran firmado un pacto con el demonio. Las jornadas de dieciocho horas, la monótona dieta, esta parodia de café y la ausencia de mujeres mellan la voluntad de cualquiera.

Ahora corre entre los hombres, como una de esas postales francesas, el rumor de que el ferrocarril llega hasta Abilene y allí podríamos realizar la transacción. Pero Tom no quiere ni oír hablar de eso, tensa la mandíbula y en el ceño fanático se le prende la idea fija de llegar hasta Misuri. Incluso Matt empieza a disentir de su obcecación; y, cuando su padre espiritual prescribe dejar atrás un arroyo y prolongar la marcha más allá del crepúsculo, de mala gana transmite sus órdenes.

Como un escritor se niega a levantarse de la silla, para Tom ningún camino es lo bastante largo, la luz del día nunca está exhausta, ni agotamos suficientes millas como para acercarnos a Misuri. Si por él fuera nos azotaría para espolearnos como a caballos. Ya hasta el ganado está nervioso –cualquier día saldrá en estampida-, los hombres siguen hoscos y tensos, y entre tantas dudas solo el tirano guarda una fe que, me temo, como la divisa del rancho, está dispuesto a grabar al rojo en la piel del primer escéptico. Estoy seguro de que matará a quien deserte, mandará enterrarlo y rezará una oración por él. Pero no a mayor gloria del difunto, sino de su rancho, de su destino.

Y sin embargo, para Matt y para mí, en el mundo hay algo más que el ganado.                                                                                           

                                                                                                                                                               

domingo, 25 de noviembre de 2012

CORTINA RASGADA


                  

A veces me temo que la Seguridad del Estado haya errado conmigo. Como después de mi paso por la Gran Manzana mi inglés es perfecto –por desgracia pluscuamperfecto: ya han pasado cinco años y nunca volveré-, me encomendaron acompañar, esto es, vigilar, a los invitados norteamericanos, con la esperanza de que mi cháchara sobre su país disfrazase mi cometido. Y digo que tal vez se hayan equivocado porque, aunque intento que mi simpatía por su lugar de origen no me haga olvidar mis obligaciones y ya he detectado a dos espías, al tratarlos me embarga una nostalgia que inevitablemente embotará mis facultades y alguno se me habrá escurrido como una anguila.

Aterrizados de Nueva York, la Ciudad Infinita, esos hombres parecen recién salidos de entre los brazos de una joven muy sofisticada, y, agradecidos a su destino, traen en sus gestos tanta benevolencia, los nimba tal aire de tolerante cosmopolitismo, mantienen una actitud tan civilizada, que su roce me hace añorar la capital del mundo como a una madre distante. Sí, el imposible resplandor de la antorcha de la Estatua que auspicia la ciudad aún parece brillar en sus semblantes.

El vodka es el único medio de mitigar tales recuerdos, y aunque Herr Gerhard, mi jefe, ya me ha amonestado un par de veces, anoche, después de acompañar al profesor Armstrong al Capitol, el mejor hotel de Berlín Este, no pude sino acordarme en su bar a la cálida luz de mis remembranzas. Igual que sobre otros los aromas ejercen sus encantos evocadores, a mí son determinadas expresiones del inglés neoyorquino las que me retrotraen, en una especie de añoranza léxica, a la mejor época de mi vida; y el joven profesor se prodigó en varias.

También me ayudan a recordar Nueva York  el poco cine americano que logra filtrarse por las fisuras de la censura, de género negro porque, como dicen, evidencia las contradicciones del capitalismo. A veces me miro al espejo y no puedo dejar de hacer las muecas de E. G. Robinson o de fumar con el cínico desdén de Bogart (¡ya me ha vuelto a fallar este maldito mechero y a nadie puedo pedirle fuego aquí en el campo!).

Que me devuelvan a América y verán cómo allí Gromek deja el alcohol. Solo bebía un par de cervezas en el béisbol. Viví en la calle 88, justo en la esquina 8ª, y allí abajo, en el almacén de aquel judío, me compré de segunda mano este abrigo de cuero negro que aquí admira a todo el mundo, y por desgracia es lo único que queda del antiguo Gromek. Sí, aquella fue la mejor época de mi vida. Aprovechando que mi tío abuelo emigró a América cuando los blancos perdieron la guerra, la Stasi me reclutó, adiestró y me hizo escenificar que como una culebra me infiltraba por una grieta del Muro hasta Berlín Occidental. Por suerte el vigía recordó apuntar demasiado alto.

De allí volé al único país del otro lado del Telón de Acero donde tenía familiares, que avalaron mi entrada con el candor de los incautos. Reconozco que mis tíos y primos me acogieron con plena confianza, salvo mi tía Alexandra, que me miraba de través mascullando sobre lo mucho que me parezco a mi padre, un bolchevique al que odiaba esa rama de la familia.

Recién llegado conocí a Linda en la cola de un supermercado. En toda mi juventud bolchevique nunca había visto tal sobreabundancia de carne, y no me refiero a la charcutería del local. A la semana se vino a vivir a mi apartamento. Hice correr la especie de que me habían dado un préstamo y compré un taxi (un Mercedes que aún conduzco en sueños) con el que merodeaba en torno al edificio de Naciones Unidas. El taxi me servía de fachada y de medio de cumplir mi misión. A veces lograba recoger a diplomáticos de la ONU y a algunos los convencía para llevarlos a pasar un buen rato a ciertos áticos donde los fotografiaba en acrobáticas posturas. Luego les ofrecía los negativos a cambio de determinados documentos oficiales. Pero no prosperaba el negocio. Y no aludo al taxi –si seré honrado que con las carreras le devolví el dinero a la Stasi y solo me embolsé las comisiones de la madame-, sino a que las víctimas se limitaban a zurrarme o pedirme que no tardara en remitir las fotos a las consortes a ver si así por fin les concedían el divorcio.

Por eso me llamaron de vuelta. Ni siquiera intenté persuadir a Linda de que se viniera conmigo. Habría sido una pena ver cómo adelgazaba y palidecía por aquí, recomida por el frío y el hambre, una chica tan rozagante como ella. ¿Cómo iba nadie en sus cabales a cambiar los EEUU por la RDA, las hamburguesas por la sopa, los moteles por las celdas, el Playboy por el Pravda? Era maravilloso conducir por aquellas calles palpitantes de vida, oír la música de las rosas en los puestos de flores, asistir al primer latido de los neones en el crepúsculo de Broadway. A este lado del Muro hasta el frío es más afilado y el viento tiene dedos de inquisidor. Ahora, sin ir más lejos, no deja de soplar a campo abierto, y por culpa de este maldito mechero no puedo ni encenderme un mísero cigarrillo mientras espero a que ese profesor Armstrong salga de esa casucha.

También lo espera ese taxista al que debería pedirle fuego. En cuanto el profesor salga voy a llevármelo a comisaría y a avisar de que vengan a detener a todos los de esta granja. Forman parte de esa organización de espías cuya contraseña (una letra griega) con el pie ha trazado Armstrong en la tierra del umbral para darse a conocer. Con objeto de que se delatara, hice que me despistaba, pero gracias a la moto en toda la mañana, y a pesar de la resaca, no le he perdido el rastro.

Todo en el profesor parecía limpio, un presuntuoso joven prodigio de la Física que incomprendido en América se pasa a nuestras filas, más allá de la política, con tal de llevar a cabo su experimento; todo parecía normal a excepción de esa novia suya, rubia y melancólica, de la que decía no haber podido deshacerse. Una chica de aire tímido que también trae ese aura de sofisticación de la Gran Manzana. Preferible sería para ambos caer delante de un batallón de fusilamiento, antes que reproducir, en el interior de las mazmorras de sus cadenas perpetuas, nuestras vidas al aire libre, nuestras existencias tristes, grises como los jirones de un cartel de Stalin despellejándose de la piel de la tristeza colectiva.

Tengo que concentrarme en mi trabajo; el profesor ya está de vuelta. No voy a confiarme ni a dejar que la nostalgia me entorpezca.

No puedo permitirme fallar tanto como este maldito mechero.                                                                                
                                                                                                                                                  

jueves, 22 de noviembre de 2012

CABALLERO SIN ESPADA


           


Mímesis del vacío, humo en el aire, mi camaleónica retórica camufla la vacuidad de mi pensamiento y la plenitud de mis intereses. Por algo soy un político, el inveterado senador de mi Estado, de vano discurso y cuenta corriente abarrotada. Gratis son mis promesas; los favores los cobros caros. Si la naturaleza y el mundo son egoístas, ¿por qué voy yo a trabajar por los demás? ¿Algún pájaro le hace a otro el nido? ¿Qué león guarda a su hermano un bocado de su presa?

Así que en estos tiempos de crisis, ¿qué me impide aprovechar la bajada de los precios de los terrenos y ayudar a mi aliado, el magnate Jim Taylor, a comprar con testaferros las fincas de de Villet Creek? He logrado incluir en los próximos presupuestos una partida estatal para adquirir estos terrenos a precio de oro. Nadie sospechará de la ejecución de una obra en beneficio de la comunidad. Es curioso, parece que ciertos gobernantes tenemos la debilidad de construir pantanos que en el futuro puedan lavar la infamia de nuestros nombres. Conociendo las grietas de la ley y disponiendo de la información precisa, sin árbitro, ¿cómo íbamos Jim y yo a dejar de jugar al tenis sin red y atrapar con ésta a los incautos?

Y cuando todo estaba dispuesto para que se efectuara la operación y había movido a placer a mis marionetas del Senado, tuvo que morir el otro senador del Estado, Sam Foley. Y ese monigote de Gobernador que Jim Taylor había puesto por una vez se rebeló y, ante las presiones populares, se negó a sustituir a Sam con uno de nuestra camarilla. El público quería nada menos que a Hill, ese maldito radical. Como candidato de consenso, el Gobernador propuso a un joven palurdo, Jefferson Smith, cuyo mayor mérito era ser jefe de guardabosques y acudir al rescate del primer perro que cualquier rapaz perdiera. Tenue y tímido, me pareció el típico ingenuo fácil de deslumbrar con los espejismos de la ilusión y de ensordecer con el eco de las palabras rimbombantes, y convencí a Jim de que lo aceptase.

Me conformaba con un senador que siguiese los dictados de su colega más veterano –yo-, y el único dictamen de tan honorable estadista era que, ahora que todo estaba dispuesto, para nada se mencionase el topónimo de Villet Creek en al Senado, evitar que bajo la bóveda del recinto resonase el tabú de tal enclave. Parecía algo fácil para un malabarista de las palabras como yo, un ilusionista que en la copa de la chistera siempre guarda las palomas de la confianza de los votantes, un equilibrista de las ideas con facultades de prestidigitador –puedo escamotear la realidad- y de hipnotizador –capaz de convencer a la gente de lo que tiene que hacer-, un genial depositario de la ilusión colectiva que como un novelista por entregas juega con las esperanzas de la gente, las defrauda con su demagogia y las adultera con sus embelecos… Me pierdo hablando de mí mismo. ¿Cómo iba, en definitiva, ese imberbe de Jefferson Smith a descifrar mis negros propósitos que como piojos escondo entre las canas de mi respetabilidad?
                
A fin de cuentas soy un artista que con su arte hace su fortuna. Y con fortuna no me refiero a mi magro sueldo. ¿Cómo esperan que me conforme con eso? Ni siquiera voy a contentarme con lo de Villet Creek, que solo será el escalón de mármol que me suba al pórtico de columnas de la Casa Blanca. Cuando se aprueben los presupuestos (y hasta hace diez minutos nada parecía impedirlo), Jim me hará en todos sus periódicos y emisoras tal campaña que en la convención del partido me aclamarán como candidato.

Y en esto Jefferson Smith llegó a Washington, trayéndonos el voto y la confianza de sus paisanos, un mirlo blanco que parecía fácil de amaestrar, de hacerle cantar lo que me interesara, un patán al que no podría dejarse solo entre el tráfago de la capital. Y escabulléndose de la comitiva eso fue lo primero que hizo al salir de la estación, perderse por Washington. Cinco horas mantuvo en vilo a mi oficina entera buscándolo, y cuando estábamos a punto de recurrir a la policía, el joven se dignó a asomar por su despacho, aturdido por la emoción de haber visitado el Capitolio, el Lincolm Memorial y la casa de George Washington.

No es más que un idealista que recita de memoria, los ojos húmedos, los discursos de los Padres Fundacionales y lleva las barras y estrellas tatuadas en el alma. En su primera rueda de prensa hizo el ridículo, creyendo que solo estaba entre los bebedores del drugstore de su pueblo. Declaró que su máxima aspiración política consistía en fundar un campamento infantil y se dejó fotografiar como un payaso, haciendo literalmente el indio o enseñando cómo se enciende un fuego con un palito y una piedra. El muy estúpido consideró todo aquello “off the record”; en política no hay nada tan imperdonable como la inocencia.

Para que no se repitiera encargué a Mrs. Saunders, mi secretaria, que le hiciera de niñera. He tenido que subirle el sueldo porque no le han bastado mis promesas de buscarle un puesto en el futuro. No es mujer de esperanzas. Ella me conoce y sabe lo que vale mi palabra.

Todo mi interés estribaba en mantenerlo lejos de la política, es decir, de las palabras “Villet Creek”. Mrs. Saunders incluso se ocupó de llevarlo a su primera sesión en el Senado. Estaba pálido y tembloroso; ciego de emoción, no soltaba el maletín de la responsabilidad, y hasta el ujier se rio de él. Lo conduje ante el Presidente para que jurase el cargo, y cuando cierto senador protestó de que con aquella rueda de prensa había deshonrado el cargo, a punto estuvo de desmayarse.

Después de la sesión, Jefferson fue al bar para vengarse de los periodistas, pero volvió a salir escaldado. Estos le habían dicho la verdad: que su puesto es ornamental (como las estatuas del hemiciclo) y que su única función es votar a ciegas lo que yo le mande. Así que me vino a casa pidiéndome conocer todas las leyes antes de votarlas. Lo conformé dándole la genial idea de que cumpliera su sueño presentando como proyecto de ley aquel campamento infantil. Los ojos se le abrieron de atónita revelación; aquello parecía una de mis típicas ocurrencias que luego, a través de los años y las fiestas, sería celebrada con brindis y carcajadas. Me rogó que lo dispensara de la cena y corrió a la oficina a redactar su proyecto; al menos se mantendría ocupado.

Hasta que en la sesión de esta mañana le ha llegado el momento de tartamudear su proyecto ante la Cámara. Y la sala ha vibrado, los pilares cedieron, el cielorraso se ha desplomado sobre mi cabeza y mi hombre de paja me ha incendiado la vida al pronunciar el enclave donde pretende emplazar el campamento:

Villet Creek.                                                                       
                                                               
        

                                  



                              

                                  
                                       

                                                                                                        

lunes, 19 de noviembre de 2012

EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS




                 

Sabía que antes de que me enterraran y por triste que estuviese, ese sátiro de Paul le pondría los cuernos a mi ausencia, que engañaría retrospectivamente a su esposa muerta –yo-, y me traicionaría aun de cuerpo presente. Lo ha hecho con esa golfilla de cara de gata muy de su tipo, sensual y superficial, que se las da de sofisticada pero solo es otra niña pija que reniega de la burguesía porque las pintadas y las letras de las canciones lo han puesto de moda desde el último Mayo aquí en París.

No sé cómo acabarán esos dos (ni si después de que me sepulten podré seguir asistiendo a su vida como si mis ojos aún guardasen luz), pero en el fondo ambos son igual de conservadores y hasta se han buscado un piso vacío en la calle Julio Verne donde revolcándose en el polvo no han hecho sino fundar una parodia de hogar. Después de una niñez tan ardua por culpa de sus padres y de un derrotero que ha abarcado todos los escenarios de la derrota –desde la lona de un ring a una trinchera sudamericana de la que asomaba una bandera blanca-, después de sufrir los ultrajes de la trashumancia, a pesar de tantas blasfemias y excentricidades suyas, lo único que buscaba sin saberlo era un hogar, y eso fue lo que encontró en mi hotel, donde vino para pasar una noche y se quedó cinco años.

Nunca olvidaré la tarde tormentosa en que llegó, huraño y fatal, fúlgida la mirada de revolucionario y con el aire de indignación que le prestaban la camisa entreabierta y la cabellera rebelde que aún no había empezado a ralear, trayendo el aura de romanticismo y aventura que la mejor parte de mí aún ansiaba. ¡Quién me iba a decir que una semana después se arrodillaría para arreglar la caldera de la calefacción o me cargaría en el carrito las compras del mercado!

La verdad, siento haberle hecho daño. Me amaba y se ha tomado mi suicidio como un insulto. También lo siento por mis padres y hasta por Marie, que ha tenido que limpiar de mi sangre la bañera y soportar todas esas preguntas de la policía sobre el estado de ánimo o el matrimonio de su patrona. Espero que Paul no vea ninguna alusión en haber utilizado su navaja de afeitar: solo era el medio más eficaz y a mano. Pero debería haber mirado más allá de sus narices –por no hablar de otro apéndice-. Mientras que yo llegué a calarlo bien, él se conformaba con un conocimiento epidérmico de mí. Solo ahora que no puede tocarme empieza a hacerse preguntas sobre mí. Por eso no miente cuando jura a todo el mundo que no sabe por qué lo he hecho.

La gente piensa que en una orgía de abatimiento los suicidas sucumbimos a un orgasmo de desesperación y nos borramos el mundo de la vista con un melodramático gesto de auto negación. Por el contrario, en mi caso ha sido consecuencia del análisis y la reflexión; lo he hecho con la cabeza fría –y el agua caliente-, después de haber sufrido durante años la invasión silenciosa de los ejércitos del aburrimiento, el imperio del más sordo tedio y la dictadura del absurdo. Solo los primeros días creí en Paul como mi libertador. ¿Qué psicólogo, sacerdote o filósofo habría podido señalarme un sentido en esa superposición de días planos, en tal acumulación de horas vacuas, inertes, podridas como tras la lluvia una hojarasca plagada de lombrices y de las inmundicias de los pájaros?

Recién abierto el hotel, hubo un tiempo en que dormir cada noche en una habitación libre o compartir el sueño con alguno de estos amantes del asfalto y de la coca, simpatizantes del jazz o del yoga, practicantes del sexo y el verso libres, me inspiraba la sensación de dormir en las cambiantes habitaciones de la aventura. Pero pronto el significado fue desprendiéndose del empapelado de las paredes, de los muebles o de los rostros como en una lepra; y una torpe vileza se me desenroscaba en el ánimo con el horror de una serpiente. Mayo del 68 pasó por esta calle como un alborotador nocturno, Paul era un maniquí con un vibrador en la cintura, y con la humedad rezumaba el hastío por el cielorraso del dormitorio y se filtraba por las goteras irreparables de mi existencia. Paul había dejado de ser original y volví a enredarme con aquellos peregrinos del arte y las drogas.

Como aquello no me sirvió de nada, viré el rumbo y emprendí una relación más estable con Marcel, un inquilino de confianza, de modo que me bastaba con cambiar de planta para mudarme de marido. Para demostrarme que en habitaciones gemelas ambos significaban lo mismo les regalé la misma bata a cuadros escoceses y les hacía comprar el mismo whisky. Pero se demostró que duplicar mi relación con Paul solo reproducía el absurdo.

 Si Paul se enterase de lo de Marcel, por mucho que le doliera, acabaría por despabilar. Vería que lo he intentado todo antes de abrir el grifo del agua caliente y le serviría de consuelo no sentirse culpable. Y verse asimilado a un tipo tan corriente como Marcel le revelará lo convencional que se ha vuelto desde que me conoce. Entonces hará las maletas y desertará del hotel para volver al camino. Si no hubiera llegado exhausto a la orilla del hotel, lo habríamos vendido, emprendido una travesía y –si es que no llevaba yo el hastío en el equipaje- quizá haría tardado más en afilar la navaja.

Estoy segura de que reaccionará, llegará a la misma conclusión que yo (aunque él no es de los que se suicidan) y verá que lo suyo con esa golfilla es una tontería, se enzarzará en la trama de cualquier peripecia y de un modo u otro buscará la muerte tras cualquier esquina del azar. Vietnam o Chile serían buenas excusas, casinos donde la suerte reparte pronto las cartas ciertas de la muerte.

Ya ha visto que su relación es un simulacro de matrimonio porque ella compone las fantasías de cualquier niña mimada y está poseída por los típicos fantasmas de la clase media. Para eludirlas, desde el principio él le ha prohibido que le diga su nombre o le cuente nada sobre las circunstancias de su pasado o su familia.

Por ahora sigue sin saber por qué lo he hecho. Tengo que reconocer que el suicidio es un insulto a los seres queridos. Por eso hace bien en insultarme entre lágrimas, cuando alcanza ante mi cadáver un éxtasis de dolor que entre el perfume de las flores acaba por exacerbarlo contra mí, contra sí mismo: aún me tiene muy adentro.

Él nunca habría hecho lo que yo. Me quería demasiado.                                                                
                      
                                                                                                                                                                                                                                                                       

viernes, 16 de noviembre de 2012

MATAR A UN RUISEÑOR




                   

El psiquiatra le dijo a mi padre que para respirar solo me dejara salir de madrugada porque podría hacerle daño a alguien. Sin embargo, por aquí ocurre justo lo contrario, que los cuerdos son los realmente peligrosos, mientras que yo, caminando solitario por las calles soñolientas de Maycomb, la plaza en silencio y el mundo en paz, me siento el guardián del pueblo y el ángel de la guarda de los niños, el vigía de la noche que a través de las sombras en calma se cuida de que ventana alguna albergue a ningún asesino o enfermedad y de que todos los vecinos duerman tranquilos.

Lo que más me gusta es asomarme a la ventana de Scout y Jem, los hijos de Atticus Finch, nuestro vecino el abogado, y ver que duermen felices, sonriendo en sueños porque acaso estén viendo caminar por un jardín lunar a su madre, que murió a los seis años de Jem y a los dos de Scout, la niña que quiere parecer un niño y ahora tiene la edad de su hermano cuando aquello ocurrió.

Sí, todos se sorprenderían mucho si supieran que un loco les auspicia los sueños paseándose entre sus fantasías oníricas, feliz de que descansen bien. De día solo puedo atisbar a los vecinos desde mi ventana, como en un cine, asistiendo a sus lentas, resignadas evoluciones a través de esta maldita recesión que arrastran desde el 29 como un cadáver muy pesado, las caras mustias y los hombros caídos, avanzando contra el viento del invierno o la gravidez del verano. Y pese a todo amo de lejos a todos esos que me creen un fantasma, desviviéndome por su suerte –al otro lado del vidrio- como por los personajes muy queridos de una novela. Y ahora caigo en que no les gustaría sentirse compadecidos por mí.

Ojalá pudiera hacer algo por ellos, pero apenas puedo gobernarme a mí mismo desde el día que con aquel dolor de cabeza paré de hacer recortables para confundir la pantorrilla de papá con una peluda alimaña y clavarle las tijeras. Aunque pretendían mandarme al manicomio, mi padre gritó que ningún Radley acabaría allí, me rescató del sótano del Juzgado y me trajo de vuelta a casa.

A todos los vecinos les tengo cariño –incluso a Miss Madie, que solo piensa en sus flores, o a Miss Dubose, siempre refunfuñando desde su mecedora-, los aprecio no a pesar sino a causa de sus defectos; pero con diferencia mis favoritos son los hijos de Atticus. Lo que más me gustaría en el mundo sería jugar con ellos (el psiquiatra debe tener razón en afirmar que mi mentalidad es la de un niño de cinco años), pero es imposible porque mido un metro más y soy quince años mayor que Jem. Así que me tengo que conformar con mirarlos y verlos encaramarse a los árboles, hacer rodar los neumáticos o balancearse en el columpio. Mi música favorita es el eco de sus risas; el mejor espectáculo, sus carreras al escondite.

El pasado verano se juntaban con Dill, el sobrino de una vecina que vino a pasar las vacaciones con su tía porque sus padres se estaban divorciando. Varias veces se retaron a cruzar mi jardín y cuando alcanzaban el umbral salían disparados como si hubiesen llamado a la puerta del Infierno. Lo más triste es que como hace tiempo que no me ven, mitificando mis deficiencias, la gente ha adulterado la leyenda sobre mí y dicen que me alimento de gatos, que babeo entre mis colmillos de fiera, y que con los ojos saltones y el horror en la cara parezco un monstruo. Quien pasa junto a casa después de oscurecer aprieta el paso, y he oído a los padres emplear mi figura como amenaza si sus hijos no se comportaban.

Y así me he convertido en la vasija que llenan con sus temores, en el receptáculo del miedo colectivo, cuando lo único que a todos les deseo es que les vaya bien. Cuando alguna mañana deja de abrirse la puerta de alguien, me da jaqueca; si presencio algún accidente, me duelen el pie o una mano; el perro que muerde a algún vecino me hace a mí el mismo daño. Y sin embargo, si me atreviera a salir a jugar con los niños, promovería por la calle un espanto de epidemia.

A últimos del verano, Scout, Jem y Dill, con el miedo temerario de la infancia, practicaron una incursión nocturna a mi casa. Querían hacerme lo mismo que yo a ellos, verme por la ventana. Oyendo su sigiloso avance por el jardín, como yo había salido al porche, contuve la respiración para no asustarlos y, regocijado por sus trémulos pasos, tuve que apretarme la boca para reprimir una risotada. Al final me detectaron la sombra y huyeron despavoridos. Papá los oyó y, tomándolos por ladrones, disparó al aire. El pobre Jem se dejó los pantalones enganchados en la cerca, y yo los desprendí de allí y se los dejé bien doblados para cuando volviera a recogerlos.

Agonizó el verano, Dill volvió a su casa (o lo que quedara de ella) y llegó el primer día de colegio para Scout. ¡Fue la primera vez que se vistió de chica! Desde entonces cada mañana la he visto salir animosa, pero siempre vuelve con la cara nublada por algún conflicto. De lo que este otoño más se oye hablar es del juicio a Tom Robinson, el negro acusado de haber violado a la hija de Mr. Ewell, uno de esos misérrimos granjeros blancos de los alrededores.

Las hablillas del pueblo se afilan contra Atticus por haber aceptado la defensa de Tom. Como se lo pidió el juez y en vez de dinero le acarreará impopularidad, defensor de las causas perdidas, Atticus aceptó. También lo ha hecho para ofrecerles a sus hijos la mejor lección posible de tolerancia y transigencia. El día que le acertó a aquel perro rabioso que se agitaba a la entrada del pueblo, Atticus pareció disparar contra toda la hipocresía que, con el polvo de las tormentas, se adensa en Maycomb. Demasiadas veces he visto cómo su mirada franca desarma a los racistas; la manera en que se yergue por la calle, inmune a las maledicencias; cómo dispersa a los corrillos que murmuran señalando a mi ventana, para no haber calado la hondura de su ecuanimidad.

Ahora su peor enemigo se llama Ewell, el padre de la presunta víctima, que por las farmacias y los cafés va diseminando las gotas de gasolina del linchamiento. Al pasar a la altura de la casa de los Finch escupe, y hasta lo he sorprendido mirar con los ojos achicados a sus hijos mascullando juramentos contra ellos. Cómo detesto a la gente que encabeza esos pelotones justicieros donde todo el mundo pierde su individualidad; con frecuencia el que más grita pidiendo justicia es el culpable del crimen del que se acusa al negro de turno.

Tengo que estar muy atento: estoy seguro de que Ewell quiere vengarse en sus hijos del que llama “amigo de negros”. Quizá ese tipo me ofrezca la oportunidad de presentarme a esos niños y hacerme su amigo. Llevo tiempo dejándoles regalos en el hueco del roble; ofrecerles mi reloj, una canica o una figura tallada de caoba, es mi manera de ofrecerles amistad.

Quiero dejar de ser un chasquido en el porche, un susurro en la grava, una respiración contenida.                                                         

                      
                                                                                                                                         

lunes, 12 de noviembre de 2012

EL TESORO DE SIERRA MADRE



                 

¡Menuda pregunta! Esos dos jovenzuelos, Dobbs y Custin, me plantearon si quería acompañarlos a buscar oro y me miraban expectantes, como si me cruzara los ojos la sombra de una duda. ¡Habría sido como despreciar los ofrecimientos de alguna belleza! Desde que a los diez años empecé a trabajar en el rancho de mi tío, en Kentucky, y las historias de aquel vagabundo de ojos alucinados me contagiaron la fiebre del oro, no he dejado de fantasear y, desde los veinte, de invertir mi dinero y mis esperanzas en expediciones como la que me propusieron.

Me he dejado la salud y la juventud en Alaska y Colorado; la ilusión y la inocencia en California y Canadá. Varias veces me hice rico y otras tantas todo lo perdí invirtiendo mi fortuna para lograr otra mayor, y tenía que volver a emplearme de tabernero o aparcero, así que mejor que yo nadie conoce los estragos de la codicia. Y ahora, cuando la madurez de mis setenta me ha sorprendido en el seno de esas olas sobre cuya espuma ya no me exaltaba la suerte, este Dobbs y este Curtin, tan mugrientos y harapientos como yo, venían a preguntarme si quería aprovechar la última oportunidad de mi vida y acompañarlos a buscar oro.

Tenía que hacerlo aunque solo fuera por la manera en que ellos habían logrado el dinero necesario para comprar el equipo; con la edad he llegado a intuir los inverosímiles antojos del destino. De milagro localizaron al tramposo patrón que les debía trescientos pavos y, jugando al trece, Dobbs ganó a la lotería un pequeño premio con que redondear las cuentas. De modo que en aquel dormitorio de Tampico de cincuenta centavos la cama –con derecho a chinches, cucarachas y hasta ratas-, al poco de conocernos, diseñamos el plan para ganar cien mil dólares como mínimo.

Al fin dejaríamos de fumar colillas del suelo, bañarnos en las fuentes, rebuscar entre basuras o dormir en vagones de mercancías. Pero para ellos dos la situación era más dura; es más triste ser pobre para los jóvenes. Y todo gracias a la llamada civilización, que solo se mueve por dinero y se conmueve por la hipocresía. Es la otra cara del racismo: ya que aquí a los norteamericanos no se les permite ejercer oficios subalternos, se les obliga a mendigar. En Kentucky les ocurría lo mismo a los blancos pobres, que como no podían afrentar su apellido ejerciendo labores de esclavos, pasaban más hambre que éstos. Pero ahora esos dos chicos confiaban en que mis conocimientos –a no confundir con la experiencia, que no hace listo al tonto- y su energía hicieran cambiar los vientos de nuestra fortuna. Y a mi edad, de las cenizas de la resignación renació, como un amor otoñal, la llama de la esperanza, no de la codicia.

Yo sabía que como una virgen paciente la montaña espera a quien quiera conocerla en profundidad para entregarle su tesoro; decenas de hombres intentan seducirla con sus roces casuales, con epidérmicos requiebros; pero ella no se deja convencer por la fálica exhibición de sus picos y taladros, y solo se entrega al hombre que le está destinado, al que trae en la frente la señal que ella espera. Por eso vale tanto el oro, porque en su brillo se traslucen los fracasos de quienes han trabajado y ablandado la tierra para que venga un afortunado y coseche el fruto.

De modo que hasta el último penique lo invertimos en herramientas, armas y provisiones, y subimos al tren de Tierras Calientes; ya compraríamos los burros en Perla haciéndonos pasar por cazadores. Por el camino, antes de empezar a buscar ningún yacimiento, esos dos ya calculaban con cuánto se conformarían antes de que los bandidos, el gobierno o las fiebres nos lo arrebataran todo. La cháchara me ayudó a conocerlos y a desconfiar de Dobbs; es fácil ser tan generoso como él se jactaba mientras no hay beneficios, y los hombres nos conocemos  tan mal a nosotros mismos que quienes más protestan de honradez se corrompen con mayor facilidad.

Y para demostrar lo dañino de tales fantasías, la alusión a aquellos bandidos imaginarios pareció invocar a una partida de auténticos que a caballo atacaron el tren con balas demasiado reales. Nos silbaron bien cerca del oído y nos libramos por poco.

Nos dirigíamos a regiones feraces donde las montañas cosquillean a las nubes y los ríos se abren como mares, buscábamos tierras que no hubieran husmeado exploradores ni profanado ingenieros, ni donde nadie nos espiara. Como casaderos exigentes deseábamos tierras vírgenes que no hubieran conocido el trato de otros hombres. Bien pertrechados emprendimos con los burros la marcha a través de las sierras y las tormentas, las alimañas y las soledades. Y mientras que a las primeras cuestas ellos dos desfallecían, yo me hallé en plenitud, y a cada paso rejuvenecía ebrio del aire libre, eufórico de sol y libertad, pletórico de fuerza. Ahíto de adrenalina, no necesitaba comer ni beber, y tuve que detenerme para que no me perdieran de vista. No me sentía tan feliz desde la última vez que, como un amante lujurioso, blandí el pico en busca de oro; realizando mi destino, era más yo que nunca y saber que por edad sería mi última oportunidad de hacerlo –con o sin éxito, eso entonces no importaba- me animaba a proseguir y a disfrutar más si cabe.

A ese par de primos los deslumbró el espejismo de la pirita, me llamaron a voces y trabajo me costó convencerles de que nada valía su brillo falaz. Tuvimos nuestra primera tormenta de arena, y anoche, cuando acampamos, estaban exhaustos y no pudieron cenar ni acompañarme con la armónica. Esta mañana he tenido que ser yo quien les abriera paso a machetazos a través de la maleza. Más que el oro a mí me preocupaba algo mucho más importante: nuestra reserva de agua, la cuna de la vida.

Hace un rato ambos cedieron, agotados, se dejaron caer a punto de reventar como caballos y, la lengua en el polvo, se rindieron: no darían un paso más. Me puse a burlarme de su debilidad porque justo entonces supe que, como si el destino hubiese calculado las fuerzas que les quedaban, este mismo lugar donde empecé a bailar de pura alegría, era el que desde la niñez me había estado llamando y solo ahora oía su voz de sirena, éste era el imán que toda la vida había atraído mis pasos de sonámbulo, la aguja de la brújula mi destino. En torno a los arbustos y las matas sentía una vibración del aire, una irradiación sobre la hierba, una reverberación de las piedras que, como si alumbrase el seno de la tierra, me reveló el útero de la montaña y pude ver cómo relucía el oro bajo los terrones como si la tierra fuera transparente. No podía parar de reír y bailotear, y como ellos aún no lo sabían me miraban de lado y Dobbs cogió una furibunda piedra y con ella me habría aplastado el cráneo si Curtin no llega a contenerlo. No sé para qué compré burros teniendo a esos dos conmigo. Si llegan a matarme no habrían sido capaces ni de volver solitos a casa.

Ahora queda lo más difícil: trabajar para merecer el oro, que nadie nos descubra y, sobre todo, controlar a Dobbs. Amaestrar la fiera que él, como todos, llevamos dentro, ese salvajismo que nos ha hecho capaces de fundar una civilización que todo lo mide por el oro.                                             
                                                                                                                                   

EL ÚLTIMO RODAJE DE MICKEY ROONEY


                 
                  

Mickey Rooney se había quedado calvo como una luna minada de cráteres, los ojos turquesa triste le lagrimeaban y había embebido tanto que su sonrisa se abismaba desde la altura de un enano. Ya nadie recordaba que alguna vez hubiera estado casado con Ava Gardner, y a él mismo los fastos del pasado le parecían una película muda olvidada e imposible de restaurar.
 Aquella mañana no debió volver a dormirse después del alba. Dos horas más tarde se despertó envuelto en un frígido sudario de sudor y tiritando, como si lo hubiesen acosado los espíritus de sus seis ex-mujeres, cuando sólo había oído entre sueños las disputas y los amores de los vecinos. Estos solventaban sus discrepancias a base de hacer chirriar el colchón, según proclamaban los tabiques de papel de los bungalows “Los Cipreses”. La cisterna no dejaba de manar, y durante la noche habían gorgoteado las cañerías provocando los pavores nocturnos de los inquilinos, cuyos sollozos se confundían con los borboteos más profundos.
 Rooney se había alojado allí, junto a los demás actores y unos pocos técnicos, para abaratar costes y concluir el rodaje de un imprevisible melodrama que él mismo producía y protagonizaba. Según juraban los inveterados borrachos de aquel motel situado en medio de ninguna parte, a las afueras de un poblado de Nuevo México, los niños que eran concebidos en “Los Cipreses” padecían una irrevocable maldición. A Mickey se lo contó un individuo enteco como un junco, de ojos endurecidos y piel cetrina con los capilares rotos, que lo había abordado la mañana de su llegada tambaleándose en el camino de grava. Aquellos desgraciados vástagos o bien no veían la luz, víctimas de abortos que a veces hacían desangrarse a sus madres en los sótanos de los suburbios y de las conciencias, o eran deslumbrados por la descarga excesiva que recorría sus jóvenes cuerpos en la silla eléctrica. Además, según siguió refiriéndole aquel hombre, tartamudeando con su voz pastosa, hasta los perdedores sin remedio obtenían en “Los Cipreses” éxitos sexuales, porque la tristeza y la compasión invadían los corazones de cuantas mujeres se alojaran en sus habitaciones; las limpiadoras eran espectrales, ya que ninguna fue jamás vista, aunque de vez en cuando el suelo lucía como recién fregado o desaparecían objetos de algún valor; y, milagrosamente, jamás se acababan las botellas de ginebra cuando se empezaba a beber bajo su techo, pero sólo era porque el dueño del colmado tenía la autodestructiva manía de fiar a los forasteros, tal y como poco después le asegurara a Mickey el locuaz encargado, llenando sendos vasos en su garita tras acordar las condiciones de pago.
  Las cenizas de los sueños arañaban los párpados de Mickey, y la visión en duermevela de una cucaracha que tomó por un saurio, le hizo saltar de la cama. Se estiró rígido y con las manos apretadas, sintiendo la inminencia de alguna desgracia en la amargura del paladar. Su malestar se ahondaba en las sombras que velaban los mustios arabescos de las flores del empapelado. Junto a la cama de dosel, la luz demacrada le reveló, además del día y de la película donde se encontraba, su ropa agonizando en las dos sillas de anea, la botella de ginebra casi vacía junto al cuenco y el punzón de hielo, y un escritorio de teca denso de envoltorios de caramelos, colillas y los papeles de los anónimos y cartas suicidas que tenía el vicio de escribir las noches de luna, pero que jamás enviaba, porque si bien él se había sobrevivido a sí mismo, hacía mucho que las destinatarias habían muerto.
Sus piececitos chasquearon en el linóleo, y bostezando apartó los visillos de la mañana de domingo. Una claridad enladrillada aquietaba los porches de los bungalows y se esfumaba en la lejanía de los páramos. El lugar estaba mudo salvo por el susurro discontinuo de los motores en la lejana carretera. Un cosquilleo en la espalda le atenuó la jaqueca cuando los rayos del sol horadaron las nubes de herrumbre, dos golondrinas se posaron en el tejado del bungalow de enfrente, y tras un furgón negro flameó al viento la cabellera de cierta mujer que se acercaba por la carretera hacia la verja. Aquel cabello de ángel fulguró en las ágiles sombras de los cipreses, ardió unos instantes al sol y acabó por fundirse con el porche de la conserjería. Estiró el cuello, ansioso por ver cómo su dueña emergía al camino de grava, y la expectación le azuzó el corazón. Palpitaron las hojas de los cipreses. Pero de repente las nubes volvieron a ensombrecer la escena, y no bien cayó el viento ya sin pájaros, aquella cabellera flamígera se apelmazó en el cráneo de una diminuta mujer macrocefálica, que se frotaba el codo con el hueco de la otra mano, como si le hubiera picado un mosquito, y detrás surgió la jorobada figura de una anciana renqueando tras ella. Mickey sintió un escalofrío y se envolvió en una bata de cuadros escoceses, sobre el pijama a rayas. Había retornado el dolor de cabeza. Se disponía a prepararse el descafeinado en la cocina americana, cuando un vahído le hizo desmoronarse sobre el sofá, con un ligero crujido.
Cerró los ojos, ahora con el libreto en las rodillas, y recitó una vez más, moviendo los labios, el texto del final de “La Hija Desconocida”, que debían rodar por la tarde. Le pareció demasiado lacrimógeno, incluso para un melodrama tan dudoso, y agitó nerviosamente los pies, sin llegar al suelo. La pertinaz voz en “off”, que desde su llegada al motel no dejaba de zumbarle en el oído, ralentizaba la secuencia, haciéndola demasiado literaria en perjuicio de su calidad visual. Además, había algo en lo que decía, y sabía muy bien lo que era, que por más que intentara ocultárselo a sí mismo, lo desasosegaba. Removiéndose en el asiento, llegó a desear que el guionista cambiara aquella parte, pero ya no había tiempo ni dinero para eso; tendría que haberlo advertido mucho antes, porque ni en sus mejores tiempos había sido capaz de improvisar en el rodaje. Se consoló recordando que sólo era una película alimenticia.
Aunque había oído un susurro de grava y una voz cascada, en cuanto los golpes estallaron sobre la puerta, las hojas del guión saltaron por el aire. El intruso parecía querer derribarla en lugar de llamar, pues no había utilizado el timbre y ahora acaso la pateaba. Fue de puntillas a la ventana para ver quién podía ser, ya que le había dado la mañana libre al equipo. Apartó con cuidado los visillos y obtuvo, en un ángulo desenfocado de la mañana, la visión de las dos mujeres que había visto venir entre los cipreses. Los que llamaban eran los puños de la anciana, mientras la más joven, con la estatura de una niña de siete años que desmentía el cráneo gigantesco, guiñaba unos acuosos ojos azules que le resultaron familiares, fruncía el botón de la nariz y mantenía el estúpido pulgar en la boca. Mickey dejó caer los visillos e hizo ademán de alcanzar el picaporte, pero volvió a dejarse caer, con cuidado, en el sofá. Balanceó la cabeza para que unas manchas rojizas desaparecieran de su vista, decidido a esperar a que las visitantes se fueran. El bombeo del corazón le repercutió en las cervicales, contrapunteando las llamadas. Para no hacer ruido, descartó tomar la pastilla que le había prescrito el cardiólogo en caso de apuro. Los vecinos anudaron otra discusión y reanudaron el crujido del colchón. Al comprobar que la cucaracha había avanzado hasta la mitad del techo, creyó que la vieja se había puesto a aporrear la puerta con un martillo. ¿Qué clase de escena era aquélla?    
Poco después que cesaran los impactos, en la ventana relampagueó una sombra, y el cristal zumbó entre unos gritos gangosos: “¡Abre, abre, maldito seas!, ¡abre de una vez, que sé que estás ahí!”. El actor se llevó las manos a las sienes, dispuesto a abrirles y aclarar de una vez el malentendido. Rechinó la puerta ante unos desorbitados ojos de rana, sobre los que se erizaron las cejas: “¡Vaya, por fin te encuentro! Estos bungalows son iguales, como todos los hombres”. La chica emitía un gemido gutural como el de las cañerías o la cisterna, y tan monocorde y carente de significado. Se quejó la seda del fajo negro cuando su dueña extendió hacia ella un largo índice acusador: “¡Mírala! Fíjate bien…” Un hilo de saliva le pendía de la boca con el pulgar adentro. “¿Es que no la reconoces?... ¡¡Es tu hija!!... ¿Te quedas como un pasmarote, no?... ¿Y tampoco sabes quién soy yo? ¡Si fue aquí, sí, aquí mismo donde me la hiciste! ¿O es que no quieres acordarte?”. Plegó el rostro hasta que la barbilla le tocó la punta de la nariz, y apretó los puños al aire: “¿No quieres saber nada?... ¿Es que vas a tener el valor de negarlo? ¡No pongas esa cara, que cada uno es responsable de lo que hace!... ¿Ni siquiera nos vas a dejar pasar?... ¡Esto no va a quedar así! ¡Ya me lo esperaba! ¡Vámonos de aquí! Tranquilo, que a ella no volverás a verla, pero tendrás noticias mías; hoy en día estas cosas se pueden probar. Ya encontraré quien te dé tu merecido.” Y cogió a la joven de la mano como si aún fuera una niña y dando traspiés la arrastró por el camino de grava.
 Con las manos en los oídos, Rooney observó, entre una ardiente niebla, que el utilitario de sus vecinos intentaba salir entre las columnas del parking. En la calva le rebotaban algunas gotas. Ambas espaldas, la encorvada y la erguida, se alejaron entre los cipreses hasta desaparecer tras la verja y el furgón. Sentía clavado en el pecho el punzón de hielo que le había prestado el conserje. Arreció la lluvia. Derrapó el auto cuando parecía que al fin iba a salir. Las voces de sus ocupantes fueron acalladas por un voluptuoso aullido, y el automóvil se puso a retemblar de arriba abajo, crujiendo obsceno.
 De repente, Mickey Rooney salió trotando tras las dos mujeres. Los faldones de la bata le golpeaban las pantorrillas, y el pulso ya le silenciaba los pasos de las pantuflas. Dejó atrás una espalda que en el porche conversaba con el conserje. La barbilla en el pecho, sus brazos lo impulsaban como pequeños remos accionando en el aire. Fuera del complejo del motel, la lluvia descendía por las canales de las primeras casas del poblado y lo hacía chapotear. Tomó el recodo con la esperanza de verlas avanzar al fondo de la calle, resbaló y recuperó el equilibrio aleteando como un polluelo. Bajo sus pies corría la acera, y las hojas de los árboles se le pegaban en las suelas. Ciego de lluvia y sudor, lo desesperó la rapidez con que la ira impulsaría los pasos de la anciana, pues no alcanzaba a verlas. Tras un seto chorreaba el techo verde pino de la marquesina del autobús. Sentía crujirle los tendones de las rodillas sobre los pasos cortos y veloces. Al lado vibró una exhalación, el aire lo abofeteó y un grumo de barro le manchó la cara. El utilitario de los vecinos, que había estado a punto de atropellarlo, dejaba una estela de salpicaduras. Desde alguna ventana alguien decía unas palabras incomprensibles. Por fin cruzó el seto, creyendo que el corazón se le había subido sobre los hombros, y sin aliento pudo ver, más allá del quiosco, la parte trasera del autobús que acababa de partir. Sin dejar de correr y con los brazos extendidos, atisbó cómo una inconfundible naricita se aplastaba contra el vidrio rectangular del ventanal y ciertos ojos turquesa triste lo miraban tras las gotas que resbalaban por el vidrio. La monstruosa y pobre cabeza desapareció cuando el autobús tomó una curva, partiendo hacia el remordimiento. Aun sintiendo el corazón clavado como una mariposa, por un momento intuyó oscuramente, acaso por un instinto de protección, que estaba exagerándolo todo y sacando las cosas de quicio como si se parodiara sí mismo.
“¡Mi hija! ¡Pero si era mi hija!”, repetía ahora desplomado en un charco. La lluvia disolvía sus lágrimas, y alguien emitió una carcajada entrecortada. Su pequeño cuerpo se revolcaba en el barro; el talón descalzo chapoteaba sordo, y retorciendo la nuca en el fango se llevó la mano al corazón de cristal que tantas mujeres le habían roto porque tenían los suyos como piedras, y que milagrosamente seguía repiqueteando mucho después que los de todas ellas.
-¡Corten! –ladró tras el seto una voz de pito. Un joven barbudo provisto de un altavoz irrumpió en la marquesina, haciendo unos aspavientos que le desajustaban la chaqueta vaquera.
-Mickey, ya puedes salir de ahí, que vas a enfriarte. ¡Y vosotros, bajad la grúa y parad la lluvia de una vez! A propósito, ¿quién ha sido el imbécil que se ha reído y casi lo echa todo a perder?... Uf, hemos rodado toda la escena de un tirón. Ha quedado genial, Mickey, con la voz en off explicándolo todo, y las chicas lo han hecho muy bien… ¿Por qué demonios sigues llorando?
-…
-…
-¡¡Maldita sea!! ¡Vuelve a la cámara! ¡Para una vez que estaba improvisando!