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domingo, 27 de enero de 2013

CÓMO SER PAUL NEWMAN (I)


                  


“Buenas tardes… Sí, no espero a nadie. Verá, me gustaría que fuera la mesa de siempre, por favor, la de la esquina, entre el piano y el cactus… Gracias.” ¡Uf, he vuelto a conseguirlo! El día que dejen que cualquier estúpido ocupe mi sitio, quemaré el restaurante. Perdón, ya estoy con ustedes. Estaré encantado de contarles todo lo que quieran acerca de mí. Todavía me llamo Arthur Davies, pero quiero ser Paul Newman, es decir, voy a serlo. Sí, han oído bien. Es que tengo que hablar bajo y me he llevado la mano a la boca para disimular el movimiento de los labios porque si no, los camareros van a creer que hablo solo y esas tonterías.
Todo empezó aquella maravillosa noche en que vi “La Gata sobre el Tejado de Zinc” y me dejó mi novia de siempre. A la salida del cine, me tragó un abismo azul que resultó el reflejo de la marquesina en la acera, y aturullado por los cláxones y las voces y las luces me sumí en el torbellino de transeúntes. Los hombros y los brazos del gentío me hacían dar bandazos; un empellón me escupió de la vorágine como un borracho, y a mis pies gimieron unos frenos. “¿Cómo?...  Por favor, tráigame otro como el que bebe aquel señor de al lado, con aceituna y todo… Martini muy seco, eso es.”
 Como les decía, aquella noche llovía igual que en las películas y el atasco de los vehículos reproducía mi caos mental, pero la realidad de la calle se oscurecía al fulgor de la personalidad que desde la pantalla había atravesado las sombras de la sala y me había deslumbrado: yo sólo quería darle la vuelta a la manzana para volver a ver aquella película. A sacudidas iba chapoteando en un charco tras otro, y ni siquiera miré a Kim cuando me tocó el hombro para detenerme, porque me hallé frente a un cartel de la película. No entendí muy bien lo que dijo acerca de que ya se había cansado de mis locuras y que no podía soportarme más, aunque ya hiciera nueve años de lo nuestro; algo de que a qué venía aquello de salir disparado al final de la película y dejarla tirada, y no sé qué más sobre que sería la última vez y que no quería volver a verme. Lo cierto es que me dejó solo en la esquina, las manos en los bolsillos de la americana empapada y el agua goteándome bajo el sombrero abollado, y para colmo se llevó mi paraguas. Un truco de guionista barato, que Paul hubiera exigido eliminar. Los peatones volvían la cabeza y algunos conductores me miraban extrañados de verme anclado allí sonriendo bajo la lluvia; pero no podía dejar de pensar en el enigmático joven de ojos celestes que recorría el crepúsculo de aquel porche en una bata azul marino y muletas, sin parar de beber ginebra y despreciando las vertiginosas curvas de Liz Taylor. Entonces pensé que yo mismo había desplantado a Kim de un modo muy parecido.
 “Yo también tomaré el plato del día: filete de pollo con lechuga. Nada más de momento; hoy no tengo mucha hambre. Luego le diré el vino, atienda primero a ese señor, gracias.”
Sí, como suena, soy Davies, al menos por ahora, y ya les digo que no sólo quiero ser como Paul Newman, ni mucho menos suplantarlo, sino llegar a ser él mismo. De otro modo estaría actuando, y sólo quiero hacerlo cuando protagonice alguna de sus películas. Por eso lo sigo y persigo a todas partes, pisándole las huellas –calzamos el mismo número-, sin permitir que me descubra y deje de comportarse con toda naturalidad. Necesito saberlo todo sobre él. Consigo asientos cercanos a los suyos en las carreras de bólidos; me entrometo en el equipo de rodaje de sus películas, sobornando a los vigilantes y a los invitados del productor a cambio de alguno de sus pases; he alquilado un apartamento frente al suyo; apuesto a sus caballos favoritos en los mismos garitos; me he abonado a su equipo de beisbol dos palcos más arriba; y almuerzo, como ahora, en la mesa de al lado de su restaurante preferido de Hollywood, La Scala. Estoy tan cerca de él, casi en frente, que a veces oigo su respiración; y si me inclinara al máximo con la diestra extendida, y para no negarme el saludo o como acto reflejo, él me imitara con la suya, -igual que en un espejo-, tampoco faltaría demasiado para tocarnos con la yema de los dedos. Viene todos los jueves que está por aquí, rodando en los estudios. Venimos.
“Sírvame otra copa de ese mismo burdeos, ya que acaba de abrirlo”. A veces pienso que debería rehuirlo, pues donde esté Paul no tengo ninguna oportunidad de hacerme pasar por él y me estoy quedando sin dinero por culpa de su nivel de vida. Él puede permitirse el lujo de perder todas las apuestas, con tal de seguir teniendo tanta suerte con las mujeres. A la última, una rubia de cara soñadora y pechos maternales, la conoció en una cafetería de Sunset Boulevard donde tuvimos que refugiarnos de una tormenta. Entraron a la vez, descubriéndose las cabezas, él de un periódico y ella de un pañuelo, y sus cuerpos se rozaron en la puerta. Aún no había escampado y me había terminado la cuarta cerveza, imaginando cómo harían el amor arriba, al resplandor intermitente de los rayos, cuando bajaron del reservado, cogidos de la mano. Me juré recuperar cuanto antes el paraguas del apartamento de Kim, y tengo que dejar de arrugar la servilleta en el puño, porque ese camarero no me quita ojo. Lo máximo que le ha durado una mujer ha sido una ola de calor californiana; tengo que encontrar alguna sustituta de Kim o me volveré loco.
Pero debo fijarme en todo lo que hace. Ahora dejo de masticar este horrible bocado de pollo para contemplar cómo ataca su filete con los codos muy separados y los cubiertos toscamente apretados en los puños; encorva demasiado la cabeza para engullir y mastica cuidadosamente, sin cerrar del todo la boca y mirando al vacío. ¿En qué estará pensando? Puedo imaginármelo: está repasando el guión de esta tarde. Aunque me han decepcionado sus modales a la mesa, lo imito, puesto que me he hecho con una copia del guión y también he aprendido su papel.
Como preliminar a mi objetivo, aún no he empezado a hacerme pasar por él. De momento sólo soy su sombra, una subrepticia sombra que se desliza tras él, como una sombra era antes de todo esto y una sombra será él cuando yo lo sustituya. Ya estoy harto de ir a todas partes a ras de las paredes, de enroscar mi sombra por ellas y desenroscar mi reflejo de los charcos; muy pronto seré Paul Newman y podré andar por el medio de la calle, sobre la alfombra roja. Se acabarán los muebles del rastro y los coches de segunda mano, las mujeres serias y la ropa de imitación. Pero por ahora paso desapercibido allá donde vaya, eso me conviene. Sólo soy una sombra a la que nadie puede tocar ni oír, perfectamente invisible en una ciudad superpoblada de celebridades -a este paso los famosos tendrán que disputarse admiradores que les pidan un autógrafo-. He renunciado a mi peso, con ocho kilos de menos; a mi altura, encorvándome para acortar la diferencia, e incluso a la violencia. ¿Veis lo pacífico que parezco, aquí sentado solo en este restaurante caro y con la boca llena de lechuga? Miro los pinchos del cactus y recuerdo las antiguas aristas de mi ánimo.
Levanto la vista del plato y veo un cabello ensortijado, el resplandor de unos ojos de estambres por pestañas que ahora parpadean de asombro, los altos pómulos, esas mejillas de esmalte como distendiéndose, y una barbilla de neto perfil, que se ha puesto a temblar. ¿Qué lo habrá puesto nervioso? ¿Se le habrá olvidado una parte del diálogo? ¿Seguirá dudando acerca de cuál elegir entre todos los guiones que tiene tirados en la mesa de su despacho? Como todas las cabezas están vueltas hacia él, mi atención pasa desapercibida. ¿Y ese tintineo? Oh, se me ha caído el tenedor al suelo.
 Odio mis toscos rasgos, la frente dentada de pelo oscuro, los ojos noctívagos y mi tez de aceituna con anchoa. Pero aunque todavía no quiero que se note y ni siquiera me he teñido el pelo, parece que ese cirujano sin título ha hecho un buen trabajo: me ha retocado lo necesario. Alguna jovencita que otra ya ha vacilado y ha estado a punto de extenderme un papel para que le firmara un autógrafo; y ayer un fotógrafo alzó su máquina y sólo dudó en el último instante, ladeando la cabeza. Acabo de mancharme la camisa de presunta seda con unas gotas de vinagre. Vuelvo a mirarlo y de repente oscilan sus hombros, las mejillas se le congestionan, los ojos parecen acuosos y se arrugan los cincelados labios… ¡Pero si soy yo el que tose! Acabo de atragantarme al comprobar que no estaba mirando a Paul Newman, sino a mi propio reflejo en el espejo sin marco que tiene detrás. Lo estoy consiguiendo; uno debe sentir esta misma exaltación al interpretar una escena cumbre.
 La alegría me anubla la mirada, o quizás sólo haya sido efecto del ahogo, pero silencio por favor, que Paul acaba de hacerle señas al camarero. Me ajusto el nudo de la corbata, tomo un sorbo de agua y me recompongo al momento, porque ahora soy un tipo normal. “¡Camarero! Disculpe, también tomaré una merluza a la plancha. No, ese tenedor no es mío, gracias.”
Ya nunca pierdo los nervios, ni me arrastran aquellos arrebatos de furia o euforia. Tampoco me paso los días tumbado bocarriba en la cama, observando el avance de las arañas o de los reflejos del sol en el techo, retorciéndome las manos y pensando que yo seguía siendo yo y no otro, hasta que me preguntaba quién era yo, porque yo me sentía otro que nunca comprendería quién es yo. Y a todo esto, ¡cómo disfruto hablando de mí mismo o de Paul Newman, que viene a ser igual! Después de todo, no es tan difícil imitarlo. Hasta ahora apenas he intentado acostarme con algunas de las primaverales bellezas que él ha ido descartando. La pelirroja de la semana pasada puso los ojos en blanco y me dijo que le recordaba a alguien, pero se me escapó por poco. ¡Maldita sea, de algo tendrá que servirme perder tanto dinero en las carreras! Ya podrían darle un soplo de vez en cuando. Pero dentro de poco, al fin compartiremos la misma chica, como quien dice. Es una francesita maniática que no cesa de telefonearle y nunca enciende la luz de su habitación de hotel cuando el puntual Paul irrumpe de noche; y lo primero que perfeccioné viendo su cine fue la imitación de esa voz atiplada de suaves inflexiones, quizás algo húmeda o blanda, que sube y baja de tono tras unas pausas un tanto dramáticas. Espero que en la intimidad emplee el mismo tono que en las escenas románticas.
Ya casi lo he aprendido todo de él; me he acostumbrado a sus manías, y que se lleven de una maldita vez este hediondo pollo. Ahora dejo de respirar para oír la entonación de su voz. Está hablando en voz baja al maitre, que por fortuna ha ignorado mi exabrupto y lo escucha inclinado, sin dejar de resoplar y asentir a sus palabras. En el silencio perfumado oigo sus murmullos, que siempre me suenan a felicidad y a éxito. Quizás se esté quejando de mí y de una patada me arrojen por la puerta trasera. Aunque a él no parece molestarle el suyo, me desabrocho el último botón de la camisa. Medio asfixiado, de repente me parece que la estancia se ha oscurecido, como si los camareros hubiesen pintado de negro las paredes color crema, y que el único foco alumbra mi mesa y la suya, alternativamente. Debería observarlo con más disimulo, pero al fin y al cabo es un famoso, y cuando el maitre pasa de largo, la sala resplandece de nuevo y al fin respiro. Tendría que comer algo para evitar estas visiones que a veces me ensimisman. Ahora observo, emocionado, que se desabrocha el último botón.
Mientras desmenuzo la guarnición de la merluza, que, a pesar de mis advertencias, me han hecho más que la suya, atisbo sus movimientos deliberados y precavidos en la mesa; cómo extrae un cigarrillo de su pitillera y, por todos los demonios, se me han acabado los míos; con qué viril elegancia, sosteniéndolo con el pulgar por un lado y los otros dedos por el contrario, se lo enciende con una cerilla, tuerce levemente el cuello y expele el humo por el circunspecto pliegue de los labios, como si lo enfocara la cámara para un primer plano. ¡Con qué prestancia se desprende ahora una brizna de tabaco de la punta de la lengua! Dejo de registrarme los bolsillos, y en la boca noto el corazón en lugar del cigarrillo imposible: he perdido la cartera. En ella guardo mi carnet de identidad y no puedo recurrir a las autoridades.
Un gordo se le acerca de puntillas, se enjuga la frente con un pañuelo parecido a una bandera y, extendiéndole un vacilante papel, le suplica un autógrafo. Los cortinajes de raso dejan pasar un oblicuo rayo de sol que proyecta un rectángulo amarillo en el mármol. Hum, ahora tendré que acabarme la dichosa lechuga. Pero todos los sacrificios son pocos, ¡estoy tan cerca de conseguirlo! Tomo un bocado y mis esperanzas y la impotencia se entremezclan en las líneas abstractas de los cuadros que desconciertan el estuco.
 Tan sólo me queda por aprender una cosa de él; no sé de qué se trata exactamente, y quizás ni él mismo sepa que lo tiene, pero necesito saber a toda costa qué puede ser. Quiero todo lo suyo. Es como si lo llevara escondido en la cartera, entre los documentos y las fotografías de sus seres queridos, o formara parte de su carácter, porque no será de esas cosas que se confíen a un cajón o una repisa. Quizás lo lleve oculto en un zapato, debajo de una manga, en el bolsillo de los pantalones, o mejor en el de la camisa, que está más cerca del corazón. Sí, es más que posible que lo tenga en la cartera, y me pregunto cómo pagaré la comida si no encuentro la mía. Creo que sólo lo utiliza en caso de apuro, como último recurso o arma secreta que lo salve, como yo hacía pensando en el suicidio. No, no puede ser el mero dinero.
 La verdad es que siento más estima y admiración por él que por cualquier otro hombre, pero cuando desentrañe ese último misterio tendré que asesinarlo: no puede haber dos Paul Newman en el mundo. Aún dispongo de un par de semanas, lo que le queda de contrato en la MGM. Entonces habrá terminado el rodaje de esta película y se tomará unas vacaciones en París. Lo tengo todo planeado. He sobornado a un empleado de las aerolíneas para asegurarme un asiento a su lado en el vuelo de vuelta.
Bien, querido público, ahora ya saben cuál es mi vida: ser la sombra de Paul Newman, unas veces delante y otras detrás suya, según la hora, la calle o la estación del año. Si entra en algún edificio, yo lo espero abajo; y cuando sale, lo veo desde una esquina limpiarse el carmín de los labios. Si se para en algún escaparate, me camuflo tras un periódico, y él verá cómo estría los maniquíes el reflejo de una sombra. Cuando coge un taxi, yo lo sigo en otro. Al llegar a casa, me aposto en la ventana con unos prismáticos y vigilo sus sucesivas siluetas recorriendo los visillos translúcidos del apartamento. Sé cuál de esas ventanas corresponde al sueño, cuál a la lectura o a los ensayos. La otra noche vi sorprendido, a través de las lentes, que yo mismo, desdoblado en observador y observado, me acostaba en pijama debajo de su cama mientras él se ponía el suyo, hasta que me espabiló el golpe de los binoculares en el suelo y vi la figura de Paul contonearse al ritmo de una música muda. ¡Se había puesto a bailar mientras yo me quedaba dormido! ¡Qué energía la suya, teniendo en cuenta que dormimos las mismas horas! No, no estoy loco. Aunque ya veo alguna sonrisa torcerse en sus labios, puedo asegurarles que soy una persona sensible: ahora que escucho un espeluznante solo de saxo en la música de ambiente, se me pone la piel de gallina. “Oh, muchas gracias. Sí, es mi cartera; ha debido caérseme del bolsillo.” Pensándolo bien, me desharé de mi carnet de identidad en cualquier papelera.
La silla de Paul cruje, levanto la vista del maldito rectángulo de luz dorada, que él por fin ha dejado de mirar y ya está muy cerca de las patas del piano, y a una señal suya el maitre acude entre resoplidos con sus andares de pato. Deniega con la cabeza y, sin dejar de aletear con las manos, no admite traerle la cuenta. No tiene que pagar en ningún sitio; esa es otra ventaja, pienso, frotándome las palmas de las manos. A mí no van a invitarme, pero a pesar del agravio dejaré en el platillo una suculenta propina para seguir contando con la complacencia del servicio. Por nada del mundo puedo perder esta mesa. Advierto que el saxo ha enmudecido, pero yo sigo con la piel de gallina. Después de todo, quizás se deba a que la temperatura del aire acondicionado sea demasiado baja.
 Pierdo las formas y doy una voz y una palmada para que me atiendan, porque veo que voy a perder a Paul a la salida. Noto que la sangre se me agolpa en la cara cuando el maitre se vuelve hacia mí, adoptando una expresión glacial; en una décima de segundo la hipócrita sonrisa se ha desdibujado de su boca y la frente se ha estrechado contra mí. Me agarro a los bordes de la mesa, refrenando el impulso de salir sin pagar para que Paul no se me escape. Pero me consuelo observando la manera en que avanza sorteando las mesas, muy erguido, aunque bamboleándose un poco a la derecha y dando flexibles pasos, al tiempo que impulsa impetuosamente los brazos, como si luchara contra el viento, pero en realidad succionado por las mullidas alfombras. “Puedes quedarte con el cambio… ¡Oh! ¿No es suficiente?”

                                   (continuará…)


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