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viernes, 25 de enero de 2013

SOLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS



                   


Solo porque me gustaba cantar y bailar en el patio de nuestra casa en Boston, los vecinos vertían sus rumores en el sumidero y murmuraban que yo le había salido a mi padre -¡un trapecista!- y sería una aventurera. Así que en cuanto cumplí los veintiuno me apresuré a darles la razón. Me fui de casa, y fue oírme al piano y contratarme en un club; pero como hasta en mi apartamento seguían filtrándose los chismes procedentes de mi encopetada familia materna, le pedí al jefe que me pusiera en contacto con un colega suyo de Panamá.

En Boston me oprimía el ambiente enrarecido de hipocresías y represiones, y entre tanto sepulcro blanqueado me sentía como aquel gorrión que de niña vi debatirse con un ala herida en el fango del prado comunal. También yo quería echar a volar. Mi padre había seguido haciéndolo en el trapecio, pese a que mi madre lo amenazó con divorciarse si no abandonaba el circo. Presentía que cualquier ciudad americana sería otro pozo bullente de las culebras de las hablillas y no dejarían de considerar escandalosa mi profesión.

Pero por aquí, en la esbelta cintura de las dos Américas, las cosas no son muy distintas. He tenido que abandonar el último espectáculo, cerca de la frontera, porque el dueño insistía en invitarme un fin de semana a su rancho. Igual que en Boston, toman que yo sea “alegre” por algo muy distinto y creen que porque sea artista pueden robarme mucho más que unas cuantas risas o que no voy a advertirles que dejen las manos quietas. De todos modos, por borrachos o atraídos que se sientan, hay un rasgo en mí, en parte infantil o familiar, y en parte glacial, que al final los obliga a respetarme.

Lo hicieron esos dos aviadores que conocí nada más desembarcar en Barranca, quizá porque vieron en la mejilla del contramaestre –o en mis uñas rotas- que éste había tardado en comprender que “corista” no es un eufemismo de ninguna otra profesión. Como Joe y Les me cayeron bien dejé que me invitaran a un trago en el bar del dueño de la compañía aérea, el Holandés, un tipo entrañable. Aunque eran muy simpáticos, no me gustó la vehemencia con que se disputaron el honor de pagar, como si esto les diera derecho a algo más, y al final invitó el Holandés, que les advirtió que no siguieran bebiendo porque alguno de los dos tendría que sustituir al encargado de llevar el correo. Lo echaron a suertes y perdió Les.

Sin embargo, por orden de Geoff, el jefe, fue Joe quien acabó haciendo el trabajo. Geoff es un moreno serio y taciturno, que me recordó a alguien que no acababa de identificar, con la mirada fanática de quienes cumplen una vocación y con toda la atención y la energía concentradas en su labor, como si lo único que hubiera en el mundo fuera esta flotilla de aviones que comanda. Fue conocerlo y enfurecerme con él: cuando supo que era corista, me miró como el contramaestre.

Ya que se accedía al aeródromo por la puerta trasera del bar, salimos a presenciar el despegue. Llovía, la niebla se enroscaba a ras de suelo y en las alturas aullaba el viento dispersando los cendales como gatos a la carrera. Me emocionó ver despegar en tales condiciones a ese cacharro de dudoso fuselaje, exhibiendo el precario orgullo y el tesón de los seres humanos; me recordó a aquel gorrión herido que a pesar de todo logró levantar vuelo y a mí misma, cuando me fui de casa y logré desertar de Boston. Aquel avión era el pájaro que siempre he soñado ser.

Desgraciadamente, las condiciones empeoraron y por radio Geoff ordenó a Joe que volviera. Encendieron los focos en la pista, pero a través de la ciega niebla Joe apenas veía nada y al primer intento casi se llevó dos árboles por delante. La segunda vez una palmera le segó un ala y el avión se estrelló en una bola de fuego. De nada sirvió la ambulancia.

En un principio Geoff y yo nos zarandeamos, infligiéndonos la culpa uno al otro, ya que como le quedaba combustible puede que Joe de veras hubiese intentado aterrizar con tal de cenar conmigo. Luego nos quedamos petrificados en la pista él y yo, el Holandés y Kid –el segundo de Geoff-, como cuatro estatuas de la desolación. Y aun así advertí que la inmovilidad de Geoff era de una cualidad especial, estaba dotada de una dureza diamantina capaz de cortar cualquier superficie, de doblegar toda resistencia que obstaculizase la consumación de su objetivo: hacer funcionar la compañía aérea. Aquella era su misión en el mundo.

Y lo increíble es que la niebla se ha desleído un poco y ya se dispone a despegar otro avión. Estos hombres tienen gasolina en las venas y están dispuestos a prenderla al fuego de su pasión por volar. Me disculpé con Geoff y él casi también. En el bar todos se pusieron a beber y bromear como si nada y Geoff hasta tuvo estómago para comerse el filete que habían reservado para el pobre Joe. Ante tal insensibilidad rompí nuestra tregua y salí enfurruñada.

Sin embargo, Kid, que lleva veintidós años volando, me lo acaba de explicar. Desafortunadamente, para ellos la muerte no es una visita rara, sino casi familiar, y por tanto, en vez de recibirla con solemnidad, la aceptan con desenfado y la tratan con desenvoltura. Después de eso, he empezado a mirar a Geoff de otra manera. Y acabo de descubrir a quién me recuerda: su seriedad y tensión eran las de mi padre antes de saltar al trapecio, incluida aquella noche fatal. Ambos sienten la misma indiferencia por el pasado (no hace ni media hora que Joe murió) y por el futuro, ya que para los íntimos del aire el tiempo adquiere una dimensión diferente.

 Corren tan deprisa que no les queda ningún futuro.                   

                         
                                                                                                                                                                                                                                                     

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