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sábado, 19 de enero de 2013

SOLO SE VIVE UNA VEZ


                  


Ya lo decía mi madre: la vida nunca abrocha el botón al ojal que le corresponde y, paticorta y despareja, siempre luce desaliñada, inexacta, insatisfactoria. O te deja la camisa abierta o incluso sin ella, para que te mueras de frío. Y así, el mismo desajuste que ha hecho que todo el mundo crea culpable a Eddie Taylor ha provocado que Joan ignore al hombre que mejor puede cuidarla, yo, Stephen Whitney, Defendor del Pueblo, y prefiera a Eddie, como sintiéndose solidaria con su desgracia, ya que los partidarios de la mala suerte nos enamoranos de aquello que más puede herirnos y perseguimos nuestro daño y destrucción como al más deseable de los amantes.

¿Quién no ama lo que más le perjudica? Sin ir más lejos, nada me duele tanto como esta misma reflexión. Nada salvo pensar en los ojos rasgados de Joan, que parecen irradiar toda la luz y tristeza de la noche, en su pálida delicadeza, que casi le deja las venas a la vista, en su vulnerable ternura y en ese aire absorto que le hace parecer tan lejos de mí. La expectación y la felicidad la alejaban en la oficina la tarde previa a que liberasen a Eddie. Había cumplido su tercera condena. Aunque Joan lo había conocido en un baile antes de que lo juzgaran y él le había mentido con sus protestas de inocencia, ella acabó por convencerme de que lo representara y para entonces, tres años después, le había conseguido la libertad bajo palabra. Estaba seguro de que era un buen chico que solo se había equivocado de barrio y compañías.

En todo caso es típico de mí utilizar en mi contra el escueto poder que tengo y estrangular mis últimas posibilidades con Joan liberando al hombre que ama. Aquella tarde a que me refiero, antes de ir a recogerlo a la puerta de la cárcel, mientras ella chispeaba de alegría y abrazaba en el aire el fantasma de un Eddie que no tardaría en materializarse, yo me ahogaba de tristeza y el cadáver de mis ilusiones ni siquieta era aún capaz de ascender a la superficie. Nunca habría creído que pudiera entristecerme así la alegría de Joan y con tal de penalizarme le concedí dos semanas de vacaciones para que celebrasen su simulacro de luna de miel. Justo el tiempo que él tardaría en incorporarse al puesto de transportista que le había encontrado; solo me faltaba comprarles la cama de matrimonio.

Estaba seguro de que estaban condenados a la felicidad: para Eddie no había mejor reinserción social que el amor de Joan. La única sombra que los perseguiría como una maldición sería la de los prejuicios contra los ex convictos. Y así, en aquellos primeros días, con Eddie recién salido de la prisión y yo ingresado en la soledad –cómo la odio desde que conocí a Joan-, principiaron los problemas. Los expulsaron sin motivo de una pensión. Ella me lo contó de vuelta, pero de lo que los dos tardamos más en enterarnos fue de que a Eddie su jefe lo insultaba, vejaba y hasta lo despidió por un retraso de media hora en una ruta de varios días con el camión.

Es imposible que un ex delincuente se reforme si quienes lo rodean siguen considerándolo un criminal; al final todos nos comportamos según lo que se espera de nosotros. Lo cierto es que Joan y Eddie ya habían abonado la entrada por una casita en el campo. Y a Eddie, sin dinero para afrontar el primer plazo y sin encontrar otro empleo, después de suplicarle en vano a aquel tipejo que lo readmitiera, debió acosarle la tentación de volver con sus antiguos correligionarios cuando por casualidad se cruzó con ellos.

Ahora él jura y perjura que no ha participado en el atraco al furgón que aquéllos perpetraron a las puertas del First National Bank, y que aunque le pertenece, el sombrero que con sus iniciales fue hallado en el lugar del crimen lo colocaron sus antiguos compañeros para achacarle el golpe. Y yo creo que dice la verdad: la vida es lo bastante chapucera para que sea así. Como decía mamá, la camisa siempre está coja, despareja o desabrochada. Y rehabilitado por el amor, es imposible que se haya arriesgado a una cuarta condena que en este estado lleva conlleva la silla eléctrica. Ojalá pudiera creerlo culpable.

Desde luego, para Joan también es inocente. De hecho, confiando en que le harían justicia, lo instó a entregarse. Por mi parte, le guardo a Eddie una especie de confianza de segundo grado. Confío en él porque la persona que amo así lo hace, y los ingenuos creemos en la clarividencia del amor. De todos modos, es imposible seguir siendo un criminal si Joan te ama. En ese caso hasta yo me rehabilitaría de mi resignación y me reformaría de mi tristeza.

Y sin embargo, acaban de declararlo culpable. Los miembros del jurado han mirado a Eddie con la misma actitud de los dueños de aquella pensión o el gerente de la empresa de transportes. En realidad esta situación se parece a una enfermedad contagiosa, a una cadena de sufrimientos o una cuerda de presos. La desgracia se ha enamorado de Eddie, para librarlo de ella Joan lo ama cuanto más lo acosa la otra –celosa-, y mi amor por Joan aumenta conforme mis posibilidades con ella tienden a cero.

Y los tres apreciamos demasiado a nuestra mala estrella como para que alguna noche deje de ensombrecernos el camino.   

                                                                                                                                                                 

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