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viernes, 4 de enero de 2013

LAWRENCE DE ARABIA



                   


Todos conocemos hasta el empacho las hazañas de Lawrence de Arabia, su incorporación al Servicio de Inteligencia Militar de El Cairo al estallido de la Gran Guerra y su misión de sondear la disposición de las tribus de la península Arábiga a rebelarse contra los turcos, su encuentro con Faysal o con Auda, la toma de Aqaba, la guerra de guerrillas contra los otomanos y la voladura de ferrocarriles, la captura de Damasco… Y ahora, esta poética superproducción que David Lean estrenó el año pasado viene a amplificar la sombra de una leyenda que solo yo, Jackson Bentley, forjé hace treinta años con mis artículos de corresponsal desde el mismísimo teatro de operaciones, ya que me incorporé a las tropas irregulares de beduinos comandadas por el propio T. E. Lawrence.

En efecto, había llegado yo a la región en una coyuntura en la que todos necesitábamos un héroe: los partidarios de que EEUU entrara en la guerra, Faysal para su imposible causa de crear un estado árabe –idea que le inspiró Lawrence-, el ejército británico para mantener la moral y mi jefe para aumentar la tirada del Herald. Tan conocido como todo lo anterior es el desencanto con que Lawrence abandonó Arabia tras solicitar su relevo al general Allenby al descubrir la oquedad de las promesas que su propio país y Francia habían dado a los árabes, pues por mediación del tratado Sykes-Picot ambas potencias se repartieron la península en sendas zona de influencia.

En cambio, lo que casi todo el mundo ignora (menos los veteranos lectores del Herald) es qué fue de Lawrence a partir de que dejó atrás su querido desierto y desde la ventanilla del avión vio el último destello de aquel océano de arena que para él era el puro cielo, hasta que murió en 1935, hace ya casi treinta años. De modo que solo los suscriptores más antiguos del periódico recordarán, si es que sus neuronas no han sufrido cortocircuito, que igual que fui el cronista de su gloria, gracias a la entrevista que en 1934 milagrosamente me concedió en su casa de Clouds Hill, también me convertí en testigo de sus años de decadencia, paradójicamente más tortuosos que sus sedientas marchas a través del Sinaí.

A su regreso de la guerra se recuperó fácilmente de la desnutrición y demás secuelas físicas con que venía lastrada su constitución (medía veinticinco centímetros menos que Peter O’Toole y parecía macrocefálico), pero ni siquiera su voluntad de acero pudo contra los traumas psíquicos que le reportaron sus aventuras por Oriente Medio. Y con ello no me refiero a las heridas abiertas por sus frustraciones políticas, sino a la neurosis que le impuso su desastrosa incursión a Deraa. Lawrence se había infiltrado allí con su chilaba para valorar las posibilidades de un levantamiento de la población contra los turcos. En seguida fue detenido por la policía y en la comisaría parece que el gobernador, un curioso personaje, lo tomó por circasiano. Como Lawrence rechazó sus insinuaciones eróticas, lo mandó azotar y violar.

Si bien desde entonces algunos lo notaron menos humanitario, las subsiguientes campañas militares y el típico endurecimiento del soldado veterano camuflaron las consecuencias de un shock que más tarde, en la paz de la campiña inglesa, se desató con toda crudeza. Para colmo, en una de sus desafortunadas actuaciones diplomáticas, no logró de Francia que su querido Feysal (Alec Guiness tendrá por siempre su rostro) fuera recibido en la conferencia de Versalles. Para llenar el vacío del presente no se le ocurrió sino resucitar el pasado escribiendo su historia en las más de mil páginas de “Los Siete Pilares de la Filosofía”, pero en la entrevista él mismo, con esa voz tersa y sepulcral que seguía poniendo, me reconoció ser un prosista lamentable. Y aunque la leyenda dice que oscuros espías le hurtaron el manuscrito, me dijo que camino de su editor él mismo se lo dejó en una cabina de teléfonos y cuando volvió cinco minutos después ya no estaba en la repisa. También me confesó que había sido un olvido freudiano debido a que subconscientemente sabía que el mamotreto era más árido que los desiertos que describía y que debía reescribirlo. Lo cual hizo, pero no por eso los futuros lectores  -yo mismo- dejaron de agotarse como peregrinos con las penalidades de su estilo, desorientados entre unas páginas que como puñados de arena se les caían de las manos.

Lo más significativo de su caso era que ya no se interesaba por sus antiguas aficiones, la arqueología (se graduó como historiador), el estudio de los hititas y la arquitectura de los cruzados. Traspasado por la soledad de su casa en el campo –el silencio inglés le parecía preñado de amenazas, mientras que el del desierto, que podía preceder a una emboscada, le resultaba puro-, el hastío prosperaba con la humedad del clima, su espíritu se agrietaba con las mismas rajas de la sequía en los páramos egipcios, el horizonte de su aburrimiento lo cercaba y solo se consolaba rememorando sus hazañas y combinándolas en la segunda versión de su manuscrito original, que ahora estaría sirviendo a alguien de papel de fumar.

Quien había ascendido tan pronto por la resbaladiza duna del éxito, solo podía rodar. Aunque Lawrence odiaba su leyenda y el juego de distorsionadas sombras y destellos que todos proyectamos de su figura, estaba orgulloso de sus hazañas. Y sabía que éstas no habían servido de nada (los mismos árabes persistían en sus disputas tribales) y que el resto de su vida apenas sería, como esos raros ecos que a veces produce el desierto, una sombra del luminoso oasis de su juventud. Pero lo peor era que un día se sorprendió entreverando sus recuerdos con la leyenda, y llegó a preguntarse si su paso por “El yunque del sol” no sería un espejismo de la memoria.

Quizá con una compañera habría evitado el infierno de despersonalización y odio al presente en que incurrió. Varias veces se alistó con pseudónimos en el ejército, en el 21 y el 22, e incluso en el 25, tras recibir varias negativas, amenazó con suicidarse si no lo transferían a las fuerzas aéreas. Sirviéndome la enésima limonada (como periodista creo que el whisky le habría ayudado) me dijo que con la anonimia pretendía contrarrestar aquella exacerbación de la individualidad que le habían suscitado la fama y la gloria. Pero aquella no fue la solución. Porque siempre acababa por descubrirlo algún colega de la prensa y en el ejército le daban la baja temiendo una publicidad negativa. Le perseguía el mito como un perro bulímico del que es imposible librarse.

Quería desembarazarse de la leyenda pero seguía añorando su periplo arábigo. Así que volvió a escribir otra versión –por suerte abreviada- de sus aventuras. También me dijo que se había aficionado a las motos, él, que había recorrido miles de millas a pie o en camello. Ya que le gustaba tanto el psicoanálisis, yo mismo podría haberle explicado qué buscaba en la velocidad, pero empecé a sentirme incómodo en aquel salón semi vacío donde el silencio se puso a crecer como en el desierto y él se había quedado mirando al vacío como atisbando a lo lejos una caravana de beduinos.

Murió de un accidente que tuvo con la Brough, su moto preferida, por haber acelerado al máximo camino de la oficina de correos de Bovington. No pudo ver la película de David Lean. Estoy seguro de que hubiera sido el único espectador del mundo a quien no le habría gustado: odiaba su leyenda.                            

                                                                                                                                                                                              

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