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martes, 12 de marzo de 2013

LA BESTIA HUMANA


                   


A veces el humo me nubla la cabeza, mi razón entra en un túnel, un pitido horrísono me zumba en los oídos y se me descarrila el sentido: por algo soy maquinista ferroviario. Mi destino es tan fijo como una locomotora sobre las vías de dirección única, pero directamente al desastre. Porque cuando sufro esos accesos de locura, el dolor me convierte en esclavo de un señor vestido a la antigua que me ordena matar a quien más quiero, al más cercano. Peor que el perro adiestrado para atacar al cuello, marcado por una tara hereditaria, desde que nací estoy abocado a la locura homicida. Por eso el amo que durante esos instantes me tiraniza y me obliga a apretar y apretar el cuello de la víctima tiene unos rasgos tan parecidos a los míos, el rostro y el aire de familia de todos los locos y alcohólicos que he tenido por antepasados y me han convertido en un monstruo condenado a estrangular a quienes amo.

Me ha pasado esta tarde con Flore, la hija de mi madrina, una joven que pese a la diferencia de edad y a la experiencia de mis ataques, quiere casarse conmigo, y a la que he tenido que renunciar. Tarde o temprano volverá a dominarme ese canalla tan parecido a mí –una especie de espectro que aglutina a mis antecesores-, y si ella conviviera conmigo sería víctima segura de su crueldad y de mi brazo ejecutor. Aún no he matado a nadie, pero me pasa como a esa gente que acumula varios intentos de suicidio, que alguna vez acabaré por tener éxito.

Quizá para compensar mi imposible relación con las mujeres, amo mi trabajo y mi locomotora, a la que llamo Lison. Me ocupo de la línea París-Le Havre, y nada hay tan emocionante como cuando (ayer mismo) enfilo la vía central, acelero, Lison rompe el viento en un estrépito de hierro y velocidad, aumento la presión de la caldera y a toda máquina trepidamos a través de la libertd y la metálica exaltación del frenesí y de un vértigo solo comparable al orgasmo. Cuando mi compañero Pecqueux atisba más allá de la alameda el techo de la estación de Le Havre, empiezo a frenar y él me enciende un cigarrillo que se podría llamar postcoital.

Puede que esta vez me excediera acelerando, porque la pobre Lison parecía recalentada y un somero examen en la estación nos bastó para saber que se había averiado la caja de eje. Allí Pecqueux me presentó a Roubaud, el subjefe de estación. Acababa de tener un incidente con un ricachón, que al no ser admitido su galgo a bordo, prometió exigir el despido de Roubaud en las altas esferas. Nos dijeron que tardarían treinta y seis horas en reparar la locomotora, de modo que pensé venirme a Bréuté para visitar a mi madrina y a Flore.

 Aún conmocionado por lo que he estado a punto de hacerle a Flore aquí al lado, en el trigal, ahora aguardo el tren que viene de París y me devuelva a Le Havre, para mañana volver a la capital con Lison ya reparada. Qué cerca he estado de estrangular a Flore; aún puedo sentir en mis dedos la inminencia de su muerte, su nuez palpitante como un polluelo recién salido del cascarón. Solo el paso de un tren, recordándome mi trabajo –mi gran consuelo y último recurso-, me ha librado de ese tirano que representa a todos los de mi raza y me ha devuelto las cualidades propias de mi carácter como individuo. Yo no soy un asesino salvo en la medida que mis genes, mis antepasados, lo son.

Llega puntual el tren y saludo a ese loco de Cabuche, que también se dirige a Le Havre. Subo y, como apenas hay viajeros, dejo atrás el compartimento de Roubaud y su joven esposa, y me acomodo en el siguiente, que viene vacío. Recuerdo que mi compañero Pecqueaux, que me espera en Le Havre, anoche me contó que Roubaud y su esposa se dirigían hoy a París para que ésta se entrevistara con Grandmorin, su influyente padrino, a fin de neutralizar las posibles maniobras que contra su esposo pueda maquinar el millonario del galgo. Pecqueux lo sabe porque en París los Roubaud suelen alojarse en su casa, ya que su esposa y la madre de la señora de Roubaud son íntimas desde que coincidieron al servicio de Grandmorin, al parecer, un tipo de moral dudosa. Por la cara que esos dos traen no parece que sus gestiones hayan tenido mucho éxito. Sería muy injusto que Roubaud perdiera su empleo por cumplir con su deber. ¿Qué recurso le queda al débil cuando sus derechos son pisoteados por el poderoso?

Igual que el implacable, obstinado, obsesivo ritmo de la marcha de Lison, me vienen una y otra vez a la mente los ojos de cervatillo de Flore mientras yo le apretaba el cuello… Aunque el trayecto es corto, salgo al pasillo a fumar y me entra una carbonilla en el ojo. Al menos las molestias físicas me hacen dejar de pensar que la única forma de debilitar a mi amo sería suprimir a su esclavo. Se me acerca con ganas de charla la esposa de Roubaud; intentando extraerme la carbonilla con la punta del pañuelo, apenas la miro con el otro ojo, pero me basta para quedar conmovido por su aire de gata de angora –con estilo-, por el lujoso frío que irradia su presencia sutil y fascinante, con una especie de noche aún palpitándole en las pupilas, como si viniera de hacer el amor o de asesinar a alguien. Se vuelve a su compartimento sin que haya estrujado ni una palabra de mi embobamiento.

Antes de bajar al andén, un grito horada el fantasmagórico humo, el revisor resuella por el pasillo y se acerca un gendarme inquisitivo. Voces que se atropellan anuncian que han apuñalado a Grandmorin en un compartimento. ¡El padrino de la Roubaud! ¿Quién iba a decir que venía en el tren?

Somos pocos viajeros, y en una encuesta preliminar el gendarme me pregunta si mientras fumaba he visto a alguien en el pasillo. Noto que en la cara me resbala una especie de lágrima, pero no se trata sino de la súplica nadando en los ojos de esa gata. El silencio se vuelve compacto, o más bien todo lo contrario, tan inestable que me parece despeñarme por él. Por fin respondo al policía que con la carbonilla en el ojo no he visto a nadie, y el tonto de Cabuche irrumpe borracho gritando que le están bien empleadas las puñaladas a Grandmorin, ese corruptor de menores. Los ojos de gata aún me miran, húmedos de gratitud.

Lo que ella no sabe es que amándola yo, corre más peligro que con la policía.                             

                                                                                                                                            

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