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domingo, 3 de marzo de 2013

HISTORIAS DE PHILADELPHIA



                  


Solo porque llevaba algunas semanas tambaléandome de vuelta a casa a las cinco de la mañana y aquel fotógrafo me congeló en un tórrido abrazo con cierta rubia, Tracy se divorció de mí y el último día me echó de casa con la excusa de que era un juerguista y hasta me rompió lo único que en casa apreciaba yo más que a ella: mis palos de golf.

Desamparado, me exilié a Buenos Aires, donde en compañía de Junius Lord, el hermano de Tracy asignado a la embajada, durante dos años he padecido una dura existencia entre partidos de polo y asados, morenas exigentes y cócteles en el club. Y ya que nadie me encomendaba el diseño de sus yates, me he tenido que dedicar al último recurso de todo marginado de la alta sociedad: trabajar como corresponsal de Spy, la revista que con tal de propagar un escándalo es capaz de prenderlo.

De vuelta a EEUU, ayer jueves el editor de Spy, Sidney Kidd (alias “la hiena”), me azuzó contra Tracy, mi ex, que mañana sábado se casa con ese advenedizo patán de George Kittredge, y me amenazó con airear la relación del padre de Tracy con una bailarina si yo no asistía a la boda para lograr la exclusiva, como si me importara el honor de los Lord o aún sintiera algo por esa irritante pelirroja que me obligó a abandonar el golf. Es cierto que hay noches que no duermo recordando la lluvia cobriza de su pelo, las chispas entre ágata y esmeralda de sus ojos, y la tensión de los pómulos; o que no puedo pasar de la tercera copa porque su recuerdo me nubla los ojos; pero si a algo he venido es a vengarme de ella.

Además, tenía que presentar como amigos de Junius a dos profesionales de la revista para que se alojaran en la mansión de los Lord hasta la celebración de la boda: Liz Imbrie, la misma fotógrafa que nos siguió a Tracy ya mí en nuestra luna de miel a bordo del “Amor verdadero” (no sé quién bautizó así al yate ni por qué me sigue conmoviendo el recuerdo de aquellos días) y Macauley Connor, un reportero que se cree otro Hemingway. Entre los tres hemos de dilucidar, por ejemplo, si Tracy y su madre –es decir, Tracy, que es la que cuenta- invitarían a Seth, el padre y esposo tan aficionado a las bailarinas. Sin embargo, como me ocurrió a mí, Seth ha sido otra víctima de Tracy. Nadie mejor que yo puede comprender a ese hombre, condenado al vicio por culpa de la intransigente rectitud de su hija y de su moral de hierro y cariño de cubitos de hielo. Tiene ella expectativas tan altas respecto a los hombres de su vida que ni un gigante las acanzaría, y menos que nadie ese gañán de George, el pretencioso pretendiente con quien solo se casa por despecho.

Esta mañana hemos llegado los tres –Liz, Connor y yo- y me han recibido con los brazos abiertos el vigilante, el mayordomo, los perros, Dinah –la hermana pequeña- y mamá Lord, es decir, todo el mundo menos esa testaruda de Tracy. En cuanto me vio, dio un respingo y las pecas le rebotaron como canicas en las mejillas: parecía haber visto al fantasma que siempre me acusaba de ser. Oficialmente me presenté como sustituto de Junius, el padrino, al que no han dado vacaciones, y cuando la sarcástica Dinah dijo que ojalá hubiera venido para sustituir al novio, estúpido de mí, estuve a punto de darle la razón.

En cuanto me referí a los dos presuntos amigos de Junius, que había dejado en el salón sur, Tracy supo que eran periodistas y me fulminó con el rayo de su mirada. Todo empecé a verlo rojo. Quizá por obra de su indignación (tono rojo-ira), del color de su pelo o porque pintamos así el casco del “Amor verdadero”, lo cierto es que intuí que mañana sábado ocurrirá algo desastroso. ¿Será su boda la catástrofe? De todos modos tuvo que admitir a esos dos chupatintas al enterarse de que el editor tiene en su despacho un dossier sobre las andanzas de su padre. Con la elegante hipocresía de nuestra clase convenció a su madre y a su hermana de que se comportaran de modo que la pareja de periodistas no supieran que ellas sabían que lo eran.

Salimos a la terraza a que los conocieran y allí empezaron los equívocos, y ojalá mañana Tracy se equivocara de novio y se casara con otro, me sorprendo deseando ahora. En efecto, las tres Lord se comportaron con perfecta artificiosidad. Se nos unió George, que ni siquiera sabía coger la copa de jerez. Liz se puso a hacer fotos como quien tira dardos. También asomó el tío Willie, al que para su estupor Tracy hizo pasar por su padre para ocultar a los chicos de la prensa que no pensaba invitarlo. Willie, el típico viejo verde de las comedias, se puso a pellizcar a la fotógrafa, por lo que debieron salirle desenfocadas las instantáneas que nos tomó a Tracy, George y a mí, las caras de los tres avinagradas por las indirectas que nos lanzábamos. El jerez parecía envenenado y de las rosas emanaban gases lacrimógenos. Menuda escena familiar representamos. El colmo fue cuando por sorpresa se presentó el auténtico Seth, el padre de Tracy, la cual ahora no pudo sino tratarlo como si fuera el tío Willie. Con decir que esta mañana he sido yo quien menos ha mentido… sin contar las mentiras a mí mismo, claro está.

Por la tarde me he encontrado a Tracy y a Connor en la piscina; parecían sonrojados y los ojos les fulguraban. Entre ellos fluían sospechosas ondas de armonía y comprensión, teniendo en cuanta que él parece embrollado con la fotógrafa y, sobre todo, que ella se casa mañana. Y ella y yo nos volvimos a enzarzar en más recriminaciones sobre quién había hundido nuestro matrimonio como si fuera el “Amor verdadero”, aquel yate. Insistí en que sus rígidas exigencias habían tenido la culpa. Incluso tuve que recordarle cierta borrachera, la única suya, en que se comportó como la borracha perfecta, es decir, ridículamente. Violento, Connor nos había dejado, y cuando llegó George también yo me fui con tal de no darle un puñetazo al muy cretino. Si lograse que esta noche Tracy se emborrachara, puede que la lucidez del alcohol le desvelara la zafiedad de ese tipo.

Hasta he olvidado darle mi regalo de boda, una reproducción de juguete del “Amor verdadero”, el más maravilloso balandro que jamás diseñé, manejable, airoso y grácil, lo que un barco debiera ser por siempre, si no lo oxidara la herrumbre del uso, de la costumbre. Pero todo lo sigo viendo rojo. Como si fuera posible limpiarle el óxido al casco y su color rojo pasión volviera a rebrillar entre la espuma bordeando la costa de Maine. Será porque va a ocurrir algún desastre: el pelo de esa pelirroja de nuevo lloviendo sobre mi almohada.     

                                                                                                                                                                                                

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