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jueves, 21 de marzo de 2013

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!




                  


Mientras que al presuntuoso pastor protestante egresado de la Universidad de Cardiff que yo era no hace un año (deslumbrado por la ambición, aún no a la sombra de la experiencia y la madurez), le parecía que su estancia en este pueblo minero de Gales solo sería un párrafo en su gloriosa biografía, el pobre reverendo Gruffydd de ahora cree, creo, que al final este valle abarcará todos los fracasos de mi ministerio y será el escenario único de mi desaliento.

Recién llegado, sí acerté en algo. Lamenté que los residuos de carbón mancillaran el verde esplendor del paisaje, como una esmeralda con una impureza que fuera el germen de su destrucción; y cuando oí a los lugareños alabar la belleza de su país ignorando los efectos sobre el panorama de la escoria, intuí que esta negrura, tales copos de hollín que aquí todo lo barnizan, representaban los defectos de esta gente, tan vanidosa como por entonces yo. ¿Cómo podían creer que la tierra de ellos era mejor que la de nadie por el solo hecho de haber nacido en ella?

En efecto, no tardé en comprobar que el engreimiento y la gazmoñería de muchos mineros los llevaba a jactarse de que comían carne de ternera, cuando sobrevivían de mendrugos y tubérculos; tenían a gala que, en vez de perder el tiempo instruyéndose, sus hijos ingresaran en la mina a los diez años; y presumían de que sus supersticiones y habladurías eran más eficaces que la medicina y la prensa, y de que el país de sus ancestros era el mejor de los mundos imaginables.

Para concluir esto me bastó asistir a la celebración de la boda de Bronwyn e Ivor, uno de los cuatro hijos mayores de Morgan, el capataz y más respetado minero de la comarca. Pero en dicha ocasión hubo más que aquello. Durante la ceremonia tartamudeé al sentirme caer, desde el altar, por una tumba abierta. Interrumpiéndome alcé la vista: me estaban mirando unos ojos cuyas pupilas me succionaban, y por su abismo se despeñaban tras de mí los novios, los asistentes y el mundo entero. Era Angharad, la única chica de los Morgan.

Aún hay un sexto hijo en la familia, Huw Morgan, con mucho el menor, de solo diez años, por lo que tengo la esperanza de hacerlo estudiar y que cuando crezca y trabaje, a ser posible lejos de aquí, de la mina, pueda mitificar –lo importante es que haya escapado- los decorados de su infancia y falazmente la tome por una edad mágica que transcurriera en un mundo idílico, olvidando que aquí todo es miseria, penalidades y opresión. La nostalgia es un lujo que solo pueden permitirse quienes han logrado olvidar la realidad.

Ojalá pueda Huw olvidar cómo vuelven los mineros de sus turnos de once horas, el vacío exhausto en sus ojos y los pasos enfermos; los restos del carbón que como marcas de esclavitud no se borran de sus pieles aunque se gasten buena parte de la paga en jabón; el precio de los comestibles en contraste con el del whisky, que Mr. Evans, el dueño de la mina y de las tabernas, se ocupa que sea asequible, porque pretende tenerlos a todos bajo sus efectos estupefacientes.

Evans hundió los sueldos y cuando, con la humedad de las primeras lluvias, rumores de huelga se infiltraban por todas las casas, Mr. Morgan, el patriarca de la familia, justificó los recortes con la bajada de los precios del carbón y los instó a todos a seguir trabajando. ¿Cómo se pueden defender con tanto ahínco los intereses de un millonario? Ciego esclavo de las tradiciones, Morgan clausura el tiempo en los cíclicos ritos de la familia y se declara enemigo del progreso. No advertía que la bajada de salarios obedecía a un simple aumento de la mano de obra disponible en la región. Siguió empecinado incluso después de que sus superiores, como exhibición de fuerza, lo hicieran trabajar bajo la lluvia, y sin admitir que la única oportunidad de los mineros contra la clase dirigente estriba en la fuerza de su unión, no quería oír hablar de los sindicatos. Además, confundía los valores de convivencia familiar con los conflictos laborales, y con la excusa de los buenos modales a la mesa se negó a escuchar a sus hijos y provocó que los cuatro mayores abandonaran su casa para alojarse en el pueblo.

Y amaneció el día en que el tañido de campanas pareció disminuir el aire del valle como si tocaran a muerto, y un silencio acuoso respondió al silbato del capataz: se había declarado la huelga. Como cintas empezaron a anudarse sobre los hombres los días en blanco apresándolos con las ligaduras de la inacción; y, con el frío y el viento del invierno, el miedo y el hambre se insinuaban en los rostros de los mineros, que deambulaban arriba y abajo tiritando de incertidumbre. Ya ni los más ciegos o borrachos podían fantasear sobre mundos edénicos e imposibles. Ahora todos veían el valle amortajado de cenicienta pobreza.

Coléricos de desesperación, muchos se volvieron contra Morgan, y para defenderlo cierta noche su esposa asistió a una asamblea de los mineros. De vuelta a casa, una placa de hielo se rompió a sus pies y a los del pequeño Huw, que la acompañaba, y ambos fueron rescatados del agua con serios síntomas de congelación. El doctor se mostró pesimista respecto a la recuperación del niño, por lo que hice mía su causa y para animarlo me pasaba a diario por la casa de los Morgan. Los maledicentes de siempre achacaron mi asiduidad a otros motivos. La verdad era que cada vez que su hermana Angarad me abría la puerta o venía al dormitorio a servirnos el té, yo sentía que a mis pies se abría el entarimado o que la casa toda se volvía de cristal y el pueblo entero podía vernos a los dos, frente a frente, con los deseos desnudos y tintineando entre ambos la taza sobre el platillo de porcelana.

En vez de las piernas de Huw, era mi voluntad la que corría peligro de quedarse paralítica, ya que por más que al verme también ella ardiera por dentro, y hasta el rojo castaño del pelo se le trasvasaba a la tez cristalina, no me atrevía a decirle ni una palabra.

Y por fin relució la penumbra verde del valle, la savia y la clorofila irrigaron las venas de la tierra, y con el vigor y la exuberancia de la primavera Huw y su madre se recuperaron. Convencí a los cuatro hermanos Morgan de que volvieran a casa y después de veintidós semanas se desconvocó la huelga.

Tampoco en la subsiguiente celebración en casa de los Morgan, aunque me quedé el último, me atreví a decirle a Angharad la palabra que ella esperaba. Ni siquiera me volví a mirarla, clisado en la ventana y con la pipa rectilínea entre los dientes como lo único erecto en mi apocada fisonomía. Sin embargo, durante la fiesta, y a despecho de los elementos más hipócritas de la diócesis, que me acusaban de entrometerme en asuntos terrenales, sí fui capaz de aconsejarles a los hombres que constituyeran un sindicato local.

A la mañana siguiente, tan turbia como las de la huelga, en la mina solo dieron trabajo a la mitad de los mineros. No hacía falta que estallara la sirena de los accidentes para darse cuenta de que aquellos hombres estaban muriendo poco a poco, hundidos en un pozo más hondo que la propia mina.


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