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sábado, 9 de marzo de 2013

UN LUGAR EN EL SOL



                   


Los Eastman de Kansas somos mucho menos que parientes pobres porque la rama floreciente de la familia es la más rica del país y nosotros, además de paupérrimos, somos extravagantes. Mis padres eran predicadores ambulantes que después de rezar y cantar espirituales pasaban el sombrero, y ya que no podían mantenerme pronto dejé de ir al colegio y me puse a trabajar en los empleos que como manchas de tinta figuran en mi currículum: recadero, ascensorista o friegaplatos.

Oficiaba de botones en un hotel de lujo de Chicago cuando el recepcionista rugió mi apellido para increparme por mi tardanza y mi tío Charles Eastman, el rey de la confección, se detuvo al eco de su sagrado apellido reverberando desde la bóveda del vestíbulo y del pasado. Pidió verme y reconoció al hijo de su difunto hermano Asa. Dado que habíamos sido repudiados y olvidados por él, puesto que no podía prohibirnos utilizar su apellido, al menos quiso impedir que éste se asociara a un puesto tan subalterno, o quizá le recordé que también él había empezado de la nada, pero lo cierto es que me dio una tarjeta de su puño y letra para cuando quisiera ingresar en su fábrica textil.

Quizá no esperaba que lo hiciera al día siguiente, cuando dejé el gorrito en recepción y me trajo acá un granjero que no ignoraba a los autoestopistas. En la fábrica obró la tarjeta manuscrita como un salvoconducto, que me valió que me pasaran una llamada con mi tío: me invitó a pasar por su mansión esa misma noche.

Llegué diez minutos antes de la hora, embutido en un traje que aún guardaba las dobleces de su estancia en una repisa de la tienda. El viejo –un tipo con perfil de halcón- me presentó a su esposa y a sus dos hijos, Marcia y Earl, los típicos hijos de papá. Me senté y empezó a crecer un silencio como un tumor o la tumba cavada a paletadas donde me hubiera gustado esconderme. Me sentía culpable de un silencio que parecía denso de desprecio. ¿Qué podía un chico de la carretera como yo tener en común con ellos, enraizados en la más alta sociedad? Los viejos me miraban con una lacerante condescendencia; los jóvenes como si hubieran visto entrar a un gato callejero en un concurso felino. Al fin habló mi tío, y después de poner de manifiesto mi ignorancia respecto a contabilidad, mecanografía o administración, encomendó a su hijo que me buscase lo que fuera, y justo entonces irrumpió ella con unos amigos.

Más tarde supe, por la sección de sociedad de la prensa, que era Angela Wickers, porque desde luego que entonces nadie me presentó en el torbellino de risas, saludos y comentarios que su entrada había desatado. Ahora la sala resplandecía como un baile a la entrada de la reina. Me olvidaron en un rincón, y aunque no llegó ni a mirarme, durante un tiempo transparente me quedé fijo en ella sintiendo lo que el primer día que vi el mar o cuando fui capaz de escalar una montaña que ofrecía vistas de águila. Era una joven morena recién salida de la adolescencia, con la tersura del marfil a la luna y unos ojos violeta que traslucían todos los sueños de mi juventud. Reaccioné y, desapercibido, acabé por salir de vuelta a la calle y a la realidad.

Al día siguiente me emplearon en la cadena de empaquetado de los trajes de baño Eastman. Aunque está prohibido intimar con las compañeras, empecé a salir con una de ellas, Al, una chica tierna y tímida, sencilla y tan ingenua que dijo sentirse afortunada de cenar con el sobrino del jefe, ya que pensaba que muy pronto empezarían a ascenderme. Con tal de darles la excusa para que lo hicieran, tramé un irrealizable plan que en teoría aumentaba un 20% nuestro rendimiento en la planta. Al y yo parecíamos hechos el uno para el otro. Pero yo no podía ahogar mis sueños de grandeza, ya que la única rival de Al, Angela, solo me disputaba con ella en mis fantasías, parecía tan inalcanzable para mí como una estrella de la pantalla y en la realidad solo era una una fotografía frecuente en la prensa rosa, a través de la que seguía yo el rumbo de su itinerario social.

La verdad es que Al es sincera y leal, con la particularidad de que me ama; todo a lo que yo debía aspirar. ¿Qué más podía pedir? Quizá que los polis no me humillaran cada vez que nos sorprendían en el coche camuflado tras los matojos de cualquier descampado nocturno. Y eso porque su casera es muy estricta. Así que una noche la invité a mi habitación. Por la mañana, la sonrisa del vecino confirmó mis temores respecto a los chirridos del colchón.

Un día mi tío pasó casualmente por nuestra sección, y para evitar que pensara que se había olvidado de mí –la hipocresía le rebosaba de la voz- me prometió un ascenso y con tal de no admitir que no había leído mi informe de productividad, con objeto de hablar del tema, me invitó a una fiesta que coincidía con mi cumpleaños. Curiosamente, a Al no le gustó mi ascenso, que empezaba a alejarme de ella, y no solo porque ya dejaríamos de trabajar en la misma planta.

 Desde luego que a mi llegada a la mansión nadie me felicitó, pero para mí aquel día fue como si hubiera nacido de nuevo. No me miraron ni los mayordomos; los invitados se arremolinaban en el salón, los corros se deshacían y hacían con animación en torno a aquel joven mejor vestido y no tan apocado como la primera vez, pero igual de invisible. Cuando ingresaron al comedor me refugié en el salón de billar, y justo acababa de embocar la carambola de mi vida cuando entró Angela Vickers. Ella. Esta vez no solo me miró, sino que sonrió y de la punta de sus labios, de los hoyuelos de sus mejillas y de los estambres de las pestañas pareció despuntar una aurora, una promesa de felicidad. Tomó mi aislamiento por misantropía, mi insuficiencia por excepcionalidad, y pareció subyugarla el misterio de una soledad que por mi parte solo era impotencia. Tan romántica como yo, Angela siempre está dispuesta a encontrar magia donde la busca. De algún modo la emocionó mi debilidad. Me cogió de la mano y ya no dejamos de bailar el resto de la velada: a mí me parecía flotar a través de la luz radiente de la araña y de la melodía del éxito, de la juventud y de la esperanza.

Volví a casa de madrugada (había perdido la noción del tiempo) y solo al abrir la puerta recordé que Al llevaría horas esperándome para celebrar mi cumpleaños. La tarta se había derretido y una lágrima se disolvió en la nata. Estaba muy triste: intuía que había empezado a perderme. Y me dijo que íbamos a tener un hijo.

Desde entonces mi mundo se ha disociado: por un lado la sórdida realidad de Al y yo, que sin amor ni dinero hemos obtenido la negativa del único médico que hubiera podido ayudarla a abortar; y por otro lado el recuerdo del baile sin tiempo con Angela, que de algún modo me parece aún no haber terminado, un sueño que se ha repetido cada vez que salimos juntos. Somos muy felices cuando nos vemos. Es cierto que sus modales, su ropa y la joyas me hablan de clase, de buena familia, de mucho dinero. Pero no se trata solo de eso, sino que la quiero de verdad. Me inspira una ilusión y un amor tan avasalladores que me impiden casarme con Al. Incluso si ésta contara con todas las ventajas de Angela -¡hasta de su juventud, pero esto no es concebible!), preferiría casarme con la segunda. Y de todas formas, ya que todo lo tiene, ¿está prohibido que un hombre cumpla sus sueños? ¿Es un crimen la ambición?

Sin embargo, tuve que prometerle a Al que nos casaremos en Septiembre. Al día siguiente escuché en la radio la terrible estadística de los ahogados en los lagos, recordé que Al no sabe nadar y cierto pensamiento se me insinuó en la mente como una serpiente entre las flores. Los padres de Angela (que nada sabe de Al) me han invitado a su casa de campo para conocerme y ahora yazgo con mi amor justamente a orillas de un solitario lago. Me acaba de contar que en el último verano aquí se ahogó una pareja; a ella tardaron cinco días en hallarla, y él nunca apareció. Me pregunto si no la empujaría para librarse de ella y luego se esfumó. Con un susurro la serpiente vuelve a asomar entre los tallos. Intento pisotearle la cabeza pero se escabulle y sé que no tardará en aparecer. ¿Soy responsable de que lo haga? No puedo hacer nada para evitarlo.

Intentaré aniquilarla cada vez, pero sé que acabará picándome.                  

                                                                                                                                                                                         

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