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domingo, 24 de marzo de 2013

RASHOMON




 
          


Desde que me quedé viudo, cada año, cuando los cerezos se nievan de flores, un regimiento de hermanos, cuñados, hijos, sobrinos, nietos y sobrino-nietos, con la excusa de honrar al patriarca, me ocupan la casa y la saturan de chillidos y farfullidos, y mientras los pequeños me alborotan la paz con la batahola de sus correrías, los mayores me humillan el pensamiento con chismorreos y vulgaridades, de modo que en su semana de estancia (¡y a mis años ya no quiero dilapidar el tiempo!) no encuentro un silencio para leer a Li-Po o una soledad donde escribir un haiku.

Así que esta mañana, cuando arribó la caterva y ya los meros saludos empezaron a cargarme y a hacerme chirriar las bisagras del cuerpo a fuerza de reverencias (¡qué ceremoniosos somos los japoneses!), al dictado de mis órdenes se presentó mi segundo, Xiao Yang, que debía prestarme la coartada para desertar como un cobarde de mis propios umbrales y con la excusa de una falsa emergencia encerrarme en el cuartel la semana entera. Pero cuál no fue mi sorpresa al ver que en vez de cualquier robo de gallinas, Xiao nos refirió, con ademanes demasiado convincentes, que había tenido lugar un asesinato cerca del templo de Rashomon. Me puse el kimono oficial, encantado de poder entretener la semana en un caso real y no tener que entregarme en mi despacho a los melancólicos placeres del sake y de la nostalgia por mi esposa. En una provincia tan olvidada como la nuestra son infrecuentes hasta los asesinatos.

Lo primero que hice fue tomar declaración al agicultor que había encontrado a la víctima entre la hojarasca del bosque. Pusilánime y simplón, de esos que la experiencia me ha enseñado proclives al hurto, me explicó que había salido a buscar leña, y un sombrero blanco de alas anchas con el velo enredado en un arbusto y un amuleto rojo y amarillo –que poco había protegido a su dueño- lo habían conducido hasta el cadáver.

Luego vino a declarar un joven e ingenuo monje de Rashomon, el típico cuya sinceridad ofende o confunde, que hace tres días se cruzó con la víctima, poco antes de que lo fulminara el rayo de la muerte. Provisto de un carcaj de flechas, de un arco repujado de piel y una espada, guiaba a pie a un bayo montado por una mujer de blanco inmaculado que parecía mostrar el misterioso perfil de la belleza (¡vaya un monje rijoso!), ya que iba tocada por un sombrero a juego cuyo velo la difuminaba como la crisálida de una mariposa única. Al parecer la pareja intercambió una sonrisa de complicidad, ignorantes de lo pronto que se bifurcaría el laberinto de sus destinos.

Despedí al monje con un gesto –también soy parco de palabras: mis silencios exprimen las confesiones aunque solo sea para llenarlos- y accedieron al patio donde efectúo los interrogatorios Tajomaru, el célebre ladrón y asesino, y el cazarrecompensas que lo había sorprendido en poder del caballo y las armas del difunto. Tajomaru reconoció haber matado al hombre del bosque, por lo que, preocupado de que tal confesión abreviara el procedimiento y me devolviera a casa, lo insté a que hiciera una minuciosa narración de lo ocurrido.

Jactancioso, proclamó que solo se había dejado apresar por haber enfermado después de beber un agua corrompida. Amarrado como estaba ante mi presencia, se debatía, sibilante y mortal como una serpiente, y jalonaba su declaración de espumarajos, insultos y blasfemias, que no obstante me resultaban más gratos que la conversación de mis parientes. Declaró que tres días atrás dormitaba en el bosque cuando, después de una semana sin mujer, lo despertaron las auras del deseo. Abriendo los ojos comprobó que aquel vientecillo fluía de la mujer que justo entonces pasaba montada a un caballo, junto a un hombre armado que, sin soltar el ronzal, se detuvo unos instantes observándolo abrumado, como si reconociera en sus ojos la cercanía de su fin.

Siguieron su camino y poco después Tajomaru, picado por el alacrán de la lujuria, se levantó y, decidido a forzar a la mujer aun a costa de asesinar al hombre, les dio alcance. Con tal de apartarlo del camino principal, le ofreció al viajero la ganga de unas joyas y espadas tan esplendentes como la suya, que presuntamente había ocultado cerca de allí. Se adentraron ambos en el bosque y, aunque el forastero parecía desconfiado, el bandido lo redujo y maniató con facilidad.

Bajó Tajomaru la colina ávido de cobrar su pieza, pero antes de atacar, como un tigre que se complaciera en ver abrevarse al cervatillo, admiró la belleza esquiva de la mujer. Sin destocarse del sombrero con aquel velo que entre los matorrales la asemejaba a una mariposa blanca (¡un asesino poeta!) la indefensa peinaba con la yema de los dedos la cabellera de espuma del arroyo. Hombre de acción –por así llamarlo-, el forajido admitió que nunca había experimentado nada parecido, una mezcla de calma y desenfreno que lo desbocaba por dentro al tiempo que lo paralizaba. Ante aquella imagen de pureza, también yo me debatí entre pensamientos poéticos y sensuales, y deseé llamar cuanto antes a declarar a la mujer. Por suerte, pensé, ya no traería el velo.

Finalmente ella lo descubrió. Él reaccionó y le dijo que a su acompañante le había picado una serpiente, lo cual era casi cierto. Se espantó ella del daño sufrido por su hombre, y tanto le gustaba a Tajumaru que me reconoció envidiarlo por ello, así que la llevó a presencia del maniatado para apartarla del camino y, sobre todo, demostrarle la inferioridad de su compañero respecto a él. Al llegar ella comprendió la situación, un puñal engastado en diamantes apareció en su mano y con una valentía que acabó de enardecer a Tajumaru defendió su virtud hasta que desfalleció, soltó su arma y él con la suya consumó su deseo a la vista del marido o lo que fuese. Lo cual, al decir del bandido, no impidió que ella acabase por entregársele con placer.

Todo le había salido bien y sin necesidad de matar al hombre. Pero cuando se iba satisfecho, la mujer se le echó a los pies y dijo que solo la sangre de alguno de los dos podría lavar su vergüenza, por lo que le rogó que soltara a su marido y se trabaran en una lucha a muerte que demostrara que ella seguía siendo digna de algo tan noble, y se quedaría con el vencedor.

Cuando Tajumaru se puso a encomiar la técnica y el coraje de su oponente con la espada (¡después de haberlo reducido tan fácilmente!), bostecé como si estuviera oyendo una anécdota de alguna de mis nueras y lo mandé callar, pues se veía el resultado del combate. Lo que no supo decirme fue dónde estaba aquel puñal tan valioso, y lo creí puesto que no lo llevaba con el resto del botín. Supongo que lo habrá robado el labriego que encontró el cadáver.  En el transcurso de la lucha la mujer se había esfumado. En su huida se acogió a un templo durante dos días, al término de los cuales fue hallada por nuestro destacamento. Mandé llamarla, y un gallo me agudizó la voz.

No es que su belleza me decepcionara, pero comprendí que el encanto del velo, entregando su rostro a la imaginación masculina, le atribuía la parte principal de su encanto. Repitió la historia de Tajomaru salvo lo de entregarse con placer y a partir de ahí su versión divergió. Según ella, satisfecho su apetito, el violador se burló de ellos y se alejó. Durante el acto la mujer había visto puñales en los ojos de su marido, pero ahora, sin responder a sus palabras, ya no expresaba pena ni rabia, sino que, incluso desatado por ella, se quedó inmóvil y, como ausente, la mirada se le puso blanca, y tanto la cegó aquella claridad en sus ojos, una especie de cruel resplandor o fuego ciego, que le entregó el puñal y le pidió que la matara. Acabó por salir corriendo, histérica, y dijo que se habría suicidado de no resultar poco profundo el estanque al que se arrojó. Quien no falló fue él: a su vuelta se había suicidado con la famosa daga.

Dado que tampoco suelo prestar mucho crédito a las mujeres hermosas, por curiosidad y pasatiempo mandé a Xiao traer a una vidente para que hablando por su boca el difunto me sacara de dudas sobre lo ocurrido. Sospecho que tanto Tajomaru como la mujer hayan mentido respecto a lo que más precian, su hombría y su virtud, respectivamente. Dudo que, si es que hubo combate a espada, fuera tan encarnizado como dice Tajomaru. Ser un asesino como él o portar tantas armas como su víctima más bien los caracterizan como cobardes. Por otra parte, ¿no conocería demasiado bien el difunto a su mujer como para creerla digna de tal sacrificio? Y además, Tajomaru ha matado ya a tantos –y tiene tan segura la pena de decapitación- que tal vez se haya atribuido una muerte que lo repute de valiente y ese pobre hombre realmente se haya suicidado. Todo es posible, incluso que él lo matara sin desatarlo, a instancias de ella, incapaz de seguir conviviendo con el testigo de su vergüenza.

 El ser humano es un tonel rebosante de mentiras y vanidad. Incluso si creyera en este aparato de muecas, alaridos y aspavientos que la médium ya representa como si verdaderamente empezara a ser poseída por el espíritu de la víctima, estoy seguro de que desde su nebuloso mundo hasta los muertos mentirían.

Pero de lo que se trata es de no volver demasiado pronto a casa.

                                                                                                                             

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