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sábado, 22 de febrero de 2014

REBECA



                  

Después de un año a veces todavía olvido que me he muerto
y que Max se ha casado con esa lerda, y me cambio para la cena
porque me parece que de smoking él me espera a la mesa,
o me ajusto el broche de nácar de la capa carmesí como para fugarme
a una cita galante con mi primo. Pero aquí la vida es tenue y triste,
con un fondo opaco en esta tierra de nadie y de todos que es el mito,
en esta franja neutra, pétrea, oscura de la memoria colectiva, y estoy
ciega y lúcida como si continuara en el fondo del mar con los ojos abiertos.
Menos mi doncella, que mantiene encendido el fuego de mi culto
y cada mañana abre el museo de mi recuerdo que es mi dormitorio,
todos me creen en algún lecho de coral, o mejor dicho, en la cripta,
pero si los muertos gustan de visitar sus antiguas moradas,
a mí incluso se me ha permitido seguir habitando Manderley,
y ya que la otra vida ha resultado cumplir los vaticinios
de baratos guionistas, pitonisas de lance o espiritistas en trance,
y los espíritus nos condensamos en humos, sombras, auras,
me manifiesto en el aleteo de los visillos, en los reflejos de la lluvia
nadando en el estuco, en los rayos de luna que pintan las vidrieras.
Pese a que mi belleza no solo pertenecía a la carne, sino al espíritu,
y la gracia ornaba mi rostro tanto como la sabiduría mis palabras
e igual que no deberían segregarse la forma y el fondo de un poema
tampoco deberían separarse la belleza y la inteligencia de las mujeres,
la verdad es que lamento haber perdido mi cuerpo y sin los sentidos
se me hace muy cruda esta condena de los muertos a la soledad.


Aunque no me arrepiento de haberlo engañado con mozos y gañanes,
herreros y arrieros, letrados y secretarios, marinos y granjeros,
ahora quiero recobrar la estima de Maxim, mi apuesto esposo,
y expulsar de mis umbrales a esa tibia y tímida usurpadora,
esa inútil que tartamudea con los pies y se trastabilla con las palabras,
esa mustia dama de compañía cuya única virtud es la modestia
y que camina encorvada por la culpa y agarrotada de miedo.
Quiero desterrar de Manderley su sombra y el eco de sus tropiezos
para que cada noche Max vuelva a abrazar mi distinguida ausencia,
añore mi elegancia y sordo de dolor me conjure con su nostalgia
y desgarre sus sueños e insomnios con gritos que me invoquen,
y ya que por desgracia nunca volveré a delirar con el amor sensual,
el único verdadero, al menos me consolaré con el espiritual,
ya que no con el carnal, gozaré con el sucedáneo romántico,
ya que en ningún rojo canapé volveré a gemir transida de placer,
que sean al menos poéticas palabras las que solo me traspasen el alma.


Con mi carisma cerco a la pusilánime, la asusto con portazos y fogonazos,
la humillo con mi recuerdo, que aún fascina la fantasía de los lugareños,
la acoso con mi omnipresencia invisible salvo por la R de mi nombre
bordada en fundas y cojines, sábanas y pañuelos, forjada en la verja,
inscrita en el arco de entrada, grabada de oro en el álbum y la agenda,
y hasta rubricada en el título de propiedad, de modo que si Manderley
ardiera hasta el humo trazaría en el cielo la inicial de Rebeca.
Y para arrinconar la timidez de la intrusa cuento con mi doncella,
que le cuelga a la sombra el lastre de mi gloria y con el ceño
le adelgaza el ánimo y la hará arrastrar su inferioridad por los pasillos.
Si es preciso la hechizará en el tiempo disecado de mi dormitorio,
donde aún se percibe la estela de mi estupefaciente perfume de rosas,
y mi combinación calada de encaje y mis concupiscentes medias de seda
aún parecen aguardar con languidez mi improbable salida del baño.


No fui una esposa fiel, ni tierna, ni dulce, ni siquiera cariñosa,
pero si Max me perdona y me alivia la losa de esta soledad,
ya sin cuerpo no podré repartir de nuevo mis caricias por el puerto,
ni encerrarme con mi primo en la cabaña de la playa, seré pura,
no por nada ahora tiemblo entre los rayos filtrados de la casta luna,
y también yo lo perdonaré a él, ya que por accidente fue mi asesino,
me golpeó en toda la insolencia al decirle que iba a tener un hijo de otro,
y aunque era mentira y solo estaba embarazada de mi propia muerte,
una postiza y rígida sonrisa de escarnio se me fijó en el rictus
después de caer y golpearme el cráneo con un aparejo del barco.
Interpondré entre ellos mi sombra para que Max me añore
y con la desesperación de su dolor me convoque de nuevo a la vida,
y ordene a la doncella poner en la mesa otro cubierto de plata,
de modo que no sea yo la única que a veces olvide que me he muerto,
y tenga que cambiarme porque alguien me espera para la cena.

        

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