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sábado, 1 de febrero de 2014

SIN PERDÓN: LA BALADA DE WILLIAM MUNNY




                   

¿Quién podría vengar a una puta mejor que un hijo de puta?,
se alienta Will Munny de vuelta a su oficio de sicario
a través de Wyoming y de los decapitados fantasmas del pasado:
su vidriado reflejo en el ojo negro de Bullard que cuelga del nervio óptico
como un botón descosido o un reloj parado pendiente de la cadena de oro,
la cabeza cortada de Charlie Pepper, que vacía de memoria, translúcida,
parece un acuario sin agua pero lleno de palpitantes peces rojos,
y recuerdos peores de los que a Will lo han absuelto el whisky o los años.
¿Quién se merece el oro de una puta más que el hijo de puta
que durante dos semanas volveré a ser?, se pregunta Will Munny,
que siempre supo que nunca olvidaría el hombre que había sido,
el miedo que con la corriente de frío producía al abrir cada puerta,
el odio que como carbones encendía en los ojos de sus víctimas,
la soledad de invierno a que condenaba a cada nuevo cadáver,
y a los diez años ya cabalga de nuevo con Logan, su gemelo en el crimen,
al encuentro de un pasado que desde su boda con Claudia
ha temido que como un lobo se le abalance por la espalda,
otra vez husmeando el rastro de la sangre y la sombra del miedo,
hacia Big Whiskey, donde Kitty y Silky y Susy ofrecen mil dólares
por la cabeza de los vaqueros que en vez de cabalgarla como a una yegua
han marcado su vileza a navajazos en la piel de Delilah, mujer de la vida.


¿Quién podría defender a una puta mejor que un hijo de puta?,
se repite pensando que si Claudia viviera no iría tras esa recompensa
que necesita para aliviar la infancia de terrones y estiércol de sus hijos,
Claudia aún le habla con el viento entre las ramas del arce de su tumba,
le aconseja virtud y moderación con la fría paciencia de su lápida,
y sigue siendo la enfermera que le extirpó la maldad de entre los ojos,
porque ella era un lirio y él un asesino más frío que la nieve,
ella era una espiga y él un hombre más afilado que una hoz,
pero ni siquiera Will pudo amputar las manos rojas de la viruela
que pintarrajearon su belleza y untaron de lágrimas el pan de sus hijos.
¿Quién podría enamorar a una puta mejor que un hijo de puta?,
intuye, mientras se vengan de él sus propias perversiones del pasado,
y tanto whisky como bebió ahora le tuerce la puntería
y tantas mujeres como abandonó ahora le anestesian la lujuria
y tantos caballos que azotó ahora le columpian la silla
y tantas blasfemias que gritó ahora lo insultan con un eco del monte
y tantas muertes que fabricó ahora lo lastran con ladrillos en los pies,
tantos muertos como aquel William Harvey al que le volaron los dientes
o Joe Pebble que dicen cabalgó sin cabeza hasta cerca de Abilene,
o el primero de todos, John Law, con un surtidor de sangre en la garganta,
el joven que a su revólver le hizo perder la virginidad no solo con su vida,
sino también con la vida de los hijos y los nietos que ya nunca tendría,
tantos muertos cuyas ánimas ahora brillan con los luceros y las luciérnagas,
que con el viento entre los juncos y las cañas le susurran con alegría
que quizá nadie puede morir por una puta mejor que un hijo de puta.
  
    

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