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lunes, 21 de julio de 2014

EL COLECCIONISTA


                        

¿Por qué será ella tan bella y yo estoy tan solo?
He atrapado a la Miranda Roja de pintas rosadas,
pero ni ella es una mariposa ni yo un cazador,
sino una pelirroja con pecas y yo un soñador.
Revoloteaba por la escuela de arte y por los pubs,
grácil y sutil, su rojo ardiente al sol,
y en el aire latían sus recientes aleteos,
la sucesión de Mirandas que acababa de ser,
pero ni ella es una mariposa ni yo otro admirador.
En un callejón aceché su sonrisa triste,
aturdí su confianza con el cloroformo a modo de cazamariposas,
la encerré en el estuche del sótano de mi casa Tudor,
el palacio de mis princesas encantadas,
pero no le he ensartado el corazón
con la aguja de mi pasión
porque ni ella es una mariposa ni yo un seductor.

¿Por qué será ella tan madura y yo tan verde?
Acosté su cuerpo dormido, le arropé los sueños,
miré a la bella durmiente
hasta que me aparecí en el castillo de su pesadilla,
y como un rapaz que logra el sello que le faltaba,
igual que cuando acerté la quiniela,
salté a la noche a gritarle a la lluvia
mi alegría por tenerla en mi colección.
Mi táctica para atraer a las chicas es traerlas al sótano
y mirarlas y admirarlas, mimarlas y adormecerlas,
hechizarlas con la soledad de mi ceño,
congelarlas con el hielo de la mirada,
apresarles las alas en la telaraña de mis cálculos,
aislarlas del mundo en la crisálida de mi vista,
pero ni ella es una mariposa ni yo un abusador,
y ahora sé que ya no tendré que invitar a ninguna más
porque Miranda será la última: es la mujer de mis ojos.

¿Por qué será ella tan silvestre y yo tan delicado?
Después de abrirle los tres cerrojos llamé a su puerta,
traía el desayuno a la prisionera de mi deseo,
que estaría asombrada de hallar en la celda sus vestidos y sus libros,
sus pinceles y pintalabios, sus pinturas y esculturas,
solo me olvidé de sus sonrisas y de su alegría,
de su serenidad y de su optimismo.
Planteó las mismas preguntas que todas,
me consagró parecidos asombros e idénticos insultos
y ensayó el típico primer intento de fuga,
así que para ganarme su afecto
y domesticarle la furia y el enojo
la encerré, me fui a Londres,
y aherrojándole toda perspectiva
la sitié de soledad y desesperación
que adoptaron la forma de la nostalgia: me añoró.

¿Por qué será ella tan egoísta y yo tan generoso?
A la vuelta ya estaba más suave la huésped de mis ojos,
intacta novia de la mirada mía,
que menos un paisaje o un panorama
todo lo tiene a su alcance,
desde el cepillo de dientes a mis ensoñaciones,
desde su perfume de rosas a mi candidez.
Porque ella me fascina como ninguna,
me quedo absorto en su gracia y transparencia,
en su silueta recortada en el álbum de mi fantasía,
en su cutis que se desvanece en la blancura de mi inocencia,
y malinterpretando mi ensimismamiento
una vez me tomó por un degenerado
y volvió a intentar huir revoloteando
pero ni ella es una mariposa ni yo un violador.
Lo que quiero es que se enamore de mí, no para amarla,
sino para que me deje abismarme en su belleza,
helarme en el éxtasis de la contemplación
como un cinéfilo que nunca se cansa de su actriz favorita,
y por siempre brillar los dos cristalizados en el mismo carámbano
o en una estalactita y una estalagmita que solo se toquen por la punta.

¿Por qué será ella tan tramposa y yo tan ingenuo?
Un día dramatizó una verosímil apendicitis
y cuando me abofeteó en toda la insolencia de haberla descubierto,
pensé que ya era un éxito trabar una pelea de enamorados.
Negociamos una estancia de cuatro semanas,
tiempo de sobra para que ella se enamorase y yo la mirase,
a cambio de salidas al campo y al lavabo de la casa.
Al aspirar el azul de la tarde se sintió ebria y libre
como un poeta al borde del poema
o una polilla en torno una bombilla,
pero ni ella es una mariposa ni yo un secuestrador.

¿Por qué será ella tan atrevida y yo tan tímido?
Cada vez que me quedo clisado en la roja hermosura
del foco de mi ilusión,
prendido de su fuego y prendado de su rubor,
como cuando casi me descubrió un vecino
que se conformó al hacerle creer que era mi novia normal y formal
(la gente siempre está dispuesta a creer lo peor),
y de vuelta al sótano parecíamos una pareja ofuscada por el primer enfado,
cada vez que sus pupilas me han convertido en piedra
y no en la llama que ella temía que le quemara,
no he pasado de palparle la seda de la piel,
parecido al translúcido tacto de ciertas alas,
pero ni ella es una mariposa ni yo un cazador.

¿Por qué será ella tan falsa y yo tan puro?
Sabe que no soy sociable, empático ni simpático,
y para alentar mi compasión
me prometió ser mi amiga en la calle, en la vida real,
con el impudor del personaje de una heroína
que para liberarse de la trama ofrece sus favores a su autor,
y como no pude imaginarnos juntos lejos del sótano
decidí despreciar su amistad, no dejarla escapar,
disecar su volátil belleza en la penumbra del presente,
extenderle las alas en un simulacro de vuelo
y ensartarle el corazón con la aguja de la soledad:
al final ella será una mariposa y yo un soñador.
    

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