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lunes, 7 de julio de 2014

TIERRA DE FARAONES


           

De todas las formas que el hombre adopta para perpetuarse
(un papiro, una palmera, un hijo, una momia),
la única perenne es la piedra, que antes tallaba mi voluntad,
pero ahora que no creo en Isis, ni Osiris, ni Anubis, ni en el oro,
ni siquiera en mí mismo, el Faraón, el hijo legítimo de los dioses,
ahora que del costado me fluye la sangre como el Nilo al oro del ocaso
y ni mi falso padre el Sol podría caldearme la carne,
ahora que se me vela la vista y la áurea belleza de Nélifer es un espejismo,
ahora que temo que su amor sea el de una cobra por el oro que guarda,
y que dos erróneas fechas entre paréntesis abarcarán mi dinastía,
que será numerada y apenas conocida por los escribas del futuro,
y que su memoria brillará como una estrella fugaz en la noche de la Historia,
como una partícula de oro en la arena succionada por la marea,
sé que mi nombre solo será recordado gracias a la Pirámide.

Proyecté su erección a mi regreso triunfal del desierto,
cuando vencedor de sus arenas vine seis lunas y dos victorias más viejo,
dueño de más oro con que saturar la cripta de mi tesoro,
cuyo dorado tacto me deleitaba más que la piel de mi consorte,
por lo que en vez de un hijo mi amor por el oro engendraba más oro.
Ciego de sus reflejos aspiraba a conservarlo por siempre,
y que mi espíritu gozara de su incorruptible belleza en el tiempo embalsamado,
y que ningún saqueador expoliara el tesoro de mi sarcófago,
por lo que adopté el laberinto de un arquitecto extranjero,
que removiendo piedra con arena lo sellara en el corazón de la Pirámide.
Supuse que igual que en la vida me había conferido la gloria
también a su fin la arena del desierto me otorgaría la eternidad,
y que sería la piedra viva la que derrotaría a mi muerte.
Lo que no pude suponer fue que Nélifer me expoliaría el corazón,
lo único que en toda mi vida no quería de oro,
que sería ella la única saqueadora que amenazaría mi vida futura.
Debí saber que el verdadero oro de los hombres es el tiempo.

Todos los egipcios acudieron como un solo egipcio a mi llamada
para la construcción de mi esperanza, la Pirámide de mi inmortalidad,
ya que faraónica es la ambición de todo hombre:
quedar, sobrevivirse, dejar una huella en la arena del Tiempo,
un signo en el jeroglífico de la Historia, semilla en el vientre de la memoria,
y si a tantos pasos se oía el estrépito de la cantera,
de cien mil mazas luchando contra la piedra y contra mi muerte,
era porque todos querían grabar su marca en la roca de la eternidad.

Cada año subían las hileras de la Pirámide, nació y creció mi hijo,
conocí a Nélifer, ladrona de mi corazón, cobra de mi tesoro,
que, embajadora de Chipre, vino a ofrecerme su belleza sinuosa
como tributo y se rebeló cuando también le exigí el oro,
y despojándola de su túnica carmesí la mandé azotar,
pero en mi cámara agoté la noche acariciando su túnica
y me parecía sentir cada uno de sus latigazos en la sangre,
así que la hice traer y le ofrecí la copa de vino rojo de la pasión.
Al rechazarlo vertió mi furia y la abofeteé,
y ella me mordió el corazón como si fuera una moneda de oro:
me hizo suyo y como una cobra se irguió sobre mí en el lecho
y la llama de su piel fulgía casi tanto como el oro de las alhajas.

Cometí el error de enseñarle mi tesoro:
las antorchas extrajeron de las joyas destellos tan brillantes
como las chispas de codicia de sus pupilas voraces,
y hubiera ella querido que ornara su ondulante cuerpo de serpiente
todo aquel oro que tantas lágrimas y sangre había costado
y que tendría que comprarme la felicidad de ultratumba,
pero ahora temo que será metal muerto junto a mi muerta carne,
hierro oxidado junto a la herrumbre de mis sueños.
Ya que somos iguales debí prever que para heredarme
amaestraría a la muerte contra mi primera esposa y mi pobre hijo,
y que enviaría a su esclavo para que me apuñalara el corazón,
lo único que nunca he querido de oro,
pero una sombra de amenaza me lamió la nuca y pude defenderme.

Y ahora que me han herido las espadas del capitán y de su traición,
pues ya he dejado de querer creer en sus palabras serpenteantes,
ahora que la arena del tiempo se me escurre entre los dedos
y me deja morir la que después del oro más he amado en mi vida,
ahora que la ladrona de lo único que no he querido de oro
se convertirá en la cobra guardiana de mi tesoro,
sé que mi sarcófago albergará las emanaciones de un sueño
y que solo la Pirámide guardará un eco de mi nombre.

   

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