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viernes, 26 de septiembre de 2014

BOYHOOD


                  

Cada año surge en el panorama cinematográfico mundial una película que desde ciertos sectores del público y de la crítica especializada tiene a bien recibir el título de película del milenio. Hace un par de años fue la francesa En la casa de François Ozon la que se alzó con tan venerable galardón. Sin ir más lejos, el año pasado el cine de nuestro país vecino volvió a repetir merced con la polémica La vida de Adele. Ambas propuestas incluían planteamientos interesantes transgrediendo en cierto sentido el lenguaje cinematográfico al diseñar una escenificación de la liturgia dramática que añadía nuevos puntos de vista en ese concepto tan heterodoxo que se califica como la concepción cinematográfica. Pero, no nos rasguemos las vestiduras. Tanto una como la otra no eran esas obras maestras incontestables que habían alcanzado la cima de la expresión cinéfila, sino que ambas presentaban fallos narrativos y dialécticos que para mi gusto reducían su status a simplemente buenas películas que debido a los epítetos exagerados lanzados desde todos los medios que podáis imaginar indujeron en mi percepción personal un cierto rechazo, fustigando hacia las mismas pues un odio igualmente inmerecido por mi parte.

Pues bien, este año el premio gordo de la demagogia cinematográfica parece haber recaído en una cinta estadounidense dirigida por el niño mimado del cine indie USA Richard Linklater. Sí, ese director encumbrado en el paraíso de los genios gracias fundamentalmente a su aclamada trilogía protagonizada por Ethan Hawke y Julie Delpy, películas que reconozco me gustan y mucho, cineasta poseedor a su vez de una cierta querencia a fotografiar la erosión vital y los temidos efectos que el paso del tiempo y la rutina asociada al mismo provoca en los seres humanos, con una clara disposición hacia la experimentación. 

Y es que Boyhood no es más que eso: un experimento curioso, que no innovador (ya el filipino Lav Díaz en el año 2005 llevó a cabo la auténtica locura de rodar una película de más de diez horas de duración titulada Evolution of a Filipino Family que retrataba como su propio título indica la evolución de una familia filipina a lo largo de los años setenta hasta llegar a finales de los ochenta, aprovechando este esquema para retratar los cambios manifestados en la sociedad de este país asiático en los veinte años que refleja la cinta, así como el crecimiento vegetativo y desgastes varios de los miembros de la estirpe filmada), que por medio de los gritos de exaltación y delirios varios de la crítica internacional, los medios de comunicación españoles y lo que resulta aún más llamativo, una amplia mayoría de los espectadores – que bajo mi punto de vista se han dejado influenciar por las epístolas y espasmos de arrebato del ambiente generado alrededor de la cinta- parece ser la única película que ha sabido irradiar el arte cinematográfico en su más puro estado. 

Señores, los espectadores hemos vivido engañados por Murnau, John Ford, Fritz Lang, Raoul Walsh, Robert Bresson, Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi y otros carcas que nada sabían de cine. Despertemos. Tenemos que ver Boyhood para descubrir la verdad transmitida a veinticuatro fotogramas por segundo. Boyhood nos hará mejores personas. Gracias a Boyhood cuando un conductor vehemente se me lleve por delante cuando cruzaba el semáforo en la transición favorable a los peatones, en lugar de insultarle por haberme matado, me levantaré y bailaré un vals para demostrar que soy un filántropo. Gracias a Boyhood cuando un tipo me pegue un puñetazo sin venir a cuento motivado por su elevado nivel de alcohol en la sangre, le reiré la gracia y le pediré que vuelva a fustigarme con su puño cerrado para que todo el mundo disfrute del espectáculo. Y es que gracias a Boyhood he descubierto un karma que jamás había sentido hasta que finalicé la visualización de esta obra imperecedera, seminal, mágica, asombrosa, maravillosa, estupenda, visionaria… que lo mismo te fríe un huevo, te quita el mal de ojo cual chamán africano limpiador de almas y bolsillos o te lava el coche en un abrir y cerrar de ojos sin agua ni jabón, y oye, que el carro queda como los chorros del loro. 

No. No me he vuelto loco. Bueno, quizás si que he exagerado ciertas hipérboles descritas en el párrafo anterior, pero es que chascarrillos muy similares y otras tontunas varias son las que he escuchado verter a todo tipo de perfiles y espectadores sobre la citada película. Por favor, ¡que vuelva la cordura! Solo soy un sencillo aficionado al cine que escribe por placer cuando puedo y me dejan sobre películas que me gustan, ese es el ligero privilegio que tengo por no dedicarme profesionalmente al ejercicio del análisis cinematográfico. Pero, en este caso he decidido lanzar mis frustraciones hacia una película que no me ha gustado nada, pero sobre la cual solo escucho frases recargadas de una retórica que dudo sea cierta en el 100% de los casos. Creo que en las críticas amplificadamente positivas de Boyhood hay un lado oscuro comercial y dinerario con el único objeto de abultar el resultado de taquilla. Y esto no lo veo mal, es una estrategia más de la disciplina del marketing en este mundo capitalista y resultadista que no acepta un fracaso por respuesta. Sin embargo, la estrategia se convierte en un cáncer cuando la misma ha logrado abducir sin reparos ni reflexión a una amplia mayoría de los espacios dedicados al cine y es por eso que necesito explayarme, como un método de regeneración de mi amor al cine, sin tener que pasar por ello por la butaca del psicoanalista tal como el Woody Allen de sus mejores tiempos.

                  

Como todo el mundo conoce ya a estas alturas del espectáculo, Boyhood fue rodada durante un lapso temporal de doce años, en cuarenta días de rodaje incluidos en este vector de tiempo. Este es el artificio que ha convertido a la cinta en una valiente propuesta que ofrece una experiencia única e imprescindible, un milagro del arte alumbrado por Linklater, tal como expone el crítico de Europa Press en su reseña del film. Así, partiendo de este preámbulo impostado, Boyhood narra como una especie de sitcom dividida en quince episodios de diez minutos de duración cada uno (los cuales representan a su vez un período de la vida infantil-adolescente del chaval protagonista), las peripecias vitales de Manson (interpretado por el nuevo prodigio Ellar Coltrane que esperemos no acabe trabajando de mercenario en Angola como Joselito), desde su despertar a la infancia cuando cuenta únicamente con seis años hasta llegar a su ingreso en la Universidad. En este viaje de la niñez a la madurez, acompañan a Mason su hermana, su madre (una estupenda Patricia Arquette que andaba desaparecida tras haber sido poseída por una médium), su padre (interpretado por el actor fetiche de Linklater Ethan Hawke que para un servidor es el punto más atractivo del film), amigos varios así como diversos padrastros que entran y salen en la desordenada vida de la madre de Manson. 

De este modo, a lo largo de las más de dos horas y media que dura la propuesta de Linklater, observaremos los cambiantes universos familiares experimentados por el adolescente (desde un padrastro profesor de universidad que ejerce una brutal violencia de género contra la madre del muchacho hasta un joven que más bien podría ser su hermano, todo ello con la presencia puntual y balsámica de su simpático padre biológico), los primeros desengaños amorosos y sus dudas acerca del advenimiento del futuro, y demás momentos de una vida adolescente con los que fácilmente podemos identificarnos. Quizás este sea el hecho que ha cautivado e hipnotizado a la mayoría de los aficionados que han acudido a su cita con Boyhood. Resulta muy fácil emocionarse y conmoverse con determinados hechos descritos, más si los mismos han sido experimentados en la vida real por el público que observa con ojos brillantes la fábula trazada por Manson. Se ha catalogado por este motivo a la cinta como un retazo de realidad que rebasa la tela de la pantalla para edificar de este modo la vida tal y como sucede, sin trabas ni maquillaje de montaje. El paso del tiempo jamás se ha descrito con tanta verosimilitud en ninguna obra de arte. Una proeza experimental para la historia del cine.

Negativo. El paso del tiempo y sus consecuencias ha sido desde la propia germinación del cine uno de los temas recurrentes en todas y cada una de sus etapas y diversas corrientes. Orson Welles lo plasmó de manera sublime en su El cuarto mandamiento, George Stevens igualmente en Gigante, pero es que cintas como Lo que el viento se llevó, Jezabel, Cuentos de Tokio, El final del verano, Centauros del desierto o la misma Matar a un ruiseñor (concentrando el lapso de tiempo únicamente en el período que engloba un verano), son ejemplos que han esbozado esa temática con excelentes resultados. Pongamos otro caso no tan aclamado; una cinta titulada Georgia dirigida en los años ochenta por el olvidado Arthur Penn. He puesto este ejemplo a posta ya que es la película que más se asemeja desde la perspectiva narrativa a esta Boyhood. Georgia pretende dibujar los cambios emocionales engendrados en unos adolescentes en los años sesenta hasta su llegada a la aburrida madurez. Como Boyhood, la cinta presenta muchos fallos narrativos e inconexiones que evitan mi conexión con ambas cintas. Solo hay una única diferencia que localizo entre una y otra obra: Georgia se rodó en pocos meses, detallando el efecto del paso del tiempo en los actores por medio del maquillaje en lugar del envejecimiento natural desencadenado en Boyhood. Y esto me hace preguntar a los que adoran sin censuras a la cinta de Linklater: ¿Sería Boyhood tan apoteósica si la historia se narrara exactamente igual pero mostrando el envejecimiento con maquillaje como sucedía en Georgia? Seguramente la respuesta sea que no. Ello demuestra que Boyhood se sustenta únicamente en su artificio experimental, ya que es una película mediocre narrativamente. Y es que su propuesta estructural está más emparentada con el mundo de las series norteamericanas, desde Los problemas crecen (producto que permite observar igualmente el envejecimiento natural de los adolescentes protagonistas) a Dawson crece, y esto es algo que particularmente no me gusta. Boyhood es una serie convertida en película, con sus fallos, errores, coartadas y artimañas, y por tanto para un servidor es un proyecto muy alejado de lo que debe representar una obra cinematográfica. El cine es algo más que ver envejecer a unos actores. El cine es narrativa, es montaje, es fotografía, es ritmo. No basta con ver pasar acontecimientos sin interés ni conexiones. Boyhood se puede seguir sin problemas aunque nos hayamos saltado un episodio en la vida de Manson. Esto no es cine. Es una serie, un diario narrado por capítulos u otra cosa. Para mí el cine es el arte en el que cada minuto, segundo y fracción de segundo importan, de modo que si no estamos atentos al 100% del metraje el resultado final del film no será el mismo. Necesitaba escribir esta reflexión para desahogarme, por lo que espero que mis palabras no hayan herido a todos los fanáticos del film, sino que si alguno de ellos ha topado por casualidad con esta humilde cavilación personal únicamente sepa que estas son las palabras escupidas por un amante del cine hastiado por las exageraciones y manipulaciones dirigidas para modificar la percepción de la emoción individual del espectador. ¡Y que viva Boyhood!

Autor: Rubén Redondo.

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