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domingo, 28 de septiembre de 2014

TORO SALVAJE


               
                 

-¡¡Uno!!
Ciego de sangre,
con un sudario de sudor
cuya sal, Sugar, me escarnece las llagas de mártir,
sordo al pandemonio menos a la cuenta del árbitro,
en este infernal asalto 13 del enésimo combate contra ti,
anunciado por una campana que ha doblado a muerto,
hasta los flashes me golpean
en un cuadrilátero que parece en llamas,
pero la voz del árbitro solo es imaginaria,
porque no tenderé en la lona mi orgullo de toro con banderillas,
ni dejaré que el entrenador me dé en el rincón la extremaunción,
así que golpéame en el vientre del dolor,
aséstame el castigo que merezco, Sugar,
y que la sangre me lave la culpa por mis pecados.

-¡¡Dos!!
Mi culpa por la gula que enloquecía la báscula,
por toda la carne que he comido en la Cuaresma de mi vida
para llenar el pellejo de mi soledad,
por todas las esperanzas que he inundado
para sofocar el incendio de mi desesperación,
por todos los gritos que he abierto en las venas del aire
para trasfundir mi furia a la fiera del ring,
por todos los tubos que he arrancado a las bocas de la noche
para verter mi locura hacia la victoria.

-¡¡Tres!!
Pégame, Sugar, ten piedad de tus puños,
dame con tus guantes la bendición,
destrózame y expiaré la culpa que erige el muro de mi locura
y de mi soledad,
el muro que alberga la sombra de mi inseguridad
y el fantasma de mi inferioridad,
pero que si no derribo me impedirá amar a nadie,
el muro que impacto a puñetazos y cabezazos,
que me cerca la conciencia y me impide ser un hombre,
que me empareda la alegría imposible de ser Jake LaMotta,
así que solo me queda humillar la cabeza,
protegerme con los brazos el hígado de las pasiones,
y pegarme con el muro de la vida,
aguantar tu castigo, Sugar, como si no mereciera vivir,
seré un gusano en la grieta del muro,
pero me nutriré de mi culpa y de mi sufrimiento
hasta convertirme en una serpiente
que en cuanto te descuides desencadene su fuerza
como una bomba de neutrones,
solo te lo digo, Sugar, para que sigas pegando fuerte.

-¡¡Cuatro!!
Castígame, Sugar, en este ring que se borra en una niebla ardiente,
como si el dolor avanzara con el humo
de las llamas de este sacrificio que se celebra en el Garden,
pégame para lavar la culpa de dejarme ganar por Billy Fox
para que me permitieran pelear por el Campeonato,
la culpa de traicionar como un mercenario mi arte
y dejarme ganar por un mediocre
al que casi noqueé sin querer queriendo
como un venal poeta al que entre los versos se le filtrase la verdad,
la culpa de vender como ese poeta al poder
mi voluntad a la mafia,
y dejar que negociaran con mi carne y mi sangre,
con el cadáver de mi nombre,
en el matadero de las apuestas.

-¡¡Cinco!!
Golpea fuerte, Sugar, échame sal en las heridas,
dame con tu guante la absolución,
pégame para pagar mi culpa por adorar el ídolo del éxito,
lo único que podía destruir el muro de mi aislamiento,
de mi soledad e inferioridad,
y con las ruinas de mis complejos armarme para vencer
a mi peor enemigo, alguien más duro que tú, Sugar,
yo mismo, Jake LaMotta vs. Jake LaMotta,
gemelo contra gemelo luchando en el útero del ring,
y al pelear contra mi reflejo en el espejo
acababa por granizar mi imagen y clavarme los añicos
en la carne de la esperanza.

-¡¡Seis!!
Mi culpa por todos los muñecos que he roto contra las cuerdas,
Janiro, al que trituré la nariz porque a mi mujer le parecía guapo,
Fox, Leyden, Ziric, Basona, Edgar, Kochen, Dauthuille,
una lista de bajas que parece de alguna batalla,
Cerdan, a quien despojé del cinturón de Campeón del Mundo,
a ti mismo, Sugar, te derretí y derroté en Detroit,
te noqueé y casi desnuqué,
por eso pégame ahora hasta pulverizarme los huesos
y desintegrarme la vida, averíame el esqueleto,
pégame duro y directo, de derecha e izquierda,
cuélgame como un pingajo de tu gancho de hierro
hasta que la carne se me duerma
y la sangre se me pare.

-¡¡Siete!!
Mi culpa por odiar a todo el mundo como a mí mismo,
por embestir contra su indiferencia y escepticismo,
por querer como un suicida matarlos a todos,
vecinos, amigos, árbitros, jueces, directivos,
que daban a los puntos la victoria sobre mí a la vida,
que le alzaban el brazo a la tristeza y la desazón,
y hasta los aplausos me parecían murciélagos que soltaba
un público sediento de mi sangre, que quería verme como ahora,
tambaleándome como un borracho de humillación,
ebrio de dolor,
a punto de abrazar en la lona
el doloroso fantasma de la derrota.   

-¡¡Ocho!!
Dame, Sugar, con el guante la comunión
y pégame hasta que la sangre me lave la culpa
por haber abandonado a mi primera esposa,
por atormentar a Vickie, la segunda y eterna,
la mujer que salía de la piscina como una diosa del mar,
la de pelo solar y piel de alba que brillaba en las sombras del Bronx,
la culpa por trasvasar al ring el torrente de pasión que le pertenecía,
por dañarla con mi instrumento de trabajo
como un poeta la hubiera escarnecido con palabras,
por encerrarla en la mazmorra de mis celos
de toro que temía tener cuernos.

-¡¡Nueve!!
Mi culpa por despegarme del amor de mi hermano,
por arrancarme como un chicle mi segundo corazón,
por traicionar a mi único aliado contra mí mismo,
el enemigo de mi gula, de mis dudas, de mis miserias,
el único hombre que me ha visto desnudo,
aquél con quien partí la confianza y compartí el dolor,
quien se enfrentó a la mafia para guardar el honor de Katie
pero del que me desgajó el cuchillo de mi locura,
al que espantó el fantasma de mis celos,
el que cometió el único error de estar demasiado cerca
para salir indemne de mis violencias contra mí.

-¡¡Diez!!
Entra, Sugar Ray Robinson, a matar al toro del Bronx,
ya has recibido mi confesión, pega lo que quieras,
estrangúlame si quieres con las doce cuerdas,
pero no me noquearás,
sostenido en la cruz invisible de mi Pasión,
sanguinolento, tumefacto de desesperación,
no besaré la lona, solo tus puños,
solo me vaciaré como un saco que pierde trigo
desbarátame el aliento, sigue pegando
para expiar mi culpa por disfrutar con el dolor. 

   

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