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lunes, 15 de septiembre de 2014

EL RESPLANDOR


                  

Un mar de sangre que filtrándose a raudales por el ascensor
desde el segundo salta en olas de pánico,
dos gemelas clausuradas en el útero de otro tiempo,
una rubia con el pubis de miel que desnuda en la bañera
urde como una mujer araña una treta para estrangularte,
son las visiones que navegan por el horror de mi esposa Wendy,
que sabe hasta dónde me ha devorado el lobo de la soledad,
y sobretodo de mi receptivo hijo Danny,
tal es el vigor de las metáforas de mi escritura,
tan verosímiles los fantasmas de mi imaginación,
que salidos de mi inconsciente en este hotel se corporeizan
a mis ojos y a la luz de mis ojos, mi amado Danny,
ya tan introspectivo y bipolar y solitario como su padre,
viajero por el tiempo a bordo de su cochecito,
pero que cuando cruza por el año 1970,
ante el sangriento umbral de la habitación 237,
donde Delbert Grady taló la vida de su esposa y de las gemelas,
añora como el hogar el tiempo actual,
este niño tan serio y silencioso y absorto como su padre,
el resplandor del genio ya prendido entre los ojos,
y que sin duda también sería escritor
si sobreviviera al rigor de un invierno
que llega con los mudos pasos de la nieve,
con los crueles pasos de un padre.
Es un niño precoz
pero no por mucho magrugar amanece más temprano.

En la hoja de un hacha relucen las pupilas del espanto,
aúlla mi cabeza como un lobo al cordero de la luna,
la realidad se desintegra en esquirlas que se disgregan
como los miembros de un cadáver descuartizado,
como un pájaro enloquecido mi razón se estrella
en las páginas en blanco de estos muros,
en estos muros que se alzan como páginas en blanco
donde solo puedo escribir
que no por mucho madrugar amanece más temprano,
que no por mucho magrugar amanece más temprano.

Sabía que para escribir como a un prisionero tendría que entregar
mi paz a la palabra,
mi amor a la palabra,
mi sueño a la palabra,
mi libertad a la palabra,
mi juventud a la palabra,
y por eso me he encerrado como vigilante en el Overlook,
hotel de montaña donde en invierno se aloja la muerte,
una dama que viene acompañada de sus hijos la nieve y el silencio,
un hotel vacío que además de torre de marfil
es el escenario donde transcurre mi novela,
pero ahora como vampiros mis personajes me reclaman sangre
que los anime, y como a un prisionero he de entregar
mi sangre a la palabra,
la carne de mi carne a la palabra,
todos ellos se han conjurado para que les dé vida:
Lloyd, el espectral camarero del Golden Room,
los clientes, fantasmas de la belle epoque
cuyos rumores ronronean con la feliz ruleta de los años veinte,
y sobre todo Delbert Grady,
mi predecesor e intermediario del dueño real del Overlook,
y no me refiero a Mr. Ullman, que me contrató para el invierno,
sino al Príncipe Inferior, que emplea a los hombres de testaferros,
todos mis personajes me exigen que firme con él otro contrato,
mediante el que ellos se aseguren la energía
que de los vivos mi imaginación pueda transmitirles,
la sangre que de los vivos con mi hacha pueda trasfundirles,
un pacto por el que adquiriré el talento de un escritor
por el precio de la vida de Wendy y Danny,
un escritor no debería casarse
y yo lo hice a los veinte:
No por mucho madrugar amanece más temprano.

Tirita la fiebre como un acorde en mi piel de lobo,
el frío ruge entre los palpitantes labios de cada herida,
la blanca soledad es una sala de cuya araña cuelga el silencio,
se me hiela el pelo en la piedad arrodillada y decapitada,
mi uña o pezuña desgarra los aullidos del ventanal helado,
ya se derrite la nieve en el fango de los relojes
pero no por mucho madrugar amanece más temprano.

Sangra mi amor por Danny como una luna apuñalada,
gotea mi tristeza en el mar de sangre del vestíbulo,
el espejo de mi cordura grita y se raja y deslumbra a Danny,
que tiembla entre mis brazos,
teme la espina de mi insomnio y la rosa de mi locura,
pero tengo que hacerlo, canjear su sangre por la palabra
porque ni él ni su madre me dejan escribir en paz,
y ella quiere que desertemos del hotel,
el único sitio donde me he sentido escritor
y donde transcurre mi novela en una fiesta de 1921,
cuando el siglo aún era una adolescente de la época del jazz,
cuando el siglo aún era una flapper casi virgen,
y Fitzgerald y Zelda y Gatsby venían a esquiar al Overlook,
blandiré el hacha para abatir mi mala suerte
y que se desbloquee la nieve que me obstruye la mente
y que por siempre la Underwood resuene como la lluvia
en el eterno invierno de este hotel
mientras tecleo como loco
No por mucho madrugar amanece más temprano
al tiempo que planifico la novela, la planifico mientras tecleo
No por mucho madrugar amanece más temprano,
así que cuando la empiece solo me quedará escribirla,
aunque no por mucho madrugar amanece más temprano.

La roja alegría de la desesperación cierra mis horas,
en el frío se tallan mis gritos de cuerdo,
la angustia del invierno ata los sudarios de la soledad,
prisionera de estas bóvedas y de la noche está el alba,
el silencio del miedo ahoga los estertores de la piedad.
Como a un cordero degollado reflejan los espejos a Danny,
como una madre dolorosa cuelga Wendy de sus venas cortadas,
sus ojos negros llorando desde blancas estrellas,
y mi soledad alcanzará a su pena,
a la luna de su llanto de muerta por Danny,
a mi silencio de muerto por la muerte de ambos,
y los dos evolucionarán por el mismo tiempo de las gemelas
y de su madre la mujer araña,
y se quedarán conmigo pero sus voces no llegarán al aire
y por siempre habitarán estos muros y las páginas
de mi novela titulada
No por mucho madrugar amanece más temprano.  


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