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miércoles, 25 de noviembre de 2015

ELEGÍA DE BACALL A BOGART


                   

Tener o no tenerte, esa es la cuestión
desde que te ha arrebatado el sueño eterno, la mano izquierda de Dios,
ahora que del lirio de tu cadáver transciende una vaharada de alcohol,
una ráfaga de tabaco, el aroma de la aventura y de la emoción,
la estela alucinatoria del amor: tu cuerpo entre las velas me evoca la pasión,
no el primer indicio del olvido, podrido y dulzón,
no tenerte desde que te ha amordazado la medusa del tumor,
Bogie, cada noche vendrá tu sombra y tendrá mi corazón.
Te haré caso: seré una viuda alegre, llevo luto blanco y el humor sarcástico,
haré como tú, cuando te alegraba la tristeza o la alegría te escarnecía.
Antes de tenerte eras el rey del hampa más tiroteado,
un gángster sin destino, encarcelado, gaseado, electrocutado, ahorcado,
la corrupta máscara de un mundo en descomposición, la Gran Depresión,
un criminal de cera que en un Cadillac llevaba la muerte de contrabando,
una mueca de amargura y burla, de baile triste, farsa y funeraria,
pero también un Quijote de las calles, Sam Spade o Philip Marlowe,
una gabardina que de la soledad de la lluvia se incorporaba al jazz,
un leal borsalino denegando en la niebla a una rubia fatal,
un revólver bruñido, el chasquido de una alcantarilla: eras el noir.
Enseñaste a fumar a una generación,
con telarañas en los ojos y tocando el cigarrillo como una flauta travesera,
todos se palpaban la oreja, se asían la cintura con los brazos como asas.
Antes de conocerte eras truculento y duro como el Bronx,
letal, nasal, bajo el labio rígido tu voz era de pedernal,
hasta que en High Sierra gracias al ritmo de Raoul Walsh
la sonrisa te pasaba por la cara como el ángel de la libertad,
y después el espíritu de un personaje te poseyó para siempre:
no Rick, sino Steve,
había un pianista, pero no era Sam, sino Hoagy,
ronroneaban una ruleta y una mujer que por azar o necesidad
de todos los locales del mundo entraba en un bar,
no en Casablanca, sino en la Martinica, también de Vichy,
la gata que ronroneaba era yo, que me enroscaba en tu corazón:
Bogie, a mí no me habrías empaquetado a Lisboa en ningún avión.

Tener o no tenerte, esa es la cuestión,
sabía que después de ti más dura sería la caída,
y que la vida sería una senda tenebrosa, un callejón sin salida,
horas desesperadas en un lugar solitario,
sabía que no tenerte sería el precio de haberte tenido
como tú sabías que pagarías por fumar un millón de cigarrillos sin filtro,
pero cada noche vendrá tu recuerdo y obtendrá mi razón,
cada noche vendrá tu escalofrío y tendrá mi calor.
Cuando empecé a tenerte eras Rick, un mito,
y para poder mirarte Hawks me dijo, garza, mira al infinito,
y de la portada de Harper´s Bazaar salté a la fama, a tu cama,
Bogie, no tenías que actuar conmigo, no necesitabas nada,
ni siquiera que darme fuego o llamarme flaca,
no tenías que hacer ni decir nada, escribieron Faulkner o Furtman,
para que me conmovieras bastaba que fueras tan raro, contradictorio,
tan frío y oscuro y bello como un acuario o un vidrio en invierno,
una lija por fuera y algodón por dentro, serenamente desesperado,
con una sonrisa que te anochecía adentro antes de alborear en la cara,
bastaba que odiaras la vida porque continuaba o la amaras porque terminara,
bastaba que en la fiesta de tu presencia me presentaras a tu amiga la botella,
que en mi mano cayera de tu moneda la cara romántica o la cruz cínica,
que desataras tu rebeldía como si liberaras una jauría,
que acariciaras tu tristeza como a una yegua lenta pero muy bella,
te bastaba ser tú, seguir siendo Bogie con los rictus y ritos de Rick,
y tu rostro me expresaba tan exacta como a Chandler, Huston, Curtiz,
y me enamoré de ti como toda cámara con cinta en blanco y negro,
y nuestro amor fue un poeta prolífico, inagotable, tan borracho como tú,
y nuestra amistad fue una adolescente virgen de ojos verdes como fui yo,
y tus besos me convulsionaban como disparos o heridas de metralla,
y mis abrazos quedaban inermes como pistoleros encasquillados.
                    
Tener o no tenerte, esa es la cuestión,
ahora que de tu cadáver se evaporan el amor y la desesperación,
no tenerte y recordarte será una amarga victoria,
pero tenerte era una pasión ciega: cuando estabas podía olvidarte
como el crepitar de los días o los rumores de la sangre,
a veces parecías ausente como si ensayaras la muerte,
te  probabas el vacío y la indiferencia como un traje de luto,
y en cada borrachera ensayabas la muerte como Roy Earle la perseguía
como un perro con rabia subiendo High Sierra,
y yo veía que el mundo se abría a tus traspiés y bandazos
como en el cine las curvas de la alta montaña obedecían a tus volantazos
(aún no te conocía pero tenía celos de Ida Lupino, hasta del perro),
y nuestro amor fue un gángster libre, rebelde, irrefrenable,
un poeta maldito, loco, hambriento, sediento de sombra pero iluminado,
un héroe extenuado y solitario que ganaba cuando caía derrotado.
Bogie, sabes que no necesitas actuar conmigo,
ya he dicho que tener o no tenerte es la cuestión,
no tienes que hacer ni decir absolutamente nada,
bastan tu simpatía siniestra, tu fúnebre alegría,
puedes, como ahora, hacerte el muerto, quedarte muy quieto,
pero si desde más allá alguna vez me necesitas, solo tienes que silbar.
¿Sabes silbar, no? Para hacerlo, no te hace falta ni respirar,
ni siquiera moverte, es más fácil que morir o que amar,
da igual que te quedes en blanco, pálido y frío,
igual que estés lacio, yerto, extraviado en los caminos sin tiempo,
o que no te riegue la sangre, que se te quede el cuerpo dormido:
solo tienes que poner los labios juntos aunque te falte el aliento
o no solo tengas rígido el de arriba sino tú entero,
basta juntar los labios y soplar,
o solo suspirar, exhalar,
si quieres volver a tenerme, solo tienes que silbar.


    

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