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sábado, 7 de noviembre de 2015

WILLIAM HOLDEN Y AUDREY HEPBURN


                                            

Aunque la muerte es la peor resaca,
la sonrisa de Audrey en París se curva ahora en el cielo de Santa Mónica:
la veo por el techo de cristal del ático de mi agonía,
ya todo se vuelve transparencia, inmanencia de fotografía.
Desde allí verá deshojarse los pétalos de mi sangre,
antes vería a mi muerte como una intrusa servirse la primera en la cocina
y antes me vería resbalar y cómo mi cráneo brindaba con el mármol,
y antes recibir la araña del beso del whisky en los labios de hielo,
y ahora verá el arma, la botella asesina como una espada,
fría como piel de serpiente, la de un muerto, la mía,
el vaso vacío como mis ojos blancos,
la salvaje rosa de mi cáncer en los posos,
verá todo esto aunque ella no ha muerto,
quizá en un sueño, premonición o delirio, en el escalofrío de un miedo.
Por eso ríe ahora, dulce y triste como un mimo,
ríe con voz de oboe, de tiple, de réquiem, de nube, elegante y terrible.
La memoria de los muertos se va quedando como una pantalla en blanco,
los recuerdos se derraman como la copa de un borracho.
Nadie puede restañar la hemorragia del tiempo
y menos yo, desangrándome, desmemoriándome,
las venas vaciándoseme de alcohol:
ésta es la mejor cura de desintoxicación.

El sable de la sed ya no me cruzará la garganta,
o tal vez la verdadera sed venga ahora sedienta
como una mujer estéril, el miedo de Audrey, que espera la lluvia.
Esto es lo que los muertos sienten: rastros de niebla,
estelas y retazos de abrazos que como caminos de caracoles me dejó Audrey
en la piel palpitante.

El último minuto de la borrachera fluye en mis venas,
mientras haya sangre, aun sin vida, el alcohol no se volatiliza:
llega la muerte ebria, una anciana desvergonzada y bella
que sobre el tiempo se tambalea en el puente colgante de la noche,
de las tristes colinas de la vida perdida nace un río de whisky
que con su falsa voz de agua canta mi amor por Audrey.

Tengo el pelo de paja, un cuerpo de polvo ideal para el cementerio,
ojos de topacio y hasta una gran historia, mi vida, a flor de labios,
mientras no me pudra en esta sofisticada sala que con lujo cuelga
del garfio del cielo, de las cadenas del miedo:
no me encontrarán hoy ni mañana ni pasado ni al tercero,
sino cuando el cuarto día se abra como una navaja,
hasta entonces mi sangre será oxígeno para el pez de la noche.

El más allá es un mundo plano, de dos dimensiones, de imágenes,
el purgatorio –sombras, espíritus- una película de serie B,
el paraíso es el pasado que no pasa, Kwai, Picnic, Sunset Boulevard,
el infierno ser como yo un personaje de Cheever, de Scott Fitzgerald.

Pero el cielo es Audrey en Sabrina, en París, solo ella es verdad,
ni Grace Kelly ni Capucine ni medio millón de fans
que mis sábanas han habitado como peregrinas, mujeres de paso,
solo Audrey que sonríe porque no está viendo cómo muero en el suelo,
en verdad ella no mira, es una estrella, o si mira no ve,
y como un espectador yo sí la veo proyectada en la pantalla del cielo.
Mi pasado borbotea como el surtidor de una fuente de sangre,
sesenta y tres años que con la mancha roja se expanden:
el cambiante camarero que sirve un millón de whiskies idénticos,
el saxo y el sexo de las fiestas, morenas maduras, rubias en flor,
la alfombra roja, los escándalos, el glamour,
los flashes, los actores que se convierten en directores,
mi esposa, que durante treinta años a los postres aprobaba mis conquistas,
y cuando dije Audrey dejó caer la carta o quizá la cuenta,
sesenta y tres años
y solo ahora podré dejar de hacerme daño.

Era tan suave Audrey como el whisky en la garganta,
como una paloma que roza un espejo, una luna con su reflejo,
como el tiempo que mece la comba de una niña,
como la soledad de un borracho que se ha encerrado el fin de semana
en un ático de lujo ahora inundado de sangre, whisky y recuerdos,
una voz de oboe me repite que estoy solo como un muerto
aunque llevo solo desde que Audrey se hizo una madre crónica
y se puso a soñar con chupetes y juguetes, pañales y cumpleaños,
y toco los fantasmas de nuestros niños,
los hijos que me habrían librado de la libertad, del alcohol,
es tan tenue Audrey, tan niña, suyo fue mi amor y ahora mi dolor
que en éxtasis ha subido hasta este ático de lujo,
y por siempre ella mirará sin ver cómo me desangro en el suelo,
a través del cristal del techo aún queda la sonrisa de Audrey desde el cielo,
nunca hay nubes en Santa Mónica, aquí nadie muere, es puro cobalto:
de la copa de mi cuerpo ya se vierte el olvido.


  

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