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miércoles, 4 de noviembre de 2015

CAMILLE (LA DAMA DE LAS CAMELIAS)


           

Reina de París, embajadora de la tuberculosis,
belleza demasiado alegre para ser feliz,
te adoramos en los bailes y palcos, en los salones y bulevares,
nos deshacemos en ramas de ojos y racimos de elogios
en agradecimiento a las voraces torcaces de tus manos,
y al cisne famélico que despliega sus alas dentro de tu pecho
y a la gaviota con hambre que te salta con la sangre,
que nos han librado de enamorarnos de ti, psicosis de las esposas de París,
la bien amada de la tuberculosis,
ángel impuro ornado de terrorífico y paradójico blanco,
gracias por los desaires, los despechos, los desplantes,
por haberte aureolado de los escalofríos de un “no”,
si no fuera por tus rechazos nos devorarían los buitres de los celos,
alimentaríamos las tenias insaciables de la esperanza,
y tu pañuelo contagiaría los gérmenes del amor
a todos los que como una habitación por horas alquilamos tu corazón,
tus saturninos satélites,
cortesanos de una cortesana, tu corte de ex amantes,
tus deudores solo queremos cuidarte, de los acreedores librarte,
ya que necesitas más amor que oro, más salud que amor, Margarita Gautier,
imaginarte como antes, repartiendo romances por las fiestas galantes,
esparciendo tu juventud en intrigas de escalinata y juegos de canapé,
vendiendo las camelias de tu virtud por mil francos en marrones glacés,
subastando el rapé de tu ingenio a los especuladores del placer,
cuando tu vanidad era una joven en su baile de puesta de largo
y tu alegría estallaba en champán, toses y fuegos de artificio.
Dinos, golondrina de marfil, Margarita o camelia, Camille,
¿qué habría sido de nuestros matrimonios si nos hubieras correspondido?
¿Si con nuestras herencias y ganancias no te hubieras conformado?
No habríamos soportado las águilas de tu mirada
y por nuestros salones tu amor se habría paseado como un león de fuego.
No habríamos resistido la subida de la fiebre de tus placeres
y por las salas de juego tu deseo habría desfilado como un revolucionario.
En los dormitorios se declararía tu amor como una enfermedad, un incendio
y por el foyer de los teatros tu agonía pasaría como una mujer desnuda.
No envidiamos la suerte de Armando Duval,
de nosotros el único, el último, el ínfimo de la fortuna,
por haber merecido de tu memoria una lágrima,
de tu futuro una promesa, un pétalo de tus camelias,
solo venimos a cuidarte, paloma de ópalo,
varada sirena de nácar, espuma y alabastro,
a temblar ardientes como llamas de cirios, fuegos fatuos de cementerios,
como pálidos deudos de velatorios
venimos a velarte, a perdonarte el tamaño de tu desprecio,
mariposa blanca, aurora turbia, nieve quemante,
hemos venido a amortajarte de recuerdo con tu velo como sudario,
nunca agradeceremos bastante a tu indiferencia casquivana,
a tu ignorancia de coqueta, a tu descortesía y alegría liviana,
habernos librado del albatros de tus abrazos,
de los pavos reales de tus ambiciones,        
de las lechuzas de tus premoniciones, intuiciones de muerte,
solo hemos venido a verte, a imaginarte como antes,
cambiando el paso a los giros del vals, la política, el bacará,
con el abanico equivocando a los intérpretes de Chopin,
por la gasa de tu velo y de la luna besando las estatuas del jardín,
reinando como el amor y la muerte en París.


                 

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