martes, 15 de enero de 2019

EL ASEDIO: Sobre caracoles.



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-Pues sí, para ligar, junto con el naturismo, no hay nada como las nuevas tecnologías, y no paramos de chatear, amigo Felipe… En serio, ¿quiénes son las afortunadas? O más bien el afortunado, me ha parecido. ¿Tenemos fotos?
Más que empalagosas, interrumpiendo mi mail a Kafka, las palabras de Salus en su cibercafé parecen lubricadas, lúbricas, o más bien grasientas, untadas de mantequilla ya derretida; luce el hocico salpicado de una miríada de relucientes gotas como si acabara de devorar un muslo de pollo asado o un costillar de cerdo habiéndose deleitado con un chupeteo hasta el último cartílago.
-¿Sabes, Felipe? Yo contacto con la gente de Internet con la excusa de la vida sana y tal.
-Me imagino que por aquí, en el pueblo, solo habrá gente mayor.
-Habría que explotar eso. Yo haría una compañía de promoción de turismo rural entre los gerontófilos… En serio, ese amigo que tenemos es alemán, ¿no? ¿Vive por aquí cerca?
-¿Quién?      
-Franz.
-No, es checo. Vive en Praga.
-Invítalo a venir, en el secadero tenemos sitio de sobra. Esto le encantaría. ¿Cómo lo conociste? ¿A qué se dedica? ¿Cómo es?
-La verdad es que sí que le encantan los paseos por el campo. Pero no sé… es un joven tímido y solitario. Va de la oficina a casa y de casa a la oficina. No le gusta su trabajo y está bastante amargado.
-Hay un caso más grave, tener como yo el trabajo en casa… ¿Y a qué nos dedicamos? No creo que vivamos de la pintura, ¿no? ¿Qué vamos a hacer cuando volvamos a casa? ¿O nos vamos a quedar aquí toda la vida? ¿Necesitamos ayuda? –A su siguiente paso me deslizo tan atrás que desplazando la otra silla me encuentro ante el siguiente ordenador.
-Ya veremos. Vivo al día. Ni siquiera sé lo que voy a cenar. A propósito, he visto que sirves tapas.
-Somos el único cibercafé del mundo que lo hace. ¿Nos apetecen unos caracoles?
-Gracias, no me gustan –se retira dos pasos y recobro mi puesto. Observo los percudidos intersticios entre las teclas, idénticos a dientes con sarro o retículas de uñas sucias-… Oye, ¿y el material no se mancha?
-¿Qué importa? Con la comida incorporamos el mundo  de los sentidos al espacio virtual… En serio, yo probaría los caracoles –paso adelante-, mucha gente tiene prejuicios, les da asco y tal, pero después de probar el bichito ya no quieren comer otra cosa. Y es un producto natural.
-La verdad, no vale la pena intentarlo; no necesito tirarme de un séptimo para saber que no me mola –paso atrás.
-En el prado hay mogollón de caracoles, cerca de los secaderos, ya sabes. Cualquier día me verás por allí con una bolsa.
Navego por las noticias de un periódico digital para que me permita terminar el mail a Kafka. Una noticia demuestra estadísticamente que con la crisis ha aumentado el número de mujeres que se dedica a la prostitución.
-Son hermafroditas, ¿no? ¿Podemos mirarlo en Internet?
-¿Quiénes?
-Los caracoles. Para que luego digan que el asunto no es natural.
-Oye, has contratado a un cañón para el minimercado.
-Está muy bien, para quien le guste ese tipo de belleza. Se llama Candy, aunque no hace honor a su nombre, al menos conmigo. Espero que pronto empiece a rendir a tope, que es lo que interesa.
-Dile que venga y la invito a una ración de caracoles.
-Te costaría más que eso… Quizá a cambio del número de Franz… En las vacaciones me voy a Praga.
-Imposible: Franz odia los teléfonos. No me lo imagino llevando uno por nada del mundo. Sería un regalo de su padre o de su novia. Y aunque el pobre no hace nada malo no le gusta que lo controlen.
                                                                                          
                       
                                                                                                                                                                                           
                        

domingo, 13 de enero de 2019

EL ASEDIO: Un mail a Kafka.



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De: Felipe Leal.
Destinatario: Franz Kafka.
Asunto: La soledad.
Texto: Admirado Franz, hijo adoptivo del silencio y de la soledad, ojalá antes hubiera seguido tus prédicas. Pronto supiste que la mujer es vida y el amor la realidad más intensa, y que tú tendías a lo opuesto, a la literatura, la más acabada forma de muerte e irrealidad. La literatura es la más elegante máscara que puede adoptar la muerte, una máscara que a medianoche con el agraciado desgraciado de turno danza una polca histérica, un vals decadente, una vibrante mazurca, un sensual tango.
Tú preferías escuchar el canto de las sirenas, el silencio de las sirenas, antes de pilotar junto a una esposa la travesía de tu existencia. Por eso nunca dabas el último paso e igual que tus personajes nunca arribaban al castillo por cercano e inminente que pareciese, también tú representabas la falacia de la flecha que a través de un espacio infinitamente divisible aún no ha alcanzado el blanco, y nunca llegabas al matrimonio, por más pasos que dabas hacia él se alejaba de ti el altar, si es que hay altar en las sinagogas.
No querías que la convivencia con una compañera te dispersara. Con tu padre y tu jefe ya tenías más que suficiente. Milena o Felice, incluso la bella y desconocida joven con quien hablaste en el balneario –acaso la misma muerte-, habrían usurpado la noche y el silencio, el último reducto de tu soledad, el territorio de la libertad. O más bien la cárcel de la que no querías salir, la celda en la que se te permitía escribir. La libertad absoluta acaba reducida a servidumbre extrema. Una esclavitud en la que a diario se prueba el látigo, el látigo que Capote sabía comportaba cualquier don o talento artístico. Cada noche contigo Milena habría tenido la sensación de tenderse en el mármol de una lápida, Felice habría intentado hacer el amor con un muerto. Para desdramatizar un poco se diría que en cambio tú habrías creído que tu padre o tu jefe en camisón se metían en tu cama.
Por mi parte, después de haberme separado de Ángela he evitado volver a mi vida mujeriega y huyendo de la ciudad me he recluido en este pueblo. Al paso de los días la vieja casa se ha convertido en mucho más que un refugio de mis vicisitudes y tribulaciones devenidas de tan traumática separación. He descubierto que la suma libertad de movimientos estriba en no querer salir del mismo lugar. Un sedentario puede convertirse en el viajero más intrépido. Se puede dar al mundo alrededor de un patio. Haciendo de la necesidad virtud, he logrado que la aparente limitación se convierta en ventaja, la carencia en consumación. Sí, Franz también yo llevo camino de llegar a ser un asceta, otro artista del hambre, otro trapecista que se acostumbra a no tocar el suelo; como tú decías es posible llegar a un punto del que ya no hay retorno. En mi caso, con mi fervor por la soledad recupero un amor de adolescencia, mi primer amor…
Sobre la pantalla del cibercafé se cierne una fétida sombra, me aturde un rastro de ajos y rastrojos, y al advertir la cabeza porcina leyendo por encima del hombro, cierro la pestaña del correo electrónico. Se yergue Salus en su ovoide media estatura enguantada en un chándal vintage de paralelas rayas blancas en el lateral de las mangas y perneras azul marino, y para recobrar el mínimo espacio de separación deslizo a la izquierda las ruedecillas de la silla.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                          

viernes, 11 de enero de 2019

EL ASEDIO: En crisis.



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No recuerdo cuántas veces circundé la ciudad a lo largo de la circunvalación sin saber qué entrada tomar. Me encontraba en tierra de nadie, en un limbo de irrealidad, en una crisis de identidad. Me sentía tan ajeno a las torres como a las chabolas crecidas en las lomas del norte. Eterno defensor de la memoria, estaba amnésico. Una especie de destierro interior me alejaba tanto de la vida bohemia como de la burguesa.
Carecía de amigos y vecinos, de domicilio u oficio fijo, de país y de religión, de futuro y de pasado, por no tener no tenía ni edad; ya no era joven pero tampoco viejo. Y lo más grave: no tenía novela en curso ni ideas ni ánimos para acometer alguna. No era rico pero tampoco pobre, no estaba alegre pero tampoco triste, aunque más bien triste. Me movía a través de un figurado domingo por la tarde de sol filtrado e indeclinable en cuya luz maduraba una intemporal nostalgia, la nostalgia por lo que nunca había tenido, la consciencia de un vacío dejado por nadie.
Y esta vez aquella difusa tristeza no se resolvía con la espectral visita a alguna unifamiliar adosada con un columpio pendiente de un castaño meciéndose al viento desolado o sobre el césped pelado con un estuche de acuarelas disolviéndose bajo la lluvia. Era como si me hubiera despedido de alguien muy querido y no obstante olvidado que solo hubiera dejado la pena de su ausencia. Extranjero en mi propia ciudad –no pude sino recordar a Camus- discurría en una clandestinidad existencial. Ni siquiera podía acogerme a la única embajada de asilo seguro; mi madre no respondía al fijo y, ocupada en el dispensario, no me la pasaban en el ambulatorio y tenía el portátil desconectado. Era una especialista  en curarme todo tipo de heridas, mi única sanadora. No tenía espacio en el apartamento para recibirme, de ella solo necesitaba el consejo y el consuelo de su voz de terciopelo circulando como un suero nutriente en mi sangre.
Le disgustaría mi ruptura con Ángela. Desde que me había mudado con la mujer más célebre de la ciudad se le notaba, además de orgullosa, aliviada por mi cambio de vida y haber encontrado una sucesora en quien delegar sus preocupaciones. Además, tendría que posponer sus ilusiones de convertirse en abuela; no encontraba la manera de convencerla de que los hijos natos como yo somos padres-de-nadie. Quizá por mi carácter de hijo único y póstumo siempre fue una madre protectora. Mujer emprendedora, imaginativa, diestra, certera y acertada, cierta, de perenne iniciativa y carácter de acero, generosa y conciliadora, a sus veinte, como una dalia joven y vigorosa trasplantada del campo a un invernadero, se vino a la ciudad procedente del remoto pueblo, dos provincias al norte, a cursar enfermería.
Aún auxiliar conoció y casó con mi padre, un prodigioso neurocirujano refugiado de cierta ciudad centroeuropea que en treinta años había pertenecido a cinco países decisivos, de estirpe magiar, húngara o acaso zíngara, en definitiva un bohemio de Bohemia con afición a la música de sus compatriotas y a las bebidas espirituosas. Fulminado por un infarto masivo un mes antes de mi nacimiento, mamá tuvo que sacarme adelante con su espíritu de lucha, secundada por los abuelos y una pensión insuficiente. Me temía que cuando la pusiera al corriente de mi conflicto hiciera causa común con aquella otra mujer de hierro en aleación con talento, Ángela, de quien se declaraba admiradora. Se veía reflejada en ella, su modelo si hubiera nacido en la generación siguiente. Creo que el día que se la presenté fue el único que se sintió orgullosa de mí. Aceleré para dejar atrás tales consideraciones.
Apreté el volante, nervioso y frustrado. Todos los vericuetos de mi pensamiento fluían en una dirección única, en la embotellada autovía de mi obsesión: Ángela, la gata garduña, maléfica y peligrosa, vengativa y maliciosa. Volvían los síntomas que ahora en el pueblo me resultan tan familiares: ebullición de la temperatura corporal, tamborileo de patíbulo del corazón, el dolor retumbando en el cerebro. Tolón, tolón, me atolondraba la campana de la cabeza. Mentalmente volvía y revolvía mis recriminaciones contra Ángela con la misma insistencia con que circunvalaba la ciudad en un círculo vicioso y sin salida. Cuando me planteaba por dónde entrar me hipnotizaba el péndulo de la incertidumbre.
A veces me daba por pensar que, desterrado de la ciudad tras convertirme en uno de sus más prominentes vecinos, la rondaba buscando una entrada clandestina, otras veces sucumbía a la impresión de estar cercándola o asediándola para rendirla, reconquistarla y expoliarla. No sabía si echarla de menos o incendiarla. Hasta que acaso para volver al lugar del crimen, adopté el desvío del centro.
Con la animadversión de un infiltrado dejé atrás la catedral y el ayuntamiento. Decidí abandonar el coche en un parking cercano a la inmobiliaria de un amigo con el propósito de alquilarle algún apartamento, cuando recordé que igual que a tanta gente influyente me lo había presentado ella. De un volantazo enfilé el bulevar. No quería que ella supiese de mí. Sobre la cima de añosos plátanos, en la azotea del bloque de una perpendicular distinguí un cartel de alquiler, una especie de palomar o torreón, posiblemente el estudio de algún conserje antiguo.
Fui a almorzar con la llave y el contrato de alquiler en el bolsillo. Había logrado convencer al propietario de que no me exigiera avalista, de modo que pude evitarle a mamá desempeñar su clásico papel en mis negocios. El tipo se las había ingeniado para acondicionar como estudio abuhardillado, de diez metros cuadrados, tal excrecencia o forúnculo nacido en la joroba de aquel mazacote de edificio, especie de ballena varada a orillas del bulevar, de fachada de arenisca y sin ascensor.
Después de almorzar cabeceé una siesta en la colchoneta de faquir engendrada bajo los cojines del sofá de eskay con el forro destazado, único mobiliario junto con una mesa plegable y una silla de tijera con tela a horizontales rayas albiazules, procedentes de un equipo de camping. Arrasado de desventura, después de una mala noche me dormí hipnotizado por el péndulo del hilo de una araña en un rincón del cielorraso.
Desperté con la reparadora, redentora sensación de haber recibido un indulto o de haber lavado con el sueño mis culpas. Cambié las cándidas claves del mail, Google y Twitter por otras que según las leyes de la probabilidad un ejército de matemáticos habría tardado un milenio en descifrar.
Por el ojo de buey, sobre un fondo de seda azul topacio transitó un deshilachado dragón chino de algodón. Salí al terrado, erizado de antenas de televisión, una de telefonía, y con el suelo de pizarra. Siempre supe que la literatura me llevaría a la cima. Miré en lontananza el horizonte asperjado de cirros, hinchiendo el pecho con graves y trascendentes consideraciones respecto al futuro. Aquel sería un buen lugar para escribir, no sabía qué escribir ni ya para qué escribir o porqué escribir, pero estaba bien claro que necesitaba escribir. En aquel cubículo tan independiente podría concentrarme, aunque Kafka predicaba para el escritor e tipo opuesto de aislamiento, un habitáculo soterrado, de modo que puesto a seguirlo debería haber alquilado un trastero en un profundo sótano.
Desde allí se contemplaba una perspectiva abierta del bulevar, las dos hileras de arbustos en flor paralelas a sendas filas de autos atascados e interrumpidas por quioscos, estatuas de celebridades antiguas, zonas de juego, una glorieta y dos rotondas con surtidores. Una banda de jóvenes instrumentistas de viento metal se dirigían a ensayar en la glorieta. Tomé una fotografía con el teléfono. Hoy día es tan fácil ser fotógrafo como escritor.
Al revisar Twitter me sentí caer al bulevar por el vacío de siete plantas: aparecía colgada en mi cuenta la fotografía recién tomada. Entre los músicos, antes de subir a la glorieta, un trompetista, haciendo los cuernos con la otra mano y empinando el instrumento como si bebiera a morro, parecía ensayar una pedorreta.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                      

miércoles, 9 de enero de 2019

EL ASEDIO: En el barrio universitario.



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En la avenida podía ver por el retrovisor cómo se hundían en el pasado los edificios de acero y cristal y mi relación con Ángela. A locura me doblaba en la campana de la cabeza el badajo de una jaqueca estridente. De vuelta al barrio universitario intenté convencerme de que recobraba la juventud y que, caducado un año de domesticidad burguesa, de amaestramiento casero, el gato de angora volvía a ser un tigre en la selva de Bengala.
Pero quizá por recorrer en un Audi aquellas calles tan pateadas sentí cierto extrañamiento, no las reconocía como propias ni ellas, como viejas amigas desconfiadas y circunspectas, me recibieron en calidad del familiar que venía a renovar su viejo trato con ellas. No me aceptaban, las regaba un furgón de limpieza que parecía neutralizar el perfume de la aventura. La marquesina de bus y los bancos yacían vacíos. Como si fuera verano, no se veían estudiantes por ningún lado, los viandantes eran, en efecto, maduras estivales, cuando no otoñales, con el carrito de la compra, o invernales transeúntes de rictus adusto, los típicos propietarios descontentos con el mantenimiento de sus pisos o insomnes por la fragorosa euforia de los jóvenes.
Mientras buscaba aparcamiento comprobé que los pubs habían cambiado de nombre, las lavanderías habían cerrado, el comedor universitario estaba de reformas, y desconocidos camareros miraban cómo las palomas picoteaban migas en las terrazas desiertas. El día se había abierto, ampuloso y espléndido como un nuevo rico o un pedante intelectual en busca de animación a quien los jóvenes evitaban y dejaban solo. Tomé un desvío donde me topé con una camioneta que me hizo retroceder: dirección prohibida.
Logré estacionar en un callejón cercano a mi último alojamiento. Se ofrecía en alquiler la tienda de ropa de segunda mano regentada por uno de mis ligues. Como una perra callejera me lamía la nostalgia huera de aquellos amoríos esporádicos que, confusos, fugaces y borrosos como rastros en la arena, quizá por el alcohol se nivelaban en el recuerdo, huellas borradas por el viento. De Vicky, la tierna y tímida comerciante, recordaba poco más que su afición por la pintura o la escultura, y eso que estuvimos juntos cerca de dos semanas. Ella misma me presentó a su sucesora, una jugadora de voleibol o baloncesto, y a ésta siguió cierta holandesa o danesa, no sin volver durante un fin de semana con la de la tienda, de modo que con tal ajuste y reajuste de parejas en los mismos locales de siempre, lo que ocasionaba reencuentros vergonzosos o gloriosos, ahora los confundía y los caracterizaba erróneamente.
De los escaparates de las fotocopiadoras, comercios de comestibles y restaurantes económicos habían desaparecido las típicas ofertas de habitaciones pergeñadas a mano y con tiras de papel con el teléfono a disposición de los interesados; a aquellas alturas de curso no quedaría nada disponible. En la plaza, después de varias demoliciones recientes, los viejos edificios se alineaban como una dentadura mellada. Un año había bastado para volverme un extraño en el barrio donde había vivido treinta, los diez primeros con mi madre, que ahora compartía apartamento con una compañera del ambulatorio.
Apenas reconocía nada; el ambiente se había desajustado, los semáforos se instalaban en lugares inesperados, las calles eran más cortas, las voces sombrías, hasta la resonancia había cambiado como en un cuarto sin cortinas.
Así hasta que por fin empezaron a mariposear primaverales bellezas. Pero he aquí que embebidas en las alas de sus conversaciones o libando en otros pétalos, mi insegura sonrisa pasaba desapercibida. Me sentí invisible para sus pupilas como el reflejo de un vampiro sediento de sangre joven. Era un imán en un mundo sin hierro. Me notaba mustio, afeado, lívido: por obra de algún hechizo Ángela me había privado de mi atractivo. El fracaso me encogía y cohibía, la desgracia me demacraba, la consciencia de todo lo que había perdido en pocas horas me apagaba la mirada y me fundía la  seguridad en mí mismo. Era un forastero en aquel barrio abierto a todo el mundo. Las puertas se me cerraban, las miradas me traspasaban, y hasta la acera me hurtaba la resonancia de mis pasos. Dudé de mi consistencia física. Era un fantasma o un perro abandonado. Ni siquiera mi madre me devolvía las llamadas.
Me encaminé a mi última residencia más que nada por reencontrarme con Pedro Hierro, un colega. En un itinerario conjunto habíamos compartido, entre otros inquilinos, los tres últimos pisos. Nos habíamos acostumbrado uno a la presencia del otro al otro lado del tabique, y aunque no coincidiéramos en el salón y hubiera otros compañeros de piso, la continuidad de costumbres y ruidos familiares, nuestra solidaridad de veteranos o destronados príncipes encantados en una eterna juventud, constituía un remedo de hogar.
Un magrebí tuerto pintaba la fachada del pub de abajo, después de incontables traspasos el mismo donde a mis veinte forjara el mito de que trabajaba y estudiaba, pues allí me limitaba a explotar entre las chicas el proverbial atractivo del camarero, y a reinvertir mis honorarios en otros pubs, por lo que cada mes acababa por recurrir a la cuenta corriente de mi madre.
En el portal encontré un anuncio que demandaba un inquilino para el quinto A, el piso en cuestión, y una punzada me azuzó el corazón. No tuve que llamar al portero automático, me dio paso un joven saliente, cierto rollizo simpático de apuesta sonrisa floja, la reencarnación de Malcolm Lowry, que dejó un rastro a quemado y a alcohol en el vestíbulo. Y la visión de los nichos de lata de los buzones, el terrazo carcomido de los escalones, la medrosa luz densa de humo de tabaco y fritangas de congelados, las voces opacas que se filtraban desde arriba, me evidenciaron la fina película de aburrimiento que cubría mi existencia previa, la trama de farras y resacas entrelazadas como los dos extremos de un cordón de estranguladora seda, la tenue red de tedio apresadora de tantas horas inertes, la yerma extensión de días sin sentido, la masa de hastío que abrumaba el pensamiento, la vacuidad de una juventud agotada, estancada, estirada más allá de toda paciencia como la piel tirante y forzada por un cirujano plástico. Salió del ascensor una oxigenada quincuagenaria de minifalda rojo pasión con un maquillaje tan sólido como una máscara de porcelana. Me sonrió y ralentizó el tic tac de los tacones, cimbreándose excitante. Por fin me miraba alguna. Esperé a que se alejara para salir.
Encontré una multa en el parabrisas. Incluso aquella callejuela se había convertido en zona azul.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                 

lunes, 7 de enero de 2019

EL ASEDIO: Números rojos.



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-¿Algún problema?
-Lo siento, caballero, la cuenta carece de efectivo.
Del otro lado de la mampara la bronceada cara del cajero palideció y se ruborizó a un tiempo; un filamento de luz color kétchup mezclado con mostaza alumbró desde dentro la bombilla de su cabeza calva; desde el cénit de su frente y del asombro ante un cliente que solicitaba diez mil euros de una cuenta conjunta, los ciempiés de las cejas descendieron a la ceñuda sospecha e incomodidad de encontrarla sin fondos. No dejaba de pestañear, deslumbrado por un reflejo de mi vergonzosa situación. Rehuyéndome la mirada, la posó en la pantalla del ordenador, a la espera de mi oprobiosa retirada.
Desde la izquierda me asaeteaban los incisivos ojos de una matrona de mandíbula cuadrada y los párpados inflamados por una escandalizada curiosidad, la cliente precedente que a tientas sobre la repisa guardaba la documentación y un sobre obeso en un bolso de piel de cocodrilo; a ella nunca le sucedería nada semejante, parecía pensar.
El cajero ahora enfocó mi DNI para darme a entender que lo recobrase y me retirase; sin otro cliente en la sucursal del barrio carecía de excusa para forzar la interrupción de tan penosa escena. Para justificar mi confusión exclamé que la otra titular debió olvidar que a través de aquella cuenta pagábamos la luz. Pero no debería extrañarme después de haberme encontrado en sendos cajeros con que habían cambiado la contraseña de las dos tarjetas de crédito.
Desalentado, me dirigí a la máquina actualizadora de movimientos: aquella misma mañana Ángela había dispuesto de los veinte mil euros de efectivo. En todo caso recordé que yo no había aportado a la cuenta conjunta más que trescientos euros –los ahorros de toda una disipada vida- y que por mis propios medios podría solucionar mis problemas de solvencia.
No sin perderme un par de veces logré arribar a la oficina de correos. Desde años guardaba mil quinientos euros en un apartado de correos para casos de emergencia. Más que los consejos de mi ahorrativa madre –partidaria de la hormiguita de la fábula-, me habían inducido a tal providencia la lectura de John Le Carré y mi fugaz pertenencia en la primera juventud a una célula anarquista partidaria de la acción directa, pues si bien no pasé de repartir unos cuantos periódicos a la salida de una fábrica, para dar seriedad al caso me apresuré a ahorrar tal cantidad para contar con ella en caso de fuga. Y si hasta ahora no había dispuesto de tal suma era por no reconocer que había renunciado a mis convicciones libertarias.
Provisto de éstas y del dinero, subí al coche a buscar alojamiento. Intenté consolarme de todo lo que había perdido con la idea de que recuperaba la libertad. Volvería a la zona universitaria, a mis viajes nocturnos de bar en pub alrededor del barrio, la vuelta al mundo de siete calles en ochenta camas. No sabía lo que me esperaba.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                  

sábado, 5 de enero de 2019

EL ASEDIO: Sin editor.



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-¿Te has enterado ya, no, Felipe? –respondió al teléfono el editor Luis Rey. No tenían muchas esperanzas de que el plagio me pasara inadvertido. Luis debió medir el hervor de mi sulfuración por el atropellamiento de mi saludo tras el frenazo de mi inicial tartamudeo y la incongruencia de mis primeras palabras. Logré dominarme:
-… Me he quedado de piedra. De la noche a la mañana todo se me ha venido encima. Todavía no sé cómo voy a digerir todo esto.
-Claro, sé cómo te sientes. Para mí ha sido especialmente duro por ser tú, sabes que te aprecio. Pero tengo que cumplir mi deber o la empresa se iría a pique, como quien dice ya estamos achicando agua –en su voz bronca y grave, seca y rasposa, vibró una nota de compasión sincopada con otra de simpatía, disuelta en la comicidad de la última frase, redundante para quien conociese su vicio de quejarse sin razón con metáforas marítimas del volumen de ventas, una comicidad por una vez cómplice y en mi honor consciente de sí misma. Dada la situación me pareció un guiño inoportuno.
-No creo que nadie te obligue a darme esta puñalada trapera, ni que forme parte de tus obligaciones. Es muy duro el tratamiento que estoy recibiendo –me enfocaron, esquinados, los ojos turbios de un cocinero de rasgos difusos, salido a fumar en aquel callejón trasero.
-Sé que estás pasando una mala racha, pero por tu bien te pido que dejes de creerte Nathan Zuckerman. Puede que a ti también te guste herirte y auto compadecerte, o que tengas el mismo éxito con las mujeres, pero no eres judío ni tu gente ha empezado a odiarte porque se reconozcan en tus novelas –se desdecirá cuando lea esto-. Ojalá hubieras vendido tanto como él. Todo iría viento en popa. Bastante he invertido en ti para que ahora te quejes.
-Nunca hubiera creído que me harías algo así. Me voy a volver loco.
-Por favor, deja de creerte en una novela de Philip Roth. Solo en ellas el odio es creativo, en la vida real te va a impedir escribir una sola línea… Quiero que lo entiendas de una vez por todas: me debo a los accionistas y la facturación es el objetivo de mi trabajo. Si no, el barco se hundiría.
-Eso es lo más increíble: la novela no tiene posibilidades comerciales.
-Bueno, me alegro de que al menos lo admitas, ya es algo. Solo queda que no sigas cayendo en la auto complacencia de hacerte la víctima.
-Toda la publicidad que inviertas en ella es dinero tirado.
-Eso mismo he pensado –un matiz de extrañeza le amargaba el alivio que sentía por cómo me tomaba ahora el asunto.
-Pero vas a perder mucho prestigio por esto, acuérdate de lo que te digo.
-Hombre, tampoco es eso, en todo caso el tiempo lo dirá… Ya veo que estás bien seguro de ti mismo.
-Cualquiera te hubiera dicho lo mismo –sin quitarme el ojo entrecerrado por la sospecha, el cocinero expelió el humo con ademán de disgusto.
-En fin, puede que le interese a tu antiguo editor. Como te he escrito en el mail, mi informe negativo se basa en que la farsa y la parodia son veneno para las ventas. Así no podemos ir a toda máquina. Los lectores prefieren los mitos a las desmitificaciones y…
Me traspasó el calambre de la revelación. Mientras que yo aludía al plagio, él se estaba refiriendo al rechazo de mi manuscrito Caso Abierto, una parodia a lo Gombrowicz del género policial, que le había remitido dos semanas atrás, y que ahora era descartado sin duda que por directriz de Ángela. Mi caída en desgracia era una caída libre. Y ahora aquel estúpido equívoco de vodevil cubría de ridículo mi tragedia. Pisando el cigarrillo a medio fumar, el cocinero me miró de arriba abajo con gesto agrio y desapareció por la puerta de emergencia.
-Bueno, Luis, no te preocupes, es normal que ahora no os interese nada mío… Pero lo que no tiene nombre es lo de El Centro del Vacío…
-Ah, eso es otra cosa, se supone que todavía no deberías haberte enterado.
-Ya supongo.                         
-Ángela manda. No quiere presentación ni promoción ni reseñas favorables. Todo lo ha levado con secreto absoluto, ya me entiendes.
-Y tanto.
-¿Eso es todo lo que tienes que decir?
-Se me ocurren varias cositas, pero no merece la pena.
-A la luz de lo que hiciste anoche, no te lo mereces –el cinismo se endureció en un desprecio áspero y filoso como el risco de un acantilado.
-En eso estamos de acuerdo: no me lo merezco.
-Estás fatal. Yo que tú iría al psiquiatra.    
                                                            
                       
                                         
                                                                                                                                                                         

jueves, 3 de enero de 2019

EL ASEDIO: Enloquecido.


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Me encontré dando tumbos por la calle, mis pasos trazaban tirabuzones de borracho o de herido de bala cuyo cuerpo, incrédulo, recurriera a los movimientos de la inercia para negar la evidencia y retrasar el dolor. Zigzagueaba aturdido por un desvencijado asombro y el desequilibrio de quien ha recibido una paliza o una fatal noticia, como si naufragado por aquella traumática tormenta nocturna de negros relámpagos me arrastrara por la orilla. Pero lo que realmente se había demolido era mi confianza y del seísmo la ciudad había salido indemne menos yo, la única víctima de la mañana. Me trompiqué con el borde de una laja de la acera.
Al intentar rehacerme di otro traspié y me encontré en el bordillo de una avenida como al borde de un abismo. Por momentos la elipse de mis pasos devenía en espiral. Me así a la idea de que todo es cuestión de perspectiva y que tal vez los desequilibrados fueran los demás. Todos los peatones iban borrachos menos yo. Gateaban, desbarraban, daban sacudidas y bandazos entre uniformados camareros de gorra y silbato ebrios de una autoridad y un prestigio que se les había subido a la cabeza. Deliraba la realidad como una anciana hasta entonces recta y rígida que por la calle había caído en una demencia espasmódica. Los semáforos oscilaban y las papeleras danzaban, los bancos saltaban y un quiosco se tambaleaba. Bajo la lluvia los edificios se sacudían como dinosaurios mojados. En la calzada, ceñida sobre sí misma como un río concéntrico, se zambullían hipopótamos con motor.
Todo el mundo había enloquecido menos yo, varado de impotencia y envarado de rabia, catatónico de lúcida indignación, desposeído de mi manuscrito y de mí mismo. Porque era evidente que también yo estaba desquiciado: todo lo sacaba de quicio. Enajenado de mi obra más propia y personal, me sentía interiormente expoliado. Ángela me había plagiado la novela que yo no me había preocupado de registrar, lo cual ella habría hecho a su nombre antes de publicarla bajo el pseudónimo de Louise Cristal. La elección de aquel absurdo nombre que sonaba a nombre de guerra de actriz porno, constituía el único desliz de un plan maquiavélico. Con premeditación criminal Ángela se había valido de una aliada, Victoria, amiga o mercenaria, para provocar la ruptura, perderme de vista y hacerse con mi obra.
Me pregunté cuándo habría empezado a tejer aquella intriga, en qué momento había decidido sacrificar nuestra relación en el altar de su ambición, qué la decidió a renegar de nuestro amor para profesar el culto a sí misma. Sí, damas y caballeros, hablo de amor, pues con sus sombras y palideces, recatos y rarezas, de amor se trata, como lo demuestra mi última frase, digna de un serial, y que mi afán por la naturalidad me impide enmendar; la pérdida y las injusticias de Ángela acabarán por hacerme escribir como un gañán o un galán.
Fue a la negra luz de su comportamiento cuando empecé a desenamorarme de ella. ¿Sería posible que la trama se hubiera iniciado ya al principio y que a lo largo de la conversación sostenida en el parque con Madame de Renal ya decidiera apropiarse de algún original de aquel autor ignoto? En tal caso nuestra relación había sido una ficción, una mentira urdida por ella, una representación prolongada durante más de un año. No había que olvidar que estaba ante una dotada, consumada actriz. Ella nunca me había querido, se había emparejado conmigo por mi talento, igual que otros se casan por dinero. No había sido yo quien se aprovechaba de ella, como daban a entender los amigos con atravesadas sonrisas y miradas sesgadas, pues ahora me veía con los bolsillos vacíos y las ilusiones perdidas. Eugene de Rastignac se había convertido en Lucien de Rubempré.
Allí clavado bajo la lluvia como una señal de tráfico, una señal de ceda el paso o una advertencia de peligro, en la desenfocada pantalla de mi mente se sucedieron secuencias de nuestra convivencia que ahora, a la luz del final y encadenados en un montaje teleológico, adquirieron un siniestro significado. La fotografía de todas ellas parecía velada, atardecida, con esa imperceptible degradación de luz que presagia el fundido.
Y así me vi bostezando al final de alguna de las fiestas de nuestros sábados, cuando las copas empezaban a quebrarse y las risas se desmesuraban, mientras que a la deconstrucción de un bolero ella, asiéndose a sus anchos hombros como para no precipitarse por un acantilado, bailaba con Juan Eduardo Galán, el best seller mexicano que con su nombramiento diplomático y viril bigote, erizado de concupiscencia a los cuchicheos de ella a su oreja, se postulaba a sí mismo como sucesor de Carlos Fuentes, por lo que como quien vierte en su infusión un whisky venenoso, poblé mi aburrimiento con un ramalazo de celos.
Me vi en el soleado green de un hoyo dieciocho, ante mi sombra grotesca, esperpéntica, con una visera monstruosa, apoyando mi decepción en el báculo de hierro que me había hecho fallar un put varios metros más cercano que el que Galán, jaleado por ella, acababa de embocar al flamear triunfante de la banderita sobre el palo del hoyo.
Me vi aspirando el yodo vertiginoso de la precipitada maniobra de un velero, y deslumbrado por un cabrilleo de sal me tambaleaba cuando a un golpe de viento la cubierta vibró, el turquesa estallaba en esquirlas de espuma, y ante un grito de advertencia con cadencia de mariachi y la risa de hielo y campanillas de Ángela, el palo de mesana osciló y me impactó en todo el cogote.
Me vi en una discoteca desquiciada, aturdido por deslumbrantes percusiones y arritmias electrónicas, escapando hacia la barra del aquelarre de la pista para ver entre las convulsiones del resto a Ángela cayendo electrocutada en los brazos del pinche mexicano, mariachi pendejo hijo de la gran chingada, Jorge Negrete de pacotilla que raptaba a mi Libertad Lamarque, y así, con ella en mi mente pronunciando en sueños un nombre parecido a Eduardo mientras yo me debatía en delirantes sábanas con la maldita gata de gemelas ágatas fosforescentes velando mi insomnio a los pies de la cama, o tendida en el sofá leyendo sin respiración los culebrones literarios de Galán ambientados en la época de Villa, Maximiliano o Zapata, sorda a mis conatos de conversación, seguí enloquecido por tales recuerdos, paralizado de indignación, hasta que me activó el interés de una pareja de policías locales por aquel pasmarote, espantajo o espantapájaros, yo, que se ensopaba clavado en la acera. Pese a mi alergia a la policía, contraída en mi juventud libertaria, reconozco que gracias a los agentes logré sustraerme  a una de mis primeras alucinadas controversias o discusiones esquizofrénicas con Ángela. Retomé los arabescos y greguescos de mis pasos.
Desenvainé el teléfono para pedirle explicaciones a Luis Rey por el saqueo de mi propiedad intelectual. Seguro que actuaba en connivencia con Ángela. Aunque ella hubiera intentado hacer pasar por suya mi novela, el viejo zorro rastreador de presas literarias habría reconocido como mío su críptico y formalista estilo. Después de haber cultivado cierta amistad basada en la comunión de nuestros gustos literarios, ansiaba conocer su reacción. ¿Cómo compatibilizaría sus intereses con su bonhomía, su fidelidad y fervor por Ángela con una generosidad quijotesca a despecho de sus quejas de entrañable cascarrabias? Ángela era una amiga más antigua pero su ecuanimidad debía atender a mis razones. Ahora me puse a recorrer arriba y abajo una callejuela; averiado, desbarajustado, desbaratado por la ira, perdía la razón como un objeto cotidiano –una silla que flota patas arriba, un televisor a la deriva- pierde su sentido arrastrado por una riada.    
                                                            
                       
                                                                                                                                                              
                                                                         

martes, 1 de enero de 2019

EL ASEDIO: Plagio.



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Extraviado en mi laberinto interior, en un vacío que dilataba los confines de mi desierto mental, desnortado en la niebla de mi personalidad y en mi abrumada confusión, como un golfista embarrancado en un búnker que él mismo diseñó, vagué por el centro dejándome llevar por la multitud, como una peonza agitándome a las corrientes de aire que los transeúntes desplazaban, permitiendo que me atropellaran con el deleite por la humillación propia de ciertos personajes de Dostoiewski, sumiéndome en el vórtice de las aglomeraciones. Me dejaba arrastrar por quienes tenían voluntad, propósito, destino. Más de una vez hube de equilibrarme en la orilla del bordillo para no caer en el caudaloso río del tránsito y no ser devorado por humeantes, rugientes monstruos.
Así hasta que fui tomando conciencia de la situación y los escaparates, retrovisores y espejeantes cristales de los portales me devolvieron reflejos de mí mismo, de quien había sido apenas hacía un año. Me encontraba en la misma coyuntura de entonces, el caso no era tan penoso. ¿Acaso no me creía feliz e incluso en el último año ciertos días no había añorado mi previo estado? Me reconocí en aquella figura atlética, invenciblemente juvenil pero también encorvada bajo el peso de tantos libros que leídos y escritos parecían cargarme la espalda con un saco oneroso.
El vidrio de un salón de juego refractó lúgubres destellos. Y en una librería mi reflejo fue jalonado por un estante de novedades donde, inscrito en una portada ilustrada con una obra de Paul Klee, me sobrecogió un título, repetido en cientos de volúmenes, El Centro del Vacío, el mismo de mi inédita novela experimental. Me quedé paralizado, atónito por la coincidencia. Se trata de un caprichoso proyecto que me ha acompañado durante toda mi carrera literaria, y que tras darlo por culminado hace un año aún no me había atrevido a publicar. El autor o autora era un tal Louise Cristal.
Incongruentemente la puerta automática se cerró a mi acercamiento, y después de abrirse a la salida de un esmirriado tipo de rostro canallesco y aspecto próspero, cuando al fin se dignó a darme paso se quedó abierta, como si la hubiese franqueado un fantasma. De la cima de la torre arrebaté un ejemplar y me bastó recitar mentalmente el primer párrafo, la descripción de una mancha de humedad en el cielorraso, esta vez con adelanto, pues mis palabras antecedían por una milésima a las impresas, y hojear aquí y allá otros esotéricos pasajes que esbozaban un intento por nombrar lo inefable o sublimar lo aparentemente insignificante, para constatar que me habían plagiado.
Sí, era mi texto íntegro, tal y como había quedado tras la última y enésima corrección. Curiosamente, dado que en el fondo nunca había confiado en el potencial de aquella obra sobre la desintegración de una conciencia que al caer en la neurosis alcanzaba el más alto grado de lucidez, y que hasta la generosa Ángela de los primeros tiempos me había instado a esperar a publicarla una vez que hubiera triunfado el resto de mi obra, al verla expuesta en aquel lugar privilegiado de la librería más emblemática de la ciudad, me deslumbró un relámpago de orgullo antes de que me ensordeciera el trueno de la indignación. Durante unos instantes me acometió una especie de ceguera histérica, un oscurecimiento mental, me tambaleé y dejé caer el libro. En tal ofuscación las tinieblas, aunque en teoría me velaban la vista, parecían desenfocadas.
Se fueron aclarando las sombras, las horadaban haces de reflectores cada vez más intensos y, recobrada la visión, a mis ojos la librería quedó enfocada por una luz macilenta, opaca, oscura, o menos brillante que la previa, como si a bandazos el local hubiera atravesado una tormenta nocturna para amanecer a una calma triste, desvaída, y quedé algo mareado. Se alejaba un dependiente con la cabeza calva vuelta hacia mí y los ojos desorbitados, que se cruzó con un agente de seguridad unicejo y con la cabeza de carnero. Antes de escapar fuera de su jurisdicción comprobé que El Centro del Vacío había sido publicada por Atlántida, el sello perteneciente al grupo editor del periódico y comandada por Luis Rey.
El bueno de Luis había intentado con denuedo relanzar mi carrera de novelista y era el mentor literario de Ángela. Como conspiradores cada domingo se encerraban en el despacho de ella para revisar el progreso de la novela secreta. Me temía que alcanzara el éxito que a mí se me había negado. Recordé cómo lo había convencido ella de que la dejara publicar con pseudónimo para no tener que arrostrar los prejuicios de los lectores, a  costa de renunciar a un seguro volumen de ventas. No le importaba arriesgarse al fracaso. Ella es así de honesta.
A la salida la puerta se me abrió de par en par. La mañana se había nublado, divorciado de la luz el aire parecía esmerilado.