miércoles, 9 de enero de 2019

EL ASEDIO: En el barrio universitario.



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En la avenida podía ver por el retrovisor cómo se hundían en el pasado los edificios de acero y cristal y mi relación con Ángela. A locura me doblaba en la campana de la cabeza el badajo de una jaqueca estridente. De vuelta al barrio universitario intenté convencerme de que recobraba la juventud y que, caducado un año de domesticidad burguesa, de amaestramiento casero, el gato de angora volvía a ser un tigre en la selva de Bengala.
Pero quizá por recorrer en un Audi aquellas calles tan pateadas sentí cierto extrañamiento, no las reconocía como propias ni ellas, como viejas amigas desconfiadas y circunspectas, me recibieron en calidad del familiar que venía a renovar su viejo trato con ellas. No me aceptaban, las regaba un furgón de limpieza que parecía neutralizar el perfume de la aventura. La marquesina de bus y los bancos yacían vacíos. Como si fuera verano, no se veían estudiantes por ningún lado, los viandantes eran, en efecto, maduras estivales, cuando no otoñales, con el carrito de la compra, o invernales transeúntes de rictus adusto, los típicos propietarios descontentos con el mantenimiento de sus pisos o insomnes por la fragorosa euforia de los jóvenes.
Mientras buscaba aparcamiento comprobé que los pubs habían cambiado de nombre, las lavanderías habían cerrado, el comedor universitario estaba de reformas, y desconocidos camareros miraban cómo las palomas picoteaban migas en las terrazas desiertas. El día se había abierto, ampuloso y espléndido como un nuevo rico o un pedante intelectual en busca de animación a quien los jóvenes evitaban y dejaban solo. Tomé un desvío donde me topé con una camioneta que me hizo retroceder: dirección prohibida.
Logré estacionar en un callejón cercano a mi último alojamiento. Se ofrecía en alquiler la tienda de ropa de segunda mano regentada por uno de mis ligues. Como una perra callejera me lamía la nostalgia huera de aquellos amoríos esporádicos que, confusos, fugaces y borrosos como rastros en la arena, quizá por el alcohol se nivelaban en el recuerdo, huellas borradas por el viento. De Vicky, la tierna y tímida comerciante, recordaba poco más que su afición por la pintura o la escultura, y eso que estuvimos juntos cerca de dos semanas. Ella misma me presentó a su sucesora, una jugadora de voleibol o baloncesto, y a ésta siguió cierta holandesa o danesa, no sin volver durante un fin de semana con la de la tienda, de modo que con tal ajuste y reajuste de parejas en los mismos locales de siempre, lo que ocasionaba reencuentros vergonzosos o gloriosos, ahora los confundía y los caracterizaba erróneamente.
De los escaparates de las fotocopiadoras, comercios de comestibles y restaurantes económicos habían desaparecido las típicas ofertas de habitaciones pergeñadas a mano y con tiras de papel con el teléfono a disposición de los interesados; a aquellas alturas de curso no quedaría nada disponible. En la plaza, después de varias demoliciones recientes, los viejos edificios se alineaban como una dentadura mellada. Un año había bastado para volverme un extraño en el barrio donde había vivido treinta, los diez primeros con mi madre, que ahora compartía apartamento con una compañera del ambulatorio.
Apenas reconocía nada; el ambiente se había desajustado, los semáforos se instalaban en lugares inesperados, las calles eran más cortas, las voces sombrías, hasta la resonancia había cambiado como en un cuarto sin cortinas.
Así hasta que por fin empezaron a mariposear primaverales bellezas. Pero he aquí que embebidas en las alas de sus conversaciones o libando en otros pétalos, mi insegura sonrisa pasaba desapercibida. Me sentí invisible para sus pupilas como el reflejo de un vampiro sediento de sangre joven. Era un imán en un mundo sin hierro. Me notaba mustio, afeado, lívido: por obra de algún hechizo Ángela me había privado de mi atractivo. El fracaso me encogía y cohibía, la desgracia me demacraba, la consciencia de todo lo que había perdido en pocas horas me apagaba la mirada y me fundía la  seguridad en mí mismo. Era un forastero en aquel barrio abierto a todo el mundo. Las puertas se me cerraban, las miradas me traspasaban, y hasta la acera me hurtaba la resonancia de mis pasos. Dudé de mi consistencia física. Era un fantasma o un perro abandonado. Ni siquiera mi madre me devolvía las llamadas.
Me encaminé a mi última residencia más que nada por reencontrarme con Pedro Hierro, un colega. En un itinerario conjunto habíamos compartido, entre otros inquilinos, los tres últimos pisos. Nos habíamos acostumbrado uno a la presencia del otro al otro lado del tabique, y aunque no coincidiéramos en el salón y hubiera otros compañeros de piso, la continuidad de costumbres y ruidos familiares, nuestra solidaridad de veteranos o destronados príncipes encantados en una eterna juventud, constituía un remedo de hogar.
Un magrebí tuerto pintaba la fachada del pub de abajo, después de incontables traspasos el mismo donde a mis veinte forjara el mito de que trabajaba y estudiaba, pues allí me limitaba a explotar entre las chicas el proverbial atractivo del camarero, y a reinvertir mis honorarios en otros pubs, por lo que cada mes acababa por recurrir a la cuenta corriente de mi madre.
En el portal encontré un anuncio que demandaba un inquilino para el quinto A, el piso en cuestión, y una punzada me azuzó el corazón. No tuve que llamar al portero automático, me dio paso un joven saliente, cierto rollizo simpático de apuesta sonrisa floja, la reencarnación de Malcolm Lowry, que dejó un rastro a quemado y a alcohol en el vestíbulo. Y la visión de los nichos de lata de los buzones, el terrazo carcomido de los escalones, la medrosa luz densa de humo de tabaco y fritangas de congelados, las voces opacas que se filtraban desde arriba, me evidenciaron la fina película de aburrimiento que cubría mi existencia previa, la trama de farras y resacas entrelazadas como los dos extremos de un cordón de estranguladora seda, la tenue red de tedio apresadora de tantas horas inertes, la yerma extensión de días sin sentido, la masa de hastío que abrumaba el pensamiento, la vacuidad de una juventud agotada, estancada, estirada más allá de toda paciencia como la piel tirante y forzada por un cirujano plástico. Salió del ascensor una oxigenada quincuagenaria de minifalda rojo pasión con un maquillaje tan sólido como una máscara de porcelana. Me sonrió y ralentizó el tic tac de los tacones, cimbreándose excitante. Por fin me miraba alguna. Esperé a que se alejara para salir.
Encontré una multa en el parabrisas. Incluso aquella callejuela se había convertido en zona azul.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                 

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