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lunes, 4 de febrero de 2013

ANATOMÍA DE UN ASESINATO



                 Arthur O'Connell in Anatomy of a Murder


Cada tarde esperaba en el bar de Toybo a que en el ventanal se coagulara la última gota de la luz del ocaso y se cristalizara el postrero reflejo esmeralda, para pedirle el último –penúltimo- whisky sabiendo que el Ford de Pauley no tardaría en traerlo de vuelta de su jornada de pesca y en cuanto lo viera pasar por la calle podría dejar de exhibirle a Toybo la cada día más devaluada moneda de mis recuerdos, y si atendía a algún cliente que se hubiera equivocado de bar, ya no tendría yo que seguir transitando por la ruta imaginaria del “qué pudo haber sido” en el mapa mudo de un pasado trazado a la escala de mi autocompasión.

A diario esperaba el regreso de Pauley para no tener que volver a través de la soledad de la noche a una casa donde nadie me esperaba, sino entretener la velada comentando con él cualquiera de los viejos procesos registrados en sus recopilaciones de sentencias y, ahorrándome un ebrio camino a mi apartamento, pernoctar en el diván de gutapercha de su despacho, hasta que Maida, su secretaria, levantara las persianas y la cruda luz del día me mostrase la amplitud de mi resaca.

Pauli tiene su bufete en casa y los dos hemos casi acabado por convivir como un par de viejos hermanos solterones –yo el mayor y por tanto el más parco de ilusiones-. Su despacho cada vez se halla más polvoriento y Maida lleva meses sin cobrar. Desde que le removieron de su silla de Fiscal del Distrito, apenas ha llevado varios casos de divorcio y unos cuantos papeleos. Después de una carrera tan brillante va camino de imitar mi decadencia y seguir mis erráticos pasos de desidia –no de borracho: él apenas bebe-, marcados por la inercia y la resignación. Porque hace años que dejé de pagar la cuota del Colegio de Abogados.

Sí, gemelos en la mala suerte, le está pasando igual que a mí. Él tiene su piano y yo mi botella. Se está convirtiendo en el apestado que soy. Injustamente relegado, lejos de rebelarse, se conforma con el ostracismo y para no rebajarse a discutir se resigna y admite la derrota; sé de qué hablo. Alejándose del mundo se está extraviando a sí mismo.

Por eso, cuando anoche estalló el teléfono como un mudo que recupera el habla, él tocó una nota falsa en el teclado y a mí se me derramó el whisky, antes de pensar que alguien se había equivocado de número. ¡Pero era un cliente! Nada menos que Mrs. Manion, la bella joven en boca de todos (es un decir), que sin saberlo nos lanzaba el último salvavidas al naufragio de nuestras vidas. Su marido, el teniente Manion, destinado a la base de Thunder Bay, quería que Pauli lo defendiera. Se encuentra detenido por haberle descerrajado cinco disparos a Barney Quill, el dueño del bar más cercano a la caravana de los Manion, que había violado a su esposa. El caso ha conmocionado a la opinión pública del estado, de modo que inesperadamente, después de una travesía de buque fantasma, la ola de la fama iba de nuevo a arrojar a Pauli sobre la orilla del presente más rabioso.

Hoy Pauli se ha entrevistado dos veces con Laura Manion y ha ido a conocer a su marido a la cárcel. Ella es una pelirroja muy atractiva que mantiene las ardientes miradas que todos le lanzan e impertérrita como una diana recibe los dardos de deseo. Ha quedado tan poco afectada por la agresión como su belleza por el cardenal que no puede denigrarle la cara, y lleva a todas partes un chucho tan abierto y simpático como su ama. Pero su marido es todo lo contrario: frío, hostil y astuto como un chacal, con una insolente dureza que no ha mellado el peligro en que se encuentra. Pauley los ha visto juntos y le ha impresionado el abismo invisible que como una puerta de cristal se interpone entre ambos cónyuges justo cuando más unidos debieran estar.

Al parecer esta fue la secuencia de los hechos: como su marido venía exhausto de unas prácticas de tiro y ella había estado todo el día encerrada, se fue sola al bar de Barney Quill. Después de tomar unas copas, Barney se ofreció a llevarla de vuelta en su auto, se desvió a un descampado y allí la atacó. Cuando él terminó, ella se arrastrró como pudo a la caravana y se lo contó a su marido. Nos ha extrañado que Manion tardara más de una hora en ir a vengarse al bar, lo que implica premeditación y venganza.

Debido a que el mal genio no es ningún atenuante, Pauley piensa hacer reconocer al acusado por un psiquiatra para alegar un trastorno mental transitorio. Y en cuanto ha sabido tal línea de defensa, el zorro de Manion ya ha empezado a decirle al mismo Pauley que no se recuerda a sí mismo disparando a Quill y que esos instantes se le han borrado de la memoria como si  hubieran arrojado ácido sobre ellos. Muy listo ese teniente. Demasiado, en opinión de mi amigo.

Hace un rato he tenido que aplacarlo recordándole que a un abogado no tiene porque caerle bien su cliente, y que a él le hace falta el dinero y el prestigio. Ha cogido su caña y, mientras se piensa pescando si aceptar el caso, me ha advertido que de todas formas lo haría siempre que yo lo asesore, y que al menos mientras tanto tendría que dejar de beber. ¡Una acusación de asesinato! Más allá de los embustes que le cuento a Toybo, nunca he trabajado en un caso tan importante. Intentaré olvidarme del whisky, aunque no puedo prometerle nada.

Realmente, creo que esta tarde no estaré pendiente de que aterrice la noche para verlo regresar por el ventanal de Toybo. Si lo consigo, después que se dicte sentencia, al menos dispondré de un recuerdo verdadero que contar.                                                    

                                                                                                                                                                                                                                                                      

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