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jueves, 7 de febrero de 2013

DODGE, CIUDAD SIN LEY


                  



De Dublín a Kansas pasando por la India, Cuba y Canadá, a modo de hitos de la historia contemporánea o colección de titulares de prensa, mi vida ha sido un imprevisible itinerario a través de revueltas, combates y marchas que pautan mis treinta años a golpe de tambor y estallido de pólvora, todo lo cual pareció tener la rendición de Lee como capítulo final. En el ejército confederado conocí al cabezota de Tex, nostálgico del Viejo Sur, y al irresistible patán de Rusty, el hombre que inventó la risa y el mayor enemigo del agua (ya con el whisky, ya en la tina) que nunca he conocido.

Decidimos no separarnos y nos pusimos al servicio de nuestro antiguo superior, el coronel Dodge, para abastecer de carne de búfalo a los trabajadores del ferrocarril, cuya línea hace seis años (en 1866) había alcanzado en Dodge City la estación más al Oeste del país. Con el tren el general esperaba que acabara de florecer el poblado que él mismo había fundado en pleno Kansas, y que de momento solo ofrecía los fundamentos de toda civilización, esto es, whisky, ruleta y mujeres alegres.

Recién llegados a Dodge City tuvimos el primer encontronazo con Jeff Surret, ya que lo denuncié por cazar búfalos sin tener, como nosotros, licencia del gobierno. Con los búfalos se extinguirán los indios; y Surret cazaba indiscriminadamente, dejaba pudrirse la carne y hasta disparaba a sangre fría a los indios que se quejaban.

El coronel me ofreció quedarme en su lugar para propiciar el desarrollo de la ciudad, ya que él quería seguir colonizando más al Oeste; pero para Tex, Rusty y yo ningún día amanece de verdad si no nos muestra la perspectiva de un paisaje nuevo, ni dormimos bien si no hemos colgado el sombrero de un perchero distinto al de la víspera –o mejor a la intemperie-, así que nos fuimos a Texas a conducir ganado.

Estos seis años, como peticiones de auxilio, nos iban llegando noticias de cómo en Dodge City, en vez de fundarse escuelas y almacenes, solo fluía el dinero del ganado, que se volatilizaba de tapetes de fieltro y enaguas de seda, la ciudad se reducía a una sucursal del Infierno plagada de borrachos, pistoleros y ladrones, y la única ley que imperaba era la de quien menos la respetaba: nuestro viejo enemigo Surret. En la plaza no valía la pena descolgar del gancho del establo la soga donde se colgaba al que él señalase, los disparos sustituían al reloj del Ayuntamiento y solo prosperaban los salones y las funerarias. Lo que he llamado un infierno, para Surret era el paraíso. Solo pagaba el ganado que compraba cuando estaba de buen humor, y si el vendedor protestaba le mandaba a uno de sus secuaces –como Yancy, su siniestra mano derecha- para callarlo del todo. Así hizo con Chapin, Sproud y últimamente con Cole, un conocido mío que ha dejado viuda e hijo de seis años.

De regreso a Dodge, me contaba el barbero cómo a la salida del entierro de Cole la banda se había burlado del sheriff paseándolo en la carroza fúnebre, cuando la navaja se puso a temblequear sobre mi nuez: acababa de entrar Surret, que en vista de las cabezas de ganado que traíamos enmascaró la hostilidad tras su típica sonrisa torcida.

Habíamos tenido un viaje arduo no debido a indios o cuatreros, sino por culpa de los sobrinos del doctor Irving, Lee y Abie, que habían integrado la caravana por petición de su tío. De ambos el que resultó imposible fue el inmaduro chico, que no paraba de insultar, beber y disparar al aire, por lo que provocó la estampida quelo arrolló. Una pena, porque de pendenciero e insolente Lee se habría adaptado fácilmente a esta ciudad. Y en cuanto a su hermana Abie, aunque reconozco que es la chica más atractiva que nunca he visto, no por eso deja de ser una consentida y una altanera que contrariando a su tío, el doctor, vuelve la cabeza cada vez que coincidimos en alguna parte. Y lo peor es cómo enfurece que me haya retirado el saludo, como si una sonrisa suya valiese más que el resto de las mujeres de la ciudad, que con gusto me concederían mucho más que la palabra que ella me niega.

Anteayer me crucé con ella, camino de la subasta del ganado. Ya que soy el apoderado del dueño de las cabezas, preferí aceptar la oferta de Mr.Orth, más baja que la de Surret pero segura. Al llegar al hotel donde habíamos quedado para celebrar el contrato, sonó un disparo en la primera planta y un esbirro de Surret bajó, indiferente, y salió por el vestíbulo. Se acercó Surret a decirme que mantenía su oferta ahora que me había quedado sin comprador. Di por cierto que Orth había muerto a una señal suya y me busqué a otro cliente. No había precio con que Surret pudiera comprar aquel ganado.

Para que su imperio sea absoluto le falta amaestrar la opinión pública. Sus hombres amedrentan al dueño del periódico local, el Star, y dispersan a cuantos se reunen a murmuraar en la plaza.

Después de vender el ganado, yo tenía una preocupación más considerable que ese asesino: controlar el peligro público que constituye Rusty con dinero en los bolsillos. Cuanto más firmes son sus promesas de sobriedad, tanto más pavoroso es el incendio de alcohol y trifulcas que prende en el primer local. Y de hecho no sé cómo se las arregló, porque empezó la tarde asistiendo a una reunión de la Liga de la Templanza, pero acabó concertando  tal pánico de violencia en el salón que se reprodujo la Guerra Civil con una batalla campal entre los partidarios del Norte y el Sur. Fue un verdadero epílogo de la guerra. Por una vez ganó el Sur, salvo que el bueno de Rusty se despistó y si no es por mí habría acabado bailando de la soga de la plaza.

Esta mañana ha ocurrido algo que me ha hecho adoptar la decisión más crucial de mi vida: quedarme en Dodge City. Hablaba con mis dos amigos de cuándo saldríamos para Wichita cuando por culpa de un tiroteo presenciamos la muerte del pequeño Harry, el hijo de Cole, una de las víctimas de Surret. Y después de tantos desplantes y desvíos, los ojos de la mujer más atractiva que he conocido al fin dejaron de traslucir odio y atribuirme la culpa por la muerte de su hermano, para teñirse de admiración y agradecimiento por haberme prendido al pecho, muy cerca del corazón, una estrella de lata.                                                             

                                                                                                                                                                                   

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