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miércoles, 13 de febrero de 2013

M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF



                 


Este invierno al lobo que llevo dentro le pasa como a los alcohólicos de aquel psiquiátrico, que su apremio es imperioso; y cuando lo acomete el hambre empiezo a oír sus pezuñas por la acera en vez de mis tacones, no vale la pena echar a correr porque no puedo escapar de mí mismo, me ordena verter sangre, sacrificarle alguna tierna niña (solo se alimenta de ellas) y aunque me niegue y me ponga a silbar esa grotesca tonadilla para dejar de oírlo, él aúlla hambriento y no puedo domarlo y para que no me ataque tengo que acercarme a alguna chiquita justo con la astucia de un lobo rondando a una oveja o a la misma Caperucita. Ya he tenido que hacerlo siete veces.

Devoró a Elsie, la última presa, hace un par de días. De unos siete años, cuando la vi quedarse rezagada a la salida del colegio, rubia rizada, la carterita a la espalda y botando la pelota, le reconocí la ingenuidad, la candidez desarmante (¡yo no quería hacerlo!) de todas las víctimas. Elogiándole su bonito nombre me granjeé su confianza y le compré un globo con forma de monigote, que agradeció a aquel desconocido tío de ojos saltones y pinta de niño crecido (solo que algo más cruel que ellos), que se le había presentado como familiar de su madre. Luego la invité a un bombón de frutas en una confitería y por fin la llevé al parque de las afueras, que a la puesta del sol se queda solitario, el último sol agonizando en el lago con destellos naranja y púrpura. Detrás de los espinos me miró a la cara y se le escapó el globo…

Su pelota rodando por el camino es la única imagen que guardo del apagón de memoria que sufrí hasta que horas después leí en el periódico lo que le había hecho a Elsie. O más bien lo que le hizo el lobo, que durante las carnicerías me posee por completo. Como en una especie de indigestión o resaca de sangre, el día siguiente siempre es atroz. Me acosan los espíritus de las niñas y hasta los de sus madres –aunque éstas no han muerto, una parte de ellas sí se ha ido con sus hijas-, y en el caso de Elsie por doquier veía volando su fantasmagórico globo, con la cabeza del monigote adoptando sus rasgos, al viento del miedo.

Me gustaría ser inofensivo, que un médico o un domador amaestrasen al lobo, mi furor homicida o lo que sea. Pero me temo que la única forma de dejar de entregarle niñas es muriendo, y muchas veces opto por el suicidio, pero al final hasta los seres más miserables estamos tan sedientos de vida como mi lobo de sangre. Mi única excusa es que no supieron curarme en el pabellón psiquiátrico donde me ingresaron gracias a la denuncia de aquel maestro que me sorprendió merodeando por un colegio. Mezclado con otros casos, los facultativos ni siquiera averiguaron que mi padre murió loco, alcoholizado en aquel tugurio donde se quedó cuando mi madre se negó a abrirle la puerta. No supieron cómo tratarme y me soltaron a los tres meses, y ahora que paseo por el mercado por un momento me ha parecido que la madre de Elsie me ofrecía una manzana desde su puesto y que en vez de vocear su mercadería llamaba desesperadamente a su hija.

La pobre Elsie fue una de las más ingenuas y podría haberme ahorrado el globo y el bombón; los vendedores siempre son un riesgo, aunque no creo que me recuerden y el del globo hasta era ciego. Reconozco que en la caza pongo mi inteligencia al servicio del lobo y luego la empleo para esquivar a los cazadores, a la policía. Se me da bien el disimulo y, por ejemplo, Frau Winckler, mi patrona, que lejos de responder al tópico de cotilla es sorda, me creerá un joven rentista, tranquilo y solitario, un solterón empedernido, tímido y contrito, de veinte cigarrillos y dos cervezas diarias, un partido de fútbol quincenal y una prostituta al mes.

Sin embargo, la prueba más patente de que no quiero seguir así es la carta que le escribí a la policía para que le sirviera de pista y en la que los invitaba a atraparme cuanto antes –y no era un desafío ni una ironía, sino mi más soterrado deseo- si no querían que se prolongara la serie de crímenes. Ya que no la publicitaron, ayer remití otra idéntica a un periódico: reconozco que el exhibicionismo es mi única compensación contra tanto sufrimiento como administro y me adjudico. Y hablando de compensación veo en la farola un cartel que promete una recompensa de cien mil marcos (no es tanto, con la inflación) a quien me atrape. Un barbudo de torvo aspecto lo lee por encima de mi hombro y advierto que entretanto una rubia lo está mirando de través como si sospechara de él. La psicosis que, con el viento del norte, estos días recorre la ciudad me favorece, puesto que me camufla entre cientos de miles de sospechosos como un cadáver en un campo de batalla.

Ahora me detengo a mirar el escaparate de un cuchillero y a través de las navajas y estiletes –las zarpas del lobo- veo reflejarse la carita de una morena. De repente el lobo se despereza, me pongo a silbar la funesta tonadilla y cuando voy a abordarla aparece su madre y prácticamente me la arrebata de las fauces. Sufro un vahído, una especie de vértigo, desesperado y a la vez aliviado por el vacío de mis garras, ansioso y a un tiempo horrorizado de lo que iba a hacer…

He intentado aplacar al lobo con dos copas de coñac, pero no puedo controlarlo, es imparable como el fuego o una hemorragia, y a estas alturas no soy responsable de él; nadie podría contra él. Y es que ya voy por las afueras de la mano de una inocente chiquilla, encantada de este inesperado tío que le cuenta cuentos, regala caramelos, la lleva a estas horas al parque y que le presta más atención que ninguna otra persona mayor, aunque al fin y al cabo tiene el aspecto de un niño crecido. El proceso siempre se repite. Solo que al entrar en una juguetería me avisa de que tengo el abrigo manchado de tiza y al mirarme en el escaparate veo que me han señalado con el estigma del asesino, y compruebo que varias sombras se ocultan a mi acecho.

            Por fin van a cazar al lobo.      

                                                                                                                                                                               

2 comentarios:

  1. Me gustaría que crearas una entrada por taxi driver, o por el quimerico inquilino. saludos.
    Me gustaría ver la visión que le das a Travis Bickle

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  2. Excede un poco los límites temporales del blog, pero caerá. Aunque solo sea por poner la música del gran Bernard Herrmann Saludos!

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