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jueves, 28 de febrero de 2013

EL PUENTE SOBRE EL RÍO KWAI




                  


Si la realidad es la muerte, y la estancia en aquel campo de concentración japonés lo era, hay que evadirse de ella, ya sea tal y como hice, por piernas, o mediante sueños, espejismos y subterfugios, que al principio también practiqué al hacerme pasar por el comandante Shears cuando nuestro barco, el Houston de la Marina de los Estados Unidos, cayó en poder de los japoneses y el comandante fue muerto a mi lado, ya que pensé que a un oficial lo tratarían mejor que a un soldado de segunda. De nada me valió, pues el coronel Saito obliga a trabajar a los oficiales en la construcción de esa infinita línea férrea que ha de unir Bangkok con Rahgoon. Y esencial para el trazado es el puente que sobre el río Kwai Saito había recibido órdenes de construir, y para el que destinó al batallón inglés recién capturado dos días antes de mi fuga.

 En efecto, había sobrevivido yo al hambre, al agotamiento, a los accidentes de trabajo, a las serpientes, a la malaria, a la disentería –y al propio Saito-, inmune a la muerte y a la desesperación, hasta que hallé la ocasión y las condiciones propicias para la fuga. Saito y Nicholson, el coronel británico recién llegado, casi opuestos en todo, estaban de acuerdo en que huir a través de la selva birmana equivalía a un suicidio, y por eso no había alambradas, empalizadas, ni torres de vigía, pero a este último le repliqué que aunque hubiera pocas posibilidades de supervivencia, para quien se quedara bajo el régimen de Saito no quedaba ninguna. Bien lo sabía yo, que no tenía ninguna gana de que me clavara una cruz encima ni rezara una paródica oración por mí ningún cínico enterrador, tal y como había hecho yo con todos mis camaradas. Porque a aquellas alturas de la guerra –iba a decir de la película-, con la sabiduría del escarmentado, ya no creía ni en la patria ni en la gloria ni en la democracia, sino en sobornar con el reloj del penúltimo compañero enterrado a cualquier oficial japonés para que me procurase el solaz de un día en la enfermería o el nostálgico sabor de una colilla o de una lechuga no demasiado podrida.

 Por contra, habían llegado los hombres de Nicholson tan pletóricos de moral como decrépitos de equipo, exhaustos pero en orden exhaustivo, rendidos y no obstante marciales, con una precaria prestancia, sobrepuestos a lacras y privaciones y animando la llama del espíritu que, aun con sus harapos y botas averiadas, les hacía marchar con el ánimo intacto y hasta silbar en la apoteosis de su derrota, ni siquiera desafinando por la sed, aquella marcha militar del coronel Bogey, con la misma exaltación que si la interpretara la Sinfónica de la BBC dirigida por Sir Henry Wood.

En seguida me llamó la atención la personalidad del individuo capaz de espolear a través de las penalidades a aquellos hombres con un acicate tan eficaz. Saito también los observaba, el ceño furioso, prometiéndose castigar muy pronto aquella insolencia por parte de unos prisioneros que para él merecían el trato de esclavos.

Ya he dicho que esa primera noche discutimos sobre la conveniencia de fugarse. Nicholson admitió que no otra era la obligación de todo soldado prisionero, pero que él había recibido ciertas instrucciones del alto mando, y proclamó que por arduo que fuese en aquella selva cumplir las órdenes, y por ende la ley, él estaba decidido a implantarla. Aunque parecía un oficial competente e intentaba camuflarla bajo una integridad monolítica, había en él una imperceptible inestabilidad que me causaba malestar. Incluso su ahínco por derrocar el salvajismo parecía poco admirable, monomaníaco, egotista. De modo que instó a sus oficiales a que en la construcción del puente sus hombres creyeran trabajar a sus órdenes, y no de los japoneses, y a que se esmerasen tanto como si fuera una sección del ejército británico, y no japonés, la que hubiera de pasar por el puente. Lo cual me habría parecido inaceptable, casi alta traición, si no hubiera sido otro el objeto de mis desvelos: yo mismo.

Al día siguiente, como Nicholson se negó a que sus oficiales trabajaran, Saito le rompió el labio con su ejemplar del Tratado de Ginebra, que le autorizaba a negarse. Todos marcharon al trabajo menos Nicholson y sus ocho oficiales. Saito hizo llevar una ametralladora, lo amenazó con acribillarlos si seguía negándose y lo habría hecho si al final de la cuenta atrás no se hubiera interpuesto Clipton, el médico del batallón, algo así como mi doble al otro lado del cinismo. De nuevo, la obstinación de Nicholson, lejos de parecerme heroica, pecaba de insolidaria, arriesgando por su empecinamiento la vida de ocho hombres. Allí los dejó Saito el día entero, de pie bajo el yunque del sol, firmes contra la sed, hasta que al caer la noche los ocho fueron recluidos en la choza de castigo y Nicholson, tras ser vapuleado, fue llevado al “horno”, una especie de casa de perro con chapas que al sol se ponían candentes.

El otro día era el de mi fuga, junto con un inglés y un australiano. Tuvimos la desgracia de topar con una de las pocas patrullas que rondaban el campo: cayeron ellos dos y a mí me hirieron en el hombro, me precipité al río, y sin golpearme con nada me zambullí y la corriente me arrastró lejos de quienes me creyeron ahogado, y milagrosamente alcancé una lejana orilla. Se me infectó la herida y, sin agua y al límite de mi resistencia, vagué por la selva a través de los delirios de la fiebre y las alucinaciones del hambre, hasta que desfallecí y con el último hálito unos aldeanos birmanos me encontraron y a duras penas me alzaron del fondo del pozo de la muerte.

Tras una larga convalecencia me recuperé gracias a su hospitalidad. Me regalaron un bote con provisiones para que remontara el río hasta la base británica de Ceilán. Me extravié, y aún debilitado y ya sin agua enfermé por beber del río, e inconsciente durante días la barca derivó al único rumbo de mi muerte, hasta que me localizó un avión de rescate. Al llegar al hospital y ver la diferencia de alojamiento, me quedaba la lucidez necesaria para mantener que era comandante.

Dos meses he estado recobrándome. Y ahora que esperaba que me licenciaran y me dejaran volver a Estados Unidos, cuando todavía me asombro de disponer de agua y comida a discreción, me encuentro ante este desconcertante Warden, oficial de un grupo especial de comandos. No se le ocurre sino pedirme, con la excusa de mi conocimiento del terreno, que en compañía de unos cuantos locos –él mismo incluido- me tire en paracaídas sobre la misma selva que casi es mi cementerio, con la misión de cruzarla cargados de explosivos y dinamitar el puente que los japoneses –los ingleses, según el coronel Nicholson- estarán terminando sobre el río Kwai. ¿Cómo puede pretender que vuelva a aquel infierno? Cuando sonrío a modo de negativa, esgrime la orden cursada por mis superiores de que me una a su comando. Cercado, no puedo sino confesarle que he suplantado a Shears, para que sepa que estando dirigida a un muerto la orden no es válida, pero veo que en realidad la han cursado a mi verdadero nombre. Warden me dice que conoce toda mi historia desde hace dos semanas y que si acepto la misión eludiré toda acusación y se me respetará el grado.

No me queda sino ser comandante del comando, que es como decir amortajado por la  muerte, muerto en el infierno.   

                                                                                                                                                      

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