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lunes, 25 de febrero de 2013

MUERTE EN VENECIA



                    


Desde hace algún tiempo me siento tan confuso como ante esas ecuaciones que me plantea el preceptor o como Dora, la institutriz, cuando cualquier sargento la piropea por guasa en el parque; es una especie de viento o silencio que no deja de zumbarme en el oído, y ahora que estamos de vacaciones en Venecia ese viento es el siroco y para colmo este señor no deja de mirarme con esa música triste que parece tener en los ojos. ¿Qué querrá de mí?

Sigo queriendo a todo el mundo pero no estoy a gusto con nadie. Mis tres hermanas me aburren, casi todos los amigos que he hecho por aquí son demasiado pequeños e incluso a mi madre no encuentro qué decirle. Antes ella era todo para mí y para ella yo sigo siendo el favorito, según mis hermanas, el mimado. Y luego me incomoda esta ciudad tan seria, vieja y pestilente, no entiendo de arte y por cada esquina prospera la humedad y la corrupción y la podredumbre; me recuerda a la abuela cuando se volvió demente y le daba por enfundarse las apolilladas galas y oropeles de su juventud. Pero lo que más me intriga es ese hombre: ¿Qué busca?

Al principió sospeché que quisiera cortejar a mamá; pero cuando comprendí que a ella solo la admiraba con una soñadora indiferencia, supe que solo yo era la diana de los dardos de sus miradas, el foco de su enigmática atención. Habría achacado a la paternidad su fijación, si no hubiera sabido, pese a los silencios que cunden en casa cuando lo roza alguna referencia, que mi padre es un príncipe de cierta corte europea –previo al conde polaco que dejó viuda a mamá después de engendrar a la última de mis hermanas-. Aunque más que obsesión, lo que este individuo sufre (¡y ejerce!) es una fascinación tan turbadora como contagiosa, ya que si su curiosidad no suscitara por mi parte un interés parejo al suyo, el caso no sería extraordinario, acostumbrado que estoy a despertar la admiración de la gente.

Llegó anteayer al hotel, o al menos lo vi por primera vez en el salón, antes de la cena. Calculaba yo los días que nos quedaban de estancia, con todo el tedio de las conversaciones ahogándose al fondo de las tazas y las monocordes notas del trío con piano tintineando en las copas, cuando sentí una especie de soplo o beso en la frente y al levantar la vista del velador mis ojos se encontraron con los suyos, que me acariciaban por encima del periódico y de las gafas de pinza… No, el primer día llevaba las lentes redondas sin montura. Me hice el distraído y me puse a hablar con mamá de mis progresos en el francés y hasta con mis hermanas, como si no advirtiera que aquel solitario seguía escrutándome. Más bien contemplándome. Ya he aprendido que igual que hay miradas que curiosean o golpean, otras besan.

Llamaron a la cena y la sala se fue vaciando hasta que nos quedamos a solas con el extraño, que aun tímido y nervioso no resbalaba de mí la mirada y llegó a apuntar una sonrisa de complacencia, como si estuviera encantado de la escena familiar que estábamos representando para su disfrute. Al fin nos dirigimos al comedor, me quedé el último y antes de salir me volví y por primera vez lo miré abiertamente. Aunque me mantuvo la vista noté que perdía la ventaja del espectador y ante mi interés como reflejado del suyo la sombra de un pájaro le pasó por los ojos.

Advertir el poder que tenía sobre él no hizo sino aumentar mi interés y confusión; si hubiera querido llamar mi atención sobre él, no habría encontrado mejor medio que aquél. En el comedor recuperó la iniciativa al punto de apartar el jarrón de rosas rojas para obtener sobre mí una mejor perspectiva. Por algo me repite el preceptor lo importante que es el punto de vista. Sin embargo, aunque cruzamos miradas brillantes y profundas como estocadas, le noté en la comisura de los labios un temblor que delataba una falla de la voluntad y del control de sí mismo; ahora me parece que con esta visita a Venecia se está permitiendo algo que llevara mucho reprimiendo, y que se siente liberado pero también asustado, como si hubiera perdido el control o el rumbo de su vida. Lo digo porque mamá, que al quedarnos a solas en el salón había reparado en él, nos dijo que aquel señor era el músico Gustav Eschenbach, el director de la Ópera de Viena y compositor incomprendido, que según la prensa había venido a recuperarse del fracaso de su último estreno. Mamá se buscó el pañuelo de batista al contarnos que no hacía mucho la tuberculosis se había llevado a su hijita. Hasta que nuestros ojos no volvieron a encontrarse intenté convencerme de que yo le recordaba a su hija; los que quieren ofenderme suelen llamarme afeminado. Pero en su tristeza había un ansia o avidez, una sed que desmentía aquello.

A la mañana siguiente empezó a aullar el siroco –que al pobre debió recordarle el abucheo del público-, lo cual no impidió a nadie bajar a la playa. Coincidimos en el desayuno. Y aunque pareció encantado de la impuntualidad que me permite mamá, tenía el bigote mustio y ojeras violeta; no habría dormido bien. Cuando se levantó me fijé en que el paso errático y su abstracción le hacían parecer desplazarse al borde de la realidad, al margen de la vida, como si ensimismado en una música interior –y en mí-, no advirtiera nada de lo que aconteciera alrededor.

En la playa despegó una mesita bajo el toldo albiazul de su caseta, y mientras simulaba yo interesarme por el castillo de arena de unos pequeñajos vi de reojo que se animaba. Con las voces del verano flotando en el resplandor del mar y los destellos del sol espejeándole en las lentes, un cigarrillo en una mano y una fresa en la otra, por una vez pareció abandonarse a la corriente de la vida, quizá a lo que el reverendo amigo de mamá llama la fruición de los sentidos. Estuve paseando con el único chico de mi edad, me bañé y le estuve tomando el pelo a Dora, la institutriz. Camino del hotel, al pasar a su lado vi de través que leía no sé qué librito de Thomas Mann y parecía tan feliz como si se le hubiera insinuado el tema de su próxima sinfonía o estuviera a punto de morir; nunca olvidaré aquella sonrisa con que falleció la abuela.

Me entretuve con los amigos en el quiosco como dándole tiempo a terminar el capítulo y, en efecto, coincidimos en el ascensor. Nos miramos: nunca habíamos estado tan cerca. Ni tan lejos, porque como venían los chicos tuve que acompañarlos con las típicas risas cómplices y contagiosas. El sudor le bañaba la cara. Me miraba como si yo fuese un símbolo o el mar o un cuadro, o más bien Venecia; sí, me he fijado que más que como un óleo de uno de esos maestros vencecianos, él mira la ciudad como si fuera una obra de teatro. En la cabina iba apocado y encogido en el rincón, acaso arrepentido de haber venido a Venecia. Me bajé yo solo y libre de la tontería de los otros quise compensarlo mirándolo con la pureza y la desnudez de un puñal, andando de espaldas para no perderlo de vista hasta que no se cerrara la compuerta del ascensor. Para entonces estaba halagado de que un personaje como él se hubiera fijado en mí, que solo cuento con el dudoso mérito de la adolescencia y, según se encarga de recordar mamá, de la belleza.

Hoy, al bajar otra vez el último a desayunar, he visto a dos botones afanándose con un baúl en el vestíbulo. Justo entonces él salía del comedor, hemos coincidido en el umbral y durante una eternidad de tres segundos he sonreído a la desesperación que le he visto en los ojos insomnes, una mirada que he comprendido era de despedida al comprobar que el baúl era suyo. Por el ventanal lo he visto avanzar hacia el vaporetto. Sin afeitar, desamparado y el paso vacilante, con esa desubicación que siempre lo hace parecer en el sitio equivocado, me ha parecido entrañable.

Y ahora caigo en que él hubiera podido enseñármelo todo. Cada vez que me miraba me sentía más seguro y maduro. Con él hubiera aclarado esta confusión que me trae el siroco y resuelto la ecuación de la adolescencia. ¿Nunca más voy a verlo?

El comedor me parece vacío y los músicos desafinan mientras me prometo que si pierde el tren o por lo que sea se arrepiente y vuelve antes de que nos vayamos, lo miraré de un modo que lo obligue a quedarse para siempre conmigo en esta ciudad que se irá vaciando en torno nuestro para dejar que nos miremos a solas y cara a cara, con un beso en los ojos, sin necesidad ni de una palabra, y sea tan feliz como si se le acabase de ocurrir el tema principal de una sinfonía o estuviera a punto de morir.              
                                                                                                                                                                                     

2 comentarios:

  1. Película insoportable, pero le hace mérito al nombre del BLOG.
    Saludos

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  2. Ja, ja, sí es una obra que genera entusiasmo o desprecio, en mi caso el primero de ambos sentimientos. No olvido Taxi Driver, caerá.

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