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martes, 19 de febrero de 2013

DÍAS DE VINO Y ROSAS



                 
                 

A-aunque algunos tartamudean por el alcohol, a mí me vuelve flu-fluida la palabra y lúcido el pensamiento. Por ejemplo, cualquier otro se dejaría aturullar por los amigos, compañeros y familiares que me insisten en que tengo un problema con la bebida, y sin embargo, por más vacíos mentales que a veces sufra de la noche anterior, veo con claridad que son todos unos exagerados. Resulta que soy ejecutivo de una empresa de relaciones públicas y, de natural tímido y apocado, el whisky me ayuda a socializar con los clientes, algunas de mis mejores campañas de promoción se me han ocurrido entre la quinta y la sexta copa –el momento de máxima clarividencia-, y para colmo mis clientes más recientes están decantándose por la celebración de animadas veladas en yates o áticos.

Si no bebiera ofrecería una patética figura en algún rincón de la fiesta, mis difusos rasgos diluyéndose entre los vapores del alcohol y el humo del tabaco, mientras todo el mundo conversa, baila y bebe… Estaba casi seguro de que había una botella en el aparador, ¿dónde la habré puesto?... Y hay algo más. Hasta hace bien poco me correspondía reclutar chicas alegres entre la caterva de actrices frustradas y aspirantes a modelo que con aspiraciones ya sonámbulas y las esperanzas marchitas deambulan por la ciudad con la grisura de los finales de fiesta o de resacosos despertares. Es decir, para estos eventos se requieren jóvenes ligeras que no sean exactamente “profesionales”, de modo que solo con varias copas encima –las mismas que a ellas las harían más accesibles-, adquiría yo la desenvoltura precisa para hacer ese tipo de ofertas que de relaciones públicas me degrada a la categoría de alcahuete o eunuco de harén.

Y justo en esas estaba cierta tarde, a la proa de un fuera borda que iba a llevar a un cargamento de actrices al yate de Mr. Trainer, mi último cliente, como el capitán del barco de la decencia a la deriva (la mía la primera), escorado de bisutería, boas de armiño de imitación y carnes opulentas, cuando vimos acercarse por el muelle a la última, una atractiva pelirroja, demasiado seria y rígida, a quien además tuve que abroncar porque en vez de las ostentosas galas de las demás traía un recatado traje sastre bajo el abrigo de colegiala, como si en vez de a una fiesta se dirigiera a una biblioteca. No por eso dejó de impactarme su aérea y dorada belleza moteada de pecas, sublimada por el efecto de la luz del atardecer lamiendo el mar amarillento, que le enmarañaba el pelo con un haz de rayos purpúreos.

Al abordar el yate me abochornó saber que en realidad era la secretaria de Mr. Trainer. Por mucho que en el curso de la velada intenté que me perdonara, se mostró gélida, y como ni siquiera bebía no hubo modo de ablandarla. Frustrado, me dediqué a beber duro y pronto empezaron a quebrárseme las copas y el equilibrio, solo me rodeaban otros que balbuceaban igual que yo, y por lo visto en el regreso cerca estuve de caerme por la borda.

Al día siquiente mi despacho se quedó vacío, pero de tarde me recuperé lo bastante para llevarle a la pelirroja unos bombones de desagravio que me permitieran invitarla a cenar. Por más hosca que hubiera estado conmigo, durante toda la mañana el recuerdo del violeta transparente de su mirada, del juego del pelo rojo castaño con la brisa, y el diseño de las pecas me evaporaban la resaca como si en vez de en mi apartamento hubiera estado en la playa de Malibú. Sin embargo, me recibió en su escritorio con una altiva indiferencia, que luego viró a insolencia, y tanto me enfureció la sensación de habérseme escapado el globo de la felicidad, que llegué a acusarla de agradar a su jefe con algo más que eficiencia. Solo fue un vil modo de rebajarla al nivel de la catadura moral de mi empleo. Y sin embargo, cuando más inverosímil parecía, acabó concediéndome la cita. Con la bofetada que me había propinado saldamos cuentas y liberamos tensiones.

En la cena me sentí como nunca y eso que, por mera costumbre, bebí como siempre. En teoría no me habría hecho falta porque tenía animación suficiente y con ella el tiempo fluía de una manera única, con la intensidad y plenitud de una corriente caudalosa. En realidad Kristen (es de ascendencia danesa) es una persona tan melancólica y solitaria como yo cuando estoy sobrio, así que mi mayor éxito de la noche, un avance más significativo que si se hubiera producido a través de las sábanas, fue persuadirla de que bebiera. Las personas religiosas deben sentir algo parecido al convencer a sus parejas de que se conviertan a su fe. Puesto que detesta el sabor del alcohol y adora el chocolate, con la inspiración de la tercera copa hallé la solución: el brandy Alexander, esto es, coñac y crema de chocolate. Al primer trago los ojos le chispearon, palpitó por dentro y exclamó que nunca se había sentido mejor que entonces… ¿Dónde habré puesto esa dichosa botella?

Mi gran baza era hacerla reír a todas horas. Kristen me insufló la confianza necesaria para negarme en el trabajo a seguir encargándome de ciertos asuntos. Prosperó nuestra relación a golpes de risa y sorbos de alcohol. Nos casamos en el juzgado. Esa misma noche fuimos a decíselo a su padre, no sin tomar unas copas para darme valor. Hice bien, porque además de viudo amargado Mr. Andersen es un viejo esquivo y puritano, el típico protestante europeo capaz de congelarte con un destello de su mirada. No le gusté, Kristen lo notó y para compensar en cuanto nos fuimos propuso tomar una copa. Ya se había acostumbrado al sabor del whisky.

Ahora incluso tenemos una niña de varios meses. Todo ha ido de maravilla justo hasta anoche. Tuve que asistir a una fiesta de compromiso y ella prefirió quedarse en casa. Fue un aburrimiento y, como también acudieron varios directivos, no faltaron las presiones del trabajo, por lo que me consolé con alguna copa de más. De vuelta no veía tan mal pero en el portal casi me parto la nariz con la compuerta de vidrio. Había arrancado para Kristen unas margaritas del cantero y venía con la risa floja, tambaleándome un poco, es verdad, pero de buen humor, y no obstante tuvimos nuestro primer enfado… ¡Ah, estaba en la despensa esa maldita –bendita- botella!

Puede que estos días sufra yo alteraciones de ánimo pero tampoco tenía ella derecho a insinuar que me había pasado con las copas cuando en cierto modo venía de trabajar. Lo que ocurre es que por culpa de la lactancia ha dejado de beber y hemos perdido el compás del baile ebrio que eran nuestras vidas. Un bebedor y una sobria se mueven a ritmos disímiles, evolucionan en tiempos tan opuestos como si estuvieran uno en las antípodas del otro. Es posible que yo gritara y despertara a la niña; estaba tan descentrado que luego me sentí culpable y llegué a preguntarme qué me estaba pasando, pero ahora que al fin paladeo la primera copa de la mañana, con la resaca, dejo atrás pensamientos tan lúgubres. ¡Y lo mejor es que ella se acerca y se sirve otra! ¡Todo vuelve a ser como antes, brindamos por la felicidad, la vida es maravillosa y nunca moriremos!

Lo único que desentona es el ramo de margaritas mustias que yace en el rincón.                 

                                                                                                                                                                    

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