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lunes, 16 de junio de 2014

LIMPIABOTAS


                  


Me llamo Giuseppe y mi mejor amigo es Pasquale,
somos limpiabotas: hermanos de bayeta y betún,
en la calle cada zapato nos deja una huella de esperanza,
cada paso de una bota americana nos trae el sabor del chocolate o un pitillo.
La ficha de Pasquale dice que tiene catorce, uno más que mis fatales trece,
y que vive en el 13 de Via Lombardía, de padres fallecidos,
y la verdad es que dormía en el ascensor, yo sí tengo padres y cena,
mi madre deja su blanca estela en las sábanas, los spaguetti, la leche,
Giuseppe es alto y yo bajo, moreno carbón y yo rubio ceniza,
a él lo condenaron a dos años y a mí a la eternidad de uno
porque mi abogado enamoraba a las palabras y el suyo las odiaba,
él está vivo y yo acabo de morir, sin querer me ha matado
por un caballo blanco que significaba la libertad y la inocencia,
un fuego de espuma que flameaba con llamas de nervios y fuerza,
y que acabará guiando la carroza fúnebre que me lleve a mi nueva casa.
Giuseppe y yo quemamos nuestra amistad al fuego fatuo del orgullo,
y se nos coaguló adentro una costra de hielo que no llegó a derretirse.
Nos hubiera traído más suerte un caballo del color del charol.


Mi verdadero asesino ha sido mi hermano mayor, Attilio,
que en vez del mercado negro nos hizo cómplices del robo a una pitonisa,
a veces creo que somos marionetas de las pasiones de los mayores,
títeres de sus traiciones, los muñecos rotos de su crueldad.
Tras comprar con los beneficios a Bersagliere, el caballo blanco,
y pasearnos en él por Via Veneto como los jinetes de la victoria,
cabalgando aquel relámpago de músculos de esmalte,
el caballo blanco de nuestra esperanza y nuestra ilusión,
entre la admiración y los pitidos, la envidia y los aplausos,
un policía nos descabalgó del sueño y nos encerraron en el correccional.
Aquella pitonisa nos repartió las cartas marcadas de zurdos azares.
Mejor suerte nos habría dado un caballo del color del betún.


Mi pelea con Pasquale se trabó por exceso de cariño
y cuando nos separaron de celda y dejamos de oír juntos
cómo el último tranvía se llevaba el recuerdo de nuestro caballo,
se multiplicaron las pulgas, los piojos afilaron sus aguijones,
el hambre dejó de mejorar el sabor de la sopa viuda,
y un frío de serpiente empezó a insinuarse de los barrotes y los cerrojos,
de la palidez del cura y del rigor de hierro del director.
Encastillados en el desdén, amurallados tras la desconfianza,
Pasquale y yo dejamos de compartirlo todo menos la visión del fantasma
de un frenético caballo arrancando chispas de los adoquines del patio,
el caballo blanco de nuestra amistad y nuestra pureza.
Ojalá fuera el caballo del color de los más ingenuos soldados americanos.


Roídos por el rencor, los dos dejamos de compartir la comida y la palabra,
porque por la astucia de la policía él rompió el pacto de silencio
y Giuseppe, mi verdadero hermano, delató al falso de mi hermano,
pero ahora sé que fue chivato por cariño, para que no siguieran azotándome,
y aunque me cegó contra él el tizón del odio,
se me desencadenó una furia que tenía la fuerza de Bersagliere
y hasta le escondí una lima en la cama para que se la descubrieran,
el caballo blanco de la amistad siguió trotando en nuestros sueños
y nos unía la visión del animal de nieve, podía a ver a Giuseppe mirando
tras las rejas a un imaginario Bersagliere encabritado en el patio,
pero no nos reconciliamos, mirábamos al caballo desde ventanas opuestas,
así que al escaparme de la cárcel ambos pensamos en el caballo blanco
de la esperanza, yo de huir y él de vengarse y de que le rebajaran la pena,
y me ha delatado de veras, en el puente se han topado su furor y mi vergüenza,
y cuando solo quería azotarme me he caído y desbaratado contra las rocas.
Mejor suerte nos habría traído un caballo del color de mi culpa.

  

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