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lunes, 9 de junio de 2014

MI TÍO JACINTO


           

Existen ciertos prejuicios en buena parte de los espectadores españoles hacia el cine patrio anterior a la explosión acontecida a mediados de los cincuenta tras la irrupción en nuestra cinematografía de dos de los nombres claves del cine español que revolucionaron lo que hasta entonces se conocía como cine del Régimen, estos son, Juan Antonio Bardem y Luís García Berlanga. Parece que el cine español que se hizo desde los años de la post-guerra hasta mediados de los cincuenta sencillamente o se le considera malo o franquista. Nada más lejos de la realidad. Nombres como los de Edgar Neville, Rafael Gil, José Luís Sáenz de Heredia, Florian Rey, Manuel Mur Oti, José Antonio Nieves Conde o Juan de Orduña no solo son imprescindibles para cualquier cinéfilo que desee profundizar en el arte de hacer películas hecho en España sino que los mismos sentaron las bases para el despegue de ese cine más crítico e incisivo que comenzó a aparecer a mediados de los cincuenta para inundar las pantallas de cine en los Festivales Internacionales en los sesenta con eso que se llamó el Nuevo Cine Español.

Dentro de los nombres que mencioné en el párrafo anterior, dejé oculto a posta el de un húngaro que arribó a nuestro país para quedarse y desarrollar una de las carreras más fascinantes y magistrales de nuestro cine: Ladislao Vajda. Resulta ciertamente increíble que la filmografía de este maestro europeo no sea más reivindicada por la crítica y la cinefilia española, puesto que suyas son algunas de las mejores películas surgidas en la península Ibérica. Obras como El cebo (esa co-producción hispano suiza que quizás sea la cinta más valorada actualmente de Vajda), Marcelino Pan y Vino, Carne de Horca, Tarde de toros, Barrio, Séptima página o Un ángel pasó por Brooklyn son sin duda algunas de las mejores obras surgidas en nuestro país. Pero, la cinta de Vajda a la que guardo un mayor cariño y respecto es Mi tío Jacinto. ¿El motivo? En mi opinión, Mi tío Jacinto, es junto a el Surcos de José Antonio Nieves Conde, el mejor botón de muestra del incipiente y escaso neorrealismo español cincelado a principios de los cincuenta como homenaje referencial al neorrealismo italiano. 

La película es una auténtica maravilla de principio a fin. Fue rodada en principio para lucimiento de la estrella infantil española de moda en aquella época (antes de que la copla y el fandango se apoderaran del estrellato infantil cinematográfico con Marisol y Joselito), el gran y tristemente desaparecido Pablito Calvo, magnético y cautivador niño prodigio del cine español poseedor de una mirada que aunaba con maestría ternura y melancolía, que se había convertido en una estrella internacional gracias a otra película de Vajda, la no siempre valorada Marcelino Pan y Vino, el cual cerraría trilogía con el director húngaro con otra película entrañable como es Un ángel pasó por Brooklyn. Siendo una vehículo articulado para el lucimiento de Calvo, Mi tío Jacinto huye extremadamente de la complacencia y el beneplácito de ese público medio que buscaba una obra meramente condescendiente y entretenida, puesto que la cinta de Vajda es sobre todo un demoledor documento acerca de la miseria y la pobreza que rodeaba los arrabales del Madrid arcaico y devorado por las bombas de la cruel Guerra Civil, un Madrid poblado por pícaros, rateros y quincalleros de talante muy castizo (para un madrileño como es mi caso es un auténtico gusto contemplar la concepción antropológica, urbanística y dialéctica con la que dotó Vajda a su película) que rondaban tanto los barrios de chabolas de la periferia sita por entonces más allá de la Arganzuela y la Latina como los mercadillos de poca monta del Rastro que albergaban a ilusionados maletillas cuya principal meta era saltar a la arena del circo de Las Ventas para entretener a la burguesía y escasa clase media adinerada de la época. 

Uno de los puntos más hipnóticos del film es sin duda el hecho de esbozar la epopeya a través de los ojos inocentes e intrigantes de Pablito Calvo, el cual recorrerá un tímido viaje desde la niñez a la madurez con el único vehículo del mísero ambiente que rodea su existencia junto a su tío Jacinto (interpretado por un Antonio Vico que se desprendió de su habitual vena cómica para cincelar uno de esos personajes dramáticos que dejan huella en el aficionado al cine). 

La cinta arranca con un maravilloso plano de atmósfera arrabalera y eminentemente perteneciente al cine social de trincheras de aquellos tiempos, de modo que contemplaremos a un cartero que trata de entregar una carta enviada por un empresario taurino a un veterano e ilocalizable maletilla llamado Jacinto, una eterna y decadente promesa de la fiesta taurina a la que su mala cabeza y su querencia al alcohol han convertido en un títere sin cabeza que vaga sin pena ni gloria por bares arrabaleros en busca de ahogar sus penas en las fauces del vil liquido demoledor de conciencias. Finalmente el cartero localizará a Jacinto en uno de esos barrios de chabolas surgidos en las afueras de la ciudad, barrio en el que el decadente aspirante a torero vive junto a su sobrino Pepote en condiciones infrahumanas. A pesar de lo lamentable del ecosistema, Jacinto y Pepote llevan una vida más o menos feliz, libre de las preocupaciones impostadas que la vida moderna y el dinero imponen a los esclavos que anhelan su quimérica posesión. 

                   

La carta anuncia la intención del empresario remitente de contratar a Jacinto para una corrida a celebrar en Las Ventas. Sin embargo, para poder cumplir su último sueño de triunfo taurino, Jacinto deberá reunir las trescientas pesetas que cuesta alquilar el traje de torero que por circunstancias no posee. A partir de este momento, la cinta adoptará la forma de una epopeya homérica y a contra-reloj, filmada prácticamente a tiempo real, que narrará la ilusoria búsqueda de Jacinto y Pepote del dinero necesario para poder alquilar ese traje de luces que representa la última oportunidad de triunfo y salida de la miseria de tío y sobrino. Vajda narrará dicho viaje plasmando con una maestría supina el ambiente cotidiano del Madrid de los cincuenta, el cual devorará poco a poco las esperanzas de Jacinto y Pepote en sus ansias de salir de los márgenes de la sociedad, retratando así con una destreza y maña a la altura de los grandes autores neorrealistas, el ecosistema urbano y chusquero de una ciudad habitada por una serie de fauna envenenada por el olor de la carencia y la desgracia que tratarán de sacar provecho en su propio beneficio de las penurias sufridas por Jacinto y Pepote. 

El hecho de concentrar buena parte del nudo estructural de la historia en la epopeya vivida por Jacinto y Pepote en su lucha por reunir el dinero suficiente para poder alquilar ese vellocino de oro representado por el traje de faena, reviste el hilo argumental de Mi tío Jacinto con la esencia de la gran obra maestra del neorrealismo italiano que es Ladrón de bicicletas. Al igual que en la cinta de Vittorio de Sica, Vajda agrupa los cimientos de su obra alrededor de la infructuosa lucha por salir de la pobreza de un padre y un hijo (en la película española a pesar de ser un tío y su sobrino huérfano, son claras las reminiscencias paterno-filiales que empapan la relación establecida entre Jacinto y su sobrino Pepote). El traje de luces hará las veces de esa bicicleta hurtada al Antonio de de Sica, y la mirada de veneración y amor de Pepote hacia su tío Jacinto se confundirá con la emanada por Bruno hacia su infortunado padre. Ambas cintas reflejan una visión desgarradora y destructiva de una sociedad articulada en base a la pobreza moral y económica en la que apenas existen huecos para florecer el oxígeno y la esperanza. Del mismo modo Vajda elude todo juicio moral hacia la galería de innobles personajes que surgen a lo largo del metraje, siendo los mismos un reflejo especular de ese ladrón de De Sica al que la indigencia obligó, posiblemente contra su voluntad, a perpetrar el hurto de la herramienta de trabajo de Antonio.

                

Ciertamente fascinante es sin duda el hecho de que una cinta con una potente carga explosiva de crítica social que reflejaba de modo cristalino la indecencia, el hambre y la privación de todos los medios necesarios para llevar una vida digna en la España de los cincuenta, solventase los obstáculos de la censura, dando testimonio fidedigno tanto para los españoles de la época como para los espectadores del resto del mundo, del ambiente mezquino, cochambroso, cruel y famélico existente en la España franquista de aquella época gracias a los fotogramas impactantes e irrefutables irradiados por Vajda y su equipo técnico. Y es que Mi tío Jacinto es una cinta de brutal realismo, a veces aderezado con inspiradoras gotas de humor gracias a la presencia de unos estupendos actores más habituados al vodevil y la revista que al intenso dramatismo tales como un joven Miguel Gila o un siempre magistral Pepe Isbert, que nos evoca directamente a esos viejos, no tan alejados, tiempos en los que las familias españolas vivían en pocilgas erigidas bajo techos de cartón y aluminio robados en desguaces y almacenes de quincalla en las que no había rastro alguno de las modernas e innecesarias comodidades que poseen las actuales urbanizaciones. Y es que la felicidad de Pepote no dependerá de la posibilidad de jugar al padel o chapotear en faraónicas piscinas, al contrario, la felicidad de Pepote consistirá únicamente en visualizar la sonrisa paternal de su tío Jacinto a pesar de que el infortunio le persiga.


Autor: Rubén Redondo. 

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