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lunes, 30 de junio de 2014

ROMA, CIUDAD ABIERTA


                  

Padre nuestro, que estás en los cielos,
menos en los de Roma, donde rugen los pájaros preñados de bombas,
estos nueve meses de ocupación nazi, de gestación del Apocalipsis,
cuando Roma se ha quedado embarazada de su propia muerte,
grávida de una bestia que hará una tumba de su útero de mármol,
nueve meses como nueve milenios concentrados en una quinta estación,
hambrienta como el invierno, ardiente como el verano,
triste como el otoño, cínica como la primavera,
mientras la Loba de Roma amamanta a un Atila con bigote de mosca,
desde la jaula de este camión que me lleva al arrabal de mi vida,
veo una ciudad donde los cazadores azuzan a los perros negros del miedo,
y el hambre es una epidemia cuyos bacilos se propagan a besos,
donde la injusticia convierte a niños como Marcello en hijos de la venganza,
a tipógrafos como Francesco en revolucionarios, a los actores en activistas,
al párroco de San Clemente –yo- en miembro de la Resistencia,
a comunistas como Manfredi, el hombre de larga sombra y sangre serena
en santos mártires que serán ensalzados con el triunfo de la Libertad.

Santificado sea Tu Nombre, o maldito,
si permites que los bárbaros sigan repartiendo la muerte como carteros,
maldito, si permites que los fabricantes del horror sigan prosperando,
maldito, si permites a los maestros del odio impartirnos su crueldad,
pero tengo que tranquilizarme o escandalizaré al colega que me asiste
en el camión con que cruzamos el toque de queda por el túnel del alba.
Venga a nosotros Tu Reino, donde un pobre cura como yo
no tenga que fatigar las calles desnudas buscando el camino de la libertad.
Avisado por Marcello, el hijo de la venganza, y luego por Manfredi,
el hombre de larga sombra y sangre serena,
retrasé la confesión de Pina, la madre viuda de Marcello,
la mujer de manca suerte, a la que ya embarazada de un hermanito
iba a casar con Francesco, el tipógrafo que imprime con tinta roja,
y me encaminé a entregar a un camarada que silbaba en el puente
un millón de liras traspapeladas en las comedias de Séneca.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy
sin que haya que suplicarlo a los hornos como si fueran altares,
sin que haya que conquistarlo en las panaderías,
sin que haya que repartirlo como bendiciones,
sin que Pina tenga que distribuirlo en el mercado negro,
sin que los especuladores amasen su falta con manos que se excusan,
sin que sea el lujo del obrero ni el sueño del pordiosero,
solo dánoslo como las migas a los pájaros o mejor por nuestro trabajo,
y no este pan de piedra que hay que ablandar con lágrimas y sangre.

El miedo me ha desordenado hasta el Padrenuestro:
Hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo,
mientras no sea el crimen que los carniceros cometieron en el barrio
arrastrando como animales a ancianos y enfermos al matadero del patio,
en tanto Marcello y yo subíamos a la terraza a esconder las bombas,
hágase Tu voluntad mientras no sea que encierren a Francesco
y acribillen a Pina, haciéndolo viudo antes que marido,
mientras no sea que acribillen a Pina, la mujer de manca suerte,
que corría tras un camión como éste, donde llevaban a Francesco,
mientras no sea que acribillen a Pina, y a ojos de su hijo,
convirtiéndolo en hijo de la venganza,
a Pina, cuyo entierro tuve que oficiar en vez de su boda,
a Pina, cuyos gritos por siempre se oirán en esa calle
en vez de los vagidos de su bebé,
porque como Roma también ella estaba embarazada de su muerte,
de su manca suerte.

Hágase Tu voluntad mientras que no sea que detengan a Manfredi,
el hombre de larga sombra y sangre secreta, a Francesco, el tipógrafo
que escribe con tinta roja, y a mí, pobre párroco de San Clemente,
y nos aherrojen en la Casa del Pueblo, el cuartel de los bárbaros
en cuyas sombras se destilan las voces de los torturados.

Y perdona nuestras ofensas así como nosotros a quienes nos ofenden,
pero no a quienes con el suplicio hacen cobardes a los valientes,
no a quienes seducen nuestro silencio con el soborno del dolor,
no a quienes apestan el cuartel con la carne quemada de Manfredi,
pero solo le han alargado la sombra de la leyenda
y le han erguido la sangre en una oleada que acabará por ahogarlos,
la sangre serena que por el Hombre ha dado como un Cristo comunista,
no a quienes me han traído a este erial, aparta de mí este cáliz,
y no nos dejes caer en la tentación de hablar ahora ante el pelotón,
de delatar en el último instante a Manfredi, a Roma, al Hombre,
para que me desaten y la orden no restalle en el alba,
perdónales porque no saben lo que hacen,
más líbranos del mal amén fuego.   

  

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