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lunes, 2 de junio de 2014

THE ARTIST


           

Posas el vaso en el tocador del camerino y su tintineo estalla
en el atónito silencio del espejo y de tu espanto,
el chirrido de un timbre te trepana los tímpanos,
repica el lápiz en la mesa con el augurio de campanadas de difuntos,
y al cerrar la navaja el chasquido suena a un disparo a bocajarro:
has sido expulsado del paraíso de silencio donde tú, George Valentin,
el nuevo Valentino, el novio de oro del cine mudo
cuyo rostro fulguraba sobre el fondo oscuro del inconsciente colectivo,
solo oías una tempestad de aplausos y vítores.
Porque el silencio era tu imperio, un espacio en blanco donde el metraje
se escandía y cada espectador escuchaba el canto imaginario de su sirena.


Pero ahora te ladra tu perro, el teléfono aúlla, crepita la seda de tu camisa,
y los obstinados tacones de tus zapatos pautan la arritmia de tu pavor,
rechina la puerta, detona el portazo, el sol martillea, trepida el estudio,
tres actrices desintegran la mañana en esquirlas de risas,
y cuando ves que un papel se balancea por el aire como un pájaro herido
o una hoja de otoño y explota en el suelo con un fragor de metralla
comprendes que el horror del sonido se ha instalado en tu dicha sin palabras
y que estos ruidos son el rumor de tu ruina, el primer eco de tu ingreso
en el vestíbulo de una pesadilla donde resuena un cóncavo pandemónium.
Aquí todo es tan falso como en el cine pero no logras despertar,
crispas el rostro con la muecas y visajes de tus exageradas actuaciones.
Un zumbido descompone la realidad en figuras centrífugas que se dispersan
como piezas de un rompecabezas que se desajustara a cámara lenta:
solo es el decorado de una superproducción desarmado por los operarios
y un empleado te grita que la Kinograph no rodará más películas mudas.
Sabes que tu anémica, cadavérica voz no merece ningún oído,
que con ese estrépito se ha derrumbado tu carrera, que tu pasado será un sueño
un fragmento de cinta cercenado en la sala de montaje,
una toma descartada de una escena repetida cien veces,
una secuencia entera arrancada del libreto del guión en la papelera.


Humo son tus fugas, intrigas y salvamentos en el último minuto de celuloide,
humo tus veladas de champán, rubias platino y sombreros de copa,
humo las portadas, los premios, las pasarelas, los aplausos,
humo tu silueta tramada en el tapiz chillón de los mitos populares,
humo los autógrafos, las entrevistas, las cartas, las sonrisas,
humo tu matrimonio, monótono, rutinario como una película alimenticia,
humo tu amor, Peppy Miller, la chica que abrazaba a tus fantasmas,
humo su amor, cómplice del baile y de la alegría, demasiado joven para ti,
humo vuestro amor, una ilusión parecida a la pantalla de transparencias,
humo aquel silencio de la pantalla, humo los eufóricos años veinte,
todo humo de un fuego infernal que ahora chasquea hasta ensordecerte.


Sí, tu pasado ya es el argumento de una película perdida y olvidada,
o un actor envejecido que suscita compasión con sus gestos exagerados,
te sientes encerrado en un argumento lacrimógeno o una pesadilla,
pero el verdadero sueño es tu éxito y la vigilia tu fracaso.
El productor grita que no tienes nada que decirle al público
y solo ves alambres con lenguas ensartadas que agitándose te insultan,
sordo a todos planificas la producción de otra película muda
porque tú no necesitas hablar: tus ojos hablan, tu cara habla, tus manos hablan.
En Hollywood cada gota de lluvia es un perdigonazo a tus esperanzas,
toda tu vida se ha convertido en un estrépito de catarata que te arrastra,
y mientras que Europa se hunde bajo las voces de los dictadores
los vendedores de periódicos vocean otra bomba: el crack de la bolsa,
estás arruinado, te das al whisky, los cubitos cascabelean como una serpiente,  
la copa se astilla y por la grieta se hunde tu vida en un alud de lágrimas
Los oídos te zumban, los truenos retumban, ruge el mundo
en una batahola de micrófonos, altavoces, megáfonos,
y solo te queda el silencio de la soledad, de la lluvia y de la muerte,
el del cauce seco de salas vacías donde se proyectará tu película.
Al fin despiertas: ves una telaraña en el cielorraso y a tu lado la botella
que al tocarla te recuerda la fría piel de un cadáver y tintinea
con un gemido de prostituta aterida de miedo.  

    

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