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jueves, 12 de junio de 2014

SCARFACE


                  

Cuánto ama mi pistola los rojos alaridos de mis víctimas,
cómo atrae la luna nueva de la boca del cañón sus mareas de sangre,
cuánto afecto fluye entre mis balas y sus corazones de cordero,
todos ellos se sentían tan solos, tan huérfanos, tan vacíos,
hasta que yo, Scarface, llegué a la ciudad a colmarlos del cariño del plomo,
a sembrar como una plaga las calles del gusano blanco del miedo,
a esconder en el bolsillo de cada transeúnte un huevo de serpiente,
a corromper con mi respiración el aire y la dignidad de policías y políticos,
a embarazar como un semental a todo el mundo de su propia muerte.
Cada vez que parpadeo, fulgura una metralleta en ojos que ya no ven.

Primero cayó Costillo, que me pagaba para que le guardara la vida,
pero más pagó Johny Lobo a mi sombra para que se desenroscara en la pared
y mientras colgaba su última palabra del teléfono le regalé la muerte,
y a una harapienta alba, con las colillas y el confeti barrieron su cadáver.
Luego cayeron Meehan y Berdini, ilegítimos reyes de la cerveza,
cuyos barriles y cadáveres rodaron hasta la escoria del estuario,
y sus secuaces bailaron el último vals con viudas invisibles y una orquesta
con percusiones y metales que reventaron los vidrios en un trillón de añicos,
y al único superviviente le llevamos al hospital un ramo de flores
y le abrimos en el pecho otra rosa con pétalos de sangre.
Cada vez que bostezo, gracias a mí alguien pierde el aliento.

Coroné a Johnny Lobo como emperador de los muelles de Nueva York,
porque a quien estorbaba yo le escribía las esquela en el periódico,
pero la fuerza no era de Johnny, ni de mi pistola, sino de mi sombra,
que se desprendía de mí como el carisma de un santo, de un donjuán,
y desataba sobre las funerarias una tormenta de coronas y crespones.
Cuánto desea mi punto de mira el ceño de quienes me odian,
cuánta confianza se tiende entre mi gatillo y sus súplicas viscosas,
cuánto afecto entre mi metralleta y sus cuerpos que se obstinan en vivir,
cuánto cariño acerca la boca de mi cañón a sus ojos desorbitados.
Aunque todos los poros de mi rostro excretan odio y se cierran como puños
por la ranura de mi cicatriz se escurre la morena voz de mi hermana
y como una hemorragia al revés su voz se infiltra y circula con mi sangre,
una voz de seda que reviste las piernas y los pechos que ningún hombre tocará,
una voz que peina los cabellos de un río donde ningún hombre se bañará,
una voz acariciándome con manos que el árbol de ningún hombre plantarán.
Cada vez que me aprieta un zapato, me maldice el hijo de algún enemigo.

Mi pistola convencía a todos los taberneros: soy el mejor proveedor,
y con Rinaldo, que con una moneda echa al aire la suerte de los débiles,
multipliqué el erario del rey Johnny y me convertí en su delfín.
Compré trajes y ataúdes a medida, autos, un apartamento acorazado de acero,
y gracias a las portadas, a los escritores, a los cobardes,
mi figura era adorada como la estatua dorada de un dios
que contra el crepúsculo sangriento reclama sacrificios humanos.
Luego cayeron O’Hara, que mezcló su sangre con las amapolas de su floristería
y Gaffney, que en la bolera se desplomó como el último bolo,
mis balas granizaron los vidrios de sus locales y de sus ojos,
y mi sombra serpenteaba por las rendijas de la ley y de las celdas,
de donde me rescataba un ejército de abogados esgrimiendo el habeas corpus.
Cada vez que me bebo un whisky, alguien se desangra en los muelles.

A veces dejo a mi sombra en casa y luzco el brillo de la respetabilidad
soy un habitual de palcos, estrados, mesas, primeras filas,
esta noche en el Paradise hemos vertido champán en vez de sangre,
y aunque le he robado a Johnny el trofeo de su rubia platino
en verdad con quien bailaba era con el fantasma de mi deseo, mi hermana,
solo un hombre tiene derecho a acariciar la seda de su voz,
aquél que se reconoce mirándose en el espejo de su cara,
pero Su Majestad Johnny me veía abrazar a su consorte en la pista de baile
y ha mandado a sus cortesanos que me donen un regalo que no he aceptado:
tanto es el amor que fluye entre mi pistola y el corazón empurpurado de Johnny
que el cañón arderá y en su honor explotará en una apoteosis de pólvora.
Mientras enciendo un pitillo, Rinaldo le dispara con mi arma.
Coronado rey de Nueva York, mi manto púrpura amortajará la ciudad,
pero la fuerza no es mía, ni siquiera de mi arma, sino de la sombra
que circula por mi sangre y por el aceite de mi pistola,
la sombra que repta por la cicatriz de seda entre las piernas de mi hermana.

  

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