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jueves, 17 de diciembre de 2015

EL SIRVIENTE


                   

Elegante y formal, solemne, puntual como una muerte amable
llegaste mientras dormía, Barrett,
sutil, suave, desasosegante, dulce como una hemorragia en agua caliente,
ya antes de entrevistarte decidí contratarte como asistente,
tu halo de caballero, tu tacto suave, tu paradójica clase
te recomendaban como el mejor sirviente.
Y repartiste tus dones incluso en este piso uterino, asfixiante,
como un buen padre me prodigaste tus atenciones,
como un amante distribuiste tus favores por todos los rincones,
con elegancia de poeta secreto y eficacia de sicario
te adelantabas a mis deseos como una madre a los de su hijo:
una jofaina o una aspirina, un brandy de dandy o el vino adecuado,
encantabas este recinto, lo hacías mágico con tu discreción, tu silencio,
tus guantes blancos volaban como palomas amaestradas
o los objetos y enseres te obedecían por telequinesia,
sacabas brillo a las ocultas facetas de tus posibilidades,
te investías del smoking de tus responsabilidades,
y después de que te volvieras imprescindible para mis comodidades,
el leal custodio de mi lar, el grillo del hogar,
después de que en las reformas prescribieras la pintura y la arquitectura
de la casa de un arquitecto, un criterio clásico (Chipendale, Reynolds),
después de que te convirtieras en el escenógrafo de mi lujo claustrofóbico,
en el jefe de pista de mi circo privado, tramoyista de mi decorado,
después de que con un pitillo o una copa te hicieras perdonar
tu irrupción, interrupción de un coito que Susan y yo no reanudamos jamás,
contraje una parálisis mental,
una especie de metáfora que describiera los defectos de mi clase social,
durante un invierno eterno, un gélido averno,
por la ventana veía caer una nieve que me amortajaba el alma,
y tu limpieza dejaba en el ambiente una mota que me aturdía,
una especie de polvo blanco, un moho o gas que me adormecía,
y cuando despertaba en un relámpago de horror descubría
que como una lluvia turbia, nieve sucia, te habías filtrado en casa
gota a gota, copo a copo de aquel tedio que como una capa de polvo
barnizaba los muebles y corrompía la piel de las paredes,
minaba los huesos de los pilares y pudría el espinazo de los escalones.
Y luego en este laberinto de recovecos y corredores,
cuando la noche de mi deseo con manchas de niebla caía en los salones
y en el lirio moreno del cuerpo de Vera, la asistenta,
tu novia que al principio era tu hermana,
en este castillo encantado no detecté tu sombra que nos vigilaba,
el espía negro de tu astucia, el guardia de tu paciencia
que nos acechaba en los vericuetos del sexo:
me pusiste a la mentirosa Vera como cebo.
Y ya cautivo de mí mismo, trabado en vuestro descaro,
aherrojado por su piel de gacela, sitiado por la sonrisa de su lujuria,
preso de este círculo mágico, clausurado en el tiempo disecado,
esperando que ella me descerrajara un beso,
mientras que me servías sin servirme,
vertías una copa y tú mismo te la bebías,
profanabas los cadáveres de las rosas que Susan me enviaba,
descuartizabas sus tapetes y cojines en una hecatombe de plumas,
del hilo telefónico dejabas colgada su voz estrangulada,
regabas las plantas con clarete y servías el vino con la regadera,
dejabas caer la ceniza del cigarro en un pétalo de orquídea
y que un corazón de manzana germinara en la trama de la alfombra,
Vera y tú usurpasteis mi cama y apenas pude decirte nada:
yo estaba en la misma posición que tú respecto a ella,
hipócrita, horizontal, de falsa ventaja (hipotenusa tendida entre dos catetos)
y se acercaban estos tiempos de cambios en que vivimos como amigos:
tú me llamas Tony y yo a ti Hugo,
te emborrachas, trasnochas, juegas,
aunque sigo dependiendo de ti porque lo haces todo:
me planchas, cocinas, me limpias y degradas,
pero ahora vistes de blanco, con desaliño, te quedas dormido,
eres vulgar, impuntual, desvergonzado como el sexo:
eres un caballero y yo pronto el criado.

                       
            

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