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jueves, 12 de julio de 2012

AL ESTILO DE BOLAÑO

                      

Hace una semana ya de otro mundo respondí al teléfono que me pareció aullar como un bebé abandonado y enroscándose por la línea aquella voz de moribundo me culebreó por los laberintos del oído, milagrosamente nítida pese a lo susurrante y a la batahola de gritos y al estallido que parecía de olas al fondo de la tarde, lo que me advirtió que me hablaban desde una cabina y no, como al principio creí, de ultratumba.

El tipo dijo llamarse Arturo Belano, y aunque no acababa de ubicarlo, el nombre me sonaba mucho y él debió detectar mis dudas porque me recordó que aparecía en varios de los relatos de Bolaño que leí hace pocos años. Con la actitud de un predicador a la busca de prosélitos, o más bien de un espía necesitado de subagentes, Belano pretendía quedar conmigo para prestarme una novela de Bolaño –qué parecidos suenan ambos nombres-, “Los detectives salvajes”, cuya lectura no dejaba yo de postergar abrumado por sus más de seiscientas páginas; y aunque gentil, en su tono había algo tan hipnótico como unos ojos de serpiente y lo único que pude evitar fue exponerme a recibirlo en casa, de modo que quedé con él media hora más tarde en la estación de autobuses.

Tenía el tiempo justo de llegar andando, así que me cambié de camisa y salí a la tarde purulenta de aquel martes, a la hora en que se animan las calles al florecer de las farolas y con las primeras estrellas reluciendo como pústulas en la piel pálida del cielo, y no había doblado la primera esquina cuando creí haber recorrido ya media ciudad, tal era el sudor que me bañaba, pero al momento descubrí que era porque me había puesto una camisa sucia.

A la vista de la cúpula de la estación, escarbé en la memoria alguna descripción de Bolaño que me ayudara a reconocer a Belano, pero recordé que el motivo de nuestro encuentro, el voluminoso volumen, me serviría de señal, y fue cruzar la puerta giratoria en un esguince de reflejos y distinguir, en aquel ambiente de provisionalidad, hierático entre la prisa de la multitud, a un joven larguirucho y con greñas mirando el reloj de la estación, como un ahogado encallado en la riada de gente, la barba silvestre y el rostro en plena devastación de lo que parecía una semana de insomnio.

En efecto, traía bajo el brazo un mamotreto acartonado y medio descuadernado. Y justo entonces, más que timidez, sentí que sendas cuchillas me sajaban las rodillas y tuve la tentación de volverme a la calle, pero un revuelo de viajeros que parecían huir de alguna revolución me arrastraba hacia él como una marea ineludible, yo era un náufrago arrastrado a una isla de antropófagos y todavía braceaba y aleteaba para alejarme cuando me atenazó un brazo y me guió a contracorriente hasta la orilla de la noche.

Sin decirme nada me entregó el tomo, lo acogí como el cadáver de un perro muy viejo y echamos a andar a través de la noche granulosa y fina y rasposa como papel de lija o más bien papel de calco por la negrura y sobre todo porque tenía la sensación de haber leído todo aquello en algún cuento de Bolaño o tal vez, como un dejà vú al revés, que lo leería en aquella novela monstruosa, pues lo mismo que leerla era escuchar a Belano hablándome de ella sin mirarme ni una vez, quizá porque desconfiaba que yo acabara por leerla, y así seguimos avanzando sin rumbo por aquella avenida infinita, pese a lo cual varias veces creí que pasábamos por el mismo bar donde parecía celebrarse algún extraño rito, tan cerca y tan lejos uno del otro, bajo la calavera de la luna de una noche que podría haber sido del Pleistoceno, yo acezante y él con el aliento intacto, como si yo no hubiera dejado de fumar y él no encendiese un porro tras otro.

Me comentaba la que llamó estructura-muelle de la novela, compuesta por dos diarios de un pedante poeta y los monólogos –repetidos o únicos- de cuarenta y nueve personajes que bien habrían podido ser ciento ocho o veinticuatro sin que nada sustancial hubiera cambiado, los cuales testimonian su relación más o menos prolongada con él mismo, Belano, o con su colega Ulises Lima, como yo ahora relato mi relación con ambos, porque al dejar atrás la avenida y adentrarnos en una maraña de callejuelas, noté que íbamos más despacio y como ahora la voz que me hablaba sonaba seca y metálica y se interrumpía más pero sin perder ni un ápice de convicción, incumplí la promesa que me había hecho de tampoco mirar yo a mi acompañante y comprobé que ahora era Ulises Lima quien me acompañaba. Me podía haber ahorrado la mirada porque justo entonces se refirió a sí mismo en primera persona.

Ahora me contaba cómo refundó con Arturo la escuela poética del realismo visceral. Y luego me habló del peregrinaje que ambos emprendieron en un Impala por el desierto de Sonora tras el fantasma de la fundadora de la escuela en la época de los ismos, y luego de aquella otra odisea por separado a través de media Europa, ya en busca de lo desconocido, donde fueron conociendo a todos aquellos cuyas voces integran la novela mostrándonos, en los espejos infieles de su recuerdo, el arrasador paso de cualquiera de ambos por sus vidas, los añicos que fueron dejando y que aún guardan un reflejo de sus enigmáticos caracteres.

Porque  de un modo u otro a todos marcó el trato con Lima o Belano, los dos poetas zombis, traficantes de marihuana y de felicidad y de tristeza, brillantes y oscuros, creativos y autodestructivos, fanáticos de lo inefable, ingenuos y pérfidos, distantes y apasionados, capaz él mismo, Ulises, de leer hasta bajo la ducha –me fijé en que lo abarquilladas que estaban las páginas del libro- o de planificar el secuestro de Octavio Paz, el detestado poeta oficial; y al desembocar en otra calle iluminada como por las esquirlas de las que llamó sus amores perdidos y ánimas de todos los poetas suicidados, advertí que ahora Belano volvía a ser mi compañero, como si hubiese relevado a Ulises en la prolija labor de instruirme.

Me decía que aunque teóricamente los detectives salvajes eran ellos dos tras la revelación improbable de la poesía, a lo largo de la trama más bien eran ellos mismos los investigados por todos aquellos testigos y eventuales compañeros de itinerario, que lejos de dilucidar nada de su personalidad –esto es, irrealidad- quedaron trastornados por su influencia. Tal vez Belano no me creyó capaz de entender la novela y para asegurarse me tendió el escalpelo adecuado para desentrañarla. La verdad es que yo iba mareado por lo que ellos fumaban y mis pensamientos parecían perdices cazadas desangrándose en la penumbra del alba.

Entendí que como Lima y Belano llevan la poesía en la misma sombra, las múltiples reacciones de todos aquellos personajes, los sentimientos que ellos les fueron suscitando, no son sino los que un poema genuino puede suscitar en el lector: asombro, tristeza, alucinación, amor, ilusión, desengaño, intriga, envidia, locura, arrepentimiento, odio, energía, vergüenza, conocimiento, ira, soledad, alegría, y en cierta plaza del verano me descubrí enumerando y hablando solo mientras me observaba un mendigo desvelado en un banco. Me noté con fiebre, o quizá era el mundo entero menos yo quien estaba con gripe, pero tenía en la mano la prueba de que todo aquello no había sido un delirio: el libraco. Pero como me negué a ser otro de los incautos a quienes conocer a aquellos dos vagos les había cambiado la vida, tiré el mamotreto a una papelera. Me alejaba satisfecho de mí mismo cuando un roce como de guijarros me anunció que el vagabundo estaba hurgando en la papelera.

Al volver sin aliento a la plaza el banco estaba vacío y en la papelera solo había envoltorios de chicle, pieles de plátano y condones usados, como pieles mudadas de serpiente, las carcasas vacías de la miserable vida que me espera.


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