sábado, 7 de julio de 2012

LA JUNGLA DE ASFALTO


                   

Dicen que a veces se gana y a veces se pierde, pero a mí siempre me ha tocado lo mismo. No hace una semana que, después de siete años, he salido de la cárcel y a la cárcel vuelvo, como el paranoico a su paranoia, a agotar lo que me quede de vida, cuando ya me escapaba con las joyas cosidas al forro de mi abrigo y de mi codicia camino de México, ese vergel de quinceañeras en flor donde el cielo siempre promete placeres y la playa nunca anochece. Ya sabía que esas niñas serían mi perdición, pero no al punto de que estos polis me detendrían por retrasarme en el bar de esta gasolinera, embrujado por el baile de esa precoz hechicera a la que yo no dejaba de reanimarle un juke–box más insaciable de monedas que mi lujuria.

Pero no me he presentado: soy Erwin Reidenschneider, alias “el doctor”, un sexagenario de respetable presencia no obstante derrotado por el único vicio que me quedaba y ya nunca volveré a cumplir. En esos siete años había madurado mi obra maestra, un plan genial para atracar aquella joyería. Solo necesitaba dinero para operar, tres profesionales que cobrasen su fijo (un pistolero, el conductor y algún experto en cajas de seguridad) y que por una vez la desgracia perdiera el rastro de mi sombra. Y esto fue lo que falló, el único factor que mi cerebro no puede calcular y que en el strip-póquer de mi vida me ha ganado hasta el cuello de la camisa, la mala suerte.

Imagínense que mientras desvalijábamos la caja estallaron por azar las alarmas del edificio de enfrente y cuando ya nos íbamos, el ánimo relumbrante de zafiros y rubíes, nos cruzamos con aquel vigilante al que atizó el bueno de Dix –el pistolero-, con la jugarreta de que al caer al suelo se le disparó el revólver del destino hiriendo de muerte al revienta cajas. Y logramos huir para tener que enfrentarnos a la traición de Emmerich, el socio capitalista. Pero lo peor era que desde el principio yo sospechaba de él y por eso me alié con Dix, pero me confié porque no quería creer que nadie pudiera tener tan mala suerte como yo. Es lo que les digo, a veces se gana y a veces se pierde, pero yo…

                        

Yo soy Dix, el pistolero, y como un perro me he venido a morir al lugar donde nací, esta granja de Kentucky que expropiaron a mis padres cuando era niño y toda la vida llevo intentando recuperar; para llegar a tiempo he conducido toda la noche dejando una estela de sangre por la autopista, con la única ayuda de la pobre Doll. Le tenía dicho que no se hiciera ilusiones conmigo, pero a ella le pasa como a mí, que agarra una esperanza por la cola y ya no la suelta aunque la arrastre sobre las piedras. Lo que más me gustaba en la vida eran los caballos, y ahora que yazgo desangrado sobre la hierba, me cosquillean la cara los hocicos de tres potros que saben que han perdido a un amigo.

Soy –era– alto, vestía de negro y llevaba sombrero de fieltro, y aunque si los miraba con la suficiente dureza los testigos nunca se atrevían a identificarme, la verdad es que no paraba de entrar y salir de la cárcel. Y sí, hacía mis buenos trabajitos con el revólver, pero luego siempre apostaba a caballo perdedor. ¿Por qué a uno tiene que traicionarlo lo que más quiere? ¿Será porque el amor es un síntoma de estupidez? De acuerdo, puede que yo no fuera muy listo, pero al menos lo sabía, y además tenía mi orgullo y no iba a permitir que ese vividor de Emmerich nos engañara a todos. Él no había expuesto el pellejo, ni siquiera había puesto de verdad el dinero, y ahora quería quedarse con todo. Para eso contaba con aquel listillo que pagó muy caro encañonarme, pero a mí me tocó quedarme con el cambio de la factura, con la mala propina de una bala perdida.

Y aun así el doctor y yo tuvimos que perdonarle la vida al bribón de Emmerich con tal de que al menos negociara con el seguro, y entretanto nos ocultamos en casa de Doll. Tampoco funcionó aquello y tuvimos que separarnos, parece mentira lo amigos que nos hicimos, el doctor tan listo y yo que no veía ni lo que tenía delante incluso antes de ingresar en esta oscuridad… Él se fue a México y a mí se me infectó la herida y Doll y yo rompimos el cerco de la policía y me vine a morir a Kentucky, a que estos potros me soplaran en las orejas sus besos de despedida.

                      

Mi nombre es Mr. Emmerich, les sonará. Soy el abogado más próspero de la ciudad; dispongo de una limusina, dos mansiones, y este apartamento interior con una rubia adentro. Y sin embargo, aprovechando el despiste de ese policía al que he convencido que me deje llamar a mi mujer antes de acompañarlo, voy a pegarme un tiro. Por más que intento escribirle una nota de despedida, no encuentro palabras para explicarle a ella que de toda mi vida lo único auténtico es el pelo de la rubia que las malas lenguas le descubrirán. Ya no merece la pena mentirme ni a mí mismo: mi trabajo y las casas son pura fachada; estoy arruinado. Y ahora quieren colgarme el asesinato de Brannon, aunque fue aquel pistolero el que lo mató. 

Es verdad que escalé hasta la cima de la pirámide de basura que es esta ciudad, pero derrochaba cada vez que respiraba y esos gánsteres no me pagaban lo que me debían. Mi cobrador era Brannon y juntos planeamos engañar al doctor y apoderarnos de las joyas con la excusa de venderlas y de que la policía nunca registraría mi casa. Como no aceptaron, Brannon empuñó el revólver.

Eso es lo que pasó, me vi perdido, me la jugué y he perdido. Habría ganado si me hubiera conformado con la tercera parte, pero el áspero aire de esta ciudad es una lija que te afila la codicia como una navaja de afeitar, el día que lo estrenas la tizne de la atmósfera te mancha el traje blanco de la inocencia, y muerdes cada presa que sorprendes y no la sueltas hasta que un día descubres demasiado tarde que la última era la carnaza de uno de tus propios anzuelos. Y cuando perdemos, a los ganadores no nos queda ninguna excusa para seguir viviendo. 

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