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viernes, 6 de julio de 2012

EL HOMBRE DE LA BARBA BLANCA


Lo nunca visto. Ayer tarde comparaba yo la exuberancia del metafórico estilo de Cheever  con la esterilidad agrietada como por la sequía del de Carver –jivarizándolo, todo escrito se puede ir reduciendo a lo esencial, de acuerdo, pero este proceso puede continuarse al infinito, hasta la nada-, cuando aporrearon la puerta con la perentoriedad de quien siente en el cogote el aliento del sabueso de los Baskerville o como aquellos aldabonazos que al principio de "El siglo de las luces" figuraban la irrupción del progreso en el apolillado ámbito de la tradición.

                    

Por la turbia moneda de la mirilla vi una barba alba frunciéndose de impacientes imprecaciones, pero solo al darle paso reconocí a mi cuñado. Entró jadeando como el mar de la noche de Blas de Otero, con un lienzo enrollado con forma de catalejo, y él mismo clausuró la puerta con llave y cerrojo sin dejar de increparme por haberle dejado entrar sin pedirle que se identificara. En el salón le serví el whisky de la calma, se enjugó con la manga el sudario de sudor que le rezumaba de la frente, y, resollante que seguía, hube de repetirle que la consorte estaba en su dudoso trabajo y su sobrina Alma sesteaba en el dormitorio. Sin soltar el rollo, me soltó otro, que lo habían perseguido por media ciudad los secuaces del mafioso del Ferrari, primero en los coches –al estilo Stece McQueen en "Bullit"-, y que tras dejar el suyo, creyó despistarlos subiendo a tres autobuses y dos taxis a los que hizo atravesar sendos garajes con puerta trasera.

                    

Empecé a darle más crédito que nuestro banco cuando reconoció que, como aún no había visto el color del dinero del mafioso y ya lo había asesorado en un montón de adquisiciones a marchantes de arte igualmente renuentes a abonarle comisión alguna, por la mañana había desertado de la banda no sin cobrarse en especie con un Tintoretto como botín, nada menos que el "Hombre de la barba blanca", y entonces esgrimió el rollo y, jactándose de su audacia al estilo de John Long Silver, prorrumpió en una zafia carcajada y me miró a través del catalejo de su presunta perspicacia. Que no tardaron en desmentir los timbrazos a la puerta –ecos de los suyos-, urgentes y sostenidos como fanfarrias de Miklos Rosza a la salida de los leones al circo romano, seguidos de verdaderos martillazos al noble roble que despertaron  a Alma.

                                             

Con un susurro desgarrado me arrebató el teléfono en el que marcaba el número de la policía: podrían acusarlo de apropiación indebida. Se pusieron a forcejear la cerradura y él corrió a ocultarse debajo de la cama. Tal vez los desconcertaron los aullidos de Alma, renovados al ver al impresentable irrumpiendo en el cuarto, o prefirieron alejarse de semejante fiera, pero lo cierto en que los matones se alejaron refunfuñando por la escalera. Salió el cuñado con la barba enmarañada de pelusas, como aquella otra de mariposas de Walt Withman según García Lorca.

Mientras mecía a Alma lo intimé a irse a casa, no fueran aquellos esbirros a tomar a mi hermana como rehén, y cuando la niña volvió a dormirse y con la coartada del susto él hubo trasegado la cuarta copa de mi whisky, le tiré del brazo arengándolo a defender su hogar como hacen los pioneros de "Centauros del desierto" mientras los apaches se coordinan imitando a los petirrojos, y casi a rastras lo llevé al vestíbulo. En la página de mi imaginaria agenda cultural tenía previsto revisar "Fort Apache" y desde luego que no iba a ser aquel liante quien me lo impidiera.

Al sonarle el teléfono en el bolsillo, del salto que dio pareció explotarle la bomba nuclear de "El beso mortal", la película de Aldricht. En efecto, era mi hermana Laura, y tenía en la cocina a aquellos sicarios devorando el jabugo de mi cuñado, que fue lo que de veras lo enfureció. Por suerte no la estaban torturando, sino que ya había pactado con ellos que si su marido devolvía el Tintoretto, nadie sufriría daño, no denunciarían el robo y su jefe hasta le ingresaría en mi sucursal sus emolumentos por la asesoría artística. 

Pese a que tuvo que asentir a condiciones tan ventajosas, observé que el maquillaje de la desilusión asemejaba a mi cuñado a un payaso triste. Colgó y me dijo que tendría que dejarles el cuadro en una consigna de la estación de tren y remitirle la llave al mafioso, que con tales instrucciones se descubrió como otro aficionado al género negro. Me pregunté si seguía habiendo consigna en las estaciones y me puse a recordar –para un hipotético post- películas en que figurase alguna; los de la bofia suelen apostarse allí a la espera de que alguien se acerque a recuperar su botín. 

Entonces, al cuñado se le encendieron esos ojos que lucen del color de la orina, corrió farfullando al dormitorio, donde ahora hablaba de esconder el lienzo, y por suerte volvió con éste y sin haber despertado a mi hija. Al fin lo perdí de vista. 

Pero mientras programaba el DVD medité en lo que me había dicho mientras esperaba el ascensor: que iba a devolver una falsificación que se había agenciado por su cuenta y me había dejado el auténtico en el armario, sobre el cajón de los calzoncillos.
Comprendí que como Narciso, el hombre de la barba blanca que es mi cuñado se había enamorado de “El Hombre de la Barba blanca”.  

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