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lunes, 23 de julio de 2012

CULTURA Y BELLEZA



Que el futuro de la familia finca en el salón de belleza de mi cuñada lo confirma el reciente encuentro con mi hermano. Provisto de un maletín de piel de cocodrilo, paradójico en puño tan libertario como el suyo, Ramón vino a ingresar los veinte mil euros que, para escándalo del asesor, la sociedad ha declarado de beneficios.

Ha resultado muy lucrativa la idea, por ejemplo, de incorporar la audición de Philip Glass durante los tratamientos de manicura y depilación, como si la reiteración infinita de acordes apurase de raíz la menor excrecencia corporal; así como la lectura a través de micrófonos de thrillers escandinavos parece contribuir a una mayor tolerancia de la sauna, y gracias a la prosa ecuatorial de Conrad las clientes resisten casi dos minutos en el interior de cámaras frigoríficas anti envejecimiento.

Solo son muestras de las actividades que ha maquinado mi cuñada para demostrar que la cultura de la belleza está en consonancia con la belleza de la cultura. Al parecer, también son un éxito los masajes de espalda estimulados por ciertos pasajes de "El amante de Lady Chaterley", de D.H. Lawrence. 

Y por si fuera poco, un relato de Ramón que tarde o temprano tendré que leer, ha sido agraciado con el primer premio de un certamen convocado por el consistorio de no sé qué municipio valenciano. Tres mil euros del ala, que ignoro de qué doble compuerta de las arcas municipales habrá salido, tal y como andan por allí, donde ya hasta las paellas han enviudado. Eso si no se cumplen mis negras esperanzas de que la opulenta CAM devuelva el talón que mi hermano agitó ante mis fauces como un gallardete triunfal.

Porque confieso que ante semejante asedio se rindió la ciudadela de mi orgullo y dejé que fueran saqueados los últimos tesoros de mi autoridad. Incluso en el paro, mi hermano acababa de suplantarme como patriarca de la familia; hasta se ha dejado crecer la barba. Para mantener el cetro de la primogenitura no me había valido recibirlo por primera vez en el sancta sanctórum de las finanzas del barrio, mi flamante oficina de director, que esperaba me invistiera de todo cuanto inconscientemente me había privado la creatividad de mi hermano, puesto que, nada más sentarse, la ventana estalló en una granizada de añicos. Más que invasor, el vándalo sería algún expulsado de sus umbrales por impago de la hipoteca.

Y para colmo, cuando fuimos a desayunar, el aparcacoches me miró como si yo fuera Monty Clift en "De aquí a la eternidad" y siguiera negándome a boxear, y un camarero me arrojó el cambio como si fueran las treinta monedas de Judas. Socialmente, hoy por hoy los directores de banco estamos situados varios escalones por debajo del proxeneta.

                   

Así las cosas, lo mejor que podríamos hacer el cuñado y yo sería dedicarnos a pintar, en el salón de belleza, las uñas de los pies de matronas que podrían pasar por bisabuelas de Lolita –tampoco nosotros somos James Mason- mientras él diserte sobre los maestros antiguos que hayan empleado la misma pigmentación del carmín, ante la diapositiva correspondiente.

       

Sin mala voluntad –que es lo peor del caso- Ramón me ha vampirizado; me siento tan espiritualmente empalado como el infeliz Hans Rott (se supone que ya habéis pinchado el audio: ¿a que suena a Mahler?). Aquel músico genial que se volvió loco desde que Brahms calificó su primera sinfonía como  galimatías catastrófico y empezó a sufrir un complejo persecutorio por parte de éste. Al extremo de que su paranoia lo llevó a detener un tren tirando de la clásica alarma de las películas antiguas con la excusa de que Brahms había escondido una carga explosiva en alguna parte. Como pese a sus barbas de anarquista costaba creer que Johannes el Enamorado Platónico hubiera hecho algo así, a Rott el episodio le valió el manicomio, donde murió al poco. La locura y la muerte son privilegio de los poetas genuinos, afirmo por desgracia razonablemente.

Pero más que a Brahms, a quien Rott debería haberle temido era a su amigo Gustav, que después de su muerte, como un usurpador –o continuador- de su espíritu, se hizo con su estilo subrogándose de su destino como si fuera una hipoteca, en una suerte de metempsicosis artística. Mahler fue exactamente lo que Rott hubiera sido. La pregunta es qué habría sido de Gustav si Hans no hubiera muerto. 

¿Será Ramón el escritor que yo siempre quise ser? Mi único consuelo es ponerme a revisar el post de King Kong -el más visitado: ¡cinco visitas!- y sublimar mi frustración en la melancólica brutalidad del monstruo cuando devasta Nueva York a base de papirotazos, considerándolo como una metáfora de la crisis del 29. ¿Tendremos también ahora nuestra bestia negra?     

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