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viernes, 27 de julio de 2012

SOY BONNIE, DE BONNIE AND CLYDE


     

¿Se acuerdan de mí? Gracias a Clyde me hice tan famosa como yo lo hice a él. No sé en qué película estarán ustedes, pero yo sigo aquí, en el interior de este Ford cuatro cilindros que se quedó hecho un queso Gruyère después de que, para espanto de los pájaros, nos acribillaran esos polis. Me han dejado el corazón hecho un colador. Nunca debimos fiarnos de ese maldito gordo. Son gorriones y colibríes los que han salido disparados de los plátanos; aún están aleteando y piando, y ni siquiera los cristales del auto han dejado de granizar: por aquí el tiempo se estira tanto que una puede recordar y recordar.

Nunca olvidaré lo que me aburría antes de conocer a Clyde; me hace gracia, con la montaña de arena que aún tiene que desgranarse por el cuello del tiempo, pero la diferencia es que ahora lo tengo a él a mi lado. Sí, aunque no se lo crean, un verano en Texas puede ser más largo que la eternidad. Lo que les decía, a los veinte estaba desalentada por la rutina. En cada bandeja que servía, con las hamburguesas y los perritos calientes, soportaba una porción de la vulgaridad de aquellos camioneros que venían a la cafetería. Estaba sitiada por el hastío y no sabía qué hacer de mi vida. Así que cuando lo conocí, me dejé invitar a una coca cola y me fugué con él. Estaba ciega de tedio y él me deslumbró. Imaginen que lo sorprendí intentando robar el auto de mi vieja.

Para qué engañarnos, hasta entonces yo era una rubia desaprovechada con ansias de mundo y él un raterillo de manos rápidas, y tras el crack del 29 vivíamos en un mundo corrupto que se descomponía como un cadáver; pero de nuestra unión resultó algo mucho más grande que la mera suma de nuestras individualidades. Por separado nunca habríamos llegado a nada. Para colmo, Clyde era impotente.

Pero en seguida nos pusimos manos a la obra: nuestros primeros golpes cayeron sobre supermercados, almacenes y gasolineras. Cada dos días cambiábamos de coche. Luego la emprendimos con los bancos. Me encanta recordar la excitación de los preliminares, el fulgor de su pistola bajo el cinturón, el vértigo del momento –y eso que yo solo tenía que esperar-, el éxtasis del final, el cigarrillo posterior… Lo que intentaba decirles es que nuestra forma de hacer el amor era atracando bancos.

A él le gustaba empuñar revólveres de cañón largo, ya que no podía otra cosa. No crean que al principio no fue duro. Yo era joven y él me atraía como la luna a la marea, como un banco a Bonnie and Clyde. A mí me habría resultado fácil enlazar a cualquier atleta del amor, o con el tiempo hasta a algún millonario, pero es que él era único.

No lo hacíamos para enriquecernos. Era nuestra forma de vida en unos tiempos muy duros. Pasábamos por ciudades sumidas en las sombras precoces, tan desoladas que nunca saldrían del ocaso, como al final de la vida de sus habitantes. Había almacenes que atracábamos en plena liquidación, con telarañas en las cajas fuertes. Era una época en la que no había trabajo; en lontananza no se veía ningún futuro, de cerca ni la fisura de una oportunidad en el paredón del fracaso. ¿Saben de qué les hablo?

El hambre campeaba por las calles como un león hambriento. Las hienas de Wall Street les quitaban a los niños el bocado de la boca. Cada vez que un millonario lloraba porque su caballo preferido no comía, muchos bebés morían desnutridos; mientras a una borracha se le caía la copa de champán, otra mujer no encontraba un pozo donde abastecer a los suyos. Los bancos expropiaban casas cuyas ventanas ya nunca se abrían, y privaban a los granjeros de la tierra que los había parido, y ellos liaban el petate y y subían a unas carracas que los llevaran siguiendo el camino del sol. Un ejército inerme de mendigos tomaba parques y estaciones. El monstruo de la recesión había salido por el pórtico griego de la Bolsa.

Nunca me preocupó averiar o robar los relojes de los banqueros: si les apetece, ellos pueden marcar las horas o extraer el tiempo que quieran de sus minas inagotables; les sobra como a mí cuando me aburría en Kansas. Reservaba mi lástima para sus sabuesos. Aunque no queríamos hacerle daño a nadie, a algunos tuvimos que matarlos. Hay centinelas que para hacerse la ilusión de que lo que guardan también es suyo, se portan como perros rabiosos. Sí, claro que tuvimos malos momentos; nos tendían emboscadas, y en las persecuciones devorábamos ensaladas de tiros; a veces nos herían y no podíamos acudir a los médicos. Pero éramos felices como niños en un parque de atracciones. 

Lo peor era cuando nos sobraba el dinero y alquilábamos algún bungalow para descansar. A los dos días plantada en el mismo terrón quería trasplantarme. No podía parar. En la vida yo no quería ir a ninguna parte, sino estar en camino. ¿Quieren que se lo repita?: éramos felices. Engullíamos los estados a través de cambiantes climas y paisajes, del norte al sur, el mar o el desierto desplegándose en el parabrisas como un lienzo, cruzando un río de ranchos y ciudades a través de un puente de bancos, y dejando un rastro de admiración, sin parar por aquella carretera infinita que parecía una cinta mecánica que nos llevaba hacia el día o la noche. Soñábamos con un mundo en que pudiéramos hacer justo lo que estábamos haciendo. 

Qué divertido era leer sobre nosotros en la prensa, que nos atribuyeran un robo en Kentucky mientras íbamos por Oregon. Y la gente normal nos quería; sabía que solo estábamos quitándole una mazorca a quienes les habían arrebatado a ellos mismos el maíz para guardarlo en un granero hasta que los precios subieran. De buena gana muchos se nos habrían unido. 

El problema era que mi madre se estaba haciendo vieja y yo quería volver a verla. Y que seguíamos sin ir a ninguna parte, pero ahora era porque no dejaban de perseguirnos. Cada vez los teníamos más cerca; nos venían husmeando los sudores en el humo de cada tubo de escape. Eran ellos, los sabuesos de los banqueros. Nunca entendí a esos perros, para qué tanto ahínco por un puñado de huesos y alguna caricia del amo. O un collar nuevo, una condecoración.

Les juro que pensábamos dejarlo en cuanto cambiasen los tiempos, pero aquella crisis se propagaba como la tuberculosis. En los campos hormigueaban los mendigos. Lo digo de verdad, aunque sabíamos que era una ilusión, al final nos habría gustado formar un hogar normal. Tal vez habríamos entrado en un banco a pedir una hipoteca. Lo que pasa es que a esos lugares les tengo tal alergia que en ese caso me habrían saltado las alarmas del cuerpo. Clyde era todo mi hogar. Aunque no tengo estudios, siempre me gustó escribir, y aun así nunca fui capaz de expresar lo que sentía por él. Solo puedo agradecer que cayéramos al mismo tiempo. Ya nunca nadie nos separará. 

La única diferencia es que con el baile de las balas y tanto salto que nos hicieron dar las metralletas, cambiamos los puestos y ahora Clyde está de copiloto, en el asiento de la muerte. Y sigue tan calladito como acaso él creerá que yo, los dos sordos porque hasta las palabras se nos escurren por tanto agujero.                   

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