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miércoles, 17 de julio de 2013

EL DRAMATURGO MÁS AMADO POR EL CINE


                 

A la hora malva el adolescente aún la esperaba en la plaza, apartándose de la puerta del drugstore para dejar salir a los clientes que había visto entrar. Tímido incurable, el rubor le teñía la cara de pétalos de rosa cuando aquéllos se le quedaban mirando. Al menor descuido se le desmaquillaba la pose de sensual escepticismo, el precoz cinismo que adoptaba se desarmaba, y bajo el pelo de caracoles le quedaban indefensos los ojos vidriosos y rasgados, los pómulos sensibles, la sombra del bigote sobre los labios llenos.

Cuando comprendió que Haze no vendría intentó enfadarse. ¿Para eso había escapado de las voces pegajosas de su madre, de la vigilancia del padre, de los susurros esquizofrénicos de la hermana? Y por otro lado, ¿qué novio iba a buscarse Haze que se conformara con dos besos al año, el día de Navidad y en su cumpleaños?

Miró por última vez la plaza, el aire violeta grávido del perfume del jazmín y de las glicinas, de la tempestad de los magnolios sobre el muro del juzgado, del húmedo calor pautado por las notas de algún ave y los chasquidos de las mecedoras en los porches del ocaso. De repente se alegró de haber esperado un poco más: el paso como en sueños de un joven rubio de traje de alpaca idéntico al suyo fue dejando por la plaza una estela de felicidad. Muchos latidos de su pulso después, más allá de la estatua dedicada al Soldado Confederado, el desconocido se fundió con la sombra de terciopelo, a él le dolió el deseo imposible de abordarlo y advirtió que con aquel tictac tan frenético había vuelto a adelantársele el reloj del corazón. Y no solo por tenerlo averiado, sino por haber querido hacerse amigo del rubio sin conocerlo de nada.

Aunque el cardiólogo se lo hubiera prohibido, se dirigió a comprarle whisky al contrabandista que conocía en el barrio francés. Y eso que sabía que beber no le aliviaba aquel miedo cerval que tenía de conocerse a sí mismo, ni resolvería los contradictorios estímulos que le desenfocaban el que, según le habían enseñado, debía ser el objeto de su deseo. Sentía que la luz que le enfocaba éste era la del sol cuando le habían prescrito que debía ser la de la luna, que le atraían los paisajes llanos y áridos en vez de las húmedas colinas de suaves declives.

Por ahora la escritura era su único refugio, su defensa contra la lentitud de las sombras del verano, y sobre todo contra aquel desajuste o defecto de forma que dejándose llevar por los criterios aceptados él mismo se achacaba. En cada cuento o diálogo teatral podía proyectar sus malos presagios, la barrera de cristal que como en la sala de visitas de una cárcel le helaba los dedos cada vez que tocaba la piel de alguna mujer imaginaria, los caballos desbocados que lo estremecían de fantasías si le ponía a aquélla una cabeza de hombre.

Y a eso se dedicaba en la penumbra perfumada de la calleja, al pie de la ventana con celosía de hierro colado, a imaginar factibles argumentos con personajes lastrados por sus mismos complejos. La brisa trajo los ecos de una orquesta de jazz. A cada trago, su tristeza y su imaginación crecían con el vacío que el whisky iba dejando en la botella.

Y así pensó en la extraña pulsión que el hijo de un magnate sentía hacia un compañero del equipo de rugby que había acabado por suicidarse. Su joven esposa se había sentido celosa de él y revolviéndose como una gata salvaje intentaba salvar su matrimonio.

También se le ocurrió la historia de una aristócrata venida a menos, inquilina habitual del desastre y de las fantasías compensatorias desde que había descubierto la homosexualidad de su marido. Ella se instalaba en Nueva Orleans con su hermana, casada con un macho tosco y enérgico que al final averiguaría que su refinada cuñada era alcohólica y la habían expulsado de su puesto de profesora por haber seducido a un alumno.

Además, se le ocurrió otro argumento que desarrollaría con el tiempo: un ex sacerdote alucinado por el alcohol y la Biblia que como guía turístico llevaba a un grupo de mujeres a un hotel de la costa de México y se debatía entre el amor de una adolescente, el de la madura hotelera y el de una cliente sin fondos que le hacía de lazarillo a su moribundo abuelo.

Personajes todos al límite de sí mismos, agarrados a los barrotes de sus represiones, que se quemaban en el tejado de zinc de su sexualidad y sus ambiciones, que huían de sí mismos disfrazándose con las personalidades que les habría gustado tener, y a quienes como una iguana amarrada, por mucho que tirasen de la cuerda de sus posibilidades, ya no les daba más de sí.

Al apurar el último trago, la botella en alto sobre la cabeza hacia atrás, en un rapto de estupefacta alegría, sobre un escorzo de estrellas errantes el joven vio su nombre deletreado por los neones de Broadway: Tennessee Williams.         

                                                                                                            

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