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martes, 2 de julio de 2013

TRUMAN CAPOTE: DESAYUNO EN TIFFANY'S


                            

Érase una vez una chica que no sabía quién era porque tenía miedo de enterarse; nunca había tenido un hogar aunque todos los hombres querían adoptarla, y por eso no paraba de dar tumbos de aquí para allá, a la busca de algún lugar al que pertenecer, con la tristeza aguardándole en cada esquina como un pretendiente atractivo pero que hace sufrir, con un ramo de rosas mustias y el traje arrugado.

Tenía el pelo y los ojos de todos los colores imaginables, como lagos que al atardecer reflejaran arcoíris velados por la lluvia, las pupilas dilatadas por sus fantasías bajo los estambres de las pestañas, y cuando la sorpresa o la sonrisa se los abrían de par en par conquistaban buena parte de la carita, de nariz respingona y labios carnosos.

Vivía en Nueva York, por ahora en la Setenta Oeste, y sus ingresos procedían de los billetes de cincuenta que en las salas de fiesta cada noche sus acompañantes le tendían para que le diera una propina a la asistente del tocador, o para el taxi de vuelta –los caballeros nunca reclaman el cambio-. Tenía un gato al que intentaba no querer demasiado. Para engañar la nostalgia de nada que a veces la acosaba como esos donjuanes que nunca se dan por vencidos,  acompañaba con la guitarra canciones que hablaban de casas deshabitadas, de viajes a ciudades cuyos nombres se inscribían en las carcasas de las radios antiguas, de despedidas recordadas en lluviosas estaciones fuera de servicio.

Mientras que las vecinas la detestaban, a despecho de sus esquizofrénicos horarios los vecinos se hacían los encontradizos con ella. También fascinaba al de arriba, un diminuto escritor de pelo de paja y ojos saltones inscritos en una cara de adolescente que parecía retar al mundo con el filo de su pluma. Compensaba los sucesivos rechazos de sus cuentos, que siempre trataban de negros, perdedores, homosexuales o locos, con la magia y la ilusión de vida que, recién terminados, parecía trascender de ellos, hasta que al poco sobrevenía la necesidad de reescribirlos.

En una bata encarnada, a la luz lila del flexo y en el silencio redondo de la madrugada, el escritor se encorva sobre la máquina de escribir, bajo los contradictorios efectos de las cápsulas rojizas y del bourbon. Lo envejece el cansancio, el efecto de tantas aventuras imaginarias, todo el tiempo que lleva lejos de sí, pero también más hacia su interior que nunca, como si el viaje que le hace sentir añoranza de sí mismo fuera a algún lugar propio y sin embargo desconocido, al mismo centro de su ser.

Osciló una silueta en la ventana que daba al patio por donde algunas tardes oía cantar a la vecina, el susto lo devolvió a la realidad, y cuando comprobó que en vez de ladrones se trataba de ella misma, se apresuró a darle paso. Ella se presentó como Holly Golightly, y él, que hasta entonces solo la había visto en sus fantasías o de madrugada, al abrirle el portal cada vez que ella olvidaba la llave, dejó de creer que estaba soñando para saber que escapándose por la ventana de su lavabo ella había subido por la escalera de incendios para evitar a un enojoso invitado al que de un momento a otro demolería el whisky.

Se pusieron a conversar como si se conocieran de siempre. Él le habló de sus fracasos e incluso le leyó uno de sus cuentos, que ella escuchó mordisqueando una manzana. También se sirvió un whisky, quizá para pasar mejor aquella ensalada de palabras. En efecto, no pareció gustarle mucho, y para cambiar de tema le habló de su imprevisible vida. Aunque él advirtió que mucho de lo que contaba no era cierto, aprendió a conocerla cribando la verdad de sus mentiras. En sus cuentos pasaba algo parecido; los artificios y las ficciones hacían aflorar verdades que en la llamada realidad pasaban desapercibidas.

Sí era cierto aquello que dijo Holly sobre que aspiraba a encontrar un lugar tan cálido, seguro y resplandeciente como Tiffany’s, la fastuosa joyería, y que entretanto completaba sus ingresos de tocador visitando cada jueves al gángster Sally Tomatoe, que cumplía condena en Sing Sing, con lo que aunque ella no parecía tener conciencia de ello, parecía hacerle de enlace con sus subordinados del exterior mediante mensajes en clave que Holly luego repetía al abogado de la banda.

Antes del alba, desde el fondo del pecho el escritor gime de dolor y gozo al releer lo escrito, pero en la cabeza desproporcionadamente grande no se le mueve un músculo, nada que le borre el maquillaje de desdén o ausencia, como si fuera una máscara de sí mismo o un busto de arcilla lo que ocupase su puesto en la silla mientras que él se divierte en dudosos locales, la nada encalándole las mejillas de indiferencia, quizá solo notando el escalofrío de quien sabe que de cuanto escribe a él nunca le pasará nada que no sea la derrota y la resignación de sus personajes. Ahora casi sonríe al pensar que si algún día el cine llega a comprarle lo que está escribiendo, le impondría cualquier figurín como protagonista o un inconcebible final feliz. Como si la vida de nadie pudiera acabar bien.

Holly también le habló de la expectación de los familiares de los presos antes de entrar en Sing Sing, de la alegría que bailaba en la luz de la sala de visitas, y de la apatía y las miradas perdidas que partían de la cubierta del ferry de vuelta. Cuando él le advirtió contra los chanchullos de Sally Tomatoe, ella viró de tema, como siempre que algo le molestaba, y le habló de su familia. Entre muchos embustes sí parecía cierto que echaba de menos a su hermano Fred, que gracias a la mantequilla de cacahuete había crecido como un gigante, y al que justo entonces, en lo más duro de lo guerra, acababan de llamar a filas.

El autor bosteza, toma otra pastilla con un trago de bourbon y describe cómo hablando de Fred a Holly se le quebró la voz, simuló que las lágrimas que le empañaban los ojos eran de rabia por lo fisgón que era aquel otro personaje, el escritor bajito que la había acogido en su apartamento, y se fue por donde había venido. Reanimado, el autor original toma otro trago y apunta en un papel los rasgos del carácter de Holly, su más contradictorio –y vivo- personaje: ella tenía que resultar ingenua y perversa, indefensa y peligrosa, exquisita y vulgar, sincera y embustera. Como la literatura. Holly Golightly, un reto digno de él, Truman Capote, el escritor al que su mismo talento le obligaba a no dejar de infligirse el látigo del trabajo.                                         
                                      
                                                    

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