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domingo, 14 de julio de 2013

ÉL


                  

Él soy yo: Don Francisco Galván de Montemayor, un sensato y ecuánime caballero cristiano de ilimitado crédito –pecuniario y de confianza- y apostura y elegancia estatuarias, dignas de un galán del cine, cuya palabra es de oro entre gerifaltes y sacerdotes. Justo en la catedral estaba aquel Jueves Santo cuando noté en la nuca el escalofrío de un fantasma, me volví y lo primero que de ella me llamó la atención fueron unos incitantes zapatos de tacón y ante negro que dejaban ver un empeine tan bello y delicado bajo el calado de la media que tardé en deslizar la mirada pantorrilla arriba hasta el resto de su persona. Bella y sumisa, tierna y tenue, parecía una aparición, la encarnación de alguna de las Vírgenes de las capillas. Entonces supe que había nacido para amarla, que el fantasma que había percibido era el de mi deseo, que era su cara la de la silueta femenina que desde la infancia había levitado por mis sueños y mis insomnios, por mis plegarias y delirios.

Solo por pudor no aceptó de mi mano el agua bendita, y a la salida la perdí porque el cura me interceptó para presentarme a unos colegas. A partir de aquel día no dejé de acudir mañana y tarde a la catedral; sabía que ella volvería. ¿Cómo iba a resistirse al imán de mi deseo? Estoy acostumbrado a que se cumpla mi voluntad y por eso no tolero del destino fraudes del calibre de mis constantes fracasos en el pleito que he entablado para recuperar mis posesiones de Guanajauto. Solo una conjura de mis enemigos a nivel continental ha podido condicionar las sentencias de los tribunales o comprar a mis sucesivos letrados.

Pero en este caso mis anhelos se realizaron y cierto mediodía la vi esperándome –lo supiera o no- en un banco de la nave. Se ruborizó al verme y aunque me permitió expresarle mi devoción, unos escrúpulos que no hicieron sino exacerbar mi deseo la obligaron a huir en un taxi. Lo que no se esperaba fue que yo la siguiera en otro. Bajó en la puerta de un restaurante, y a través del ventanal observé que en una mesa la esperaba un conocido mío, Raúl Conde, el ingeniero hidráulico.

Para sonsacarle sobre ella, lo visité en su estudio al día siguiente, con la excusa de que me recomendara un perito para tasar mis propiedades. Cuando me confesó que estaba prometido, un puñal me ensartó el corazón, pero incluso herido de muerte improvisé el plan de invitarlo, junto con la novia, a una cena que entonces se me ocurrió ofrecer a los allegados.

Mientras los esperaba, las ondulaciones que desparejan los testeros de mi palacio reproducían mi delirante impaciencia. Llegaron los últimos. Cuando Raúl me presentó a ella -¡se llamaba Gloria!-, se quedó pálida de horror y fascinación, con la parálisis del gorrión ante la serpiente, como si se le hubiera aparecido el demonio. Y de hecho en un aparte la tenté y cortejé, y ya cierto de que se había contagiado del mismo virus de mi amor, le confesé que todo lo había dispuesto por ella y la besé en el jardín. Lo sabía: Gloria estaba condenada a amarme porque yo la amaba.

Como a la mañana siguiente Raúl partió hacia la presa que estaba construyendo, aproveché para visitar a Gloria, me declaré y a las dos semanas, antes del regreso de aquel pazguato, nos casamos. Nuestra unión estaba escrita en la órbita de las estrellas; en la expansión del caos primigenio ya se trasparecían las escenas de nuestro idilio.

Pasamos la noche de bodas en un vagón litera, camino de Guanajuato, mi bella cuna. Me sentía en el paraíso, con libre acceso a su belleza; pero mi inteligencia, rauda y sinuosa, en un perpetuo zigzag que me permite asociar los conceptos en apariencia más contradictorios, no dejó que su hermosura me cegara e indagué en los pecados que con frecuencia ésta conlleva. Sin embargo, Gloria se negó a hablar de los fantasmas de sus amores pasados, de las posibles huellas que en su piel hubieran dejado las caricias y los labios de aquellos degenerados. Y su reticencia me ofuscó, aquella actitud equívoca fomentó mis dudas sobre ella.

De madrugada nos reconciliamos. Y en efecto, por la mañana, mientras ella se acicalaba, por más que escudriñé no hallé en las sábanas ninguna prueba de su virginidad. En vez del lienzo la mancha roja le mancillaba la honra.

En nuestro primer paseo por el barrio alto se nos unió un zafio lechuguino que conocía a Gloria y solo mi glacial recepción logró que se despidiera. Ella me confesó que lo había visto un par de veces tras haberlo conocido en un vuelo. Supe lo que podía esperar de una mujer que trababa relaciones con tal facilidad y a cada saludo repartía esperanzas e invitaciones a que la abordaran… en un avión o en tierra firme. Ahora también me preocupaban los fantasmas de sus amores futuros.

Camino del hotel volví a detectar al pisaverde y para evitarlo arrastré a Gloria a un callejón. Y en el restaurante, cuando ya volvía a encandilarme la modestia y la humilde sumisión de una Gloria que ahora me parecía ávida de mi criterio y hasta de mi dominio, de repente noté el aire infectado de miasmas y vi al gomoso ingresar en el vestíbulo. Entonces, un brusco zigzag de mi ánimo… perdón, quiero decir, el vaivén de las circunstancias, volvió a mostrarme a Gloria como una traidora que con sonrisas y promesas alentaba las esperanzas de terceros.

Aunque el rayo de mis ojos impidió al donjuán sentarse a nuestra mesa, las miraditas y risas que emitió desde la suya me obligaron a salir con mi mujer del restaurante y a ordenar que nos subieran el almuerzo a la habitación. Y he aquí que al dirigirme a pedir el café descubrí que el susodicho ocupaba la habitación contigua; a través de la puerta abierta lo vi encenderse un cigarro, y que pare de una vez esta jaqueca que me está taladrando el cerebro... Por mucho que una décima parte de mí mismo adujera a las otras nueve que aquél era el único hotel decente del pueblo y que era normal que alguien almorzara en el mismo lugar donde se alojara, fui a insultarlo y hasta le propiné una bofetada. Tuvo la osadía de responderme con una brutalidad que me arrojó al suelo. Acudieron el gerente y el detective del hotel, y cuando oyeron de los mismos labios de él, que soy yo, Don Francisco Galván de Montemayor, que aquel rufián había estado espiando nuestra intimidad, lo expulsaron de allí.

Pero la verdadera culpable del episodio se quedó; estaba mucho más cerca de lo que creía, instalada en mi interior, enraizada en mi cerebro con la fuerza de una neurosis hereditaria. Salvo que no me refiero a ninguna locura, sino a Gloria.

 Pagará por esto: jamás la perdonaré.                             

                                                                                                                  

2 comentarios:

  1. Inquietante texto para glosar, magníficamente, una no menos inquietante propuesta del gran director aragonés. Éste sí que es cine de terror, y no lo que se despacha habitualmente como tal... Un abrazo y hasta pronto.

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  2. Gracias, Manuel. Así es, Buñuel nos perfila con mano maestra la exacerbación de una neurosis obsesiva en la que el complejo persecutorio, la megalomanía y unos celos patológicos conforman una personalidad insoportable. Un abrazo.

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