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viernes, 5 de julio de 2013

JULES ET JIM





                   

Jim fue el mejor amigo que pude haber hecho recién llegado de Viena a París. Igual que yo, joven escritor y de carácter espontáneo, aunque en su caso más carismático, tuvo la generosidad de presentarme al círculo de artistas y bohemios de Montparnasse, gente interesante, aunque nadie como él. En un paradójico baile de disfraces –fue cuando lo conocí de verdad- empezó a fluir entre nosotros tal compañerismo y confianza que empezamos a quedar todos los días que las mujeres lo dejaban tranquilo. Intercambiábamos ideas, disfrutábamos hasta de nuestras discrepancias y mutuamente nos enseñamos las literaturas de Francia y Alemania.

Fuimos de excursión a un pueblecito a orillas del Adriático y de vuelta a París conocimos a una joven idéntica a la escultura antigua que habíamos ido a ver a aquella aldea, de carnosa sonrisa con un deje de desdén y ojos como sendos soles en eclipse. Cuando me la presentaron sucumbí a la sensación de que aquella estatua se había animado, quizá al soplo de mi amor por ella. Empecé a salir con la joven, Catherine. Visceral y transparente, era una fuerza de la naturaleza que pretendía arrasar con las costumbres y reinventar las relaciones humanas.

Como no quería descuidar a Jim, lo invité a cenar con nosotros. Tanto le había hablado a ella  de él que casi lo conocía, y para demostrarle lo libre y enemiga de las convenciones que era, se pintó un mostacho y salió disfrazada de hombre, y como tal la tomaron todos con quienes nos encontramos.

Los tres nos fuimos de vacaciones a una playa normanda donde alquilamos una casita recién encalada que de lejos parecía sonreírnos con las ventanas ojivales y el tejado en punta. Allí fuimos felices. Caminando por el bosque de nuestros ensueños y bajo la gloria del sol entre los álamos, con el viento a favor de las bicicletas o nadando en playas turquesa donde salpicaba la espuma de los días, Catherine me parecía lo que la primera vez, una figura mítica rescatada de alguna caverna, una diosa ancestral nacida del alba del mar. Me declaré y prácticamente aceptó. Nos complementábamos: a ella la habían amado tantos hombres como mujeres yo no había conocido.

Pero con la sorpresa de una bengala sin control, en el catorce estalló la guerra. Catherine y yo ya nos habíamos casado. Durante los tres años que me arrastré por las trincheras belgas mi más atroz miedo fue dispararle a una sombra que tuviese la cara de Jim, como es lógico reclutado por el ejército francés. Entre un ataque y otro le escribía a Catherine arrebatadas cartas de amor (nuestra relación ganaba con el alejamiento) y casi no le preguntaba por la marcha del embarazo; hasta tal punto la había aislado, inmóvil como la estatua que siempre me había parecido, contra un fondo de álamos que ni el tiempo ni el viento alteraban.

Perdimos la guerra y al menos me alegré por Jim. Desmovilizado, tuve la suerte de que me encomendaran una monografía sobre las libélulas. Así que Catherine, Sabine, que ya tenía dos años, y yo nos instalamos en el campo. Ella se ocupaba de las fotografías y las inscripciones; era lo único en que ahora nos conjuntábamos. A veces se acostaba con otros; no es que me engañara: no se escondía.

Mientras me temía que de un momento a otro se iría de casa, coincidió que por fin Jim pudo venir a visitarnos. Aunque no había cambiado mucho, se le notaba más robusto, la cara curtida de los sufrimientos recientes y los ojos nublados por todo lo que había visto. A la semana de estancia, Jim ha abandonado el hostal donde por decoro pernoctaba y se ha instalado en un cuarto que ahora comparte con Catherine. Entre ellos ha florecido uno de esos amores que tarda en madurar: han descubierto que han nacido el uno para el otro. Para mí se trata del arreglo ideal, porque así Catherine no se irá, podré seguir viéndola a diario y después de mucho tiempo convivo con mi mejor amigo. Además, Sabine tiene un segundo padre.

Ahora mi única preocupación estriba en que Catherine y Jim no se inflijan el mismo daño que a mí me ha deparado el amor.

                   

Conocí a Jules recién llegado de Viena; y como me cayó bien y parecía tímido, le presenté a mis amigos de los bares, pintores y poetas, y también a mujeres, de las que no parecía sobrado. Sin embargo, fue camino de cierto baile de disfraces cuando descubrí lo agradable que resultaba acompañarlo, el buen humor que tenía y lo tierno y simpático que era. Pero no consumó con la bella viuda, ni con la escritora, ni siquiera con la juerguista, así que recurrió a las profesionales, que no fueron de su gusto. Quizá el problema era que yo lo acompañaba con todas ellas y yo lo distraía de las chicas porque era entre nosotros dos como realmente nos divertíamos. Éramos tan parecidos, y al mismo tiempo tan distintos…

En casa de un amigo vimos diapositivas sobre hallazgos arqueológicos y a los dos nos fascinaron los ojos plenos y la hipnótica sonrisa de cierta estatua de piedra. Incluso visitamos el yacimiento y nos quedamos más de una hora admirando la talla en atónito silencio. Aquello fue la excusa de Jules para a a la vuelta enamorarse de una enigmática joven a la que atribuyó los mismos rasgos de la estatua.

Me contó que ella era de familia aristócrata que ya no frecuentaba, dominaba tres idiomas e incluso sabía nadar. Esta vez no me invitó a salir con ellos hasta su tercera semana de relación. Al conocerla me impresionaron, además de una sonrisa que parecía encantar al mundo entero con un hechizo de muerte, la decisión y la fuerza que se traslucían de su expresión. Como cuando conocí a Jules, acerté; soy buen fisinomista. Con el tiempo, he sabido que cada vez que ella quiere algo se apresura a tomarlo porque cree que con esa posesión alcanzará una especie de conocimiento vedado a los pusilánimes.

Sin embargo, debió desarmarla la vulnerable inocencia de Jules, ya que para cuando volvimos de la playa se acostaban. Publiqué mi primera novela y para celebrarlo fuimos a cenar y al teatro. A la salida, mientras Jules despotricaba contra la Hedda de Ibsen y las feministas en general, quizá como protesta Catherine se arrojó al Sena, un gesto que la define. Aunque es una gran nadadora, se expuso a contraer una neumonía.

Una tarde Catherine me citó en un café, y aunque sintiéndome culpable por Jules acudí con la esperanza de que quisiera seducirme. Sin embargo, me dio plantón. Esa misma noche me telefonearon con la noticia de que se irían a Austria a casarse.

Durante la guerra mi más grave inquietud fue que por una crueldad del destino disparase sin saberlo contra Jules. Ganamos; pírrica victoria: había perdido a decenas de familiares y amigos. Al menos conservé al más querido, Jules. Convencí al periódico de que me encargara unos artículos sobre el Tirol y fui a visitarlos.

En la estación me esperaban Sabine, ya de cuatro años, y Catherine; en sus ojos chispeaban una travesura y una fantasía que debieron advertirme. Solo puedo decir que enlazados por la cinta de estos días azules, los tres hemos sido tan felices como en aquella playa normanda, con la única diferencia de la presencia de la pequeña.

No obstante, al cabo de una semana supe que se había desgastado el amor entre ellos. Y solo entonces, como si se hubiera derrumbado el muro que me impedía verlo, he descubierto que en el mundo no hay para mí más mujer que Catherine. Si como nos llamaban en París Jules y yo somos Sancho y Quijote, ella es Dulcinea, solo que algo más promiscua que la original.

Llevo varios días instalado con ellos, y ya asimilada la revelación de mi verdadero amor, ahora que me he puesto a leer en esta mecedora, oigo que el entrañable Sancho está jugando con mi Dulcinea; no paran de reír y gorjear, los chirridos del colchón anuncian que por un rato vuelven a ser marido y mujer, y aunque me siento incómodo lo más preocupante es que ni siquiera pierdo el hilo de la lectura.       
                                                                                                                                                                                    

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