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sábado, 29 de marzo de 2014

EL ÁNGEL AZUL


                  

Como pájaros de bronce las campanadas me anuncian la primera clase
y por la plaza jadeo hacia el liceo con el mismo ímpetu que anoche
en el lecho a la deriva de Lola-Lola, donde perdí el control de mi remo
y como una barca la cama acabó succionada por el vórtice del torbellino.
Hasta conocer a Lola mi vida se conducía a través de un tubo fosforescente,
pasadizo o túnel transparente por donde pasaban miles de dobles míos,
tantos como veces habré ido de la pensión al liceo, del liceo a la pensión,
una legión de profesores Raths en fila de hormigas, o tal vez un solo Rath,
un topo gigante multiplicado por los espejos paralelos de un tedio infinito,
que con ciegos pasos enfermos trasponía el sucio umbral del aburrimiento,
a cuestas con su –mi- rutina del cigarro en ayunas y café con tres terrones,
huevo cocido sin sal, correcciones con tinta desvaída, volúmenes in folio,
emboscado tras mi barbita de erudito y tras las redondas lentes del saber,
abrigo respetable, reloj puntual de cortas manecillas, pañuelo impoluto,
y rayas en el pelo y en las perneras de los pantalones de paño remendado
que reproducían mi rectitud y la uniformidad de una vida inane:
mi aburrimiento era todo un acorazado, el Potenkim, o más bien el Maine,
ya que cuando en él aterrizó Lola estalló en un millón de esquirlas.


Si la primera noche aún me decía yo que solo iba a El Ángel Azul
como pedagogo, para sorprender en las butacas la lascivia de mis alumnos,
si creía que por afán lectivo me arriesgaba a través de las sirenas del puerto
a practicar como el cabo de Hornos las peligrosas esquinas de la vergüenza,
atisbando en la niebla en busca del halo empañado de un farolillo rojo,
si aún reprimía a la jauría de deseos que me ladraban por dentro
y solo de través mis ojos lanzaban los obscenos dardos de la lujuria,
era porque aún no había arañado mi piel de rinoceronte mi hombre interior,
Herr Unrath, un tarambana que colma de champán la copa de mi sombrero
y estrangula con un lazo de seda mi último graznido de placer
y me encapucha con una media la decencia y la eminencia de mi ciencia
y marca la piel de mi inocencia con viles tatuajes y cicatrices de infamia,
una caricatura de mí mismo que disfruta degradando mi cultura,
prostituyendo mi orgullo y humillándome la voluntad a los tacones
de la rubia belleza que me fustiga con un eléctrico haz de sus venas azules.
La segunda noche regresé aturdido a El Ángel Azul, el muro de la honradez
se había derrumbado sobre mí enterrándome bajo los cascotes de mi honor,
y aún esgrimí la excusa de que volvía para intercambiar mi sombrero
por las bragas que invisibles gusanos de seda me habían tejido en el bolsillo,
y cuando embarqué en el bote del lecho y hendí con mi remo el ojo del torbellino,
creí que lo hacía por aumentar mis conocimientos de anatomía femenina.
Al despertar y ver que en vez de la patrona era Lola quien me servía el café,
sin saber dónde estaba, me vi en el laberinto de una memoria que no era mía
y me creí en el recuerdo de algún donjuán o en el ensueño de un eunuco,
pero ahora que avanzo por el pasillo sombrío hacia las risas y cuchufletas
de los alumnos y por última vez opondré a sus risas mi anémica autoridad
porque en El Ángel Azul yo buscaba lo mismo que ellos, sé que cambiaré
aulas, pupitres y mi elevada cátedra por sótanos, trampillas, falsos altillos;
y bedeles, rectores y profesores por magos, payasos y borrachos
que en el pentagrama de las arrugas de mi frente solo hallarán notas falsas, 
y me consta que no estoy en ninguna pesadilla ni fantasía masoquista,
sino en las garras de ese tirano interno que gusta de arrodillarme el orgullo
y tanto disfruta travistiendo de payaso mi reflejo en el espejo del futuro.

    

sábado, 22 de marzo de 2014

VACACIONES EN ROMA


                 ´

“Conrad Schröder, Berliner Zeitung, Berlín.” –“Encantada”.
“Philip Adams, Morning Star, Melbourne.” –“Encantada”.
“John Lowry, Daily Telegraph, Londres.” Londres, la escala de mi gira
previa a la áurea, eterna, aérea, espléndida Roma, capital del Tiempo
donde para siempre Joe y yo arderemos en la luz perenne de su aire
y de mi memoria, porque el tiempo, como las princesas, tiene sus privilegios
y así como el mío será dejar impresas como fotogramas mis sucesivas imágenes
cruzando por la edad el umbral invisible de la tristeza y de la madurez,
el del tiempo es ensancharse, de modo que una vida, el amor, pueden caber
en el paso que ahora doy, en los reflejos iridiscentes de un instante de vidrio,
durante esta recepción que he improvisado a los caballeros de la prensa.
“Luca Gentile”, Il Messaggero, Roma”. Roma, ciudad de palomas y columnas,
capital de mi corazón, pero donde anteanoche me sentí presa de la Historia,
esclava de rasos y brocados, sitiada de horarios e itinerarios, 
de besamanos y discursos sobre el Progreso y la Amistad de las Naciones,
disecada de honores como una laureada artista al margen de la realidad,
y me descolgué al jardín del deseo para ver cómo se divertía la gente,
y me mareé en el tiovivo de la noche redonda, al giro de sus fuentes y plazas
me sentí ebria de euforia y somníferos, pero también sonámbula de sorpresa
porque nadie se inclinaba ni me cedía el paso ni la policía cortaba el tránsito,
ingrávida de emoción, curiosa como un fantasma entre sus descendientes,
libre y levitatoria, sin arrastrar las cadenas de mi dignidad y mi majestad.


“Ioannis Nikis, Radio Grecia, Atenas.” Atenas, donde debería estar ahora,
de no despertarme aquel joven alto y moreno que no era ningún mayordomo
sino que resultó el príncipe que me rescataría del hechizo de ser princesa
y por veinticuatro horas me encantó con la ilusión de ser una joven normal.
Amanecí en su cuarto, sin frisos ni frescos, un desastre de papeles y botellas
que me hizo desear vivir en aquella fantasía del desorden: estaba trémula
y excitada porque al fin la realidad me rozaba como un animal salvaje,
como si él me hubiera tocado en la cama a la deriva por aquel desbarajuste.
“Giovanni Aleppo, La Stampa, Roma”. Roma a mediodía me acogió riendo
como una madre: cantaban el sol, las flores, los pinos, iba yo anónima y ligera,
leve y fresca, sin sombra, casi volando en mi blusa blanca como otra paloma
entre risas y campanadas, expectante, sin la losa de cortesías y pleitesías,
notando la pura vida fluir con las fuentes, correr con las bicis y las Vespas.
Invisible y real –pero sin corona- me corté el pelo y me regalé con un helado
que se me derretía de la propia emoción de sentirme exultantemente viva.
Me di cuenta de que me estaba adjudicando un día libre: justo a aquella hora
tenía prevista una entrevista con el reportero que aún no sabía que era Joe.
Se hizo el encontradizo y el resto de la jornada agotamos Roma en terrazas
y visitas: el Coliseo, el Quirinal, Caracalla, el día de mi primer cigarrillo,
de mi primer beso, de mi primera moto, que casi me endosó una ficha policial.


“Irving Radovic, Servicio Fotográfico”. Sonrío a su amigo el fotógrafo,
el que por culpa de Joe siempre acogía más manchas que un leopardo
y me inmortalizó tocando el paladar de piedra de la Boca de la Verdad,
bailando en una barcaza del Tíber a la radiante luna de Roma, 
estallando una guitarra en la testa de un hombre vestido de negro:
Irving nos siguió a todas partes, cómplice de mi compañero de vacaciones, Joe,
el más generoso de los príncipes, quien me hizo sentirme cómoda y natural,
y con un beso me despertó del hechizo de mi rango y pétreo abolengo.
“Joe Bradley", American New Service, New York”, y doy el último paso
antes de despedirme de él para siempre, porque nuestras vidas son paralelas,
nos veremos en las recepciones pero no volveremos a tocarnos,
la realidad nunca volverá a rozarme como un animal salvaje,
y era verdad que toda la vida, el amor, pueden caber en un solo paso,
en un paso puedo como ahora caer al abismo pero él no caerá en mi olvido,
ese es el privilegio del tiempo, ensancharse tanto como el aire de Roma,
y mi privilegio de mujer será recordar, y el de princesa dejar grabadas
en la memoria de la ciudad las imágenes sucesivas de mi presencia,
pero en un paso no solo cabe el amor, sino también la soledad del amor,
el paso que ahora doy, el que di anoche al salir del coche tras rogarle
que no me siguiera más allá de la vieja esquina de la resignación,
condenando al más leal de los hombres a abrazar mi fantasma,
a cualquiera de mis sucesivas imágenes que como fotogramas
para siempre se quedarán latiendo en Roma, Roma, Roma.
    

lunes, 17 de marzo de 2014

EL VIENTRE DEL ARQUITECTO


                                  

Peter Greenaway es uno de esos cineastas en los que encaja a la perfección la etiqueta de autor. Sus películas son singulares, extrañas y un tanto estrafalarias, alejadas por tanto de modas y de cualquier recurso que busque la comercialidad, aparte de que contienen un buen puñado de las obsesiones que apasionan y perturban al artista británico. Conocida es la fascinación de Greenaway por la belleza en su más amplio concepto (tanto la corporal masculina y femenina que se encarga de mostrar sin reparo ni censuras en casi todas sus obras, como la fotográfica puesto que famoso es el carácter esteta con cierto halo operístico de los films de Greenaway). Igualmente Greenaway es un apasionado de la música, la arquitectura, el componente más grotesco perteneciente al alma humana y la comida, siendo esto último uno de los leitmotiv que se repiten constantemente como pequeñas subtramas que adornan la trama principal en las historias emanadas de la mente del cineasta británico.

He de decir que mi relación cinéfila con el británico se podría definir como un vínculo de amor y odio: o aborrezco sus films (como puede ser el caso de Zoo o The pillow book) o me apasionan. Este es el caso de la película de la que me dispongo a hablar, quizás la mejor y más magistral obra de este peculiar cineasta, esta es El vientre del arquitecto. ¿Cuál es el motivo del hechizo que siento por la película? Creo que uno de los puntos que me cautivan del film es el hecho de que se trata de una obra con un tono y estilo que se asemeja mucho al cine de uno de mis directores predilectos de la historia del cine, que no es otro que el italiano Luchino Visconti. Y es que El vientre del arquitecto es para mí la Muerte en Venecia de los años ochenta tanto por su belleza fotográfica que retrata con una mirada curiosa y decadente la Roma de finales de la década del despilfarro y la libertad sin freno, como por ser fundamentalmente una fotografía de una obsesión destructora de la aquiescencia y la cordura moral que mantiene al hombre en un inestable equilibrio consigo mismo. 

Greenaway sustituye a ese compositor situado en el ocaso de su vida que viaja a Venecia a descansar por un arquitecto estadounidense llamado Stourley Kracklite, un hombre cincuentón de carácter inestable casado con una mujer de ascendencia italiana mucho más joven que él que viaja a Roma para dar forma a uno de sus sueños, el de organizar y dirigir una exposición homenaje a su arquitecto favorito: el artista francés de la época neoclásica Étienne-Louise Boullée. Así mientras que el personaje de la película de Visconti se obsesionaba al aterrizar en Venecia con la belleza de un joven mancebo, en la de Greenaway, Kracklite se obsesionará con Boullée construyendo una paranoia de tintes pesadillescos en la que un intenso dolor de estómago aparecerá súbitamente flagelando los resortes de consciencia de Kracklite a medida que el arquitecto percibe que su mujer se siente atraída hacia un joven arquitecto de gran atractivo físico inmerso también en el proyecto de organización de la exposición de Boullée, instaurándose en la mente de Kracklite igualmente la creencia de que extrañas fuerzas que escapan a su control tratan de apartarle de la dirección de la exposición y por tanto demoler así su último gran sueño vital.

                                     

A medida que el sueño arquitectónico de Kracklite se va desvaneciendo en paralelo va creciendo la dolencia estomacal del mismo, siendo esto una especie de metáfora que conecta al estómago humano con la arquitectura, ya que ¿no es el aparato digestivo el principal cimiento que modela y da forma a todo nuestro ser provocando que crezcamos de una forma u otra en función del cemento y el hierro con el que le alimentamos? 

Greenaway igualmente perfila de manera portentosa a la galería de personajes que aparecen en pantalla, siendo especialmente plausible el retrato maníaco-obsesivo que dibuja del arquitecto Kracklite (interpretado magistralmente por el habitual actor secundario del cine americano de los ochenta Brian Dennehy en el que es su papel más memorable). Ya en la primera escena del film veremos al arquitecto y su esposa en plena faena sexual en el vagón cama del tren que les llevará a Roma. De la conversación entre ambos se deduce que Kracklite es un hombre entrado en años con problemas de impotencia sexual preocupado por no poder satisfacer a su joven esposa y obsesionado con el reto de la organización del evento homenaje a su artista icono Boullée. Tras el arribo de la pareja a Roma (ciudad que es fotografiada por Greenaway con un gusto pictórico y arquitectónico ciertamente embaucador) todas las ilusiones de Kracklite se vendrán abajo desde el principio. Los socios del arquitecto se mostrarán más interesados por la diversión y el dinero que por el propio arte objeto de reverencia del viejo americano, su mujer (que para más INRI está embarazada de su primer hijo) le pondrá los cuernos con un vacío y joven arquitecto de esa nueva generación irresponsable y despreocupada que otorga mayor importancia al corto plazo que a la posteridad anhelada por Kracklite y para rematar el desastre el desarrollo de la exposición encontrará una serie de obstáculos que pondrán en riesgo la propia puesta en marcha del evento, hecho éste que atormentará a Kracklite al adivinar que de nuevo otro de sus proyectos puede culminar en fracaso. 

El encuentro de todas estas fatalidades provocará la aparición de un molesto dolor estomacal en el arquitecto en el que fácilmente se puede atisbar un símil con la decadencia interior experimentada por un Kracklite que siente que su tiempo se acaba sin haber podido culminar sus sueños vitales: ser padre, tener éxito, pasar a la posteridad gracias a su arte, satisfacer a su mujer la cual le ha engañado con un trepa sin talento pero con la fuerza, mezquindad y vigor necesaria para alcanzar el éxito en una sociedad superficial. En definitiva nuestro héroe siente que la derrota es una pared demasiado empinada para poder ser escalada por su cansado y enfermo cuerpo, el cual ya no posee las fuerzas suficientes para pelear contra las inclemencias y obstáculos vitales que el día a día nos pone en el camino. 

Toda esta pesadilla padecida por el protagonista es adornada por Greenaway con una fotografía en la que se resalta la belleza pictórica y arquitectónica de una Roma decadente y corrupta que para nada tiene que envidiar a los fotogramas del reciente éxito de Sorrentino La gran belleza, de modo que el Monumento a Víctor Manuel II aparecerá como una especie de gigantesco mausoleo que espera asfixiar en sus inertes y frías paredes a un protagonista derrotado por la crisis existencial en la que se halla inmerso. Así Roma toma la forma de un cementerio de cemento y losa que devora las almas de los perdedores ajenos a los vicios imperantes en una sociedad podrida por el dinero, la frivolidad y el éxito a cualquier precio. Sin duda la ciudad eterna es fotografiada como una especie de laberinto enrevesado que atrapa a Kracklite del mismo modo que los canales de Venecia apresaban al compositor surgido del imaginario de Thoman Mann. Para poner la guinda al pastel Greenaway tuvo la suerte de contar con la inspirada banda sonora compuesta por Wim Mertens, quizás una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, de una musicalidad hipnótica y subyugante que sirve para acrecentar el hechizo que siente el espectador por las peripecias vividas por el arquitecto protagonista. 

No me cabe duda de que El vientre del arquitecto es una de las mejores películas de los años ochenta gracias al dibujo poético trazado por Greenaway en el que se describen los límites que separan al éxito del fracaso, así como los miedos internos que aferran nuestros sueños y las trampas sociales que ocultan a aquellos personajes que ostentan en la bondad y el anonimato las fuerzas motrices que dirigen sus vidas. Pasen y vean, que seguro disfrutarán con el espectáculo cinematográfico montado por Peter Greenaway.

Autor: Rubén Redondo.

jueves, 13 de marzo de 2014

LA LEY DEL SILENCIO



                 

Ella tiene razón, Charley, he estado ciego, pero ya puedo ver
porque el amor de ella me ilumina la conciencia con una flor de fuego,
y veo los perros blancos del miedo tiritando entre los hierros de los muelles,
a los asesinos pálidos amaestrando a sus halcones a golpe de silbato,
el sudario de sudor y silencio que amortaja a los estibadores,
las lenguas que cuelgan de un gancho en las pesadillas de los delatores,
todo me lo muestra ella como un faro con una antorcha de pétalos,
una llama blanca que ni siquiera han apagado las lágrimas por su hermano:
su amor es lúcido y me enseña el grito de Joey aún cayendo por el abismo.
Ella tiene razón, Charley, he estado sordo, pero ahora puedo oír aquel grito
y las sirenas que en el puerto braman con furia y hambre de perro,
Charley, ¿por qué le dices al taxista la calle River si vamos al Garden?
No te reconozco, hermano, o quizá empiezo a conocerte, mentor de mentira,
con los pétalos en llamas de su antorcha ella me ha enseñado cómo eres,
ella es una rosa blanca, una paloma de plata que desde que murió Joey
irradia luz de morgue, desde que precipitasteis a su hermano del terrado
y no le nacieron alas, su corazón se ha convertido en paloma de la pena.
Ella tiene razón, Charley, no soy muy listo, pero su amor no es ciego,
alzando la ardiente rosa como una antorcha de lágrimas me ha enseñado
que tu amo Johnny se ha coronado emperador de los muelles de Nueva York
y que la décima parte del café, los plátanos, el whisky se caen de cubierta
para hundirse en los bolsillos sin fondo de su abrigo de pelo de camello.
Charley, qué quieres que te diga, no sé qué declararé mañana en el juzgado,
pero ahora sé que eres un halcón que te dedicas a acallar a las palomas.


Ella tiene razón, Charley, soy un vago y por eso no voy a aceptarte
el puesto que a cambio de mi silencio me ofreces en el nuevo atracadero,
nunca pensé que me ganaría la vida con una palabra y no con los puños,
¿no íbamos al Garden a ver el boxeo? ¿Prefieres hablar, Charley charlatán?
Ella tiene razón, Charley, soy un animal de la calle, pero con el instinto
de protegerla; carne de presidio, pero por ahora príncipe de las azoteas
y de las palomas que escriben en el aire la ilusión de la libertad,
odio los techos y el cielo es mi consuelo, el suelo de mi pensamiento
y mi aéreo imperio, soy el ídolo de los chicos como tú fuiste mi ídolo
cuando nos quedamos huérfanos y eras mi techo, mi suelo, mi cielo
que se me ha derrumbado como si me hubiera caído encima el pobre Joey,
¿qué vas a hacer para evitar que cante? ¿Cortarme las alas como a Joey,
la paloma que ya no cantará pero tampoco volará? ¿Te ha mandado Johnny?
Ella tiene razón, Charley, soy un fracasado, pero es por tu culpa,
en verdad ya me cortaste las alas la noche que me obligaste a perder,
de no ser por ti me habrían alzado el brazo a mí y no a Wilson,
le había medido y pesado el hígado y se lo tenía arrugado como el papel,
y si por culpa de las apuestas, Charley, maestro de chantajes y chanchullos,
en un descanso no me hubieras rogado que tirara la toalla,
ahora yo sería Wilson, campeón del mundo, y Wilson sería yo, un inútil,
el sicario de un sicario, pero muy en el fondo te estoy agradecido,
ya que gracias a las alas que no le nacieron a Joey la conocí a ella,
gracias a la alegría que le robé al barrio, porque todos lo amaban,
niños y borrachos, tenderos y trileros, incluso su padre y su hermana,
he comprobado la fina capa de carbonilla que infama cada esquina.


Charley, ella tiene razón, era un cínico que hacía malabares con la verdad,
pero la luz de su rosa ardiente me ha encendido el camino, me ha revelado 
que la más blanda bondad puede resistir a vuestros bates de béisbol,
su corazón de paloma me ha mostrado toda la escoria que flota en el muelle,
las cadavéricas luces que bordan los sueños insomnes de los desesperados,
que cuando tu amo Johnny se corta al trinchar, un niño llora de hambre,
porque él es el padre más cruel que pueden tener los estibadores
y trafica con los favores y las influencias como si fueran prostitutas:
qué quieres que te diga, la verdadera traición es no traicionar a Johnny.
Ella tiene razón, Charley, soy un golfo, por eso no quiero ese empleo
aunque me amenaces, ¿no decían que yo no trabajaría ni a punta de pistola?
Ahora que me apuntas siento que me despeño por una de esas azoteas,
pero en realidad eres tú quien como un ídolo caído te precipitas por el aire,
aunque eres tan vano, tan hueco, que nunca vas a acabar de caer,
como el grito de Joey nunca acabará de caer por el abismo de mi culpa,
no, somos tú y yo los que caemos abrazados porque no estamos en este taxi
que no va al Garden, ni siquiera a la calle River, sino directo al cementerio,
es Johnny quien juega con el taxi por control remoto, así que guarda la pistola,
Charley, ella tiene razón, en el silencio blanco yo estaba ciego, sordo, mudo,
pero como una paloma mañana cantaré con la tristeza en toda la sangre.
  

jueves, 6 de marzo de 2014

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA



                  

Sin manos soy un prestidigitador que ha perdido sus dos palomas, Wilma,
y con dos manos de desventaja mis garras te desgarran la piel de la pena,
porque conmigo serás novia del luto, del hierro, del desconsuelo.
En sueños aún veo a mis dos manos como tarántulas de cinco patas
caminando sobre mi horror, mis manos negras, hediondas, carbonizadas
en el bombardeo de nuestro portaaviones a manos de los japoneses,
cuando trescientos camaradas le dieron en el agua la mano a la muerte,
las manos velludas vienen por el filo del sueño, del miedo, a estrangularme,
muerte por aire, agua o fuego, siempre estoy en manos de la muerte,
vienen las dos a vengarse por intentar amputármelas del recuerdo,
en la vigilia vienen por renegar de su memoria a ahogar mi amor por ti,
por burlarme de ellas diciendo que ya no tendré que hacerme la manicura
esas dos me derraman de los vasos el veneno de la compasión
y las copas tiemblan entre mis ganchos y me vierten el ácido de la piedad,
por decir que no volveré a ponerme guantes, que ahora sí que tengo gancho
he soñado que vivía en un mundo donde yo era el único que tenía manos
y todos me las miraban morbosos de curiosidad o enfermos de horror,
por decir que ya no tendré que lavarme las manos, que me tenían harto
nudillos y falanges, que no me las frotaré ni crujiré, sórdido o temible,
tenemos a mano yo la angustia y tú  los muñones del amor.
Ya que soy un hombre sin tacto, te diré: lo peor es no tocártelo, no tocártelo.

En la Marina me enseñaron a abrir con estos ganchos las botellas,
a encender cerillas, a comer (rumiar mi desesperación), a vestirme
(de conformismo), pero no a sostener la esperanza ni acariciar la ilusión
de tenerte, ¿cómo haré para palparte el coral de cada pómulo, seguir la curva
de la nuca y de la espalda, para tocarte lo que más quiero (no tengo tacto)?
En el vuelo que me trajo de vuelta no dejaba de imaginarte, veía tu cara
perfilarse en el cielo, tu pelo se expandía en cirros oscuros, la frente
velada por la bruma, las mejillas aéreas, irisadas de tenues reflejos,
tu cabeza nimbada de un halo difuso, con una aureola de niebla,
cuando por el aire vinieron mis dos manos a estrujar las nubes
y la lluvia bajó por tu cara y te oscurecieron relámpagos de sombras:
dudaba del presente y de mi realidad porque nos prometimos de niños
y pensé que igual que yo solo había concebido la vida a través de tu mirada
tú habrías moldeado tu mundo a la medida de mis manos, y ya nuestro futuro
colgaba de mis dos garfios como una res sacrificada, como un ahorcado,
y por el cielo pareció vibrar un caza japonés, y te imaginé junto a un hombre
con dos manos y las lágrimas corrieron en sentido inverso hacia tus ojos.

En sueños me veo unas manos negras que hieden a miedo, a muerto,
unas manos que en vez de palomas son cuervos pero no me sirven de nada,
ni siquiera para suicidarme, pues ya solo podría hacerlo tirándome al vacío
o al mar, como mis trecientos camaradas: con estos hierros no flotaría,
las manos del sueño tienen lepra y nada pueden darte ni recibir de las tuyas,
no puedo echarte una mano, y por no contagiarte ni siquiera me atrevo
a tocarte lo que más quiero: puedo decírtelo ya que soy un hombre sin tacto.
Es injusto, pero solo por intentar olvidarme de que una vez las tuve,
por jactarme de que ahora tendrán que invitar a ron al capitán Garfio,
por tratar de impedir que el recuerdo de mis manos te aparte de mí,
vienen las dos a estrangularme la confianza y a ahogarme de rabia,
a hacerme creer que solo por compasión me dices que está en mi mano
que te quedes, que es la pena la que te ata las manos a un inútil,
a un ser indefenso incapaz hasta de matarse por su propia mano.
Por burlarme de mis antiguas manos mano a mano con mis amigos,
me he quedado en manos de la angustia, por decir que no puedo aplaudir,
el desaliento me lleva de la mano y estoy a mano de la catástrofe,
por decir que ya no pondré la mano en el fuego ni me las lavaré imparcial,
que ya no se me quedarán frías ni tendré que preocuparme de los anillos
voy de la mano de mis dos viejas manos que solo me sueltan para pegarme,
por dejar que Wyler me exhiba sin manos junto a Dana Andrews en un film,
por gritar que en ninguna otra guerra podrán ya quemarme las manos,
que con ninguna mano podré taparme los ojos, aunque en el portaaviones
trabajaba en la bodega y nunca vi nada, ningún soldado ve nunca nada,
por mucho que intente olvidar mis manos para quererte ellas vuelven
y te empujan lejos y me recuerdan que ahora que soy un hombre sin tacto,
Wilma, por fin puedo decirte qué es lo que más quiero tocarte: el corazón. 
        

sábado, 1 de marzo de 2014

ANNIE HALL


             

Escribir que según todos los pronósticos este Marzo será templado
sería para David un buena manera de emprender un poema
salvo que me objete que el recurso a la metereología está trillado,
pero para definir mi relación con Alvin, de quien hasta hace una hora
he estado rematadamente enamorada, el que me aconsejó matricularme
en este taller de poesía dirigido por David, ensayaré la metáfora
de compararla con uno de estos taxis amarillo mostaza de Nueva York,
que para ser rentables, para que vayan bien, igual que Alvin y yo,
tienen que estar siempre funcionando, de Manhattan a Broadway,
en marcha, de Park Avenue a la Séptima, o el asunto no carbura,
y aunque parece que esto de las metáforas no se me da nada bien,
con este poema voy a demostrarle a Alvin que no soy más pija que lista.
Ya no veré más los reflejos de su lacia cara multiplicarse
como un cuadro pop en cada ventana de algún rascacielos de cristal,
ya no oiré sus quejas existencialistas graznar con los gansos de Central Park,
ni sus chistes baratos desmentidos por los escaparates de Tiffay's,
ya no veré su admiración colgarse como una araña del Puente de Brooklyn.


Si ahora escribo que a veces Alvin es gracioso y depresivo, torpe y genial,
tímido e histérico, reproduciré otra figura retórica, la antítesis,
según David eficaz para conmover al lector, por lo que sigo:
ególatra y pesimista, pero no, esto más bien es una redundancia,
famoso e infame, irónico y paranoico, un gracioso que nunca ríe,
un cruce entre Groucho Marx y Billy Wilder, o más bien Woody Allen,
un triunfador de su fracaso, alguien que con la pose de su desgracia
y tendiendo el platillo miserable de la autocompasión y la inferioridad
recauda las risas y carcajadas del público a tres y cinco centavos la unidad.
David me reñiría de no haber aún dicho que él es humorista y yo cantante,
y reconozco que de no ser por el interés de Alvin por cultivarme,
seguiría sin captar la gracia de sus chistes ni la letra de mis canciones.
La verdad, me ha estirado el intelecto más que la voz de Billie Holyday.


Me ha contagiado su fe en psicoanalistas de cincuenta dólares la hora
y para hacerme adicta a los divanes y a las orgías del subconsciente,
lloriqueos sublimados con una jerga y simbologías tan alambicadas
como las metáforas del taller, y confesiones como las de los católicos,
me convenció de que yo era sosa y patosa, árida e insegura,
cuando lo que pretendía era que el terapeuta me prescribiera
intensificar mi gimnasia sexual con él, y que me sintiera culpable
de que él me sufragara la curación de mi complejo de culpa,
y con tal de animarme me decía que yo era una sultana en la cama,
que mi cuerpo era un abecedario donde solo existía la letra G,
sopa de letras que él sorbería, y que hasta mis uñas eran erógenas,
y para que me compadeciera de su ayuno sexual ese judío me llevaba
al cine a ver documentales de cinco horas y media sobre los nazis.
Pero ahora que recuerdo aquellos subidones y bajones en la montaña
rusa de mi ánimo, recapacito en que después de seis meses de terapia
un lúcido foco me ha alumbrado los sentimientos y en el escenario, la verdad,
me siento más segura: espero que David me siga pagando las sesiones.


Recordaré a Alvin como un ser de sexo obsesivo y autodestructivo,
de cabello hipocondríaco y celos masoquistas, un ocioso masturbatorio
que no dejaba de fantasear: hablaba con su doble, con el mío,
imaginaba hablar con los transeúntes, con los fantasmas de sus padres,
y hasta con los espectadores de sus actuaciones, y aunque fueran certeras
estas visiones o intuiciones, es imposible convivir con un novio de la ironía:
ésta es una lepra que reduce lo real a una calavera sobre tibias cruzadas.
Para ahora practicar la enumeración diría que mientras que su vida era
Mozart, Kafka, Bergman, Brooklyn, Julius Erwing y Patrick Ewing,
la mía es Wisconsin, Wolkswagen y Wagner, hípica, langosta y tenis
(nos conocimos jugando: el revés cruzado y la derecha paralela
que me lanzaba ya delataban su inconsciente hostilidad hacia mí).
Seguiré encontrándome con Alvin, esta ciudad no es una manzana
tan grande, ni horadada por tantos gusanos como él cree,
y la reconciliación parece el deporte favorito de los neoyorquinos,
pero tenía razón, la verdad, en una cosa: la educación para adultos
es maravillosa porque aunque las metáforas no sean lo mío
en el taller he conocido a David: él escribirá la letra de mis canciones.