viernes, 25 de enero de 2019

EL ASEDIO: El amigo Mínguez.


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-Mira éste, por quinientos pavos me hice con un lote de retratos del mismo estilo. Lo más caro ha sido enmarcarlos. Me los vendió el sobrino del pintor, mientras los del rastro se llevaban los muebles. En cuanto el tipo palme van a empezar a revalorizarse. Después de lo que hizo ya no lo van a soltar, si sale del psiquiátrico será a la cárcel.
Desde los claroscuros del óleo nos miraban las cuencas vacías de lo que parecía la radiografía de una dama sedente en una mecedora. A través de las prendas translúcidas y de la neblina de carne se transparentaban con claridad didáctica los huesos de un esqueleto con el tuétano fosforescente; la médula emitía un resplandor que asemejaba la espina dorsal a una barra fluorescente. La mandíbula desencajada parecía burlarse de nosotros con horrísonos chasquidos mudos.
-Terrorífico, ¿no? Una visión de la muerte, ya me parece oír a los críticos del futuro, un pintor con rayos X en la mirada, un Valdés Leal postmoderno, qué se yo.
En la pared del fondo del despacho el amigo Mínguez con maneras de cicerone me mostraba sus adquisiciones en el mercado lumpen del arte. Con su nueva pasión combinaba su diletantismo cultural con la fijación por enriquecerse, que su integridad le impedía canalizar a través de la mala praxis de la abogacía. Nunca perdía la esperanza de lucrarse con quiméricos negocios que a la postre le reportaban las moderadas pérdidas de un pasatiempo caro. No recuerdo si el último fue la cría de llamas peruanas o el cultivo de tulipanes holandeses. Me acababa de enseñar una foto escolar de nuestra clase, su cara infantil ya estaba marcada por el estigma de la avaricia frustrada, los ojuelos y la nariz mostraban una inocente rapacidad, una fe ingenua en su sorda astucia; la húmeda y blanda boca parecía ávida de riqueza. Lo recordé merodeando en el patio proponiendo en vano ventajosos canjes de cromos y mercadeando con tebeos y canicas. A pesar de la pérdida del cabello, de las ojeras de tantos desvelos y de las estrías de una piel cuartada por el abuso de rayos UVA, apenas había cambiado. Había sido un niño con cara de viejo.
-Qué clarividencia –no se cansaba de prestigiar su compra-. Una penetración psicológica que nos muestra al personaje de cuerpo entero. Hay que reconocer que algunos chiflados lo ven todo más claro.
-Ángela sí que lo ve todo, puedo asegurártelo.
-¿Estás seguro? Nunca había oído nada parecido. Además, si te ha mandado a hacer puñetas no va a estar perdiendo el tiempo vigilándote a todas horas. Y ella menos que nadie, no es de las que se aburren precisamente. Ya no le interesas, tío. Empieza una vida nueva.
-Eso me gustaría. Es ella la que no me deja.
-¿Y según tú por qué lo hace?
-Por venganza. Y antes para controlarme. Me habrá estado espiando desde que nos conocimos.
-Me vas a estropear la grapadora y te vas a hacer daño con ella –la devolví a la mesa de cedro con volutas en las esquinas, de donde la había cogido mecánicamente-… Me pregunto cómo sabes que te espía.
-Porque la otra noche fue la primera vez que…
-Ah, no has visto éste, me salió por treinta euros –se levantó y al señalarlo con tanto orgullo como si lo hubiera pintado él se le descolocó la americana negra-. Me lo vendió un vagabundo, le hice bajar de cincuenta. Un posible maestro del horror, puedo ver los catálogos de dentro de diez años.
Desanimado, hundí la mirada en el rectángulo de sol flotante sobre la hipócrita alfombra. A continuación decidí prestarle alguna atención para que él me la devolviera. Se trataba de un díptico formado por el escorzo soleado de una calle de chabolas que naufragaba en una ciénaga, y un primer plano de la charca, estancada de deshechos y derrelictos, con la originalidad de que se habían adherido al cuadro auténticos restos, como jeringuillas, gomas y plásticos innombrables, la tapa de una lata, una sustancia excrementicia conforma de herradura… Asqueado, volví a la mesa.
-Supongo que esto es el hiperrealismo –concluyó-… El día menos pensado lo subastarán en Sotheby’s con un millón de partida –acercó la nariz a la herradura-. En este mundillo hay que tener olfato y evitar las falsificaciones.
-Mínguez, por favor, me siento indefenso. No puedo ni escribir, que para mí es como respirar.
-No te quejes, los artistas necesitáis presión.
-Claro, como las ollas a vapor.
-Fíjate en este tipo. Lo bajo que ha tenido que caer para pintar esta obra maestra.
-Ya te lo he dicho. Cualquier cosa que escriba en el ordenador, ella lo puede borrar de un plumazo. Es como escribir en el agua, igual que el epitafio de Keats.
-No te pongas pedante. ¿Y dices que la has denunciado a la policía?
-Los cabrones me trataron como si el delincuente fuera yo. No querían admitir la denuncia. ¿Me oyes? El agente que me atendió no es que intentara disuadirme, sino que intentó echarme de la comisaría. Con razón siempre he odiado a la bofia…
La uña de la edad pareció arañarle la mejilla derecha: una nueva arruga.
-Saben que es una pérdida de tiempo: los piratas informáticos no dejan huella de sus abordajes. Menuda chica ésta, también sabe de informática –temí que por costumbre volviera a referirse a la suerte que había tenido yo con que ella se fijara en mí. Crispé la mano sobre el cristal biselado del tablero al tiempo que él, por fin de vuelta a sus obligaciones, se aposentaba en la butaca, y cuando incliné el torso adelante él se hizo atrás en el respaldo retráctil, unidas las yemas de los dedos.
-Al menos podremos denunciarla por plagio.
-Muy bien. Supongo que tienes registrada la novela en cuestión.
No pude sustraerme a la sensación de que el despacho estaba plagado de trampas: la alfombra turca disimulaba una trampilla, del falso techo de escayola se descolgaría una red, en la mesa tupida de documentos acechaba una ratonera.
-Felipe, ya sabes que no me gusta dar falsas esperanzas, y a un amigo menos que a nadie. No me importa ganar menos, el dinero está en otra parte –se le escapó una mirada a los cuadros.
-No te he contado lo peor: la muy zorra ha contratado a dos matones que me siguen a todas partes y han intentado matarme.
-Felipe…
-Están abajo, esperándome. Si quieres puedo decirles que suban y presentártelos.
-Si todo eso fuera cierto, no sabes la suerte que tendrías. ¿Sabes lo que significaría que Ángela se tomara tantas molestias por ti? No puede haber nada más romántico que infringir la ley por amor.
-Salvo que tu padre sea el Jefe de la policía –entre ambos se tendieron líneas de alta tensión-. Te dejo, Mínguez, está claro que el caso no te interesa, o que te interesa demasiado.
-No he oído lo último… Antes de que te vayas me gustaría darte un consejo de carácter personal, nada profesional.
Empezó a dolerme el anular izquierdo, me había dado una dentellada la ratonera oculta en la mesa. En realidad, con mis nerviosas manipulaciones me había insertado una grapa sobre la falange.
-Ya sé, ya sé, que vaya al psiquiatra.
                                                                                          
                              
            

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