sábado, 18 de mayo de 2013

EL MANDO A DISTANCIA





Ocurrió mientras comprobaba que para ser primeros de julio no había tanto trasiego en los andenes. Sentado en un banco, me sentí ridículo de haber temido que me engullera una multitud convulsa y frenética, como uno lee que se ponen las estaciones en las guerras o las revoluciones, y volví a recordar que el conflicto estaba dentro de mí y que en todo caso serían los viajeros, que pasaban balanceando con calma sus maletas, quienes me verían rebulléndome frenético y convulso en el banco.
 Y eso que después del dilatado encierro en el caserón, durante el que había perdido el sentido de la realidad y toda dimensión social, creía haber pasado desapercibido por la calle y hasta pude hablar sin llamar la atención con el vendedor de billetes y pedirle la botella de agua al camarero. Y de momento tampoco mis compañeros de viaje se espantaban del espanto que la soledad había sembrado en mis ojos, sino que parecían ocuparse de lo suyo. Los más impacientes aguardaban la apertura del maletero al costado del autobús.
 Apenas hacía una hora que me había arrancado del portón de la casa de campo, por así decir, en libertad condicional que esperaba confirmar con mi buena conducta, y, como también había perdido el sentido del tiempo, del otro lado del muro de la eternidad, ya me parecía llevar varias horas de vuelta a la cronología auténtica. Durante la reclusión, abandonado a mí mismo, había descubierto que, como en las revoluciones, un máximo de libertad es idéntico a una prisión. Pero en la realidad, en el mundo exterior, ahora todo me parecía ajeno e irreal, como aquellas dos monjas parecidas a golondrinas parlanchinas o el desnortado anciano con sahariana caqui que solo dejaba de dar tumbos aquí y allá para preguntar a todos los conductores. Incluso el señor tan normal de mediana edad, pantalones cortos y polo celeste, con una sombra canosa de barba, que se dirigió a mí:
-Perdona, joven, ¿vas a la costa, no? –señaló el autobús con el inequívoco cartel en el parabrisas tras el que se agitaba con las cuentas un chófer obeso.
-Sí –respondí con fluidez, también asintiendo con la cabeza.
-Era para ver si me hacías un favor –la esperanza se desprendió de su cara seria e ingenua-. Si pudieras dejarle esto a mi mujer en la estación…
Me mostró un mando a distancia envuelto en plástico, bastante antiguo por lo grueso, negro y de botones grises con los pequeños dígitos casi borrados por el uso.
-Es que tengo a la familia de vacaciones y se les ha roto el mando. Y los niños no pueden estar sin la tele, ya sabes, así que te lo agradecería un montón.
En efecto, aquel objeto me evocó niños corriendo por el pasillo para ver los dibujos animados, el aroma del arroz cociéndose en la cocina, la repisa con figuritas de porcelana y recuerdos de viaje en el vestíbulo. Lo que yo nunca tendría. Aunque mal afeitado y con los ojos irritados, lo rodeaba el aura de confianza y seguridad de dos pagas extras al año; mostraba un aspecto melancólico matizado de atónita disipación, la típica mezcla de descuido y abnegación de un funcionario “de rodríguez”.
-De acuerdo, no hay problema –después de volver a hablar cara a cara con alguien, me sentía ecuánime, solidario con aquel hombre; nos unía la corriente de simpatía de dos tipos que se cruzan en el desierto. Desde el banco de al lado nos miraba otro solitario maduro, muy bronceado y de bigote hacia abajo, que carraspeó forzadamente y pareció denegar con la cabeza.
-Muchas gracias. Mi mujer estará esperándote en la estación. Es una rubia con gafas, pero ella te reconocerá a ti. Voy a mandarle un mensaje.
Y entonces, sopesando ya el mando, me imaginé a aquella mujer identificándome inequívocamente entre los que bajábamos, según la denigrante –realista- descripción que de mí le hiciera su marido, cuyos ojos, enfocándome de través mientras tecleaba, ahora sí reflejaron todo lo que yo había perdido en el caserón. Tuvo un movimiento de inquietud, como previendo un arrepentimiento que para colmo él mismo acabara de provocar. Bajé la vista. En la sandalia se le agitaban los dedos mugrientos como una tarántula de cinco patas.
-Mejor mándelo por correo exprés –le devolví el mando desviando la vista. El viejo despistado impacientaba al chófer gordo golpeando la puerta del autobús.
-¿Pero por qué?
Aunque intentó que la desilusión le enturbiara la voz, con el rabillo del ojo vi que no parecía sorprendido de verdad.
-No te costaría ningún trabajo y contigo llegaría antes. Además, me cobrarían una pasta.
-No.
Se volvió y alejó sin intentarlo con nadie más. Estábamos a sábado; si era funcionario, ¿por qué no iba a pasar el fin de semana con los suyos? Como una persona casi normal que empieza sus vacaciones, me dije que no era para buscarme problemas tan rápido por lo que había roto el hechizo de mi soledad. Por un momento lamenté haber huido del caserón; ¿tenía síndrome de Estocolmo de mi auto encierro? Allí nadie me habría molestado encomendándome ningún mando. Torvo, el del banco de al lado seguía observándome, y un sentimiento de ultraje me obligó a levantarme camino del lavabo: ¿por qué de entre todos los viajeros me había elegido a mí y luego no lo había intentado con nadie más?

Ya en el autobús, antes de salir, no pude imbuirme ni de un simulacro de confianza, porque mi asiento era uno de los dos primeros tras el conductor y hube de soportar la mirada de cada pasajero encontrándome en la cara algo que no hubieran querido ver, y menos antes de emprender viaje –aunque apenas fuera de un par de horas-. Me pareció llevar a cuestas al demonio que me había acompañado todos aquellos meses de exclusión. Seguro que varios estuvieron a punto de renunciar, darse la vuelta y esperar al siguiente autobús. Por los andenes el viejo seguía molestando a todo el mundo. Recibí un mensaje de texto de mi primo: a la una estaría esperándome en la estación con su novia y aquella amiga que al parecer quería conocerme. Habían alquilado un bungalow en un pueblecito de la costa. ¿Qué le habría dicho sobre mí a la amiga? ¿Qué podría decirle yo cuando la conociera? Como si los demás no se movieran en un tiempo distinto al mío, o impunemente yo pudiera cortar la alambrada que me retenía y engañar a aquel vigía con metralleta que era idéntico a mí mismo, como si cada vez que se acercaba alguien no se me cerrara automáticamente una puerta interior cuyo mecanismo fotoeléctrico detectaba a distancia al intruso. Para empezar, ¿cómo se iban a tomar los tres aquella historia del mando a distancia, que no podría dejar de contarles para eludir el silencio? Creerían que me la había inventado y que estaba loco. El penúltimo en subir fue el mostachudo, que se me sentó al lado, como en el andén.
 El último fue el de los pantalones cortos, blandiendo el mando a distancia; ahora la rotación de las pupilas en torno a las órbitas impedía tomarlo como un convencional padre de familia. ¿Se habría decidido por mi culpa a efectuar el viaje? Me puse los auriculares, pero no pude dejar de mirarlo de reojo mientras parlamentaba con el conductor, que asido al volante empezó a denegar con la cabeza. A mi lado se removía el del bigote. Desvié la vista de las velludas piernas, como de fauno, del pseudo funcionario y de sus dedos escarabajeando en la sandalia. Ahora el anciano desorientado había interceptado a un mochilero. Como todas las emisoras emitían una especie de estrépito de catarata que me atronaba en la cabeza, me quité los cascos.
-Lo siento, caballero, ya le digo que nos lo tienen prohibido –decía el chófer-. Tenemos a su disposición nuestro servicio de mensajería.
-¿Para un mando a distancia? Mientras llega se pasarán el día entero sin la tele.
El conductor cabeceó con impaciencia. Al fondo de mi oído persistía aquella batahola desconcertante de la cascada.
-Pues yo no puedo ayudarle.
-No le estoy pidiendo la luna.
-Tengo que salir ahora mismo. Lo único que le digo es que si no quiere venir, compre un billete y ponga el mando en el asiento –mientras el tipo se lo pensaba, una oleada de inquietud agitó a los primeros pasajeros.
-¿Y si alguien me lo coge?
-¿Quién va a querer eso?
-¿Usted se hace responsable?
-Mire, si no quiere un billete, haga el favor de bajar –la papada se agitó de impaciencia..
-¿Tú tampoco? –me extendió el mando sin convicción alguna.
-No.
-Imbécil –lo dijo con la frialdad de un psiquiatra que diagnostica la deficiencia psíquica o el cretinismo de un niño. Al dirigirse al conductor sí crispó el rostro y la boca se le abrió como una fosa séptica-: ¡Y tú, cabrón, eres un gordo asqueroso! –mientras bajaba lentamente escupió un reguero de maldiciones-: ¡Ojalá os despeñéis todos por el primer barranco! ¡Os merecéis que el autobús arda en una bola de fuego! ¡Gordo, vas a salirte en una cuneta, ya verás que…!
Al fin zumbó la puerta tras él, y resoplando el chófer inició la maniobra de salida del andén.
-Lo que hay que aguantar –se quejó-. Si le parto la cara no salimos en todo el día. Me denuncia y hasta puede que me despidieran.
No me sentí tan agraviado como él, y no precisamente porque mi equilibrio mental fuera mayor. Pero no me había insultado tan gravemente y de todos modos sentía que tampoco me había tratado con demasiada injusticia.
-¿Qué llevará ese mando adentro? –preguntó la mujer, morena y arrugada como una pasa, del maduro matrimonio que ocupaba los otros dos primeros asientos.
-Quién sabe –respondió su cabezudo marido, las manos entrelazadas sobre la barriga de la placidez.
-Pues droga, seguro –respondió el conductor, aguardando a que pasara otro bus para salir del andén. Tras el matrimonio habló con tono de falsete un joven teñido de rubio platino:
-Pues yo no me hubiera quedado tranquilo si me pone eso aquí al lado.
-Tienes razón –lo apoyó la señora volviéndose a él-. Podría haber sido una bomba.
-Nos vamos –el conductor halló vía libre-. Diez minutos de retraso.
El viejo de la sahariana me sorprendió subiendo al autobús de al lado; no estaría tan demente: habría otros más locos que lo disimulaban mejor.
-Mírenlo –exclamó alguien-. Todavía anda ahí.
 Desde el andén el tipo no dejaba de agitarnos el puño con el mando a distancia, quizá pulsando los botones como si quisiera cambiarnos de cadena y que desapareciéramos de la pantalla, de la vida. Conmigo no necesitaba esforzarse tanto para mandarme a otro canal invisible, a la pura irrealidad. Sin embargo, para neutralizarlo, intenté actuar en el mismo programa que los demás, en sintonía con ellos:
-Se creería que nos chupamos el dedo –mi voz me sonó como una serie de graznidos-. ¿A qué clase de primo se le iba siquiera a pasar por la cabeza hacerle el trabajo sucio? Esperaría encontrar a un imbécil.
Tosiendo admonitorio, como hiciera en el andén, junto a mí se agitó el del bigote, al que había olvidado.
-Lo tenía bien pensado –proseguí, no podía parar-, que algún cretino corriera el riesgo y en la estación, si no había moros en la costa, la rubia de las gafitas recogería el material. Puede que vuelva a intentarlo con el próximo autobús.
Mi vecino se levantó y, recobrando su bolso de mano de la redecilla, se fue a la parte de atrás.
-¿Y usted cómo sabe que sería una rubia con gafas? –en el retrovisor el conductor me ensartó con su mirada de búho e intenté eludir la cuestión:
-Aunque lo único que querría sería ahorrarse el viaje. Con la ida y la vuelta y la espera serían más de cinco horas. Podría haberlo hecho él mismo: no vamos a pasar por ninguna aduana.
-Esa mujer será una adicta –supuso la señora-. Pero así va a tardar mucho más en recibir la cosa. Se va a subir por las paredes.
Mientras el joven aventuraba que tal vez solo fuera un loco y lo apoyaba otro por allí atrás, el chófer volvió a asestarme un vistazo antes de acelerar en la avenida. Entonces empecé a plantearme cómo le pediría que parase en un trayecto directo. Parecía un fanático del reglamento y ya íbamos con retraso. No es que temiese yo que por su falta de atención en la carretera se cumpliera la maldición del tipo del mando, sino que no podría tolerar durante dos horas la cercanía de alguien que me había descubierto. Con el agrio tufillo que emanaba de la mancha de sudor de la camisa encorvada, parecían sustanciarse sus sospechas. Miré atrás y, en lugar de ningún puesto libre, encontré la mirada fulminante del bigotudo. De un momento a otro cualquiera de los dos empezaría a burlarse de mí delante de los demás: aquel tipo tan grotesco había estado a punto de camelarme. Lo recordé intentando cambiarnos de canal, como si todos fuéramos los personajes difusos de una mala película, pero ahora me sentí solidario con él –estábamos vinculados- y me dio por pensar que, en efecto, el mundo se merecía que solo él y yo fuéramos reales.
 No parecían funcionarme aquella especie de par de ojos desorbitados del aire acondicionado instalados en el techo, pero, ya que no las de los viajeros, al menos desvié de mí sus pupilas. Por la ventanilla, a través del resplandor del sol, las calles parecían huir al pasado, hacia la primavera y el invierno de soledad en los que yo había estado encerrado, adonde ahora quería volver a toda costa. Había sido un imbécil creyendo que el verano y el mar y mi primo o su amiga serían mi salvación. En cuanto lograra bajar del autobús, cogería un taxi de vuelta al caserón. Pensé que el mejor sistema sería empezar a llamar gordo asqueroso al conductor y, crispando la cara y abriendo la boca como una fosa séptica, vaticinar que nos despeñaría por un barranco o se saldría por la primera cuneta y el motor estallaría y el autobús se convertiría en una bola de fuego.
Me imaginé lo que dirían de mí cuando reemprendieran la marcha.


viernes, 17 de mayo de 2013

LA DAMA DE TRINIDAD





                  


Todos los tipos vienen a verme bailar en la sala El Caribe, aquí en Puerto España; puedo notar cómo me reptan por la piel las larvas de sus miradas, y cuando me giro y agito la cabeza, entre la lluvia del pelo atisbo los alucinados ademanes de su deseo, los gestos soñadores de la lujuria y la expectación. Algunos hasta se atreven a abordarme en el camerino con ramos de rosas que mis negativas no tardan en marchitar. Se creen que el baile es una metáfora del sexo, y que al ejecutar con pasión cada nuevo paso, estoy insinuándome a ellos.

A eso creí que venía el maduro canoso de la otra noche, pero en vez de invitarme a cenar me comunicó que mi marido, Neal Emery, se había suicidado. Tras el biombo, me quedé helada, desnuda ante la verdad hasta que reaccioné y pude ponerme el vestido.

El visitante era Mr. Anderson, del consulado norteamericano en Trinidad, y venía acompañado del inspector Smythe. Me dijeron que Neal se había pegado un tiro. Dos pescadores habían encontrado su barca sin amarre; en efecto, el pobre había ido a la deriva desde que descubrió que no tenía talento para la pintura, como si en la vida no hubiera más realidad que su manía de buscar una manera original de reflejarla en un lienzo.

Los dos llevábamos un par de años en Trinidad cuando nos conocimos, hace poco más de uno. Yo me vine recomendada por el dueño de un local de Cleveland, un desgraciado que después de convencerse de que no lograría nada de mí, prefería dejar de verme a diario casi tanto como yo perder de vista a aquella ciudad tan gris. Neal también vino de rebote, porque cuando lo expulsaron de la Escuela de Arte de Chicago, se le ocurrió cambiar de ambiente y su hermano Steve le consiguió casi gratis un billete a Trinidad como pudo haber sido La Habana.

Neal llegó con la esperanza de que la exuberancia de las palmeras al salvaje viento del trópico, los atardeceres fulminantes como asesinos a sueldo o las lunas que bogan en las aguas nocturnas como cisnes malheridos, le inspirasen una visión propia, un estilo pictórico que lo expresase a él mismo. Me fijé en aquel joven moreno y espigado, de ojos entusiastas y pródiga sonrisa, que de mesa en mesa revoloteaba ofreciendo retratos por un dólar. Cuando me tendió el boceto de una bailarina parecida a mí, que suscitaba tal sensación de movimiento que parecía danzar en el papel como un dibujo animado, lo tomé por un genio. Mi padre había sido profesor de Bellas Artes. Empezamos a salir, comprobé que no tenía ningún talento y me enamoré de él.

A las dos semanas nos casamos en el juzgado. Neal fue feliz mientras aún se creyó en el camino de encontrar un estilo propio; a veces se pensaba a punto de lograrlo, decía que nadie habría pintado tal cosa de aquella manera y que de algún modo era necesario que él lo hubiera hecho así, y entretanto no le había importado primero mendigar y ahora que yo lo mantuviera. Pero cuando se vio incapaz de nunca pintar nada único se agrió, empezó a beber y a pensar en el dinero. Al contrario que yo, al descubrir que no tenía talento dejó de quererme. Dejó de querer al mundo entero, a sí mismo el primero, y por eso se envileció.

Averigüé que iba con otras mujeres y a partir de entonces lo único que compartimos fue esta casa, y eso las noches que él regresaba. Antes no le habían afectado los rechazos de marchantes y galeristas, pero ahora se complacía en vender por mil dólares sus cuadros a Max Fabian, el criminal internacional que de este modo le pagaba sus servicios, ya que, hambriento de dinero, Neal se había alistado en sus filas.

Así me lo comunicaron Mr. Anderson y el inspector Smithe, que desde el camerino me acompañaron a identificar el cadáver. Por su vida disipada, el suicidio no era el amigo que yo hubiera esperado de la clase de amargado que era Neal. Iba yo como una autómata, la conciencia impermeable a buena parte de lo que me decían ambos funcionarios. Curiosamente, después de todo lo que me había hecho sufrir, no podía recordar sino los raros momentos felices que había pasado con Neal. Solo reaccioné cuando el inspector insinuó que yo mantenía una relación secreta con Max Fabian. Aquí todo el mundo me toma por una diosa del amor. Es demasiado fácil pensar que me presto a realizar los sueños y las fantasías de los espectadores de El Caribe y achacar a mi cuerpo las variadas posturas y actitudes que sus sórdidas mentes haya combinado. ¿Acaso soy yo la responsable de haber generado toda la basura de sus cerebros?

Esta mañana, cuatro días después, Max Fabian me protegió en el juzgado de los periodistas. Realmente, incluso con su rígida cortesía, se le nota muy interesado en mí; al mirarme se le vuelve maleable el metal de la mirada. Volví a ser reclamada por el inspector y el cónsul. Había novedades sobre el caso. A la hora estimada de su muerte, un pescador había visto la barca de Neal en el embarcadero de Max Fabian. Y la autopsia había revelado que, en vez del disparo, le había producido la muerte una previa fractura del cráneo. Por tanto había sido asesinado, y presuntamente por Max Fabian, que había eliminado a mi marido para quedarse conmigo. Ni siquiera se molestó en indagar sobre nuestro matrimonio. El inspector me explicó que, no obstante, no había pruebas contra él. Como tampoco nunca se había podido demostrar su directa implicación en el tráfico de armas ni su concepción de variados complots criminales.

Ahora los servicios secretos lo sabían promotor en el Caribe de algún tipo de actividad antibritánica. Al parecer Fabian había espiado al mismo tiempo para bandos contrarios, urdido múltiples intrigas y sido, en fin, responsable de miles de muertes. El pobre Neal ha sido su víctima más reciente. Anderson y Smithe me pidieron que, ya que él me deseaba, de momento le diera esperanzas, me informara de sus secretos y se los transmitiera. Acepté. Aunque solo fuera en memoria de Neal.

Para que Fabian se confiara, en el juicio confirmé que mi marido tenía una personalidad autodestructiva y que varias veces habló de suicidarse. Así quedó corroborado en la sentencia: muerte por suicidio. Max me llevó a casa y acepté cenar en su mansión el domingo. Mi carrera de espía había empezado satisfactoriamente.

Al rato, alguien se perfiló en el umbral del vestíbulo y antes de que saliera de la penumbra, su pelo oscuro, los ojos furibundos y la cara ansiosa por un momento me hicieron creer que era Neal de vuelta de alguna de sus frustrantes entrevistas con algún marchante. Pero solo se trataba de Steve, su hermano. Y de hecho venía furioso de que en el juicio hubiéramos arrastrado la reputación de Neal haciéndolo quedar como un borracho, un mantenido y para colmo suicida. Hasta me acusó de haberle arruinado la vida. También yo me indigné de que volvieran a tomarme por una mujer fatal y lo dejé solo. Todo el mundo se cree que soy una devoradora de hombres y que utilizo mis encantos indiscriminadamente; incluso Smithe me ha reclutado para hacer eso mismo con Max Fabian.

Poco después Steve y yo nos hemos tranquilizado y hecho las paces. Me ha explicado que el mismo día de su muerte Neal le había escrito, con tono animoso, ofreciéndole un trabajo aquí, lo cual no es propio de alguien que está al borde del suicidio. Para mí ha sido un consuelo hablar con Steve, pero a causa de mi cometido contra Fabian no puedo contarle la verdad sobre la muerte de su hermano. En su compañía me siento como en los primeros tiempos con Neal, serena y a la vez emocionada, y hasta pierdo la noción del tiempo. Ahora que me gustaría conocerlo más, tengo que concentrarme en destruir a Max.

Físicamente Steve se parece a su hermano, pero su impulsividad está matizada por una inteligencia más diáfana, por un juicio más sensato. Lo he invitado a que pase la noche en casa y ocupe el cuarto al que eché a Neal cuando nos peleamos.

El único motivo por el que no quiero que Steve ocupe el puesto de Neal es porque éste nunca volvió a mi dormitorio.        

                                                                                                                                       

martes, 14 de mayo de 2013

CON FALDAS Y A LO LOCO




                 



Soy un tipo que lleva toda la vida huyendo. Primero de los matones del colegio, luego de mi castradora madre, después de los acreedores y hasta de un apartamento en llamas. De un lado a otro, tan lejos y rápido como he podido, y ahora, con tacones, un collar de corales falsos, postizos en los pechos y peluca, incluso tengo que hacerlo de los hombres. ¡No soy una cualquiera! Al menos mientras que para el mundo siga siendo una chica.

Todos los hombres parecen tener dedos en las pupilas, y eso que me creía poco atractiva, pese a que me haya depilado las piernas o lo bien que me he maquillado. Desde luego que entre Joe y yo el ligón era él, pero parece que como mujer soy yo el que más éxito tiene, y mi garbo va dejando por la calle una estela de suspiros y miradas arrobadas. Lo malo es que estoy constipado, y este viento del lago Michigan impulsa gélidas corrientes que que me suben por debajo de la falda, me ponen la piel de los muslos de gallina y me congelan hasta los hirsutos vellos de la entrepierna. ¡Ser mujer es mucho más arduo de lo que pensaba!

El único consuelo, hoy día de San Valentín, es que hasta ahora no nos hemos echado novio. Todo empezó anoche, en la funeraria Mozarella, que realmente lograba que cada cliente pasara bajo sus umbrales a mejor vida, ya que como genial tapadera daba acceso a un garito ilegal que con sus tragos, risas y músicas parecía el Paraíso. Parte de la música la aportábamos Joe, mi compañero de tribulaciones, y yo, respectivamente saxo y bajo, dos instrumentos que nos definían como hombres.

Por culpa de su mala cabeza en el juego y mi docilidad –sí, él es el dominante de la pareja- debíamos dos meses de alquiler, ya no nos fiaban en el colmado y hasta al mismísimo Joe las bailarinas le arrugaban la frente si lo veían acercarse a pedir un préstamo. Y para colmo, anoche, que era día de cobro, nos quedamos sin paga ni trabajo después de la redada que se llevó detenidos a la mayor parte de clientes y empleados. ¡Ojalá nos hubieran cogido también a nosotros! Pero fiel a mi sino, una vez más volví a escapar, junto con Joe. Si bien él es un donjuán que embauca a todas las chicas, a mí no me ha hecho falta vestirme de mujer para que me engañe. Accedí a empeñar mi abrigo para apostar en el canódromo y esta mañana, con un flemón y fiebre, hube de afrontar en chaqueta un viento de carámbanos afilados. Joe es lo bastante afortunado con las mujeres como para nunca acertar ningún ganador. Indignado, dejé de hablarle durante casi cinco minutos.

Famélicos y con agujeros en los bolsillos, en las suelas de los zapatos y hasta en el ánimo, al filo de la desesperación, nos llegamos a la agencia de empleo, donde una de las secretarias nos dijo que Poliakoff justamente necesitaba un saxo y un bajo para una gira por Florida. Entusiasmados por tal ajuste de la pieza del deseo en el rompecabezas de la realidad, accedimos a su despacho y no tardó el agente en darle un manotazo al puzzle: eran esos los instrumentos que necesitaban en cierta orquesta, pero tocados por sendas chicas. Todo había sido una mala broma de Nelly, la secretaria despechada por un plantón del caradura de Joe. Como me repito desde que llevo falda, una no se puede fiar del primero que llega.

Fue entonces cuando con tal de comer se me ocurrió la idea de travestirnos para que nos contratara aquella orquesta, pero Joe la descartó porque era demasiado hombre para eso. Al final Poliakoff nos encontró la ocasión de tocar en una fiesta universitaria, en Urbana, a más de cien millas de Chicago, y como no tenemos dinero ni para un autobús, Joe tuvo que camelarse a Nelly para que nos dejara las llaves de su auto. Yo habría preferido Florida por el sol, las palmeras o las chicas de la playa… Quién me iba a decir que yo sería una de ellas.

Entramos en el garaje y nos encontramos a un grupo de malencarados tipos que ya me parecieron gángsters. Mientras prolongaban su tensa partida de póker y el encargado nos llenaba el depósito a cuenta de la dueña, irrumpió otra banda que sorprendió a los primeros y los encañonaron con metralletas que brillaban mortales como tiburones a ras de agua. Para entonces Joe y yo nos habíamos ocultado tras el auto. Los del primer grupo fueron masacrados cara a la pared junto con el pobre encargado, que no había sido tan hábil como nosotros. A vista de perro, reconocí los botines del jefe de los sicarios, Colombo, que aunque intenta conservarlos impolutos, con frecuencia acaba por manchárselos, casi siempre de sangre. Precisamente era él el dueño de la funeraria-bar donde tocábamos y al parecer se vengaba así de cierta delación que había provocado la redada de la víspera. Dado que en aquel local se practicaban pocos ritos fúnebres, le sobrarían ataúdes y necesitaría cadáveres para amortizarlos.

Nos descubrieron, y aunque no querían testigos, gracias a que los distrajo el intento de telefonear que hizo uno que agonizaba, pudimos huir entre las primeras sirenas. Ya estábamos otra vez a la fuga. Momentáneamente a salvo, Joe telefoneó a Poliakoff y con voz aflautada se presentó como una chica apta para el puesto que necesitaba aquella orquesta de gira por Florida. El amor a la vida superó a sus prejuicios. En Chicago éramos hombres muertos, así que acabó por adoptar una idea que a mí ya no me parecía tan buena. Tener una fantasía no es lo mismo que deber consumarla veinticuatro horas al día. El vestuario de nuestras antiguas compañeras de trabajo hizo el resto.

En el andén de la estación, donde nos esperaba la orquesta femenina, nuestras rigideces, rectilíneas siluetas y trastabilleos contrastaron con la mullida opulencia y las curvas de la rubia Sugar Kane, una de nuestras nuevas compañeras, que se bamboleaba plena y sin embargo aérea, escorando a un lado y otro su redondeada feminidad a un ritmo que pautaba el deseo de todos los hombres presentes en la estación. Hasta el motor de la locomotora pitó, como ovacionándola con penachos de humo.

Joe y yo nos presentamos como Josephine y Dafne a la directora y al manager, que para mi sorpresa al vernos apenas abrieron los ojos un poco más de lo normal. A Joe se le ocurrió que camufláramos nuestra masculinidad con los típicos remilgos de las chicas poco agraciadas que, según él, con escrúpulos justifican su escaso éxito, y como sendos lobos con piel de oveja fuimos muy bien acogidos entre las chicas. En el aseo conocimos a Sugar, la más atractiva de un harén donde vestido de mujer me sentía como un eunuco. Supimos que bebía a escondidas, y ya que por eso estaba amenazada de expulsión, admití como mía la petaca que durante el ensayo se le cayó de la liga. No sabía yo el favor que me estaba haciendo a mí mismo.

Porque ahora que nos hemos acostado en las literas –y como un marido celoso Joe, que ocupa la de abajo, me ha retirado la escalerilla para impedirme escarceos nocturnos-, la mismísima Sugar acaba de irrumpir entre las cortinas de mi cama. Viene a agradecerme la ayuda, se me acuesta al lado y de inmediato me quema el calor de su cuerpo y se me sube a la cabeza. Me pregunta si a cambio puede hacer algo por mí y aunque me abrasa la llamarada de cierta posibilidad, solo la invito a quedarse el tiempo que quiera porque con ella me siento muy a gusto. Y como me pongo a temblar le birlo a Joe la botella de whisky y le propongo celebrar una fiesta privada que para ella tendrá una gran, monumental, sorpresa final.

Con tal de llegar a este punto, ha merecido la pena tanta huida.                     

                                                                                                                    

sábado, 11 de mayo de 2013

ÁNGELES CON CARAS SUCIAS


                    Resultado de imagen de angels with dirty faces james cagney                         

Los más jóvenes no recordaréis cómo era Nueva York durante la presidencia de Harding: el traqueteo de las carretas de lecheros y vendedores ambulantes entre el hormigueo de la gente; las voces puntiagudas de los vendedores de periódicos o de los italianos desde los puestos de fruta contrapunteando las notas eufóricas del organillo, que ascendían hacia la ropa tendida entre las escaleras de incendios; los charcos y el barro de las carreteras sin asfaltar formando surcos color chocolate entre las bostas de los caballos. Y deslizándonos entre ese bullicio, aquel magma de animación y vida, no faltábamos los rapaces de entonces, vagos golfillos sucios y desarrapados que agotábamos los días eternos en travesuras y rapiñas. Yo, Rocky Sullivan, era uno de los más osados cachorros de la avenida.

Huérfano de madre por culpa de la gripe y con papá en la cárcel, dormía en la cocina de unos vecinos y en todo el día no conocía más techo que el del cine ni otros maestros que los borrachos de los callejones; gastaba las horas rodando por el barrio como un salvaje en la selva. Mi mejor compinche era Jerry, un pillo que también tenía doce años. Nos dedicábamos a burlarnos de los polis, colarnos en los cines y a provocar a las chicas, sobre todo a Laury, mi preferida y a la que más me gustaba hacer rabiar, quizá porque aún no estábamos en edad de salir juntos.

Pero sobre todo robábamos. Lo hacíamos en el mercado y los almacenes, en los drugstores o las ropavejerías. Solo nos faltaba hurtarle la colecta al Padre Boyle. Los centavos que por todo aquello nos pagaba el buhonero los gastábamos en cigarrillos y chucherías. Un día a Jerry y a mí se nos ocurrió pasarnos por la terminal de los trenes de mercancías a ver si podíamos afanar unas bolsas de carbón, y nos encontramos con un vagón lleno de estilógráficas suizas. Fue forzar la compuerta y sorprendernos el vigilante. Llamó a un policía y nos persiguieron entre los vagones y a través de los raíles y del miedo, me torcí un tobillo y, el corazón en la boca, me atraparon al intentar saltar una valla.

Jerry sí se escabulló pero a mí me condenaron a tres años de reclusión en el reformatorio Warrington. Aunque por una vez tenía la comida asegurada, como un cachorro de león en el circo, me agobiaba no poder mezclarme en la corriente de vida de la calle, verme segregado del inagotable fluir, como un río caudaloso, de cualquiera de las avenidas donde brillaba la espuma de lo fugaz y lo imprevisible, o rompían las cataratas del peligro.

De visita, Jerry se ofreció a entregarse para que yo no cargara con toda la culpa, pero lo disuadí, no por generosidad, sino para que se cumpliera la ley de la calle. ¿Hay algún león que en la selva se entregue al cazador? Justo allí se bifurcaron el camino de Jerry y el mío, al punto de que ahora, quince años después, él es el sacerdote de la parroquia, el sucesor del Padre Boyle, y yo llevo camino de convertirme en el rey de las calles, el gángster más poderoso de Nueva York, el león de la ciudad.

Volviendo al pasado, en el reformatorio me condenaron a tres años más por romperle la pierna al director, que se empeñaba en que yo no guardaba la línea de la fila, y mi siguiente condena, de cuatro años y seis meses por contrabando de alcohol, la cumplí en San Quintín porque ya tenía edad suficiente. Entretanto, en la banda de Matteotti me respetaron la dirección del distrito norte, y a los dos años ya había desbancado yo al mismo Matteotti y organizado tres destilerías clandestinas en la ciudad. Ojalá al gobierno se le hubiera ocurrido ilegalizar también el tabaco o hasta el aire de Central Park.

Una noche granicé el ventanal del restaurante de los Baretti para confirmarles que me quedaría con la explotación de la mitad de sus calles, y aunque al día siguiente me detuvo la policía me tuvieron que soltar por falta de pruebas. Podía pagarme los mejores abogados y me asocié al que me salvó del apuro, Frazier, un ingeniero de las leyes capaz de saltárselas gracias a los provisionales puentes que tiende entre ellas, tan sutil que se desliza como una culebra entre los renglones y márgenes de las páginas del Código Penal.

Con Frazier abrí un casino y sala de fiestas que camuflando los beneficios del tráfico de alcohol los multiplicara, de modo que en pocos meses reunimos ochocientos mil dólares. Pero después de otra batalla de la infinita guerra de bandas volvieron a atraparme. Esta vez encontraron mis huellas en una ametralladora, y lo mínimo que Frazier pudo obtener del fiscal fueron tres años de condena. Frazier me pidió que los asumiera con tal de que dejaran de escarbar en los cimientos de nuestro entramado, y en la inteligencia de que él seguiría con un negocio que no ha dejado de prosperar, y que cuando me pusieran en libertad, ahora, la mitad del emporio sería mía.

Así que por fin ha dejado de girar para mí la rueda de la rutina de la cárcel: las pesadas tareas del taller, las comidas insípidas, los paseos en el patio. Lo primero que he hecho ha sido venir al barrio después de quince años de ausencia. Todo sigue igual salvo que ahora los autos han sustituido a los caballos; los relinchos ya son cláxones. Voy a entrar a la iglesia a saludar a Jerry. Aunque en todos estos años no hemos vuelto a vernos y hace mucho que dejamos de escribirnos, en seguida recobraremos la confianza; las semillas que se plantan en la infancia nunca dejan de germinar.

No paro de mirar a las chicas intentando reconocer a Laury, aquella pelirroja a la que tiraba del pelo. Por estas calles al fin vuelvo a oír mis pasos, los del pasado y los del presente; necesitaba nutrirme de las voces abigarradas de mi gente y de los colores en movimiento de mi ambiente antes de presentarme en el estirado local del maquiavélico Frazier… su local y mío, quiero decir. ¿Cómo no me va a poner objeciones en cederme la mitad si yo mismo lo considero suyo? Ningún león regala la mitad de su presa.

Por doquier veo chavales que me recuerdan al que yo fui hace quince años. Gracias a ellos puedo detectar entre la algarabía del presente el eco de mis correrías de antaño. Ahora incluso uno se topa conmigo; se me parece tanto que podría haber sido yo mismo en los viejos tiempos. En el bar me han dicho que Jerry ha creado un lugar de recreo para que los chavales no se conviertan en los golfillos que éramos y con el tiempo no lleguen a ser lo que yo. El león de las calles.

Solo que por aquí los leones no son especie protegida. Incluso me han robado la cartera: habrá sido ese chico de antes, el Rocky de los viejos tiempos, el que me también me robó la posibilidad de una vida larga, tranquila y feliz.



miércoles, 8 de mayo de 2013

GILDA




                   


Un tipo duro como yo, Johnny Farrel, que hace su propia suerte, no debería ser tan sensible a los puños duros y a las pelirrojas, no sé qué me dolerá más, lo cierto es que llevo media vida huyendo de los primeros para caer en poder de las segundas. Cualquier jugador profesional sabe que mezclar a las mujeres con el juego es tan malo como mezclar bebidas, pero tengo comprobado que apenas un destello cobrizo en la melena de alguna chica me avería la suerte.

Con veinticinco años llegué en un mercancías a Nueva York, procedente de Chicago, huyendo de los barrios más duros de por allí. En los muelles puse en práctica las enseñanzas de mi tío, ilustre timador, a la hora de trucar los dados y durante varias semanas siempre que necesitaba sendos seis apostaba el doble contra los estibadores. La racha cambió por culpa de la hija de uno de los sindicalistas del puerto, una pelirroja que conocía mis métodos y a la que el tono del pelo se le trasvasó a las mejillas cuando supo que también me gustaban las morenas, porque entonces le dijo a su padre que yo era un tramposo y de milagro escapé de las mazas de todos aquellos puños que tanto dinero me habían soltado. No hay mujeres de carácter tan furibundo como las pelirrojas, el rojo es el color de la ira.

Esta vez mis medios me permitieron tomar un pasaje de primera a Valparaíso, donde me lo robaron todo en una taberna después de que otra pelirroja me narcotizara el vino, y luego me enrolé en un carguero camino de Jamaica y en un mercante que desembarcó en La Habana. Un tipo tan duro no debería tener mi debilidad por los románticos nombres de ciudades y países que aparecen en las cajetillas de cigarrillos británicos.

Tras un par de años de aventuras que me mostraron los claroscuros del destino, los azares que como naipes reparte la suerte a los jugadores me devolvieron a Nueva York, de cuyos muelles me esfumé en seguida, no fuera a quedar algún estibador con buena memoria. No era fácil que me reconocieran, después de haber servido como fogonero en un buque. Sin embargo, reconstruí mi suerte y poco después de asearme en una boca de riego encontré trabajo en un garito clandestino de Park Avenue. Era un local de lujo en el que yo daba las cartas, pero la banca saltó por culpa de la más pelirroja de todas la pelirrojas: Gilda.

La conocí mi primera noche libre; bailaba en una sala de fiestas de Broadway. Recuerdo que cuando Gilda salió al escenario, agitó la sala el temblor y el demudado silencio de los terremotos. Cada vez que la veía actuar acontecía el mismo asombro que henchía la atmósfera del local con todo el aire que dejaban libre las respiraciones contenidas. A los primeros pasos creaba ella un espacio inédito, una especie de cima en el ambiente donde sus brazos se agitaban y desde la que todo el público y hasta la orquesta se resbalaban; su pelo se arremolinaba como una antorcha en la noche, sonreía y en torno a la provocación de sus movimientos el tiempo fluía en una dimensión distinta a la normal, raudo y luminoso como en la propagación de un incendio, más liviano y también potente que el habitual, radiante y a la vez oscuro, hasta que se detenía en un éxtasis mágico del que se quedaban colgando las desesperadas esperanzas de los presentes.

De repente uno advertía que hacía tiempo que ella se había retirado y un torbellino parecía haber arrasado la escena. Logré que me la presentaran y empezamos a salir. Entonces para mí también cambió incluso el tiempo que no pasaba con ella. Bailar con Gilda era aún más peligroso que verla hacerlo. Aunque fuera una música lenta, te acelerabas en su frenesí y como además no dejaba de hablar, yo apenas la entendía en el ombligo de aquel vértigo, sin aliento, y de nada me valía repetirle jadeando que cada cosa a su tiempo, que hablara o bailara pero que no lo hiciera a la vez porque yo solo era un hombre, y ni siquiera un tipo tan duro como siempre había creído.

Gilda estuvo a punto de convertirme en un romántico. Me obsesionó tanto que empecé a equivocar las cartas en el trabajo y, enajenándome de la confianza en mí mismo y en ella, empecé a sospechar de las sonrisas que repartía entre sus admiradores. Después de renunciar a ella, como quien recobra la vista tras mirar al sol, empecé a comprender que su profesión la obligaba a ejercer aquellas simpatías y que si había coqueteado con alguno lo había hecho para que yo la apreciase más. Hubo días que me ausenté del trabajo para espiarla y al único que sorprendí fue a mí mismo al encontrar la carta de despido del jefe.

Cocido en el infierno de los celos, cuando más me enmarañaba en los hilos de las sospechas y en las urdimbres de las conjeturas, logré rasgar aquella trama, me escabullí y subí al primer barco que encontré con destino a América del Sur. Así deserté de mí mismo, o más bien del nuevo y peligroso Johnny Farrel que Gilda había creado, un tipo que me inspiraba miedo: las pelirrojas sacan lo peor de mí mismo.

En las siguientes ciudades donde recalé –Montevideo, Río, México- no ha habido más pelirrojas y aun así me ha esquivado la suerte. Miento, sí que ha habido: miles de espectrales Gildas que no han dejado de danzar furiosas en el delirante escenario de mis insomnios y borracheras. Aunque cada vez creo menos en su perversidad han pagado por ella otras mujeres. Hasta que naufragué en el puerto de Buenos Aires, el ánimo harapiento, y con las ropas y el hambre de un mendigo. Gracias a que al menos conservaba mis infalibles dados volví a hacer mi suerte a costa de unos marines achispados.

Gané, pero detecté en la brisa nocturna la inconfundible estela de rosas de las tardes primaverales en Central Park, que me trajo el recuerdo de alguna tristeza. Creí que se trataba del perfume de Gilda, pero recordé que usaba Chanel. Cuando me encañonó un ratero dispuesto a privarme de los dólares que les había ganado a los marines, el peligro me hizo caer en que aquél era el perfume que embalsamaba los crepúsculos hacia los que Gilda y yo paseábamos del brazo por Cental Park. Me libró del ladrón la cuchilla camuflada en la contera del bastón de un caballero tan afilado, sutil y gélido como aquélla. Cínico y arrogante, parecía alguien muy poderoso; ostentaba la siniestra elegancia de ciertos asesinos; de la cicatriz de la mejilla, de su angulosa cara y solapados movimientos se desprendía un inequívoco aire de infamia. Al saber que era jugador, me dio la tarjeta del casino que regentaba, en la inteligencia de que no tardaría yo en exhibir mis facultades sobre sus tapetes de fieltro verde.

Al día siguiente lo primero que hice fue comprarme un traje barato con los beneficios y acudir a una peluquería. Por la tarde me presenté en el lujoso local. Me hice notar ganando demasiado al veintiuno, un par de matones me vapulearon –ya estaba de nuevo probando los puños, solo faltaba la pelirroja de turno- y cuando me llevaron ante el dueño, Ballin Mundson, el tipo del bastón, lo convencí de que me contratara. Después de dar tantos tumbos me apetecía disponer de un sueldo fijo.

Empecé vigilando las mesas para que no nos timase nigún tramposo como yo y a las pocas semanas ya era indispensable para Mundson. Además, me adentré en su confianza y amistad; nos unían cierta camaradería en el escepticismo, la misoginia y la dureza de nuestro concepto de la vida. Ante él sí que me sentía un tipo duro de verdad, es lo que se esperaba de mí. Hace un par de semanas, antes de salir de viaje, me nombró gerente del local con un porcentaje sobre los beneficios. Me ha gustado ser ahora quien administra las palizas.

Mundson ha regresado la noche de hoy sábado y al pasarme por su mansión para saludarlo me recibe radiante, con una sonrisa que por una vez no debe al poder o a la ganancia. Me confiesa que se ha enamorado (¡creía que odiaba a las mujeres!) y al darme paso al dormitorio para presentarme a su querida oigo una música que me conmueve, avanzo intrigado sin aún poderme creer que se trata de la canción favorita de Gilda y veo que en el tocador cae la cascada de una cabellera pelirroja que no le debería parecer tan terrorífica a un tipo duro como Jonnhy Farrel.       

                                                                                                                      

domingo, 5 de mayo de 2013

EL ÁNGEL EXTERMINADOR




              


De estas veinticuatro horas lo que más me ha extrañado no ha sido la mansedumbre de mi marido ante los desafueros de los invitados, ya que después de todo es un cornudo complaciente, sino la falta de cortesía de ellos al quedarse a pernoctar en la sala y hoy el día entero aún sin poder salir de aquí, y hasta achacándonos tal maleficio a Edmundo y a mí, sus anfitriones, por haberlos invitado a una cena recepción después de la ópera, como si nuestra casa estuviera maldita y los hubiéramos atraído con añagazas y no hubieran venido halagados por la invitación.

El primer síntoma de que se había atascado alguna ruedecilla del engranaje de nuestra rutina fue que en plena cena se despidiera toda la servidumbre, cocineros y camareros incluidos, a excepción del fiel Julio, y no aceptaran quedarse ni bajo amenaza de despido si consumaban la defección. Como las ratas del barco que se hunde, parecían haber captado en el ambiente el presagio de alguna desgracia.

Hasta entonces se habían comportado con normalidad, y hasta brillantez por parte del mesero encargado de representar cierta perfomance. La cual tuvo lugar al anunciar yo que se nos iba a servir como primero un guiso maltés a base de hígado de ganso, almendras y miel, que me había inventado la víspera, pese a lo cual Alberto Pérez, el director de orquesta, se apresuró a decir que lo había probado en Capri, y cuya originalidad consistía en que dicho camarero debía hacer que se tropezaba y explotar la fuente contra el suelo inundando la sala de efluvios de especias y salpicando a los comensales más próximos. También había salido bien el adiestramiento del oso y el cuidado del rebaño de corderos, que no obstante mandé llevar al jardín después de la fría acogida que por parte de los más anticuados tuvo el estallido del primer plato.

Por desgracia tampoco fue la primera vez que Edmundo olvidara que ya había hecho un brindis y al repetir el que hiciera en honor de Silvia y de su actuación como novia virgen (¡!) de Lammermour, todos lo ignoraron.

Después de la cena Blanca se sentó al piano y sin que ninguno la escuchara los invitados rehilaron sus coloquios en la sala agrupándose y reagrupándose según el humor, el tedio o la digestión de cada uno. Las puyas no fueron más punzantes que de costumbre, ni los desplantes más abruptos o las indirectas menos alambicadas. Incluso la llamada Walkiria apenas granizó una sola ventana arrojándole un pisapapeles de pirita. Nadie se insolentó más de lo usual, ni siquiera Leandro Gómez, célebre fustigador del populacho en las tertulias, ni el coronel Álvaro, que se limitó a burlarse de los incautos que mueren por la patria. La úlcera de Cristian no le provocó más que unos cuantos exabruptos contra los Derechos Humanos, y esta vez la lúbrica pareja que forman Beatriz y Eduardo lograron contenerse y no practicaron el amor tras las cortinas de raso rojo. Ese ínclito humanista que es el doctor Roldán solo difundió el secreto de un diagnóstico, eso sí, mortal de necesidad, el de Leonora, que siendo la única en no saberse desahuciada le agradeció la curación con un beso muy apasionado.

Pero sobre las cuatro se me acercó Gustavo, mi amante de esta semana, extrañado de que aún nadie diera señales de retirada, y le recomendé que cuando se fueran me esperase en la recámara. El error fue permitir entonces que la esposa de Cristian y Alberto, el provecto músico, se tendieran en los sofás para reposar un poco, pues aquello les infundió a los demás la fatal idea de imitarlos.

Al fin algunos preguntaron por sus abrigos y chales, pero a continuación nadie fue siquiera capaz de intentar salir de la sala e incurriendo en la más elemental falta de etiqueta se dispusieron a acampar aquí como una tribu de salvajes. Saltaron los botones, se aflojaron corbatas y cordones, y las chaquetas de los fracs ya pendían como fantasmas de los respaldos de las sillas. Hasta Edmundo se despojó de la suya con tal de que los invitados no se sintieran incómodos de haberlo hecho. Aunque los más conscientes nos agradecieron nuestra hospitalidad pero la declinaron porque en pocas horas los esperaban familiares y obligaciones, ni ellos, que estaban escandalizados por la descortesía del resto, se atrevieron a dar un paso hacia la salida.

Rugían los bostezos, se abatían los párpados y el sueño nublaba los rostros en los que se habían desvanecido el rímel y el carmín. Acabaron todos de acomodarse en divanes y canapés, Julio apagó la luz y sonó el primer ronquido. Curiosamente dormí mejor que nunca, enroscada en el sofá y solo por unos instantes me despertó un fuelle de jadeos que culminaron en un suspiro como de alivio y un silbido parecido al de un neumático que se deshincha.

La luz de la mañana pintó las ojeras violáceas, la demacrada tristeza de las mejillas y los carrillos caídos de nuestros amigos. Julio me informó de que no se había presentado ningún proveedor habitual, ni siquiera el lechero, así que le mandé preparar un desayuno a base de sobras de la cena. Al parecer, durante la noche Don Pedro, uno de los más ancianos, se había sentido indispuesto, y ahora yacía inconsciente sin que el doctor supiera qué hacer por él sin una aspirina a su alcance. Pese a la caballerosidad y urbanidad de los presentes, aunque el enfermo necesitaba de urgente asistencia, nadie hizo por salir a reclamarla.

Me disponía a acompañar a varias señoras al tocador para que se refrescaran un poco pero nos quedamos paralizadas en el umbral maldito, privadas de voluntad, como si en vez de dar un paso adelante hubiéramos de saltar de una trinchera y el comedor fuera tierra de nadie. Incluso Julio por primera vez en su vida no pudo obedecer una orden, al ser incapaz de cruzar esta barrera invisible y traer cucharillas para el café. Ya se ha quedado también él cercado por el cuadrado mágico de esta sala, el día entero sin poder salir de aquí, hechizados por un encantamiento de impotencia, con el agua y los alimentos empezando a escasear, los primeros síntomas de irritabilidad adensándose con el sudor de las ropas ajadas, un agonizante en el sillón, e ignorando a qué se debe nuestro encierro, si a indolencia, curiosidad, inmovilismo, espíritu gregario, locura, escrupulosidad, desafío, irresponsabilidad, abulia, delicadeza, vicio, impotencia, originalidad o quizá miedo al exterior, a la vida y a las gentes de la calle, aunque tampoco es el motivo de esta situación lo que más me importa, sino hasta cuándo habremos de soportarla sin ahogarnos en suciedad, violencia y este hedor a muerto que ya empieza a insinuarse en el ambiente aunque el enfermo aún respira.                           

                                                         

jueves, 2 de mayo de 2013

ÁNGELES SIN BRILLO


                                  


Doce años sin detenernos más de una semana en ninguna parte me han enseñado que todos los recintos festivos –incluso éste del carnaval de New Orleans donde llegamos ayer- son iguales: los hangares de chapa, los pilones de los circuitos que ciñen los aviadores (Roger Shumann, mi marido, es el mejor), los graderíos portátiles, los puestos de helados como ése donde nuestro mecánico Jiggs le está comprando uno de chocolate a mi hijo Jack, las atracciones infantiles… y en eso se ha convertido nuestra vida, en un carrusel de fiesta en fiesta donde nosotros somos los únicos que no reímos, Roger y yo, amigos del aire, adictos al peligro, arriesgando él su vida a cada giro sobre el pilón en una carrera contra la muerte que tarde o temprano todos los pilotos pierden, cómplice y esclavo de la velocidad; y yo, celosa del riesgo que él corre pero también novia del vacío y del vértigo, dejándome caer en paracaídas desde el cénit de las fantasías del público, a través de un tiempo tan extenso que me parecería subir a las nubes y no descender a la tierra, si no oyera cada vez más nítidos los aullidos de los espectadores adivinándome la ropa interior bajo el vuelo de la falda.

Ayer, nada más llegar en pleno Mardi Gras, el bueno de Jiggs se compró unas botas de cuero para vestirse de gala y con una conmovedora vanidad pavonearse ante mí como si por una vez el héroe fuera él, el mecánico, y parecerse al mismísimo Roger Shumann, el mejor piloto de carreras y mítico ex combartiente de la guerra en que se conocieron, y poder rivalizar con el hombre que más admira, su antiguo superior y ahora jefe, el mismo que lo ha privado del amor de su vida, yo. Porque a él Jiggs lo quiere solo un poco menos que a mí. El bueno de Jiggs se ha convertido en el tercer ángulo de nuestro triángulo, obtuso pero siempre abierto a ayudarnos a cualquiera de los dos. Tiene un corazón puro y blanco como la nieve, que se derrite igual de fácil.

Mientras Roger se quejaba de que por culpa de aquellas botas tan caras no podríamos pagarnos ni una pensión y habría que dormir en el hangar, apareció un tal Burke Devlin, un joven y apuesto periodista del Times Picayune que venía de la mano de Jack y ofreció su apartamento para pasar la noche a unos nómadas desconocidos como nosostros. Otro cándido de corazón blando. Aunque dijo hacerlo para escribir un reportaje sobre nuestro oficio, no me engañó la expansión de sus pupilas, como si en vez de mirarme a mí contemplase el mar o el fuego.

Si lo que Burke quería era una historia para el periódico, anoche se la conté, y bien triste e inverosímil, en su casa. Cuando llegó de la calle, se encontró a Jiggs y a Roger en su cama, a Jack durmiendo en la alfombra, y a mí leyendo en el sofá, así que se la pude contar a solas. Todo empezó en 1918 y en el muro de un granero de mi pueblo, en Iowa, donde vi un cartel anunciando bonos de guerra: un célebre piloto se perfilaba en la cabina de su avión de combate, tenso y magnífico, erizado el pelo rubio sobre los ojos y la nariz de águila, invicto y glorioso, en picado hacia la apoteosis de sus cinco condecoraciones y rumbo a un prometedor futuro que acabaría incumpliendo su palabra. Era el mismísimo Roger Schumann, que había derrribado a doce aviones enemigos.

Después de soñar con él dos años y recrearlo en todas las actitudes del héroe, lo conocí a mis dieciséis años, el diecisiete de Agosto de 1920 (nunca olvidaré esa fecha), en una exhibición aérea. Me firmó el programa, y los de la fila empezaron a protestar, ya que no podía decidirme a dejar atrás a quien desde el estrado, ahora lo sé, solo me miraba como a otra de las mujeres que conocía en las casas alegres de cada ciudad. Despegó hacia Omaha: siempre ha amado los aviones mucho más que a mí. Para él pilotar un avión es el cielo.

Dejé a mis pobres padres, seguí a Jiggs, logré subirme a su autobús y sin querer lo trastorné al punto de que la noche del trasbordo quiso alojarme en el hotel más caro de los alrededores. Al vernos, Roger explotó contra Jiggs y contra mí. Siempre ha tenido los nervios de un artista que no quiere que lo distraigan de su trabajo. Sin embargo, acabó por aceptarme porque yo le gustaba. Como a muchos. Puse como excusa de haber acompañado a Jiggs aspirar a convertirme en paracaidista de exhibición, para que fuera él quien se declarase, pero hace años que soy profesional y aún estoy esperando que lo haga.

Nos casamos el 17 de Julio de 1923 (esta fecha preferiría olvidarla), en Portland. Como siempre, estábamos en una exhibición. En la cafetería del aeropuerto le dije que iba a tener un hijo y él apenas levantó la vista del periódico: después de tantas noches lo raro era que no hubiera ocurrido antes. Jiggs le arrancó el periódico de las manos y le dijo que si no lo hacía él, se casaría conmigo. Después de todo, yendo juntos los tres a todas partes, a nadie le habría extrañado que el padre fuera Jiggs. Entonces a Roger no se le ocurrió sino coger dos terrones de azúcar, inscribir varios puntos en cada cara de los cubos y tirarlos como dados: obtuvo un ocho. Se los alargó al mecánico. Al comprender éste que pretendía jugarse al azar cuál de los dos se casaría conmigo, quiso atizarle, pero desde la guerra es tal la autoridad que Roger ejerce sobre él y por una vez vio Jiggs tan factible el sueño de casarse conmigo, que terminó por lanzar los azucarillos: un siete.

Como perdedor, Jiggs exclamó que se casaría conmigo, pero entonces, y de esto se alimenta la esperanza de mi vida, Roger repuso que era el ganador quien debía casarse, y volvió a ponerse a leer el periódico. Dos horas después fuimos al juez de paz y todo siguió igual entre nosotros. Aunque desde entonces no hemos vuelto a hablar del tema, al menos una vez al día recuerdo lo rápido que Roger replicó que el ganador sería el novio, como si yo le fuera más preciada que uno de esos premios que gana en el aire. Sí, pilotar un avión es su único cielo.

 Mientras había oído la última parte de mi historia, a Burke los ojos se le salían de las órbitas de incrédula indignación. Esta mañana tampoco se ha separado de mí. Roger y yo hemos efectuado nuestra primera actuación. Pese a los malos presagios que me inspiran todos estos gigantes, cabezudos, máscaras o espejos de feria que entre espectrales organillos parecen distorsionarme el alma y agigantar mi malestar, de momento puede decirse que hemos tenido suerte. He llevado a cabo mi espectáculo aéreo-mórbido-sexual sin incidentes; simulé perder el primer paracaídas y abrí el de emergencias, y al verme la falda al aire los gritos de los energúmenos de abajo superaron las exclamaciones del susto cuando me habían creído en peligro. Burke estaba asombrado, sin saber que luego vendría lo bueno, la carrera.

Mi hijo y yo ya estamos acostumbrados, pero el público vibró ante el furibundo frenesí de aquellos siete precarios aeroplanos que, vertiginosos rivales, parecían hambrientos y rapaces pájaros que lucharan por su presa, la victoria. En efecto, Roger, que iba el segundo, tuvo que arriesgar al máximo para adelantar al piloto del avión propiedad de Matt Ord, el baboso promotor. Sin el premio en metálico no podríamos ni pagarnos la gasolina. Al intentar devolverle el adelantamiento, el otro piloto impactó con el avión de Roger, salió despedido y se estrelló en una bola de fuego. También Roger perdió el control, pero pudo aterrizar de emergencia y salió indemne. Tuvimos que sujetarlo para que no volviera al avión en llamas; seguro que si yo hubiera peligrado en algún incendio no habría puesto tanto ímpetu en salvarme.

Ya sin avión para la carrera de mañana, nuestra última oportunidad es que Jiggs repare esta noche la avería de un inseguro aeroplano de Matt Ord. Lo más difícil será que éste acepte, pues en Dallas Roger me dio una de las pocas alegrías al sacudirle cuando lo sorprendió arrinconándome en una esquina de la cantina. Pero Roger precisa tanto del dinero o de la adrenalina del peligro, que ante el asombro del mecánico y el periodista ahora se le ocurre mandarme al hotel de Ord para que durante la noche, mientras que Jiggs intenta reparar el problemático avión, yo misma arregle las diferencias que lo separan de Matt Ord y por todos los medios lo convenza de que le deje pilotarlo, aunque, tan maltrecho como mis sentimientos, el mortal aparato solo le valga para subir muy alto, tocar por un instante el cielo y, al menor fallo, de una vez por todas encontrar lo que lleva buscando desde que de niño subió al primer columpio.