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viernes, 17 de mayo de 2013

LA DAMA DE TRINIDAD





                  


Todos los tipos vienen a verme bailar en la sala El Caribe, aquí en Puerto España; puedo notar cómo me reptan por la piel las larvas de sus miradas, y cuando me giro y agito la cabeza, entre la lluvia del pelo atisbo los alucinados ademanes de su deseo, los gestos soñadores de la lujuria y la expectación. Algunos hasta se atreven a abordarme en el camerino con ramos de rosas que mis negativas no tardan en marchitar. Se creen que el baile es una metáfora del sexo, y que al ejecutar con pasión cada nuevo paso, estoy insinuándome a ellos.

A eso creí que venía el maduro canoso de la otra noche, pero en vez de invitarme a cenar me comunicó que mi marido, Neal Emery, se había suicidado. Tras el biombo, me quedé helada, desnuda ante la verdad hasta que reaccioné y pude ponerme el vestido.

El visitante era Mr. Anderson, del consulado norteamericano en Trinidad, y venía acompañado del inspector Smythe. Me dijeron que Neal se había pegado un tiro. Dos pescadores habían encontrado su barca sin amarre; en efecto, el pobre había ido a la deriva desde que descubrió que no tenía talento para la pintura, como si en la vida no hubiera más realidad que su manía de buscar una manera original de reflejarla en un lienzo.

Los dos llevábamos un par de años en Trinidad cuando nos conocimos, hace poco más de uno. Yo me vine recomendada por el dueño de un local de Cleveland, un desgraciado que después de convencerse de que no lograría nada de mí, prefería dejar de verme a diario casi tanto como yo perder de vista a aquella ciudad tan gris. Neal también vino de rebote, porque cuando lo expulsaron de la Escuela de Arte de Chicago, se le ocurrió cambiar de ambiente y su hermano Steve le consiguió casi gratis un billete a Trinidad como pudo haber sido La Habana.

Neal llegó con la esperanza de que la exuberancia de las palmeras al salvaje viento del trópico, los atardeceres fulminantes como asesinos a sueldo o las lunas que bogan en las aguas nocturnas como cisnes malheridos, le inspirasen una visión propia, un estilo pictórico que lo expresase a él mismo. Me fijé en aquel joven moreno y espigado, de ojos entusiastas y pródiga sonrisa, que de mesa en mesa revoloteaba ofreciendo retratos por un dólar. Cuando me tendió el boceto de una bailarina parecida a mí, que suscitaba tal sensación de movimiento que parecía danzar en el papel como un dibujo animado, lo tomé por un genio. Mi padre había sido profesor de Bellas Artes. Empezamos a salir, comprobé que no tenía ningún talento y me enamoré de él.

A las dos semanas nos casamos en el juzgado. Neal fue feliz mientras aún se creyó en el camino de encontrar un estilo propio; a veces se pensaba a punto de lograrlo, decía que nadie habría pintado tal cosa de aquella manera y que de algún modo era necesario que él lo hubiera hecho así, y entretanto no le había importado primero mendigar y ahora que yo lo mantuviera. Pero cuando se vio incapaz de nunca pintar nada único se agrió, empezó a beber y a pensar en el dinero. Al contrario que yo, al descubrir que no tenía talento dejó de quererme. Dejó de querer al mundo entero, a sí mismo el primero, y por eso se envileció.

Averigüé que iba con otras mujeres y a partir de entonces lo único que compartimos fue esta casa, y eso las noches que él regresaba. Antes no le habían afectado los rechazos de marchantes y galeristas, pero ahora se complacía en vender por mil dólares sus cuadros a Max Fabian, el criminal internacional que de este modo le pagaba sus servicios, ya que, hambriento de dinero, Neal se había alistado en sus filas.

Así me lo comunicaron Mr. Anderson y el inspector Smithe, que desde el camerino me acompañaron a identificar el cadáver. Por su vida disipada, el suicidio no era el amigo que yo hubiera esperado de la clase de amargado que era Neal. Iba yo como una autómata, la conciencia impermeable a buena parte de lo que me decían ambos funcionarios. Curiosamente, después de todo lo que me había hecho sufrir, no podía recordar sino los raros momentos felices que había pasado con Neal. Solo reaccioné cuando el inspector insinuó que yo mantenía una relación secreta con Max Fabian. Aquí todo el mundo me toma por una diosa del amor. Es demasiado fácil pensar que me presto a realizar los sueños y las fantasías de los espectadores de El Caribe y achacar a mi cuerpo las variadas posturas y actitudes que sus sórdidas mentes haya combinado. ¿Acaso soy yo la responsable de haber generado toda la basura de sus cerebros?

Esta mañana, cuatro días después, Max Fabian me protegió en el juzgado de los periodistas. Realmente, incluso con su rígida cortesía, se le nota muy interesado en mí; al mirarme se le vuelve maleable el metal de la mirada. Volví a ser reclamada por el inspector y el cónsul. Había novedades sobre el caso. A la hora estimada de su muerte, un pescador había visto la barca de Neal en el embarcadero de Max Fabian. Y la autopsia había revelado que, en vez del disparo, le había producido la muerte una previa fractura del cráneo. Por tanto había sido asesinado, y presuntamente por Max Fabian, que había eliminado a mi marido para quedarse conmigo. Ni siquiera se molestó en indagar sobre nuestro matrimonio. El inspector me explicó que, no obstante, no había pruebas contra él. Como tampoco nunca se había podido demostrar su directa implicación en el tráfico de armas ni su concepción de variados complots criminales.

Ahora los servicios secretos lo sabían promotor en el Caribe de algún tipo de actividad antibritánica. Al parecer Fabian había espiado al mismo tiempo para bandos contrarios, urdido múltiples intrigas y sido, en fin, responsable de miles de muertes. El pobre Neal ha sido su víctima más reciente. Anderson y Smithe me pidieron que, ya que él me deseaba, de momento le diera esperanzas, me informara de sus secretos y se los transmitiera. Acepté. Aunque solo fuera en memoria de Neal.

Para que Fabian se confiara, en el juicio confirmé que mi marido tenía una personalidad autodestructiva y que varias veces habló de suicidarse. Así quedó corroborado en la sentencia: muerte por suicidio. Max me llevó a casa y acepté cenar en su mansión el domingo. Mi carrera de espía había empezado satisfactoriamente.

Al rato, alguien se perfiló en el umbral del vestíbulo y antes de que saliera de la penumbra, su pelo oscuro, los ojos furibundos y la cara ansiosa por un momento me hicieron creer que era Neal de vuelta de alguna de sus frustrantes entrevistas con algún marchante. Pero solo se trataba de Steve, su hermano. Y de hecho venía furioso de que en el juicio hubiéramos arrastrado la reputación de Neal haciéndolo quedar como un borracho, un mantenido y para colmo suicida. Hasta me acusó de haberle arruinado la vida. También yo me indigné de que volvieran a tomarme por una mujer fatal y lo dejé solo. Todo el mundo se cree que soy una devoradora de hombres y que utilizo mis encantos indiscriminadamente; incluso Smithe me ha reclutado para hacer eso mismo con Max Fabian.

Poco después Steve y yo nos hemos tranquilizado y hecho las paces. Me ha explicado que el mismo día de su muerte Neal le había escrito, con tono animoso, ofreciéndole un trabajo aquí, lo cual no es propio de alguien que está al borde del suicidio. Para mí ha sido un consuelo hablar con Steve, pero a causa de mi cometido contra Fabian no puedo contarle la verdad sobre la muerte de su hermano. En su compañía me siento como en los primeros tiempos con Neal, serena y a la vez emocionada, y hasta pierdo la noción del tiempo. Ahora que me gustaría conocerlo más, tengo que concentrarme en destruir a Max.

Físicamente Steve se parece a su hermano, pero su impulsividad está matizada por una inteligencia más diáfana, por un juicio más sensato. Lo he invitado a que pase la noche en casa y ocupe el cuarto al que eché a Neal cuando nos peleamos.

El único motivo por el que no quiero que Steve ocupe el puesto de Neal es porque éste nunca volvió a mi dormitorio.        

                                                                                                                                       

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