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lunes, 30 de julio de 2012

TWITTER: EL ECO QUE NO CESA




Desde que sufrí la infamia de ser nombrado director de banco, observo mi existencia tan de lejos que cada vez me importa menos –como un pueblo de la noche que nuestro tren deja atrás-, y ya habréis notado lo que me retraigo en daros noticias de ella. Ahora me decanto por ofreceros las muestras de mi endémico aburrimiento en la oficina, como las parodias literarias –Rulfo ha sido la víctima más reciente- o monólogos de ciertos personajes cinematográficos. Y además, ¿para qué ocuparse de cuestiones tan baladíes como la vida o la felicidad cuando se tiene una novela de Nabokov que releer o una comedia de Hawks por revisar? 

En la oficina las horas fluyen lentas, casi empantanadas y con un fondo de peces muertos, con el único cometido de denegar préstamos; y en casa esta noche discurren serenas, con el aroma estupefaciente de los macarrones chisporroteando en el microondas y el trajín de la consorte en el dormitorio, ya que no ha perdido la costumbre de vestirse para la cena como reivindicación de la prosapia de su familia. Tal que influida por la visión de un ciclo Antonioni, Alma duerme cada vez mejor; ahora mismo la tengo en brazos mientras selecciono como prólogo al post el vídeo de Billy Joel en directo, para que lo pinchéis al principio y la pletórica alegría de su piano compense la atonía de mi prosa.

Efectúo la operación con razonable rapidez, lejos de la vista de mi hermano, mi mentor cibernético, cuya castradora presencia siempre me aturulla ante el teclado. Al menos le infligí en la infancia mi gusto por Billy Joel, y ahora, ya publicado el post, lo estará leyendo con el último porro de la jornada, antes de que mi cuñada vuelva a casa. Y entre el narcótico humo de la memoria estará recordando el día nublado de su infancia –y de mi adolescencia- en que el Renault estaba en la reserva y a la siguiente curva las plegarias de nuestra madre conjuraron la gasolinera donde encontré una cinta de radiocasete de "Piano man”.

Justo el piano que en alguna parte se dispone a tocar una librera que a media tarde ha tenido que dejar la tienda para relajarse leyendo y twiteando en casa, y, como no ha servido de mucho, ahora intenta alegrarse con que al menos no haya subido el IVA de los libros mientras elige una partitura de Chopin. No sabe si la cadencia de la música le domará los nervios o le saldrá un nocturno a ritmo de purasangre. 

Desalentada, cierra el cuaderno de partituras y, en una ciudad no muy distante, mi hermana abre "Bullet Park", de Cheever, y se concentra en la lectura como si estuviera leyendo sobre sí misma, mientras mi cuñado no deja de acarrear arriba y abajo sus libros de Historia de la Pintura, y a ella ni siquiera le distrae el estrépito de un volumen in folio sobre el parquet.

Recoge el bolígrafo del suelo y se pone a mordisquearlo otro aficionado a la pintura, que en su día fue cinéfilo, y ahora deja de proponerse ver "Lo que el viento se llevó" para volver a reducir la problemática del futuro del mundo editorial a una cuestión de calidad en la oferta. Intenta convencerse de su conclusión escribiéndola en un twit que relee y envía.

Lo lee por casualidad un melómano de los que piensa que las matemáticas son el esqueleto de la música, que mordisquea pensativo una chocolatina, al retwitearlo mancha el borde de una tecla de su portátil, y lo cierra.

En una ciudad de Venezuela una joven abre el suyo para ponerse a escribir en su novela, pero no puede resistirse a entrar un rato en Twitter aunque sabe que eso le costará entretenerse compartiendo con otros muchos la fantasía de un cambio de gobierno.

Menos esperanzas presume de tener otro escritor que se dice de domingo, pese a que no para de repartir ánimos y RT como si a partir de mañana fueran a prohibirlos. Ahora se le ocurre volver a colgar otro vídeo de David Bowie antes de ponerse a ver las pruebas de natación de las Olimpiadas. Tiene la tele puesta: los ocho remolinos paralelos de espuma se acercan igualados a la meta.

No mira quién ha ganado una socióloga que en La Paz está acostumbrada a escudriñar tiempo para leer a Cortázar, pero que ahora se ha quedado con la mirada desviada de la pantalla del ordenador hacia el vacío, intentando no dejarse convencer por sus problemas; cierra los ojos y suspira, pero acaba por sonreír prometiéndose releer a Borges esta misma noche.

Tan aficionado como éste al relato policial, y además autor de novela negra, un joven valenciano atisba en el perfil de un seguidor la posibilidad de convertir su trilogía en tetralogía, y con la inminencia de un argumento en la nuca se conecta casi automáticamente a una emisora de radio.

En la cual no se oirá hasta septiembre la voz de una locutora que ha estado cerca de perder su trabajo y ahora se nutre de energía en un hotel rural de Santander oyendo en el silencio de las montañas el eco de su propia voz dando una exclusiva.

Todos ellos y algunos más –no demasiados- hoy oirán la misma canción de Billy Joel, “Escenas de un restaurante italiano”. Debido a su juventud, la mayoría lo harán por primera vez; otros la oirán sin escucharla, pero algún día volverán a oírla con la sensación inverosímil de reconocerla; solo dos de ellos la recordarán aunque llevan muchos años sin escucharla. Pero durante cinco minutos a todos los ha unido una inédita telepatía, una corriente de emociones más o menos intensas. Una chispa eléctrica en la corteza del cerebro o un cortocircuito de euforia.

Como si por unos metros las estrellas de sus futuros respectivos hubieran compartido la misma órbita en la noche sin fin. O como esos dos tímidos que en el metro cruzan unas miradas que hieren como espadas y en la próxima parada habrían empezado una nueva vida si alguno de ellos se hubiera atrevido a quejarse del calor que hace.

Enlazando los anillos de sus satélites.   

sábado, 28 de julio de 2012

UN INÉDITO DE JUAN RULFO

                        


Damián Domingo.

…pues lo que le decía, don Juan, yo que usted no subiría a ese poblacho ni para hacer fotos ni inspirar la pluma. Aquello ya parecen los negativos, todo luce como recién chamuscado y embadurnado de ceniza, igualito que si los americanos les hubieran tirado la bomba esa. No más se lo digo porque yo llegué para un ratito, en suplencia del padre Morales en lo que tardara en venir el nuevo párroco, y me quedé allá como amojamado los tres peores años de mi vida. Ahorita que usted puede hacer lo que quiera, menos decir luego que no se lo advertí.

Recuerdo que el arriero que me subió culebreando por las escarpas, mucho antes de coronar me dijo que se volvía. Más abajo habían quedado el maíz flamígero y el fríjol, y ya clareaban los tamarindos. Me señaló arriba un racimo de casas que espejeaba al sol como una calavera con corona de espinas y me dijo que aquello era la aldea. No quiso ni subir a abrevar las dos mulas, ni me valieron súplicas ni amenazas, que más que al infierno de ultratumba dijo temer al de este mundo. Me arrojó la maleta a la vereda y me advirtió que si me retardaba caería el viento y me aplastaría la lápida del sol. Cuesta arriba y entre el rosario que hilaban las chicharras, me guiaron los zopilotes. Volaban hacia la torre de la iglesia como invitados a un convite de bodas con hambres retrasadas.

A malas penas y derrengado entré en el poblado de casuchas de adobe que más parecía camposanto, y que por no tener no tenía ni nombre. En los papeles aparecía como Espejo de Luna, el rancho de Damián Domingo. El nombrecito se refiere a los cráteres y barrancos que cicatrizan la tierra entre las grietas de la sequía. Pero el rancho se ubica, con perdón de usted, en el pezón de la otra teta del terreno, y no se tarda menos de dos horitas en alcanzarlo por una trocha de espinas y matojos, y eso si la mula está bien sudada. En aquellas alturas se me anudaba el aliento de angosto que estaba el aire. Me recibieron aullidos de perros y lamentos de plañideras que desgarraban el aire como chillidos de murciélago. En la iglesia estaban celebrando el velorio de Damián Domingo.

“Bien a punto llega, padre”, me dijo una vieja reseca como manojo de paja, con una voz sofocada de bozos y rebozos, y envuelta en tanto fajo y refajo que parecía momificada de vendas negras. A usted, don Juan, si se empecina en subir, no lo van a recibir ni las iguanas, y eso ganará respecto a mí, porque por allí no quedarán sino los puritos fantasmas de quienes murieron o tuvieron la suerte de no haber nacido. Pero allá usted. ¿Le entra otro mezcalito? ¿Dizque no? Mire que va a necesitar arrestos para escalar allí. ¡Rosario, otro par de mezcales!... Gracias, hija… ¿Qué le ha parecido mi viejuca? No hay nada como tener hembrita para los que somos propensos a las tercianas. Lo único que consuela de la fiebre, destierra los escalofríos y espanta las visiones es abrigarse en pieles de mujer… Sí, en cuanto bajé de aquellos vértigos lo primerito que hice fue colgar los hábitos. No sabe usted lo que pasé en esos andurriales. Tan cerca del cielo pero también del infierno.

Pues eso, que entre unos y otros me enteraron de que la víspera el administrador había encontrado a don Domingo en el suelo de su despacho, los ojos desvelados y todito ceñido por la falda carmesí de su propia sangre, donde parecía haber chapaleado antes de expirar. Una daga cerca de su mano sugería que quizá no toda aquella sangre fuera suya. En seguida los hijos mandaron envenenar a toda la jauría del padre para que la agonía los hiciera proclamar a los cuatro vientos la muerte del amo.

A mí me extrañaba lo regular del número de deudos tratándose de personaje tan principal, y que solo hacían pucheros como por cumplir. Luego supe que al viejo nadie lo quería, porque en corriendo los lienzos había doblado el rancho sin que nadie se atreviera a reclamar, y oí a un compadre murmurar que ahorita estaría embelecando al mismo Todopoderoso.

Y no había yo sino bendecido a don Damián, como si su rostro aún tuviera ánimos y no estuviera ya entablado, igual que si aquella frente de marfil aún guardara recuerdos y pudiera arrepentirse de sus fechorías, cuando alguien me engarfió el hombro. Me llevé el susto de enfrentarme al muerto cuarenta años atrás antes de caer en la cuenta de que era uno de los hijos del victimado. Era Remigio, el mayor, recio y con cara de chamaco a pesar de tener bien cumplidos los cuarenta. Tenía las mismas cejas, unidas en un ceño fatal, los pómulos estirándole la piel como boniatos y la mandíbula voluntariosa. Quería confesarse. Pero empezamos con mal pie, nunca mejor hablado, porque hasta entonces nadie se había atrevido a decirle que en el velorio del padre de uno cuadra quitarse las espuelas.

En el confesionario casi me da un vahído al oírlo acusarse de haber madrugado a su padre a tajos de machete. Dijo haberlo visto al claror del alba saliendo del dormitorio de su hija Lucrecia. Remigio se refugió en las sombras para no ser visto. Supo que el abuelo la había desgraciado: la niña llevaba meses cambiando las lunas. Tal y como tenía pensado, Remigio bajó en mula a Tiquilpán a mandar que subieran a repararle la segadora. Todo el tiempo estuvo moliendo sus dudas y de vuelta decidió que su obligación de padre primaba sobre la de hijo. La Naturaleza propende a lo nuevo.

Lo absolví a condición de que fuera a entregarse después del entierro. Volví cabe el catafalco. Con el calor y la pudrición de las rosas, un par de zancudos revoloteaban sobre el ataúd y prescribí clavarlo a los pocos que quedaban. Afuera el viento le daba voz al alma del difunto. Y no tardó en volverme el susto de ver redivivo al muerto de joven. Se había llegado a mí Zoilo, el otro vástago, también para solicitarme confesión…

Don Juan, cómo se nota lo avezado que está usted en las historias. Ha acertado de plano y pleno. Por su parte también Zoilo se confesó parricida. Dijo haberlo ultimado también a machetazos porque Lupita, su mujer, le había confesado que la semana anterior había dejado que le entrara el suegro al dormitorio y mucho más adentro, después de llamar a la puerta con la excusa de que le contara un cuento porque no le venía el sueño. Y de todas formas bien poco que durmió, le dijo ella a su esposo, aún resentida de que aquella noche él se hubiera ido de parranda a lo de Eduarda Cisneros, la inquilina de la casa de amores.

A éste le dije lo que al hermano, que fuera al cuartelillo más cercano a inculparse y que mientras no rindiera cuentas civiles me negaba a imponerle penitencia alguna, porque no estaba yo para contaminar el sacramento de la Confesión absolviendo a aquella familia de tarados.

Arrebujado en una frazada me acurruqué en un rincón de la capilla. Después del viaje estaba desfondado. En las sombras del ábside revoloteaba un murciélago. Abrí los ojos y vi que me habían dejado solo con el muerto. Las sombras de las velas temblaban en los muros cuarteados y aquí y allá las llamas alumbraban instantáneas lagartijas. Ya lamía la noche las vidrieras como los coyotes a los perros agonizantes. Entonces caí en lo mareado que anda el tiempo en aquellas alturas. El eco de unos golpes me levantó como un resorte, igualito que si me hubieran engrasado los goznes del cuerpo. ¿Habían cerrado el portón y alguien quería entrar? ¿Qué cree usted, don Juan? No está bebiendo, así no acertará. Largo rato me quedé escuchando el miedo al silencio, porque eso era lo que sentía hasta en la punta de los pelos, pero mucho más temía que se repitieran los golpecitos. ¡Rosarito, haz el favor! Esta vez nos dejas la botella… Fíjese usted que a la condenada todavía le gusta la bulla. Pensar lo que sufrí allí arriba y lo que me estaba perdiendo aquí abajo…

Pues lo que le decía, que usted no habrá adivinado que las llamaditas venían del ataúd por dentro. Eso sí, al principio sonaban muy cautelosas, como alguien que le da vergüenza importunar a un vecino, pero a poco se iban haciendo más perentorias, al estilo de un acreedor impaciente. Sí, era el mismito difunto el que llamaba a la puerta de la vida para contarme lo que de verdad había pasado. Y no, no era que me hubieran atenazado las tercianas, que lo veo venir, don Juan. Ni que lo estuviera soñando. Y por entonces todavía no había empezado a beber, así que no me venga con macanas. Se lo digo porque era lo que todos me decían cuando empecé a contar la historia, mucho después de casado. Lo que sí admito es que a base de repetir un suceso uno va cambiando detalles para no aburrirse y luego tiene que ir desmontándolo todo como un tablado cuando ha pasado la fiesta, si quiere ajustarse a la verdad.

Lo cierto es que a la mañana siguiente, cuando me despertaron, no recordaba mucho más que el frío que me congeló el corazón al ver caer la tapa a los pies del catafalco y lo más importante de lo que me dijo el muerto. Como en la vejez me ha dado por agotar libros profanos, he leído que eso del olvido se debe a un viento muy negro que viene a despejarnos de los recuerdos más malos como hace el temporal limpiando los miasmas de la ciénaga. Lo único peregrino que recordaba es que cuando escapé de la parálisis gritando que aquello no podía ser, el difunto me respondió que yo tenía razón: salvo en casos especiales, las ánimas no salen las noches de viento porque entonces se desvían de su destino como las hojas al vuelo. 

No obstante, él había tenido que hacerlo con tal de delatar a su asesino: Remigio. Lo de la nieta también era verdad. Lo sé porque lo que en verdad hice fue confesar al muerto. Y a éste no pude negarle la absolución hasta que fuera al cuartelillo a acusarse de estupro e incesto. Un milagro. No podía quejarme para ser mi primera noche en la aldea sin nombre. Luego volví a dormirme.

Salimos a enterrarlo, cada uno con el peso del muerto en la conciencia, por mucho que los hubiera tiranizado a todos y hubiera de ser él quien se avergonzara de haber vivido tantito. Me embozó la arena; un aire parduzco me amordazó como un sudario de tristeza. Cerca de las bardas del camposanto resonaron los ecos de unos cascos, como cuando el granizo se acerca a inseminar la tierra. Era la autoridad, que retrasó otro día el entierro. Los zopilotes parecieron aplaudir con las alas. Nada más descabalgar el teniente de su bayo, Remigio se adelantó a entregarse, los puños extendidos para que lo amarraran. Vi que también Zoilo daba un paso adelante, pero no tardó en desandarlo. 

A Remigio lo encerraron en la cuadra de las mulas. Las mismas gallinas regaron la aldea de rumores. Al otro día lo dejaron libre. De las pesquisas se concluyó que la grieta que había destazado la barriga de don Damián no era tajo de machete, sino de daga. Y debió acertar aquel teniente tan escuchimizado y blanquito, aunque nada más llegar, por culpa del sol empezaron a salirle aquellas ronchas que le supuraban una peste nauseabunda.

El pobrecito teniente murió antes de que destriparan a Zoilo. Remigio volvió donde las mulas. Debieron caerle en gracia. Se supo que los hermanos habían pactado acusarse para desconcertar a la autoridad y que no se supiese que su padre se había suicidado. A los que se matan les niegan tierra sagrada, no les dicen misas y los deudos tienen prohibido guardarles pena. Se trataba de proteger la honra de la familia. Lo malo fue que Zoilo se echó atrás viendo que prendían a Remigio y que se quedaba de patrón único del “Espejo de la Luna”. Y Remigio no quiso tolerarle la cobardía… Vaya, don Juan, por su culpa voy a terminarme la botella enterita… Sí, lo de la nieta era verdad. Por eso se mató el viejo, porque estaba abarrotado de remordimientos. Pero luego se arrepintió al ver del otro lado las puertas que aquello le cerraba. Por eso vino a engañarme acusando a su hijo. Engañarme y a través de mí a quien yo representaba…

Lo que le digo, estaba acostumbrado a mover los lienzos, así dobló el rancho, y ahora quería embelecar al mismo Dios…




viernes, 27 de julio de 2012

SOY BONNIE, DE BONNIE AND CLYDE


     

¿Se acuerdan de mí? Gracias a Clyde me hice tan famosa como yo lo hice a él. No sé en qué película estarán ustedes, pero yo sigo aquí, en el interior de este Ford cuatro cilindros que se quedó hecho un queso Gruyère después de que, para espanto de los pájaros, nos acribillaran esos polis. Me han dejado el corazón hecho un colador. Nunca debimos fiarnos de ese maldito gordo. Son gorriones y colibríes los que han salido disparados de los plátanos; aún están aleteando y piando, y ni siquiera los cristales del auto han dejado de granizar: por aquí el tiempo se estira tanto que una puede recordar y recordar.

Nunca olvidaré lo que me aburría antes de conocer a Clyde; me hace gracia, con la montaña de arena que aún tiene que desgranarse por el cuello del tiempo, pero la diferencia es que ahora lo tengo a él a mi lado. Sí, aunque no se lo crean, un verano en Texas puede ser más largo que la eternidad. Lo que les decía, a los veinte estaba desalentada por la rutina. En cada bandeja que servía, con las hamburguesas y los perritos calientes, soportaba una porción de la vulgaridad de aquellos camioneros que venían a la cafetería. Estaba sitiada por el hastío y no sabía qué hacer de mi vida. Así que cuando lo conocí, me dejé invitar a una coca cola y me fugué con él. Estaba ciega de tedio y él me deslumbró. Imaginen que lo sorprendí intentando robar el auto de mi vieja.

Para qué engañarnos, hasta entonces yo era una rubia desaprovechada con ansias de mundo y él un raterillo de manos rápidas, y tras el crack del 29 vivíamos en un mundo corrupto que se descomponía como un cadáver; pero de nuestra unión resultó algo mucho más grande que la mera suma de nuestras individualidades. Por separado nunca habríamos llegado a nada. Para colmo, Clyde era impotente.

Pero en seguida nos pusimos manos a la obra: nuestros primeros golpes cayeron sobre supermercados, almacenes y gasolineras. Cada dos días cambiábamos de coche. Luego la emprendimos con los bancos. Me encanta recordar la excitación de los preliminares, el fulgor de su pistola bajo el cinturón, el vértigo del momento –y eso que yo solo tenía que esperar-, el éxtasis del final, el cigarrillo posterior… Lo que intentaba decirles es que nuestra forma de hacer el amor era atracando bancos.

A él le gustaba empuñar revólveres de cañón largo, ya que no podía otra cosa. No crean que al principio no fue duro. Yo era joven y él me atraía como la luna a la marea, como un banco a Bonnie and Clyde. A mí me habría resultado fácil enlazar a cualquier atleta del amor, o con el tiempo hasta a algún millonario, pero es que él era único.

No lo hacíamos para enriquecernos. Era nuestra forma de vida en unos tiempos muy duros. Pasábamos por ciudades sumidas en las sombras precoces, tan desoladas que nunca saldrían del ocaso, como al final de la vida de sus habitantes. Había almacenes que atracábamos en plena liquidación, con telarañas en las cajas fuertes. Era una época en la que no había trabajo; en lontananza no se veía ningún futuro, de cerca ni la fisura de una oportunidad en el paredón del fracaso. ¿Saben de qué les hablo?

El hambre campeaba por las calles como un león hambriento. Las hienas de Wall Street les quitaban a los niños el bocado de la boca. Cada vez que un millonario lloraba porque su caballo preferido no comía, muchos bebés morían desnutridos; mientras a una borracha se le caía la copa de champán, otra mujer no encontraba un pozo donde abastecer a los suyos. Los bancos expropiaban casas cuyas ventanas ya nunca se abrían, y privaban a los granjeros de la tierra que los había parido, y ellos liaban el petate y y subían a unas carracas que los llevaran siguiendo el camino del sol. Un ejército inerme de mendigos tomaba parques y estaciones. El monstruo de la recesión había salido por el pórtico griego de la Bolsa.

Nunca me preocupó averiar o robar los relojes de los banqueros: si les apetece, ellos pueden marcar las horas o extraer el tiempo que quieran de sus minas inagotables; les sobra como a mí cuando me aburría en Kansas. Reservaba mi lástima para sus sabuesos. Aunque no queríamos hacerle daño a nadie, a algunos tuvimos que matarlos. Hay centinelas que para hacerse la ilusión de que lo que guardan también es suyo, se portan como perros rabiosos. Sí, claro que tuvimos malos momentos; nos tendían emboscadas, y en las persecuciones devorábamos ensaladas de tiros; a veces nos herían y no podíamos acudir a los médicos. Pero éramos felices como niños en un parque de atracciones. 

Lo peor era cuando nos sobraba el dinero y alquilábamos algún bungalow para descansar. A los dos días plantada en el mismo terrón quería trasplantarme. No podía parar. En la vida yo no quería ir a ninguna parte, sino estar en camino. ¿Quieren que se lo repita?: éramos felices. Engullíamos los estados a través de cambiantes climas y paisajes, del norte al sur, el mar o el desierto desplegándose en el parabrisas como un lienzo, cruzando un río de ranchos y ciudades a través de un puente de bancos, y dejando un rastro de admiración, sin parar por aquella carretera infinita que parecía una cinta mecánica que nos llevaba hacia el día o la noche. Soñábamos con un mundo en que pudiéramos hacer justo lo que estábamos haciendo. 

Qué divertido era leer sobre nosotros en la prensa, que nos atribuyeran un robo en Kentucky mientras íbamos por Oregon. Y la gente normal nos quería; sabía que solo estábamos quitándole una mazorca a quienes les habían arrebatado a ellos mismos el maíz para guardarlo en un granero hasta que los precios subieran. De buena gana muchos se nos habrían unido. 

El problema era que mi madre se estaba haciendo vieja y yo quería volver a verla. Y que seguíamos sin ir a ninguna parte, pero ahora era porque no dejaban de perseguirnos. Cada vez los teníamos más cerca; nos venían husmeando los sudores en el humo de cada tubo de escape. Eran ellos, los sabuesos de los banqueros. Nunca entendí a esos perros, para qué tanto ahínco por un puñado de huesos y alguna caricia del amo. O un collar nuevo, una condecoración.

Les juro que pensábamos dejarlo en cuanto cambiasen los tiempos, pero aquella crisis se propagaba como la tuberculosis. En los campos hormigueaban los mendigos. Lo digo de verdad, aunque sabíamos que era una ilusión, al final nos habría gustado formar un hogar normal. Tal vez habríamos entrado en un banco a pedir una hipoteca. Lo que pasa es que a esos lugares les tengo tal alergia que en ese caso me habrían saltado las alarmas del cuerpo. Clyde era todo mi hogar. Aunque no tengo estudios, siempre me gustó escribir, y aun así nunca fui capaz de expresar lo que sentía por él. Solo puedo agradecer que cayéramos al mismo tiempo. Ya nunca nadie nos separará. 

La única diferencia es que con el baile de las balas y tanto salto que nos hicieron dar las metralletas, cambiamos los puestos y ahora Clyde está de copiloto, en el asiento de la muerte. Y sigue tan calladito como acaso él creerá que yo, los dos sordos porque hasta las palabras se nos escurren por tanto agujero.                   

miércoles, 25 de julio de 2012

EL CROUPIER DE "CASABLANCA"

                    


He visto a muchos llegar pero a muy pocos partir: Casablanca es el último filtro de la fortuna, porque solo deja pasar a quienes no traen ni una mancha de mala suerte en el sombrero, aquellos a los que aún no ha tocado la garra de la desgracia. Es más arduo lograr un visado a Lisboa que un billete de vuelta del Infierno.

Para seducir a la fortuna los ingenuos vienen al café de Rick a ganarme a la ruleta, a intentar defraudar a los peristas o a urdir complots tan improbables como el de Ugarte, que ha caído hace un rato: no saben que a la suerte no se la puede forzar: como una mujer muy bella, solo se muestra propicia a los indiferentes. Yo mismo sería un candidato para ganar si no tuviera que jugar contra mí mismo.

Lo que pasa es que soy bastante raro. Tengo a dos sicarios de la Gestapo esperándome en la puerta y ni siquiera a ellos puedo odiarlos. Incluso después de lo que les hicieron a mis padres y a mi hermana. Soy judío y antes era francés. Y noble. Irrumpieron en nuestro castillo de la Lorena porque, además, teníamos la desgracia de poseer la mejor colección de pintura flamenca en toda Francia. Yo pude esconderme en el pabellón de los criados; ya decía mi madre que el futuro pertenecía al proletariado. Quizá si no le hubieran encontrado todos aquellos libros de Marx y Bakunin, no le habrían hecho aquello…

De polizonte en un tren llegué a Toulouse, y de allí en otro vagón y luego campo a través pasé a Marsella, donde embarqué de grumete. Conocí la mitad de los puertos del Mediterráneo. Iba con lo puesto. Había perdido hasta la sombra; solo me sobraban los recuerdos, y cuando me acordaba de mis padres y de mi hermana, tenía que lanzarme a nadar mar adentro como si en vez de esos asesinos fuera yo quien tuviera que purificarme. Esta misma mañana he tenido que ir a la playa. Voy varias veces al día, cada vez más con más frecuencia. Y sin embargo, no puedo odiarlos. Si pudiera hacerlo, estoy seguro que me habría enamorado de Ana, la hija de la patrona. Quizá ya estaríamos casados.

En Alejandría y Estambul sobreviví gracias a mi idilio con la baraja –y los juegos de azar-, desde que me los presentó mi padre. No era suerte: la necesitaba y entonces ella no me habría ayudado. Aunque el destino haya repartido todas las cartas, las menos importantes se pueden marcar. Me aprovechaba de la ruda candidez de los marineros y sabía parar a tiempo. ¿Acaso no soy judío?

Así hasta que desembarqué en Casablanca y en el muelle Rick me vio ganando al póker y me ofreció un buen sueldo. Aunque no somos lo que se dice amigos, nos guardamos una confianza de hermanos. Es un tipo legal. Qué pena que tenga entre los ojos la marca de los perdedores. No quisiera causarle los problemas de Ugarte. Por desgracia, esos dos de afuera no tienen nada que ver con los pasaportes robados: me interrogaron la semana pasada y ya habrán hecho sus comprobaciones. Los he reconocido; en cuanto el camarero me habló de ellos, me he asomado por una ventana. Cuando acabe mi turno y no me vean salir, entrarán a por mí. Intentaré huir por la puerta de la cocina. La salvación está en las clases humildes, repetía mamá haciendo rabiar a papá.

Ahí está el capitán Renault. ¿Y si le contara mi problema? Necesito un nombre y un pasaporte gentil. Al fin y al cabo, llevo tiempo dejándole ganar para que el capitán permita que la bolita siga ronroneando como una amante ilícita en una ciudad donde el juego está prohibido. El problema es que nunca podré huir de mí mismo: soy tan descaradamente judío que hasta en la nariz parecen haberme hecho la circuncisión.

Y además Renault me odiará porque a veces a Rick le tiembla un párpado y dejo ganar a alguna belleza que hasta entonces abrigaba su única esperanza de llegar a América en que con su pluma el capitán le firmara el salvoconducto en la mismísima piel. Hasta que conocí a Renault yo creía que el cinismo era propio de amargados y no de gente tan alegre como él. 

El soborno al capitán es la única mota de polvo en el inmaculado frac de la honradez de Rick. Esta misma noche ha cubierto las pérdidas de la casa con su firma. La palabra de Rick es oro de ley. Es un caballero y sabe perder. Los caballeros estamos acostumbrados a hacerlo. A quienes no soporto es a quienes se lamentan de su mala suerte. Estaba yo pensando en esos dos de ahí afuera y permití que un italiano quebrara la banca. Lo único que Rick me dijo fue que aquello sería una buena publicidad para el local.

Están pasando cosas raras esta velada. No sólo mi despiste con el italiano, la muerte de Ugarte o que para presenciarla haya venido nada menos que el mayor Strasser. Ni siquiera la llegada de Victor Laszlo, ese héroe de la Resistencia. Es algo más.  En el ambiente aletea la paloma invisible de la pena. Las aspas de los ventiladores no llegan a desmenuzar las desilusiones que pesan en el aire, una especie de nostalgia por algo que no llegó a cumplirse. Este perfume de rosas parece defraudar la esperanza de un jardín. Rick lleva un rato vagando de aquí allá como un sonámbulo, la cara nublada; hasta se ha sentado a beber con unos clientes. Incluso al bueno de Sam se le escapa alguna que otra nota falsa como un poeta que tartamudea.

No será nada y estaré demasiado sensible por culpa de esa pareja de verdugos calvos y más pálidos que la cera. “¡Hagan juego, señores!”, grito tan resignado como uno de los últimos dioses del Panteón romano con los bárbaros a las puertas, dirigiéndome a un par de manos que se estrujan como exprimiendo las últimas gotas de la suerte. Igual que las gitanas o los quiromantes, solo conozco a los jugadores por las manos, ávidas, crispadas, sarmentosas… En la ruleta tiemblan aún más que en la barra: los borrachos no están nerviosos porque saben que no pueden ganar. Nunca les miro a los ojos porque igual que ellos no querrán verme sus pérdidas en las pupilas, tampoco yo quiero verles en las suyas lo que perdí en el castillo. Y no me refiero a los cuadros o a los tapices; después de todo, me benefició librarme de todo aquello.

“Hagan juego”, le digo a nadie, como una de esas divinidades que se quedan sin adoradores con los que divertirse burlándose de ellos a base de propagarles plagas. Aunque a mí más bien me verán como un ministro de la Fortuna, un sacerdote capaz de administrar el sacramento de la Suerte, con el poder de ungirles la frente con la señal de los victoriosos. Se han olvidado de la ruleta y todos se han puesto a cantar la Marsellesa. Esta noche es más rara que el típico número que nunca sale. Casi todos creen que es el trece. Me hacen gracia esos sistemas que elaboran ciertos jugadores tan ilusos que intentan codificar las leyes imposibles del azar. Una vez que ha salido un número, ¿acaso lo emborrono de tinta para que no pueda repetir? ¿Que hayan descubierto a Ugarte implica que esta noche ya no me cogerán a mí?

A mí sí que me da igual lo que le ha pasado a ese intrigante con ojos de pez, y no como Rick, que se hace el duro hasta en su manera de fumar, como desenmascarando las falaces ensoñaciones del humo, y luego me guiña para librar a cualquier incauta de la rúbrica del capitán Renault. Pero algo pasa esta noche. Los reflejos de la marquesina palpitan con arritmia. Rick sigue con los hombros abrumados y la boca amarga.

Joe, el camarero, viene a susurrarme que los dos tipos de la entrada se han ido tras la sombra legendaria de Victor Laszlo. Algo me dice que ha sido él quien nos ha encapuchado la noche. Es la clase de tipos que infectan de rebeldía el lugar por donde pasan, dejando más muertos que la peste negra. No sé de dónde extrae tanta energía. Será el odio. Saldré ahora que tengo el campo libre. Ojalá pudiera odiarlos. En ese caso invitaría a cenar a Ana y no me plantearía irme ahora mismo a la playa. A desnudarme en la orilla y zambullirme en mi reflejo roto sobre las aguas y quizá derramarme bajo las estrellas y para siempre dejarme llevar por los brazos del mar.
Entonces no tendría que preocuparme de dejar la ropa sobre las rocas, a salvo de la espuma de las olas.

lunes, 23 de julio de 2012

CULTURA Y BELLEZA



Que el futuro de la familia finca en el salón de belleza de mi cuñada lo confirma el reciente encuentro con mi hermano. Provisto de un maletín de piel de cocodrilo, paradójico en puño tan libertario como el suyo, Ramón vino a ingresar los veinte mil euros que, para escándalo del asesor, la sociedad ha declarado de beneficios.

Ha resultado muy lucrativa la idea, por ejemplo, de incorporar la audición de Philip Glass durante los tratamientos de manicura y depilación, como si la reiteración infinita de acordes apurase de raíz la menor excrecencia corporal; así como la lectura a través de micrófonos de thrillers escandinavos parece contribuir a una mayor tolerancia de la sauna, y gracias a la prosa ecuatorial de Conrad las clientes resisten casi dos minutos en el interior de cámaras frigoríficas anti envejecimiento.

Solo son muestras de las actividades que ha maquinado mi cuñada para demostrar que la cultura de la belleza está en consonancia con la belleza de la cultura. Al parecer, también son un éxito los masajes de espalda estimulados por ciertos pasajes de "El amante de Lady Chaterley", de D.H. Lawrence. 

Y por si fuera poco, un relato de Ramón que tarde o temprano tendré que leer, ha sido agraciado con el primer premio de un certamen convocado por el consistorio de no sé qué municipio valenciano. Tres mil euros del ala, que ignoro de qué doble compuerta de las arcas municipales habrá salido, tal y como andan por allí, donde ya hasta las paellas han enviudado. Eso si no se cumplen mis negras esperanzas de que la opulenta CAM devuelva el talón que mi hermano agitó ante mis fauces como un gallardete triunfal.

Porque confieso que ante semejante asedio se rindió la ciudadela de mi orgullo y dejé que fueran saqueados los últimos tesoros de mi autoridad. Incluso en el paro, mi hermano acababa de suplantarme como patriarca de la familia; hasta se ha dejado crecer la barba. Para mantener el cetro de la primogenitura no me había valido recibirlo por primera vez en el sancta sanctórum de las finanzas del barrio, mi flamante oficina de director, que esperaba me invistiera de todo cuanto inconscientemente me había privado la creatividad de mi hermano, puesto que, nada más sentarse, la ventana estalló en una granizada de añicos. Más que invasor, el vándalo sería algún expulsado de sus umbrales por impago de la hipoteca.

Y para colmo, cuando fuimos a desayunar, el aparcacoches me miró como si yo fuera Monty Clift en "De aquí a la eternidad" y siguiera negándome a boxear, y un camarero me arrojó el cambio como si fueran las treinta monedas de Judas. Socialmente, hoy por hoy los directores de banco estamos situados varios escalones por debajo del proxeneta.

                   

Así las cosas, lo mejor que podríamos hacer el cuñado y yo sería dedicarnos a pintar, en el salón de belleza, las uñas de los pies de matronas que podrían pasar por bisabuelas de Lolita –tampoco nosotros somos James Mason- mientras él diserte sobre los maestros antiguos que hayan empleado la misma pigmentación del carmín, ante la diapositiva correspondiente.

       

Sin mala voluntad –que es lo peor del caso- Ramón me ha vampirizado; me siento tan espiritualmente empalado como el infeliz Hans Rott (se supone que ya habéis pinchado el audio: ¿a que suena a Mahler?). Aquel músico genial que se volvió loco desde que Brahms calificó su primera sinfonía como  galimatías catastrófico y empezó a sufrir un complejo persecutorio por parte de éste. Al extremo de que su paranoia lo llevó a detener un tren tirando de la clásica alarma de las películas antiguas con la excusa de que Brahms había escondido una carga explosiva en alguna parte. Como pese a sus barbas de anarquista costaba creer que Johannes el Enamorado Platónico hubiera hecho algo así, a Rott el episodio le valió el manicomio, donde murió al poco. La locura y la muerte son privilegio de los poetas genuinos, afirmo por desgracia razonablemente.

Pero más que a Brahms, a quien Rott debería haberle temido era a su amigo Gustav, que después de su muerte, como un usurpador –o continuador- de su espíritu, se hizo con su estilo subrogándose de su destino como si fuera una hipoteca, en una suerte de metempsicosis artística. Mahler fue exactamente lo que Rott hubiera sido. La pregunta es qué habría sido de Gustav si Hans no hubiera muerto. 

¿Será Ramón el escritor que yo siempre quise ser? Mi único consuelo es ponerme a revisar el post de King Kong -el más visitado: ¡cinco visitas!- y sublimar mi frustración en la melancólica brutalidad del monstruo cuando devasta Nueva York a base de papirotazos, considerándolo como una metáfora de la crisis del 29. ¿Tendremos también ahora nuestra bestia negra?     

viernes, 20 de julio de 2012

PHILIP MARLOWE AL HABLA


                          

-¿Así que quiere que me pase por su oficina? Preferiría que viniese usted a la mía y le presentaría a mi amiga más fiel, la botella de bourbon… En fin, de acuerdo, al menos no es una habitación de hotel y no le encontraré fiambre, aunque estoy acostumbrado a arriesgarme a que me casquen la nuez de la garganta por cien dólares, gastos aparte. Entretanto búsqueme una foto de su esposa y los teléfonos de sus mejores amigos… No se preocupe, sé mantener la boca cerrada aunque me saquen las muelas a patadas. No hay policía me haya estrujado el nombre de ningún cliente por mucho que me empleara la cabeza para jugar al frontón… Ah, me hago cargo, usted no es el afectado, sino  un amigo… no tiene que avergonzarse, ese tipo de cosas pasan en las mejores familias, si acaso, caballero, en las que son como la suya pasan más que en las otras, y que conste que esto se lo diría a la cara si usted no fuera más que un fantasma de mi aburrimiento.

Créanme que me habría encantado conocer a la secretaria de su oficina, los paneles de roble o esos tapizados de satén de las sillas que te acogen como prostitutas veteranas. Pero solo era una llamada imaginaria. Porque sí, llevo toda la tarde con los pies sobre la mesa, tan entretenido como este camello de la cajetilla de tabaco, entre un espejismo y otro. Ahora lo que fumo es la pipa, para parecer pensativo ante mí mismo. Por lo demás, no tengo nada en común con ese Holmes. Eso sí, me encantaría tener un Dr. Watson que les contara mis aventuras, porque a veces mi vida es de película. 

Pero a mí me interesa extraer placenteras melodías solo de violines de carne y hueso. Y sí, me habría gustado conocer a esa morena de la foto, que, pongamos, hace un par de días huyera a Tijuana con algún matón. Pero ya basta, que como siga sin llamar nadie voy a acabar escribiendo yo mismo una historia. Lo cierto es que me caen bien las esposas traviesas. Es lo segundo que más me gusta de mi trabajo, jugar a las muñecas. Desde rubias más frígidas que el hielo a morenas ardientes como carbones encendidos pasando por pelirrojas al rojo vivo. 

Pero aquí estoy. Viendo la sombra de las letras invertidas de mi nombre impreso en la ventana sucia. Sin acabar de convencer a la araña del rincón de que me pague su parte del alquiler. En la oficina de al lado la máquina de escribir repiquetea su lluvia de plata. Desde el bulevar resuena la selva del tránsito más salvaje. Y a veces también detecto el susurro ocre del otoño, un rumor de hojas crepitando por la acera como el papel de estraza que ha envuelto las botellas de los alcohólicos. Es porque me acuerdo de ella. Hubo un tiempo en que me atrajo la idea de estar en su apartamento en bata y pantuflas. El problema es que ella tenía demasiado dinero y respuestas para todo, cualquier solución para el más peregrino de mis problemas. Y yo no quería sofocarme la vida bajo rasos y brocados. Las superficies blandas, mullidas, redondeadas, solo me gustan para pasar un rato.

Con la amistad me pasa lo mismo. No tengo amigos de verdad, pero como me pasó con aquel Terry Lennox, respeto a quienes se rigen por cierto código que no ha escrito ningún legislador, un libro de arena que a los sinvergüenzas se le escurre entre los dedos. 

 Pues sí: soy tan tonto que lo que de verdad me atrae es el peligro, como a otros la marihuana. Seré un adicto a la adrenalina. Ojalá la vendieran en cápsulas que tomarse en una mesa camilla. Me refería a la acción cuando hablaba de lo que más me gusta de mi trabajo. 

Pero aquí sigo. Mirando esta alfombra más raída que las ilusiones de una bibliotecaria, los cinco archivadores embadurnados de polvo, esas cortinas tiznadas de hastío. Puede nevar en Los Ángeles; tal vez deje de haber polis corruptos; quizá entre por la puerta un padre desesperado, con un billete de mil dólares en el bolsillo y una hija drogada en algún tugurio del barrio chino.

¿Ustedes no tienen ningún problema? ¿Ninguna hija ninfómana fácil de chantajear? ¿Ninguna esposa propensa a sorprender la fidelidad matrimonial en la cama menos pensada? ¿Algún hermano inexperto que haya confundido la cocaína con palomitas de maíz?

Por otra parte, tal vez su secretario haya huido con sus fraudulentas declaraciones de impuestos. Oh, no me ponga esa cara de honradez ofendida, con ojos como huevos fritos sin sal y el rictus de la boca tan alegre como una bailarina de cabaret a punto de jubilarse. A mí no me engaña. Usted es de quienes financian las leyes, y si tienen algún problema con ellas, les perdonan los intereses. No me refería a la gente como usted, que no me necesitan para nada. 

En cuanto a los demás, pueden pedir referencias mías a la oficina del fiscal del distrito, de donde me echaron por una simple divergencia que le dejó a alguien un ojo en escabeche. Pueden confiar en mí. Es posible que con el tiempo me haya vuelto algo cínico, más amargo, pero algunos prefieren el café sin azúcar. Si me han pagado por adelantado, soy leal hasta con los clientes liquidados -¡crucen los dedos!- y no hay billete de los grandes que me distraiga de ningún caso. Sabueso nato, sigo un rastro como otros la estela del hachís. Ocurre que soy mucho más curioso que honrado, lo que se dice un fisgón, un amigo de las rendijas y del ojo de la cerraduras. 

En esos casos, ni una manada de gorilas puede apartarme de mi camino. Ni siquiera la policía, que me gusta menos que una víbora en el jardín. Aunque la verdad es que soy tan pacífico como un revólver caliente sobre la mesa. No me pego con nadie que mida menos de uno noventa o sea menos ancho que el furgón de cola, gente capaz de comerse con patatas mi automática después de untarla con aceite de oliva. Tampoco yo soy ningún alfeñique. Una ficha de la bofia me describiría de uno ochenta, moreno, ojos marrones y algún kilo de más, porque en L.A. no se puede ir andando ni al lavabo.

Pueden estar tranquilos: me gustan las cosas claras y profundas. No soy Einstein, pero tengo el doble de cerebro que cualquier pies planos. A veces hasta juego al ajedrez contra mí mismo casi sin hacerme trampas. Solo tienen que llamarme a Glenview 7537 o pasarse por aquí, el 615, Edificio Cahuenga, Hollywood Boulevard. Si no estoy, me esperan en la antesala. Es tan grande como una cabina de teléfonos, pero siempre la dejo abierta por si alguien quiere rememorar sus romances hojeando revistas de hace diez años.

Cualquier trapo sucio que tengan, yo se lo lavo a mano. Sin necesidad de acudir a la lavandería, ya saben… Vaya, por fin viene alguien. Veo su silueta agitarse al otro lado del cristal esmerilado. “¡Adelante!”, le digo, aunque no hace falta que lo anime, porque quien se adelanta es un tipo de gabardina parecido a Boris Karloff encañonándome con un revólver que no me gusta cómo me mira con su único ojo. Lo de costumbre. Tendré que desarmarlo y exprimirle el nombre de su jefe. Pero al levantarme con los brazos en alto, dudando entre el truco de mirarle por encima del hombro o el del rodillazo, empiezo a sentirme como hueco. Inerte. Una sensación de cansancio me abraza como una solterona en apuros. Muy delicada y a la vez con desesperación. Será por tener que enfrentarme a lo mismo de siempre. Y al contrario que con la llamada imaginaria de antes, ahora soy yo el que siento irreal. Irreal y único, como un personaje de ficción, el protagonista de la mejor novela negra de la historia.

Pero no debo confiarme. Quienes lo han hecho abarrotan el cementerio como el metro en hora punta.          

    

jueves, 19 de julio de 2012

UN RELATO INÉDITO DE RAY CARVER


            


Está amaneciendo por la ventanilla de enfrente. Después de tres meses y ochocientos kilómetros, este autobús está cerca de devolverme a Juan. Toda la semana me ha estado llamando y al final me ha convencido de que vuelva con él. No deja de repetir que ahora solo se bebe una cerveza en las comidas. Ha encontrado trabajo en una empresa de construcción y alquilado un apartamento con vistas al río. Quizá la humedad sea un problema.

El nuestro empezó el día que el Estudiantes descendió de la ACB. Juan tuvo una reacción muy extraña. En lugar de quitar la tele y olvidarse del tema, se pasó la noche bebiendo cerveza en el sofá, casi como si su equipo hubiera ganado. Lo único que pude sacarle fue que se estaba despidiendo de su juventud o algo así.  No se le entendía porque ya estaba borracho, claro.

La cosa empeoró a la mañana siguiente, porque faltó al trabajo y lo echaron. Era la excusa que estaban esperando y él se la regaló. Además del pasado, ahora de lo que podía despedirse era del futuro. Y en vez de intentar arreglarlo o ponerse a buscar otra cosa, lo único que se le ocurrió fue abrir otra lata. Bueno, también bajó al trastero a rescatar el vídeo y se puso a ver todas aquellas cintas de las antiguas victorias del Estudiantes. Grabaciones VHS que se veían tan borrosas como si uno se hubiera puesto las gafas de otro. O hubiera bebido la suficiente cerveza. A mí no me gusta el baloncesto, pero me parece que hasta para el hincha más convencido sería una tortura ver partidos ya jugados. 

Aun así, cada tarde que volvía de la oficina, me lo encontraba tumbado en el sofá, la cabeza y los pies en los brazos de tela beis, viendo los cadáveres de aquellos partidos disputados por jugadores que ya estarían cerca de la vejez. Y luego estaba aquel maldito locutor, de voz también distorsionada, como de embustero, celebrando cada canasta de un tal Pinone. Un tipo que ya con unos treinta parecía un camionero devorador de perritos calientes.

Hasta entonces todo nos había ido tan bien que nos estábamos planteando tener un hijo. Como a mamá Juan nunca le cayó bien, yo le contaba lo que hacíamos en el tiempo libre. Los viernes por la noche cenábamos en un italiano y, si no llovía, los domingos nos íbamos al campo. Nada especial. Almorzábamos en cualquier merendero. Caminábamos. Yo me sentaba en la hierba y él tendía la cabeza en mi regazo. Pero luego  me ponía el oído en el vientre, como si ya estuviera embarazada o más bien él fuera el niño. Bueno, eso no se lo contaba a mi madre.

Lo que pasa es que ella no quería que me casase con un albañil. Sin embargo, a mí me parecía que una auxiliar administrativa no estaba por encima de un obrero. Mamá quería que yo fuera escritora. Puede que mi trabajo fuera más limpio, pero antes de la crisis él ganaba el doble que yo. Juan es muy competente. No es que esté cualificado, pero trabaja más y mejor que nadie. Con casi todos sus colegas en el paro, él aguantaba en la empresa. Y no me extraña que ahora haya encontrado algo. Si es que me ha dicho la verdad.

Aunque hubiera sido difícil conseguir algo tan pronto, a mí no me gustaba nada que se pasara los días enteros con esos vídeos. Si no le hago yo misma las gestiones, estoy segura de que hubiera perdido la prestación. Igual que se le habría formado una montaña de latas junto al sofá, si no me hubiera ocupado de recogerlas a diario. Sí, después de ocho horas de oficina, era yo la que tenía que limpiar y poner algo en el microondas. El resto del día se alimentaba de patatas fritas y frutos secos. Además de la cerveza. Dicen que es muy nutritiva. Volver a casa dejó de ser una fiesta. Al entrar me recibía un rastro como de alcantarilla, algo peor que la simple suciedad que él hubiera dejado acumular a lo largo del día. No tenía ni idea de qué podía tratarse.

No era que estuviéramos enfadados. La primera noche que se quedó a dormir en el sofá me dijo que no quería molestarme instalando el vídeo en la tele del dormitorio. Hasta que todo reventó. Justo como una cañería.

Fue una tarde que nada más entrar noté más intenso aquel olor a podredumbre. Del salón llegaban las celebraciones de la Copa del 92 en Granada, y vi la lengua de agua que salía de la rendija del cuarto de baño. Al abrir me encontré el inodoro regurgitando agua, exactamente igual que si tuviera arcadas. Hedía a estercolero. Le grité a Juan que viniera, eché la tapa y corrí a cerrar la llave de paso del agua. Por supuesto, no sirvió de nada. Fui a por la fregona.

Seguían los ruiditos como de succión y el agua no paraba de refluir afuera. Tuvo que acabar la cinta para que Juan se dignara a asomarse. Lo miré furiosa y le dije que había que llamar a un fontanero.

-No hace falta. Ya lo arreglo yo.

-¿Seguro?

-En un minuto –fue a la despensa a por las herramientas-. ¿Has cortado el agua, no?

De sobra sabía lo mañoso que es y que está harto de ver a los fontaneros trabajar en la obra, pero tenía la cara borrosa, como si se la hubieran medio borrado con una goma sucia. Y al remangarse las manos le temblaban.

-Déjalo, ahora que me acuerdo abajo hay una empresa de arreglos.

-Nos saldrá por un dineral. No tenemos seguro.

-No nos cobrarán desplazamiento.

-María, no grites. De todas formas es un servicio de urgencias. Verás, esto está hecho. Solo es una cañería secundaria.

-Claro, será tan fácil como beberse una cerveza.

Ni siquiera me miró. Para entonces casi había desmontado el inodoro. Pero no pude resistir la visión de aquel cuarentón sin afeitar que en las dos o tres últimas semanas se había vuelto más barrigudo que el tal Pinone, arrodillado sobre aquel charco de agua viscosa. Me imaginé que por allí saldría borboteando un magma de cloaca que lo arrastraría como un alud. Así que con una náusea en la garganta hice un equipaje exprés y me fui a casa de mamá.

Solo le cogí el teléfono la primera vez para decirle que había sacado del banco la mitad de los cuatro mil euros. Cuando dejó de llorar reconoció que al final tuvo que llamar a los fontaneros de abajo y por poco a los bomberos. Dejó el piso y se fue con su hermano. Los dueños no quisieron devolvernos la fianza. Eso es lo que dijo. 

Luego siguió bombardeándome el teléfono y cada vez tenía que colgarle y silenciarlo o apagarlo. Hasta esta semana. Quizá se lo cogí porque estaba algo triste después de que me echaran del trabajo. Y aunque había dejado a Juan, mi madre tampoco parecía muy entusiasmada de tenerme en casa. Parece que él también se peleó con su hermano y se vino a Bilbao, donde un amigo le había dicho que había un puesto en la obra de su cuñado. Ya estamos en las afueras, menudo atasco. Esta ciudad es como todas. Por lo menos, se ven bonitos paisajes. Lo digo por la excursiones de los domingos.

No me extraña que lo hayan contratado. En los buenos momentos yo le decía que era un artista. Lo único que temo es que se haya traído todas esas cintas del Estudiantes. Había algo horrible en ver una y otra vez todos aquellos partidos que hasta los mismos jugadores habrán olvidado… Seguimos parados. En una furgoneta de la autovía de salida, un barbudo discute con el copiloto, no para de aporrear el volante. La verdad es que no me gustaría encontrarme ese maldito vídeo en su nueva casa. Olvidé preguntárselo, preocupada por la cerveza. No sé por qué, me da que sigue viendo aquellos partidos sin parar. Creo que me he equivocado. ¿Y si le pido al conductor que me deje antes de la estación? Seguro que estará esperándome en el andén. Bueno, esperaré a que ponga el primer vídeo para volverme a…  vaya cara me pondría mi madre. Ayer parecía bastante contenta de que nos reconciliáramos. Hasta me llevó a a la estación.

Nada de esto habría pasado si el Estudiantes hubiera ganado aquel último partido. No me importaría que viera uno o dos partidos a la semana, como todo el mundo. Y en directo. Hasta yo misma vería los últimos cinco minutos si van igualados. El problema es que, fuera de la ACB, los partidos no tendrán interés. La primera vez en la historia que desciende el Estudiantes y me tuvo que tocar a mí. Lo que no aguantaría sería volver a ver a ese Pinone levantando la Copa del 92, el único título que me parece que tienen. 

Aburrido, el chófer nos ha puesto la radio. Los titulares son desalentadores. Seguimos en plena recesión y cada día se destruyen un montón de empleos. El mío es uno de la estadística que acaban de dar. La crisis también se asoma a las noticias de deportes. Dicen que ninguno de los dos equipos que había logrado ascender a la ACB ha logrado reunir los avales necesarios para disputar la competición.

En consecuencia, el Estudiantes se mantiene en la ACB.


Hasta aquí el texto mecanografiado. Sin embargo, en el reverso del último folio consta este párrafo manuscrito, como si el autor hubiera querido amargar uno de los finales menos desalentadores de su carrera: 


El tipo de al lado bosteza, y en el abandono con que se despereza y estira los brazos difundiendo el olor de sus pesadillas, se desata todo el tedio de cualquier mañana. Parece un pobre hombre roto y contorsionado por una abyecta tortura. Me pregunto si con la crisis el Estudiantes logrará hacer un equipo algo mejor que el que descendió. Si conseguirá reunir los avales. Hoy en día nadie consigue lo que realmente busca.

martes, 17 de julio de 2012

LA NBA DE LA LITERATURA

Más que como un invitado inoportuno –el típico cretino con gafas de opositor enchufado, barba entrecana digna de los piojos de aquel otro mandatario hispano (según el poema de Verlaine) que moría en El Escorial, y palabra solo un poco más huera que embustera, la recesión ha visitado a la familia como un psicópata avezado, tipo estrangulador de Boston o aquel otro de "Frenesí".

                   

Con mi hermano y el cuñado en paro, por falta de audiencia, a mi hermana y a mi progenitora acaban de arrebatarles sus micrófonos del programa de radio. No sé si recordáis que mi madre, perspicaz en escudriñar el futuro, recibía llamadas de oyentes que querían conocer las carambolas de su destino. Pero hoy en día las cartas del tarot están marcadas. En esta coyuntura ningún parado necesita que le digan que no va a encontrar trabajo, y no resultan verosímiles las predicciones optimistas –las más comerciales y por ende falsas, aquéllas que le exigía el director de emisiones. Por si fuera poco, desengañada de sus escuálidos ingresos, la consorte ha dimitido de su trabajo de modelo, ya que ni siquiera recibía las clásicas proposiciones del oficio.

Y en cuanto a mi contexto laboral, me encuentro al umbral de la oficina del INEM: me han nombrado director de la sucursal, el cargo más miserable de este mundo en crisis. Con el mismo sueldo pírrico y mutadas las comisiones en penalizaciones por crédito concedido, ocupo un sillón tan basculante e inseguro que cualquier día me desplomaré al suelo. Por no hablar que esta oficina es un auténtico vestíbulo del paro: quedamos cuatro de los dieciocho que éramos hace cinco años.

Y lo peor es que acostumbrado a leer a escondidas, no me concentro cada vez que “abro abiertamente” un libro en horario de trabajo, echo de menos el placer inefable de lo furtivo, la atención que me propiciaba tener el tercer ojo alerta para no ser sorprendido por el director. Respecto a éste, en su condición de cornudo y segundón vocacional que por mucho que intentara imponerse a base de imprecaciones y anatemas nunca dejaba de ser el típico que por la calle cede el paso, camina haciendo reverencias y genuflexiones, y resulta marginal hasta en el desarrollo de unos acontecimientos que siempre lo apabullan, ha sido inmisericordemente despedido, como si a los jefes hubiera acabado por empalagarlos tanta capa de miel como untaba.

Lo dicho, que apenas avanzo en la lectura de los relatos de Flannery O'Connor, otra narradora procedente del viejo Sur americano, un soleado panorama de graneros a punto de ser prendidos por pirómanos, espumosos campos de algodón y casetas de esclavos, visto desde un porche de columnas griegas donde los chasquidos de una mecedora contrapuntean el borboteo del bourbon.

Integran dicha estirpe de prosistas Carson McCullers (no me convenció la adaptación de Huston de “Reflejos de un ojo dorado”), Harper Lee (tuvo más suerte con Robert Mulligan: “Matar a un ruiseñor”), el primer Capote –el maduro se hizo neoyorquinoR.P.Warren (en cuya novela Rossen basó ese magistral manual de demagogos que es “El político”), Sherwood Anderson, un cuentista insigne, Tennessee Williams (con todo su teatro dignamente trasvasado a la pantalla), y el más grande, el Michael Jordan de ese “Dream Team” de la “Conferencia del Profundo Sur” de la NBA, William Faulkner, de mala fortuna –a excepción de “Pylon”– en las versiones fílmicas de sus novelas, y él mismo guionista tan vacilante como sus manos de ilustre bebedor.

                   

Algunos de los temas comunes a estos herederos del paisaje entre grotesco y alucinatorio de otro sureño, Poe, son la infancia, la neurosis, el complejo de culpa del hombre blanco ante la esclavitud, la Guerra de Secesión, la represión sexual, las reivindicaciones sociales, siempre modulados con un estilo y una estructura tan modernistas que en comparación lo que que hoy encontramos en las librerías parece escrito antes de los años treinta, cuando los anteriores empezaban a afilar sus plumas.

Pero en perjuicio de vuestro sueño, me he propuesto prescindir de parrafadas críticas dignas del predicador de "Sangre Sabia" –la novela de O’Connor canonizada por Harold Bloom, y ya habréis comprobado que las he sustituido por parodias de su estilo literario que definan al autor de turno mucho mejor que cualquier discursito, como en el caso del post “Al estilo de Bolaño” o el próximo, dedicado a Raymond Chandler.

Conatos seguramente erráticos, pero en cualquier caso más interesantes que los relatos de mi hermano, cuyo último ejemplo, el protagonizado por Hemingway (ver último post) me ha convencido de la precariedad del destino de la familia. Porque éste se cifra en su más que dudoso éxito literario y en el salón de belleza de mi cuñada, que simultanea los tratamientos con actividades culturales y tertulias afines a aquellos salones dieciochescos de París.

Aunque, como en el caso de Lampedusa, animado por su descaro de remitir el manuscrito a un puñado de editoriales, puede que también yo efectúe al respecto algún intento más desesperado que Steve McQueen o Jean Gabin a la hora de fugarse de los campos de prisioneros de “La gran evasión” o “La gran ilusión”.

Y si todo fracasa, a la hora de buscar trabajo, siempre nos quedará esa ultima gota de sudor que a golpes de tambor el buen cómitre sabe extraer de los remeros, ese esfuerzo terminal que el látigo del capataz exprime de los esclavos, es decir, el estímulo marginal que según nuestros próceres nos supondrá la reducción de las prestaciones por desempleo.

Por lo demás, puede que Nietzsche ya hubiera enloquecido cuando dejó a un lado a Wagner y se aficionó a la zarzuela, pero no al elaborar su teoría del eterno retorno. Lo digo porque en los tiempos del primer Borbón –anti catalanista– se promovió la “Guerra de Sucesión” y, caso de atreverse el actual gobierno a intervenir Cataluña, podría producirse una secesión, como en el Profundo Sur. 

Pero por algún motivo me cuesta asociar a Rajoy con George Washington, salvo en que, cumpliendo la teoría de éste, solo pudo engañar a mucha gente durante poco tiempo.

domingo, 15 de julio de 2012

... Y EN ESTO LLEGÓ ERNEST




Vibrante de olas, palmeras y maracas, la noche tropical en que Hemingway agotó la hierbabuena del Tropicana a fuerza de pedir mojitos, Expósito Díaz, un huérfano negro de nueve años, que hacía dos había huido de la inclusa, limpiabotas por las mañanas y vendedor de lotería por las tardes, aún intentaba venderles a los bebedores el primer billete de la jornada para no tener que volver a cenar caña de azúcar, porque de a poco se decía por el puerto que era tan desgraciado de nacimiento que jamás vendería un número premiado.

Expósito abrió los ojos de par en par al ver entrar, tambaleándose en su traje de alpaca blanca, al famoso escritor, que saludó a dos mujeres, las reunió y avanzó abrazado a ellas. Hubiese querido que la de la derecha, una rubia ojerosa de altos pómulos y labios llenos, fuese su madre, y eso que no se parecía a ninguna de las vírgenes cuyas estampitas mostraban los tullidos, sino que por su tipo bien podría haber figurado en las fotos que ciertos nativos ofrecían a escondidas a los turistas solitarios. Sonriendo, ella desvió las pupilas azules y encajó su pamela blanca en la cebolla de la cabeza del camarero que la adelantó.

Al paso de Ernest caían los pétalos mustios de la buganvilla y tintineaban los vasos en los veladores de mármol. Ya por entonces parecía un hombre muy triste cuando no estaba borracho, pero nunca se quejaba. Su otra compañera, una  morena de ojos velados y la boca débil en la misma cara de sueño que la otra, pero con huesos fuertes en su vestido tornasolado, recuperó la pamela que volvía en sentido contrario y se la probó a su amigo.

Los brazos de Ernest desciñeron sendas cinturas en la barra. Destelló su cabello plateado y la barba se frunció alegremente. El mismo camarero les preparaba dos gin tonics y un mojito, agitando la coctelera como si tocara unas maracas.

En el escenario la orquesta dejó de tocar; pero antes de que nadie aplaudiera, unos tacones tamborilearon al compás del timbal; desde la piel de ébano relampagueó un áureo brazalete; lentejuelas de fantasía crepitaron a la luz ámbar, y fulguraron unos dientes como perlas.

Expósito tiraba de los faldones de la camisa negra de un jugador habitual, intentando convencerle de que le comprase un billete. Pero éste, un trompetista mulato sin trabajo porque era tan borracho que la sed le hacía desafinar en plena actuación, lo ignoraba, la nariz hundida en su jarra y apoyado en una muleta.

 La semana anterior, el músico, mientras recorría a bandazos el Malecón contemplando la disolución del sol sobre el mar glauco, había dejado de tararear una vieja canción al sentir un golpe de viento, le besó la mejilla la salpicadura de una ola y en su interior oyó la frase de una melodía romántica que podría salvar su carrera. Dos pasos más allá, al pisar un guano, resbaló y se dislocó la rodilla izquierda. En tanto lo aupaban varios transeúntes, descubrió gimoteando que la conmoción le había hecho olvidar aquella música que representaba la justificación y hasta el éxito de su vida. En el hospital le dijeron que también se habían resentido las dos costillas que días antes se contusionara en una pelea de borrachos, y lo peor era que las notas perdidas, aquellas corcheas y semicorcheas tan oscuras, seguían sin bailotear en las paredes blancas de su habitación.

Ahora intentaba, una vez más, recordar aquella melodía encadenando cervezas sin fin, y tuvo que taparse el oído derecho para que no lo distrajeran los ruegos del lotero.

Ernest se inclinó sobre la rubia lánguida para susurrarle al oído, y al denegar ella con la cabeza, se agitaron los corales de los lóbulos y sus mejillas se ruborizaron. En la barra una pronta mano sustituyó el vaso vacío por otro mojito. La barba se acercó ahora a la oreja de la morena, que parecía la concha de una playa, y sus murmullos le provocaron una risita nerviosa que sonaba a los cubitos de su copa. 

-¡Un número, por favor, el de todas las semanas! -rogaba Expósito al mulato, que no cesaba de chasquear la lengua, tironeándole tan fuerte de la muleta que estuvo a punto de derribarlo. 

-¡Fuera de aquí, maldito, que sólo desgracias me has traído! Hasta la trompeta he tenido que empeñar por tu culpa.

-Cómpreme el de siempre, que esta vez le va a tocar.

-¡No volverás a engañarme! Mira lo que hago con el último -se sacó un boleto del bolsillo de la camisa y, tras despedazarlo, aventó el confeti de papelitos-. No necesito esperar el resultado para saber que no me va a tocar. Para que veas si confío ya en tu lotería.

Ernest volvió a insinuarle una sugerencia o tal vez un ruego a la rubia, cogiéndole suavemente el antebrazo, y ella dio un paso atrás sin dejar de negar con la cabeza. Se acercó otra vez a la morena para cuchichearle algo que parecía cargado de miles de voltios, según el respingo que provocó, y empujándole levemente el triángulo desnudo de la espalda, la invitó a acercarse a la otra, como si quisiera que hicieran las paces, pero ella se encogió de hombros. Insistió, entre convincentes ademanes, en sus alegaciones a la primera, y al menos logró que sus zapatos negros de lascivos tacones de aguja dieran un paso hacia un par de sandalias doradas, cuyas tiras sujetaban finos tendones.

-¡Cómpremelo, señor, y no se arrepentirá! 

-Déjame en paz, que hasta los sordos saben que traes mala suerte.

-Si no quiere el capicúa de siempre, aquí tengo otros números. ¡Mire éste qué bonito: seguro que gana!

-¡Vete de una vez!

-Vamos, señor, cómpreme algún numerito, por favor, que es premio seguro.

-¡Toma, pendejo! -desesperado de no recordar la música, el mulato se volvió y le arrojó a la cara el resto de la  cerveza, que le limpió los lamparones de las mejillas. Expósito retrocedió hasta que su espalda chocó con un vientre opulento, y dos manos se le posaron en los hombros. Al volverse, vio cómo se ahondaba un ceño en cierta frente donde se unían dos cejas, y entre la barba de plata se crispaba la boca. Los ojos de Ernest se achicaron mirando la espalda encorvada del trompetista. Del bolsillo interior de su americana extrajo una cartera y entregó al niño un fajo de billetes a cambio de los boletos que le arrancó a tientas de la pechera, sin perder de vista al mulato.

Cuando ya se remangaba los puños, un rumor de asombro, seguido de una expectante ola de silencio, le indujo a seguir las miradas de todo el mundo hacia la esquina donde había abandonado a sus acompañantes. Una guitarra cayó en el escenario. La frente de Ernest se alisó sobre los ojos alegres y la barba quebrada en una sonrisa, y palmoteó unos instantes antes de que todo el Tropicana restallara en aplausos. Al fin la mujer rubia y la morena se habían trabado en un abrazo, sus cabezas se reunieron y, bajo las sombras oblicuas de las cabelleras, los brillos del carmín de sus labios ya se fundían en el purpúreo resplandor de un beso. Al vacilar la luz violeta, los mismos destellos de nácar se ondularon en la miel de sus mejillas, iguales arabescos de un reflejo de sombra peinaron sus cabezas juntas, que se retorcieron a uno y otro lado, como atornillándose para siempre.

Nadie advirtió que otro pequeño vendedor de lotería se abría paso a codazos entre los clientes y, cuando distinguió entre dos espaldas a su colega, le gritó:

-¡Expósito, Expósito! ¡El número que acaba de salir es tuyo! ¡El 5005! ¿A quién se lo vendiste?

-¡Al de siempre! Al hombre de la muleta -y ésta osciló sobre los fragmentos del billete. Ardían los ojos del mulato, aún fijos en ambas mujeres: en su oído se habían insinuado las notas de la melodía del amor y de su salvación, impulsadas por el ritmo lacerante del corazón sobre las costillas, justo antes de que un tirón demasiado brusco del niño volviera a dejarlo, como en el Malecón, sin su último punto de apoyo.